La leyenda de la serpiente blanca 8 ZHEN #2
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8 ZHEN #2

Eso era cierto. Había momentos en los que Zhen echaba de menos su hogar.

Cuando la llamada fuerte y clara del bosque le resonaba en el corazón, volvía a su forma natural y regresaba a los nidos y las madrigueras en las que había estado destinado a vivir los diez o quince años que conformaban la esperanza de vida de una serpiente normal.

Sin embargo, poco tiempo después, los bosques comenzaban a resultarle pequeños y sofocantes y se descubría a sí mismo anhelando regresar de nuevo entre los humanos.

Tal vez ese fuera el motivo de que los animales espirituales tuviesen que dedicarse a la cultivación durante mil años antes de ganar la inmortalidad: para tener la oportunidad de verse inmersos en muchas vidas de aquel mundo mortal antes de ascender al reino celestial.

Qing volvió a darle un codazo.

—Tan solo llevamos aquí una semana y ya has conocido al primer chico por el que quieres darle uso a la lengua.

Ten cuidado: pronto, tendrás a tantos persiguiéndote que tendrás que quitártelos de encima con la cola.

—Entonces, lo miró de soslayo—. Cuando he hablado sobre los rituales de apareamiento de las víboras macho…

¿por qué te has mostrado tan tímido? ¿Es que nunca has… ?

A pesar de todo lo que había aprendido sobre ser humano, todavía había una cosa que no había vivido. Nunca antes se había apareado; ni como serpiente, ni como humano.

—Cuando era una serpiente ordinaria, sentía más curiosidad por explorar el mundo que por encontrar pareja —contestó—. Tras convertirme en una criatura espiritual, dejé de experimentar los mismos ciclos que el resto de las serpientes. Las cosas me parecían… diferentes.

Las serpientes no tenían una misma pareja para toda la vida, pero envidiaba a los animales que sí la tenían, como los lobos o las grullas.

No ansiaba tener diferentes parejas. Tan solo deseaba encontrar a una sola persona que ocupara un lugar en su corazón y que tuviera hueco para él en el suyo.

Incluso como humano, su atracción por otros chicos siempre había sido vaga y remota.

Pero cuando Xu le había entregado la fruta y se habían rozado los dedos…

la inesperada ola de calidez que le había recorrido el cuerpo había sido totalmente nueva y excitante.

Desde el salón de banquetes de más abajo les llegó una música animada, lo que hizo que Zhen volviera a prestar atención a las celebraciones. Qing echó un vistazo a través del agujero por el que estaban espiando.

—Oye, parece que va a empezar algún tipo de actuación.

Unos farolillos iluminaban las cuatro esquinas de un escenario cuadrado que habían preparado para el entretenimiento de la velada. En la mesa, a la izquierda del príncipe, el gobernador Gao se puso en pie e hizo una reverencia ante el joven miembro de la realeza.

—Tenemos el privilegio de recibir como invitado de honor al príncipe de Wuyue. Deseamos obsequiar a su alteza con un sirviente personal que le atienda durante su estancia en Changle. Hemos seleccionado a ocho de nuestros cortesanos más talentosos para que el príncipe pueda escoger.

Un murmullo de interés recorrió las mesas en las que estaban sentados los otros funcionarios de la corte cuando ocho cortesanos adolescentes (cuatro chicas y cuatro chicos) vestidos con ropajes de diferentes colores subieron al escenario.

Las chicas llevaban faldas largas y vaporosas decoradas con lentejuelas y los chicos iban ataviados con capas bordadas y con borlas.

De uno en uno, los cortesanos saludaron al príncipe (las chicas con una genuflexión y los chicos con una reverencia) y se presentaron.

Uno de los chicos, Deng, que llevaba un traje verde azulado y el cabello trenzado con la misma meticulosidad que el de las chicas, era especialmente atractivo.

—Los cortesanos han preparado una danza especial en honor a su alteza —anunció Gao—. Por favor, disfrutad de la actuación.

El príncipe asintió, aunque Zhen seguía sin poder verle nada más que la coronilla.

Los farolillos que colgaban de los apliques de las paredes fueron cubiertos con telas negras para atenuar la iluminación y los músicos comenzaron a tocar flautas y otros instrumentos de viento, acompañados por un tambor en forma de reloj de arena y una cítara.

Mientras bailaban, girando por todo el escenario, las largas mangas de seda de los cortesanos ondeaban y se arremolinaban.

—Va a escoger a uno de los chicos —dijo Qing.

Zhen arqueó una ceja.

—No me digas que, desde aquí arriba, has podido adivinar de algún modo que le gustan los chicos. Porque no te creeré.

—No sé cuáles son sus preferencias y tampoco me importa, pero la señora Hua dice que si escoge a una de las chicas y esta se queda embarazada, tendrá que casarse con ella, lo que estropearía cualquiera que sea el asunto oficial por el que haya venido hasta aquí.

Así que, si es listo, escogerá a un chico.

Así, podrá divertirse sin consecuencias.

A Zhen se le crisparon los labios.

—¿Qué te hace pensar que pretende acostarse con la persona que escoja?

Qing puso los ojos en blanco.

—Venga ya… ¿Un sirviente personal que le atienda durante su estancia? Estoy segura de que el gobernador no estaba hablando sobre levantarse en mitad de la noche para darle al príncipe una buena… taza de té oolong .

Zhen no pudo contener una carcajada.

—¿Dónde aprendió una joven serpiente como tú a hablar de ese modo?

—Las doncellas de la cocina me han puesto al día sobre cómo son los chicos adolescentes —contestó ella—. Estoy bastante segura de que lo último que va a hacer esta noche el príncipe de Wuyue es dormir.

Cuando la actuación llegó a su fin, todo el mundo aplaudió. Los cortesanos se quedaron de pie en el escenario, formando una fila, con los rostros sonrojados por el esfuerzo y la emoción.

Entonces, Gao volvió a hablar.

—Ahora, invitamos al príncipe a que haga su elección.

Los aplausos se dispersaron y la expectación surcó la sala mientras el príncipe de Wuyue se ponía en pie, subía al escenario y se daba la vuelta.

Zhen se atragantó como si acabara de tragarse un huevo entero y agarró la muñeca de Qing con la mano.

—Es él.

—Sí, ya lo sé. Ese es el príncipe —contestó ella con tono impaciente—. He de decir que es mucho más mono de lo que…

—¡No! Lo que quiero decir es que es él: ¡el chico que he conocido hoy en los establos!

—Un momento… ¿Qué? —Qing giró la cabeza de golpe hacia él—. ¿Ese de ahí es el chico con el que has estado coqueteando y con el que has compartido un albaricoque? ¿El mismísimo príncipe? ¡No me tomes el pelo!

Zhen no podía apartar la vista del rostro de Xu.

Vestido con una gloriosa túnica ceremonial amarilla, con una presencia calmada e imponente y el moño sujeto con una horquilla ornamentada que, con toda probabilidad, costaría más de lo que un plebeyo ganaba en todo un año…

no se comportaba en absoluto como el chico con una sonrisa galante que había entrado en los establos aquel mismo día.

—Muchas gracias por tan excepcional actuación.

—El príncipe observó a los ocho cortesanos con ojos brillantes y penetrantes—.

La excelencia que muestra Changle en el arte de la música y la danza será algo que elogiaré cuando regrese a la corte de mi padre.

En cuanto al asunto de escoger un sirviente…

Para ser sincero, ya me había decidido antes de la actuación y, ahora, estoy aún más convencido de haber tomado la decisión correcta.

Los cortesanos intercambiaron miradas ansiosas. Deng, el que iba vestido de un tono verde azulado, parecía muy confiado. Zhen supuso que habría interactuado con el príncipe antes del banquete, por lo que el comentario que había hecho parecía señalarlo como la elección evidente.

—Nos congratula que uno de ellos se haya ganado vuestra aprobación —dijo Gao—. Por favor, hacednos saber a quién habéis escogido.

El silencio se apoderó del salón. Los cortesanos se irguieron tan rectos como un palo.

—La persona a la que he escogido no se encuentra aquí —dijo el príncipe—. Se llama Zhen.