La leyenda de la serpiente blanca 9 ZHEN
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Zhen se quedó petrificado.

Abajo, se produjo un murmullo de inquietud. Todos los presentes parecían confundidos y los cortesanos estaban cabizbajos.

Gao rompió el silencio.

—¿Cómo decís, alteza?

—Trabaja en los establos —contestó el príncipe—. No sé su apellido. Si hay más de una persona con el mismo nombre, traedlas ante mí y yo os diré de cuál de todas ellas se trata.

—Sí —dijo Qing, junto a Zhen—. Al príncipe le gustan los chicos. Sin duda.

Un hombre alto con una túnica gris dio un paso al frente e hizo una reverencia.

—Alteza, soy Chu, el mayordomo de los cortesanos.

La persona de la que habláis no se encuentra entre aquellos a los que he entrenado.

Aun así, ordenaré que vayan a buscarlo de inmediato.

—Les hizo un gesto a un par de guardias, que salieron del salón al instante—.

Le rogamos que sea paciente. Al final de la velada, podrá encontrarlo en sus aposentos.

A Zhen le dio un vuelco el corazón. Tenía que volver a los establos, pero, en aquel momento, había un guarda apostado junto a la columna por la que habían trepado hasta el tejado y la siguiente quedaba demasiado a la vista.

—Yo lo distraeré —dijo su amiga—. Baja en cuanto se aleje.

Zhen la agarró del brazo.

—¿Y qué pasa contigo? No puedo dejarte aquí sola.

—¡No es a mí a quien están buscando ahora mismo! —replicó ella mientras le apartaba la mano—. ¿Qué crees que pasará si esos guardias no te encuentran en los establos?

Antes de que pudiera detenerla, arrojó un trozo de una de las tejas a cierta distancia. El guardia se dio la vuelta y, mientras se alejaba para investigar qué había sido el ruido, se llevó la mano a la espada.

—¡Márchate, Zhen! —siseó Qing.

Zhen sintió un nudo en el estómago. Se suponía que era él el que tenía que cuidar de ella; no debería ponerse en peligro para ayudarlo.

Si le ocurría algo, jamás se lo perdonaría.

Sin embargo, si los guardias no lo encontraban en el establo, ampliarían la búsqueda y, si los descubrían en el tejado, ambos tendrían muchos más problemas.

Su amiga le dio un golpe en el brazo y soltó una palabrota en voz baja.

—¡Ahora!

Bajó por la columna y aterrizó en el suelo sin hacer el más mínimo ruido. No miró atrás; se escondió tras un arbusto muy bien podado y, después, corrió en dirección a las caballerizas todo lo rápido que pudo.

Los trabajadores permanentes del establo contaban con dormitorios propios, pero los temporales no.

La mayoría vivían en Changle, fuera de palacio, y se marchaban a casa al final del día.

La señora Hua permitía que Qing compartiera con ella su habitación y Zhen dormía en el granero que se encontraba detrás de las cuadras, que era el lugar en el que almacenaban las balas de heno, así como la comida y el equipamiento de los animales.

Sin aliento a causa de la carrera, se acercó a la parte trasera del granero.

El resplandor de las antorchas y las voces se acercaban cada vez más.

Los guardias ya habían comprobado los establos y, ahora, se dirigían hacia allí, lo que significaba que no podía entrar por la puerta principal.

Sin embargo, la entrada trasera estaba cerrada con candado por dentro, así que la única opción que le quedaba era una ventana abierta.

La luz de las antorchas osciló cuando los guardias entraron al granero y…

Zhen se lanzó de cabeza a través de la ventana y evitó por los pelos partirse el cuello cuando aterrizó sobre una paca de heno con una voltereta un poco rara.

El cuerpo humano tenía demasiados huesos que podían romperse.

Las serpientes también tenían formaciones óseas.

De hecho, tenían más de cien, pero eran ligeras y lo bastante flexibles como para enroscarse y contraerse.

Zhen se puso en pie a duras penas justo cuando los guardias se pararon frente a él. Hizo una reverencia y el pelo le cayó sobre la cara como una maraña salvaje.

—Buenas noches, caballeros.

Los hombres lo miraron con recelo.

—¿Cómo te llamas?

—Eh… Soy Zhen.

—¿Estás seguro de que es el chico al que se supone que tenemos que encontrar? —preguntó el segundo guardia—. Parece como si llevara semanas sin lavarse el pelo.

Su compañero se encogió de hombros.

—Al parecer, a nuestro invitado de honor le gustan los diamantes en bruto. Muy en bruto.

—Ven con nosotros —dijeron mientras le rodeaban los brazos con las manos—. El príncipe de Wuyue requiere tu presencia.

Zhen nunca había estado en el interior de ninguno de los salones del palacio, pero la forma que tenían y el color de los tejados indicaban tanto su importancia como su función.

El salón de banquetes era rectangular y tenía un tejado verde con aleros voladizos y figuras de cerámica en la cumbrera.

El edificio más lujoso del patio interior tenía un tejado amarillo a dos aguas con amplios aleros dobles y dragones tallados que se elevaban sobre los cuatro muros que rodeaban el complejo.

Un cosquilleo le recorrió la columna vertebral. Era más que probable que allí fuera donde se encontraran los aposentos del príncipe y donde lo enviaran más tarde, esa misma noche, para servirle.

Los guardias lo escoltaron hasta el salón en el que se entrenaba a los cortesanos. Era un edificio cuadrado con tejado en pabellón. El hombre alto con túnica gris que se había presentado en el banquete como el mayordomo de los cortesanos se acercó para recibirlos.

—Yo me encargo del chico a partir de ahora —dijo de forma brusca antes de que los guardias se marcharan.

Cuando lo miró de arriba abajo, arrugó la frente.

Zhen, cohibido, se pasó una mano por la melena, intentando desprenderse de los trozos de heno y la suciedad que se le había enmarañado entre los mechones—.

Soy el mayordomo Chu y estoy a cargo del entrenamiento y el cuidado de nuestros jóvenes cortesanos.

Por algún motivo incomprensible para mí, el príncipe de Wuyue te ha escogido para que le sirvas.

—Le agarró la barbilla y le giró la cabeza de un lado a otro—.

Tienes una estructura ósea agradable, con una simetría excepcional.

Pero apestas a caballo. Necesitas un baño.

Chu lo condujo por un pasillo hasta un baño enorme.

Allí, dos mujeres de mediana edad que llevaban el uniforme de las doncellas le quitaron la ropa de forma desapasionada, lo llevaron hasta una bañera de metal de la que se desbordaba la espuma del jabón y lo frotaron con tanto vigor que deseó seguir teniendo escamas.

El roce abrasivo de la piedra pómez lo distrajo un momento de la vergüenza de estar desnudo frente a dos mujeres que, en términos humanos, podrían ser su madre.

El mayordomo se mantuvo a un lado, observando la implacable limpieza con ojo avizor.

—No te limites a disfrutar; presta atención y aprende —le ordenó, como si sus muecas pudieran confundirse con el gesto de alguien experimentando algún tipo de placer—.

Tendrás que preparar el baño del príncipe cuando te lo pida.

El jabón está elaborado con cenizas de plantas y nueces de jabón de las montañas tibetanas.

Frota la barra entre las palmas de las manos para crear la espuma.

Tras el baño, las mujeres le untaron toda la piel enrojecida con una crema espesa que olía a ciruela y loto blanco.

Después, una de ellas le cepilló el pelo y se lo trenzó mientras la otra le arreglaba las uñas con una lima.

Por último, lo vistieron con una túnica de seda vaporosa que le llegaba hasta los tobillos.

—Blanca —había ordenado Chu—. Le resaltará la palidez de la piel.

Zhen observó su reflejo en un enorme espejo de cobre.

La túnica blanca era exquisita, aunque las mangas anchas le parecieron sorprendentemente pesadas.

Le habían recogido la mitad superior del pelo en un moño elegante que se sujetaba con una horquilla de jade blanco.

El resto le caía sobre los hombros y por la espalda en mechones suaves y lisos.

Nunca antes había ido vestido de un modo tan elegante, pero algo se le erizó en las entrañas.

No podía evitar sentir que aquella horquilla tallada y las complicadas trenzas lo marcaban como una propiedad más que como una persona a pesar de que los cortesanos eran tratados mejor que el resto de los trabajadores de palacio, ya que no solo poseían belleza sino habilidades como la danza, el canto o la capacidad de tocar un instrumento musical.

Aquello hacía que se sintiera aún más desconcertado ante la idea de que, entre todas las personas posibles, el príncipe lo hubiese escogido a él.

No tenía ninguna habilidad y tampoco sabía cuáles eran las normas de etiqueta a la hora de servir a un noble y, mucho menos, a un miembro de la realeza.

Lo habían contratado para limpiar los cubículos de los caballos y el príncipe lo sabía perfectamente. Entonces, ¿por qué lo había elegido?

—¡Apenas te hemos podido dejar presentable y ya casi nos hemos quedado sin tiempo! —Chu parecía agobiado—. Muy bien, a prisa: muéstrame tu forma de andar. Ve hasta ese armarito y vuelve.

Zhen caminó en línea recta. El mueble se encontraba en una plataforma elevada, así que se recogió el dobladillo de la túnica para subir los escalones sin que rozara el suelo, tal como había visto hacer a los nobles. Después regresó y miró a Chu en busca de su aprobación.

El hombre alzó las manos hacia el cielo en gesto de desesperación.

—¡Debo de haber agraviado de algún modo a los cielos para recibir una tarea imposible! ¿Qué estás haciendo? ¡Queremos que el príncipe presencie la elegancia de una grulla, no el contoneo de un pato zambo!

Zhen se encogió con una mueca.

—Lo siento.

Chu lo fulminó con la mirada.

—Lo siento…, ¿qué más?

—Mi señor. Lo siento, mi señor.