La leyenda de la serpiente blanca 10 ZHEN
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Tenía el rostro y la voz de Xu, pero, por todo lo demás, era el príncipe de Wuyue. Eran la misma persona y, al mismo tiempo, no lo eran.

Xu, el irreverente cuidador de caballos que se había inclinado hacia él y le había susurrado al oído de forma provocativa, no existía.

En su lugar se encontraba el príncipe, imponente e impresionante, que cargaba con un aire de indiferencia con una gracia aún más natural que con la que vestía el lóng páo .

Era como un leopardo, cuya presencia no se hacía notar por ningún sonido, sino por el silencio que creaba a su alrededor.

Los pájaros dejaban de trinar y el bosque contenía el aliento, tal como él mismo estaba haciendo en ese preciso instante.

Zhen se dejó caer de rodillas y bajó la mirada. A Chu le habría dado un ataque si lo hubiera visto mirando al príncipe con embeleso.

—Buenas noches, alteza.

Unos pasos se movieron hacia delante.

—No es necesario que me llames así.

—El mayordomo Chu me ha dejado muy claro que así es como debo dirigirme a vos en todo momento, alteza.

No podía ver el gesto del príncipe.

—¿Y si yo te ordenara que no lo hicieras?

—Entonces, os rogaría que no me pusierais en tan difícil situación…, alteza.

Las botas de cuero negro del príncipe se pararon frente a su campo de visión y Zhen se aventuró a alzar la mirada.

Por todos los dioses… Aquel joven era devastadoramente apuesto de un modo muy diferente a Xu.

Llevaba el pelo apartado de la cara en un moño austero que le resaltaba los ángulos de la mandíbula.

Tenía las mejillas teñidas de un leve sonrojo (con toda probabilidad, a causa del vino que había estado bebiendo).

Sin embargo, cuando bajó la vista hacia él, tenía los ojos tan despejados como dos estanques reflejando la luz de la luna.

—No te he mentido al decirte mi nombre —dijo el príncipe—. Me llamo Xu Xian, pero prefiero que me llamen Xian.

Zhen entendía lo suficiente sobre los honoríficos humanos como para saber que era muy poco habitual que un príncipe le revelara su nombre a un plebeyo, y mucho menos la versión acortada, reservada para la familia y los amigos más cercanos, no para mozos de cuadra a los que acababa de conocer.

«Xian». Le gustaba el sonido y la forma del nombre. No era capaz de imaginar que pudiera estar dándole permiso para utilizarlo. «Xian». Se preguntó qué significaba.

El príncipe le tendió una mano como si quisiera ayudarlo a ponerse en pie.

—Tras comer tantos platos grasientos durante el banquete, me apetece una taza de té pu’er .

Ninguna de las instrucciones de Chu había incluido cómo responder si el príncipe le tendía una mano mientras estaba de rodillas. Le parecía de mala educación no tomársela, pero, como sirviente, ¿no era una falta de respeto que fuese él el que lo ayudara a levantarse y no al revés?

Tomó una decisión a toda velocidad y cerró la mano en torno a la de Xian, que tiró de él hacia arriba con fuerza. Sin embargo, en cuanto estuvo en pie, lo soltó.

Agachó la cabeza y se apresuró hacia el hornillo para preparar el té.

Puso mucho cuidado en no tocar las puntas amarillentas de los palitos de azufre mientras los frotaba los unos contra los otros para prender una llama y encender el carbón.

Cerca había una jarra grande con agua con la que llenó el hervidor.

Chu le había dicho algo sobre dejar que el agua hirviera durante al menos un minuto.

¿Qué tetera se usaba para el pu’er ? De hecho… ¿cuáles eran las hojas del pu’er ?

A hurtadillas, echó un vistazo a cada una de las cuatro latas de té.

Ninguna de ellas estaba etiquetada. No era necesario que lo estuvieran ya que, probablemente, todos los cortesanos podrían preparar una taza perfecta con los ojos cerrados.

Tres de las latas contenían hojas oscuras, pero dentro de la cuarta había unas más secas y de aspecto más herbal.

El pu’er sonaba herbal, así que tenían que ser esas.

Mientras recogía las hojas con una cuchara de madera curvada en ambos extremos como si fuera un canal, sintió los ojos de Xian posados en él, lo que hizo que se pusiera nervioso y derramara parte de las hojas sobre la bandeja.

El mayordomo había mencionado que la tetera con la abertura más pequeña mantendría la fragancia durante más tiempo, así que metió el té en esa y añadió el agua hirviendo.

Dejó reposar el contenido antes de servir el líquido de un amarillo pálido en una de las tazas de porcelana.

Después, se la tendió al príncipe con una sonrisa nerviosa.

—Alteza.

Mientras tomaba la bebida y daba un sorbo, el gesto de Xian no dejó nada al descubierto. Zhen contuvo la respiración. Si conseguía completar aquella tarea, tal vez quedara algo de esperanza para él.

El otro joven bajó la taza y lo miró a los ojos.

—Nunca antes habías preparado té, ¿verdad?

Él se puso rojo. El mayordomo Chu había predicho que el príncipe lo habría despachado al llegar la mañana, pero tal vez fracasara a la hora de alcanzar tan bajas expectativas y lo echaran en medio de la noche.

Lo más probable era que perdiera también el empleo en los establos.

Si tenía que marcharse de palacio, ¿qué pasaría con Qing?

La señora Hua la trataba bien y estaba más segura viviendo allí que al otro lado de los muros.

Se dejó caer de rodillas e hizo una reverencia tan profunda que rozó el suelo con la frente.

—Por favor, perdonadme. —Su dignidad valía menos que la posibilidad de cuidar de su amiga—. Os suplico que me deis otra oportunidad para hacerlo mejor.

Para su sorpresa, Xian soltó una carcajada.

—Sabía lo que hacía cuando he pedido que me sirviera un mozo de cuadras. Levántate; te enseñaré a hacerlo.

Mientras se ponía en pie, Zhen no pudo ocultar el estupor que sentía.

—¿Sabéis preparar té?

El otro joven sonrió.

—Te has olvidado de añadir «alteza» al final de esa pregunta.

No pierdas el ritmo. —Se acercó a la mesa y tomó la tetera con la apertura más grande—.

Con esta es con la que se prepara el pu’er .

—Después, tomó una de las latas que contenían hojas oscuras—.

Y estas son las hojas adecuadas. Las que has usado tú eran de oolong .

Zhen se cubrió el rostro, avergonzado.

—Lo siento.

—Voy a explicarte cómo diferenciarlos. —Xian señaló las hojas que había empleado—.

El oolong está a medio camino entre el té negro y el té verde.

Las hojas están marchitadas y machacadas mientras que la mayoría de las hojas de los demás tés son planas y como agujas.

El oolong es refrescante; perfecto para una tarde calurosa de verano.

—Abrió otra lata y le indicó con un gesto que se acercara—.

Por otro lado, el pu’er es un té fermentado.

Las hojas son de un marrón negruzco con un tono rojizo.

A diferencia de otros, sabe mejor con el paso del tiempo y es lo bastante suave como para beberlo por la noche.

—Zhen intentó memorizarlo todo, pero estar cerca de Xian hacía que la mente se le convirtiera en un colador—.

Primero, hay que escaldar las hojas para despertarlas.

—Puso un puñado de pu’er en el recipiente, añadió agua hirviendo y la escurrió casi de inmediato—.

Ahora, ya están listas para la infusión.

Vierte el agua justo por encima de la tetera para reducir la exposición al aire, lo que ayuda a preservar el sabor del té.

Y no tires las hojas después. Se pueden infusionar hasta diez veces y el sabor cambia con cada infusionado.

Xian volcó la tetera y llenó dos tazas de porcelana. La bebida era clara, pero tenía el color intenso del vino tinto: brillante y oscuro al mismo tiempo.

—Sois un príncipe —dijo Zhen, que seguía maravillado—. ¿Cómo sabéis todo esto?

—Mi madre procede de una familia de recolectores de té de la provincia oriental de Guangwu —contestó el joven mientras le tendía una de las tazas, que él tomó de forma automática—. No sería un buen descendiente si no hubiera aprendido algún que otro truco del negocio.

Se quedó petrificado al darse cuenta de que el príncipe de Wuyue acababa de ofrecerle té y él lo había aceptado.

El mayordomo Chu iba a matarlo.

Xian pareció ajeno a su consternación mientras se llevaba la taza a los labios e inhalaba profundamente.

—Tienes que dedicar un momento a disfrutar del aroma antes de dar el primer sorbo.

Zhen alzó su propia taza y la olisqueó, pero estaba dándole demasiadas vueltas a la cabeza como para percatarse del aroma que desprendía.

¿Era consciente el príncipe de que acababa de servirle té?

Tenía que serlo. ¿Era un truco? ¿Una prueba?

¿Debería disculparse? Sin embargo, al otro chico no parecía importarle en absoluto.

Era casi como si fuera Xu de nuevo y hubiesen regresado al establo para comerse el albaricoque.

¿Acaso el príncipe de Wuyue lo estaba tratando más como un… amigo que como un sirviente?

Bebió demasiado rápido, por lo que se escaldó la lengua y Xian se percató.

—Bebe despacio. Deja que se despliegue el sabor del té. Detente en el regusto que deja al final.

Aquella bebida era tan contradictoria como la persona que la había preparado: fuerte, terrosa, con una ligereza intrigante y amarga con un deje dulce.

—Bueno, cuéntame… —dijo Xian antes de bajar la taza y meterse una ciruela pasa en la boca. Zhen se había olvidado por completo de ofrecerle un aperitivo—. ¿Crees que son ciertos los rumores que has oído sobre el príncipe de Wuyue?

Zhen sintió que se le encendían las mejillas. Antes, en el establo, le había dicho al príncipe que se rumoreaba que era apuesto. Se lo había dicho a la cara.

Y, sin duda, era cierto. La gente también decía que era poco convencional, obstinado y decidido. Pero nadie había mencionado que su madre procedía de una familia humilde de recolectores de té o que su risa era un sonido muy agradable. Haría cualquier cosa con tal de volver a escucharla.

Entonces, le devolvió la mirada.

—Los rumores no lo decían todo.