8 ZHEN
Creo que estoy volviendo a convertirme en serpiente —dijo Qing.
Zhen giró la cabeza hacia ella como un latigazo. El parche de escamas verdes del brazo y la bifurcación de la lengua le habían desaparecido antes de llegar a Changle.
—¿Qué ocurre?
Qing levantó los dedos enrojecidos.
—He estado rallando tanto jengibre y cortando tanto ajo que no siento los dedos. Y llevo todo el día de pie… Siento como si no tuviera huesos en las piernas.
Zhen le clavó un dedo en las costillas.
—No me des un susto así.
—Doscientos trabajadores de las cocinas se han pasado toda la tarde corriendo de un lado para otro para preparar más de cincuenta platos.
Eso es mucho más de lo que esa banda de nobles engreídos puede acabarse —comentó mientras se frotaba los tobillos con pesar—.
Es la forma menos eficiente de alimentarse que ha existido jamás.
El cielo se había oscurecido hasta teñirse de un color cobalto y estaban sentados en el tejado del comedor.
Las serpientes eran trepadoras natas, por lo que no les resultaba difícil escabullirse hasta allí sin ser vistos.
Además, estaban ocultos entre las sombras de una hilera de figuras cerámicas que había en la cumbrera: un pájaro, un pez, un toro y un león.
La arcilla roja que cimentaba el tejado esmaltado estaba desgastada y resquebrajada, por lo que habían conseguido levantar un par de tejas para poder echar un vistazo a lo que estaba ocurriendo en el salón de banquetes que había más abajo.
En la parte norte, frente al resto del salón, se encontraba una mesa cuadrada de oro lacado. Apoyado contra el respaldo alto de un sillón se sentaba el príncipe de Wuyue, ataviado con una túnica regia amarilla. A su izquierda había un hombre con una túnica granate y un sombrero de gasa negro.
Desde su posición elevada, Zhen tan solo podía ver la coronilla de la cabeza del príncipe.
Llevaba el pelo recogido en un moño peinado a la perfección y el único indicativo de su juventud era la horquilla de oro con la que se lo sujetaba.
Todavía tenía mucho que aprender sobre las costumbres humanas, pero sabía que un hombre recibía otro tipo de accesorio para el cabello cuando cumplía los veinte años.
—Los humanos son raros —comentó Qing—. Muchos de ellos tienen que esforzarse para servir a unos pocos. Ese príncipe no es más que un adolescente. ¿Qué lo hace más especial que los demás? ¿Quién lo decide?
Estaba en lo cierto. Los humanos tenían una forma desconcertante de distribuir el poder y lo depositaban en manos de los que menos experiencia tenían solo porque habían nacido en el seno de ciertas familias.
Las serpientes no eran criaturas sociables y, por norma general, cazaban solas, pero en el caso de los animales con jerarquías dentro de la manada a los que había conocido, tal como los lobos o los caballos, los líderes eran más fuertes que el resto del grupo.
Qing le dio un codazo.
—Oye, ¿ves ese cuenco de sopa? ¿Sabías que no se hace con la carne de las golondrinas sino con sus nidos? Al parecer, no solo son comestibles: ¡son exquisiteces dignas de un emperador! Cacé un par de golondrinas cuando era serpiente, pero ni una sola vez se me ocurrió comerme los nidos.
—¿Y qué me puedes contar de los otros platos? —preguntó él.
—Eso es sopa de pato con ñame. Al lado hay una ensalada de hierbas silvestres con coliflor.
Por cierto, la coliflor tiene un sabor asqueroso.
Ese plato de ahí está preparado con cola de ciervo, que, una vez más, no habría sido la primera parte de un ciervo que habría escogido comerme. Demasiado cerca del culo, ¿sabes?
Zhen dibujó una sonrisa.
—Parece que te estabas perdiendo algo bueno.
—He de decir que los humanos usan formas muy inteligentes de preservar la comida.
Hoy, la señora Hua me ha enseñado las neveras.
Son salas llenas de bloques de hielo que sacan de los arroyos congelados durante el invierno y que les permiten almacenar las frutas y las verduras dentro para servirlas en otras épocas del año.
La sal evita que el pescado y la carne se pudran y aderezar diferentes productos con vinagre, miel o aceite hace que duren más tiempo.
Imagina que las serpientes pudieran hacer eso…
¡No tendríamos que hibernar! Pasarse tantos meses durmiendo es una pérdida de tiempo.
—¿Y qué haríamos durante el invierno? —preguntó Zhen, divertido—. ¿Atrapar copos de nieve con la lengua bífida para después congelarnos hasta la muerte porque somos animales de sangre fría?
—Aguafiestas —replicó Qing, chasqueando los dedos—.
Llevo un tiempo queriendo preguntarte… ¿Cuándo vas a enseñarme transmutación?
Sin duda, eso me vendría muy bien en la cocina.
¡Podría convertir los granos de arroz en los platos que se supone que tengo que preparar para no tener que cocinar!
Mantendrían la forma el tiempo suficiente como para que se los comieran, ¿no es así?
—Solo conseguí aprender esa habilidad tras cinco años de cultivación y, al principio, los objetos que transformaba apenas aguantaban un par de minutos.
Necesitas dedicar tiempo a la cultivación para refinar la energía interna y transformarla en diferentes habilidades.
Y eso implica ser capaz de permanecer sentada y quieta durante más de cinco minutos.
Su amiga soltó un bufido.
—¡Puedo quedarme quieta durante cinco minutos!
—Hizo ademán de quedarse totalmente inmóvil y con gesto sereno, pero no pasó mucho tiempo antes de que empezara a tararear para sí misma.
Se dio cuenta de que Zhen estaba ocultando una sonrisa y, entonces, se percató del motivo—. ¡No es justo! ¡Eso no cuenta!
—Creo que has aguantado unos dos minutos. Aunque es un buen comienzo.
Se recostaron sobre el tejado y se dedicaron a comer bollos al vapor rellenos de calabaza y carne picada de carnero que los cocineros habían rechazado porque estaban un poco deformes.
La señora Hua, una de las trabajadoras de la cocina que había tomado a Qing como su protegida, le había permitido que se los llevara.
—¿Sabes qué? —comentó Zhen—. Hoy he conocido a un chico muy guapo en los establos.
—Ohhhh —dijo Qing mientras se incorporaba, animada—. Cuéntamelo todo. Quiero hasta el último detalle.
—Se llama Xu y es uno de los cuidadores de caballos de la delegación de Wuyue. Lo he conocido mientras acicalaba al caballo del príncipe, que se supone que es su trabajo, pero no ha parecido importarle. Hemos estado hablando y ha compartido un albaricoque conmigo.
—¿Eso es todo? ¿No te ha empotrado contra una pared y ha agitado la lengua sobre la tuya? —Qing sonrió de medio lado—. Las víboras macho hacen eso cuando están interesadas en copular con otra serpiente. Primero sacan la lengua, luego hacen vibrar el cuerpo…
Zhen tosió e intervino rápidamente.
—Le ha sorprendido que Zhaoye, el caballo del príncipe, fuese tan amigable conmigo. Al principio, el animal se ha mostrado distante, pero cuando ha descubierto que puedo hablar su idioma, se ha vuelto más amable.
—¿Puedes hacer eso?
—Con el tiempo, tú también podrás —contestó él—. Las criaturas espirituales como nosotros pueden comunicarse con diferentes tipos de animales.
—¿Y te ha contado el caballo algún cotilleo sobre el príncipe?
—La verdad es que no. Lo curioso es que, mientras hablaba con Xu, Zhaoye no dejaba de reírse para sus adentros.
Cuando el chico se ha ido, le he preguntado qué era tan divertido, pero se ha negado a contármelo, como si fuese algún tipo de broma interna con su cuidador —dijo, encogiéndose de hombros—.
En cualquier caso, le he dicho a Xu que conozco bastante bien los bosques que rodean Changle y que, cuando tenga un día libre, podemos salir a cabalgar juntos.
Y ¿sabes qué? Me ha contestado con un «me encantaría».
A Zhen le sorprendía su propio deseo de pasar más tiempo con el cuidador de caballos de Wuyue.
No solo iba en contra de su naturaleza reservada, sino de su buen juicio.
Había advertido a Qing de que no debían llamar la atención mientras estuvieran en el palacio.
Tal vez hubiese bajado la guardia porque Xu, al igual que él, era un extraño en Changle.
Sin embargo, había algo en aquel chico que le resultaba notablemente familiar.
Era como si hubiese visto su rostro en un sueño…
—¿Sabes montar a caballo? —le preguntó Qing, interrumpiendo sus pensamientos.
Asintió. Había abandonado el lago del Oeste poco después de convertirse en un espíritu serpiente y se había pasado los últimos siete años aprendiendo todo lo que había podido sobre la vida de los humanos: cómo montar a caballo, cómo encender un fuego, cómo identificar hierbas curativas y tratar heridas, cómo beber y tener aguante frente al alcohol…
Todas aquellas habilidades que necesitaba no solo para sobrevivir sino para fingir que era uno más.
Qing se animó.
—Entonces, puedes enseñarme a montar y, después, ¡compraremos dos caballos y llegaremos antes al monte Emei!
—Un caballo cuesta unos cincuenta rollos de seda —le dijo Zhen.
Había descubierto que las pieles viejas que las serpientes mudaban de forma natural tenían propiedades medicinales y podían venderse a cambio de dinero, así que guardaba las de ambos y las vendía para poder alimentarse cada vez que se convertían en humanos.
Qing infló las mejillas.
—De verdad, las cosas eran mucho más sencillas en el bosque.