La leyenda de la serpiente blanca 9 ZHEN #2
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9 ZHEN #2

—No te olvides de dirigirte al príncipe como «alteza» en todo momento. Como su sirviente, también debes arrodillarte ante él a modo de saludo cada vez que entre en una habitación. Solo puedes ponerte en pie cuando él te lo pida. Cualquier falta de respeto será castigada con severidad. ¿Queda claro?

—Sí, mi señor.

—Han llevado un camastro a los aposentos del príncipe.

A menos que él te ordene lo contrario, dormirás en él —prosiguió el mayordomo con tono brusco—.

Ya es tarde, así que lo más probable es que, esta noche, tan solo se te pida que hagas dos cosas por el príncipe.

Te voy a enseñar cómo preparar el té. —El hombre señaló un par de teteras de arcilla de color morado y una serie de delicadas tazas de porcelana—.

Encontraras un servicio de té similar en la alcoba del príncipe.

»Una tetera cocida a alta temperatura, como esta, está hecha con una arcilla muy fina.

Se puede emplear con cualquier tipo de té, pero su uso es obligatorio con las hojas enrolladas que desprenden un olor muy fragante, tal como es el caso del té verde, el blanco y el oolong .

La otra tetera está cocida a baja temperatura y se confecciona con una arcilla más gruesa y porosa.

Es apropiada para las hojas grandes y menos aromáticas como ocurre con el té negro y el pu’er .

—El hombre le explicó cómo rellenar la tetera y le indicó los diferentes tiempos de infusionado para cada clase de té.

Zhen intentó asimilar toda la información que pudo—.

También servirás ciruelas pasas, pistachos y otros aperitivos junto con la bebida —concluyó Chu—. ¿Puedes recordarlo todo?

—Eh… Sí, señor. —La mente le daba vueltas a toda velocidad—. ¿Y qué hay de la otra cosa que me pedirá el príncipe?

El mayordomo lo miró a los ojos.

—Sea lo que sea que te pida el príncipe, hazlo lo mejor que puedas. Utiliza el contenido de la botellita que habrá junto a la cama.

Zhen se tensó. Qing había estado en lo cierto: en su primera noche lejos de casa, el príncipe solo tendría una cosa en mente. Los animales copulaban por instinto; a veces, incluso a la fuerza. Los humanos no eran muy diferentes.

Chu debió de percatarse de su reacción, así que dijo:

—No eres ni mucho menos el candidato ideal para servir al príncipe.

Deng es nuestro mejor cortesano. Por eso, lo he mandado a él específicamente para dar la bienvenida a su alteza.

Me desconcierta que ni siquiera se haya fijado en él.

Si el príncipe no acaba contento contigo esta noche, Deng te reemplazará.

Pero si, de algún modo, consigues que no te despache, mañana te enseñaré el resto de tus tareas.

Si sirves bien a su alteza durante su estancia con nosotros, no tendrás que regresar a los establos cuando se marche.

Es evidente que no tienes madera de cortesano, pero haré que te asignen a algún otro puesto de palacio que esté mejor pagado.

Zhen inclinó la cabeza y siguió al mayordomo fuera del salón de entrenamiento. Cuando llegaron a la mansión real, Chu informó a los guardias de que era el nuevo sirviente del príncipe, por lo que debían permitirle el paso en todo momento.

Zhen parpadeó cuando entraron dentro del recinto amurallado.

El edificio principal, que se encontraba en el norte, estaba custodiado por dos más pequeños, uno a cada lado.

En el centro había un patio cuadrado, dividido en cuatro cuadrantes iguales por caminos pavimentados.

En uno de ellos se alzaba un pintoresco cenador blanco amueblado con una mesa redonda y asientos de piedra.

En otro, había un estanque decorado con formaciones rocosas y una cascada en miniatura.

En la superficie, junto a las flores de loto, flotaban dos patos mandarines.

Zhen se acordó del lago del Oeste durante las noches tranquilas de primavera.

Tomó aire y el aroma de las magnolias le acarició la nariz.

Chu lo condujo por las escaleras de mármol y a través de la intrincada puerta roja del edificio principal, que comunicaba con un espacioso comedor.

Antes de que Zhen pudiera admirar la decoración, el mayordomo lo empujó hacia un pasillo que se encontraba a la izquierda y se paró frente a un par de puertas.

—Aquí es donde servirás a su alteza —le dijo—. Ahora, date prisa.

Entró en la alcoba del príncipe y el mayordomo cerró las puertas tras él.

Zhen se quedó solo en medio de aquella amplia estancia mientras los pasos del otro hombre se alejaban.

Desde que había bajado del tejado, aquel era el primer momento de tranquilidad en el que podía pararse a retomar el aliento.

Unos braseros le otorgaban a la sala un resplandor cálido y el aroma floral de unas velas de jazmín se mezclaba con el terroso del sándalo que emanaba del reloj incensario.

Unas bolsitas perfumadas con crisantemos secos colgaban de los banderines que había en las cuatro esquinas de la enorme cama elevada, que estaba rodeada por unas delicadas cortinas de gasa blanca que habían sido separadas y recogidas.

Tal como Chu le había descrito, sobre una mesa de caoba habían colocado una bandeja lacada con dos teteras de arcilla violeta y tazas de porcelana.

Sobre un hornillo de cerámica había un hervidor.

Bajo el orificio circular del quemador encontró trozos de carbón y, junto a ellos, para prender la llama, había varios palitos de madera de pino embadurnados con una sustancia seca y amarillenta.

Zhen retrocedió. Azufre. Las serpientes no podían tolerarlo.

En un rincón, cerca de las ventanas con celosías, se encontraba el camastro sencillo en el que dormiría él… a menos que el príncipe deseara lo contrario.

Posó los ojos sobre una botellita que había junto a la cama. Eso era lo que Chu le había pedido que usara. Le quitó el tapón y echó un vistazo al contenido. El líquido espeso tenía una textura resbaladiza y pegajosa y olía a algas rojas. La idea de tener que usarlo hacía que se sintiera mareado.

Podía escapar antes de que regresara el príncipe. Podía transformarse de nuevo en serpiente, escurrirse por la ventana abierta y huir de palacio. Ya encontraría la manera de ponerse en contacto con Qing.

Sin embargo, había una parte de sí mismo que no quería marcharse. Pensar en volver a ver a Xu lo llenaba de una expectación aguda y extrañamente placentera. ¿Se sentiría del mismo modo cuando estuviera en presencia del príncipe?

El sonido de las puertas correderas al abrirse hizo que se diera la vuelta. El corazón se le aceleró mientras una figura que le resultaba familiar entraba en la alcoba.

—Hola, Zhen. —El príncipe cerró las puertas mientras una sonrisa le torcía los labios—. Te he dicho que volveríamos a vernos pronto.