7 XIAN
Una talla de bronce de un caballo volador estaba clavada sobre la entrada de los establos.
Los atareados mozos de cuadras no le prestaron ni la más mínima atención mientras iban de un lado para otro a toda prisa con los brazos cargados de heno para los lechos de los animales, sacos de comida y cubos de agua.
El establo de Changle era la mitad de grande que el de Xifu y habían tenido que sacar varios caballos al prado para hacer hueco a los corceles de los recién llegados.
Recorrió los cubículos, buscando a su caballo. Zhaoye tan solo permitía que dos personas lo cepillaran y acicalaran: su cuidador, Rong, y el propio Xian. Tal vez pudiese evitar que algún pobre desgraciado acabase recibiendo una coz en la cara por acercarse demasiado.
Encontró al animal en el último cubículo de la fila, que era más grande que los demás.
Dentro, descubrió a un mozo que tendría más o menos su edad y que iba vestido con unos pantalones ásperos de algodón y una casaca con mangas estrechas subidas justo hasta la altura del codo.
Le estaba hablando al caballo con voz queda y tranquilizadora.
Xian se detuvo.
El muchacho se inclinó hacia delante y le dio un golpecito al animal en una de las patas delanteras para indicarle que la levantara.
—Venga, levanta ese casco.
Zhaoye obedeció. Gancho en mano, el chico se agachó y limpió de forma meticulosa el barro y toda la suciedad que se habían quedado atrapados en el casco del caballo.
Xian estaba tan estupefacto por el comportamiento tranquilo del animal que, cuando el mozo se dio la vuelta y lo descubrió mirándolo, no reaccionó lo bastante rápido.
—Hola —dijo el joven mientras soltaba la pata de Zhaoye. Entonces, se enderezó y lo miró, interrogante—. ¿Quién eres?
—Eh… Ese es el caballo del príncipe —replicó. Se percató de lo tontas que sonaban aquellas palabras en cuanto le salieron por la boca.
—Lo sé —contestó el otro chico—. Menudo alboroto ha montado antes nuestro invitado de honor, aquí presente.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó mientras se acercaba a ellos—. ¿Se encuentra bien?
—No te preocupes, está bien. —El muchacho le dio una palmadita en el flanco al animal, que emitió un suspiro de satisfacción—.
Mientras se estaba recuperando tras haber corrido todo el día, alguien se ha dado cuenta de que por el pelaje le corrían unos regueros de gotas rojas y ha empezado a gritar que el caballo del príncipe estaba sangrando, por lo que todo el mundo ha entrado en pánico.
Yo les he dicho que no había de qué preocuparse.
Después de todo, es un hàn xuè m ă . Cuando corren, parece como si estuvieran sudando sangre.
Xian no había esperado que un mozo de cuadra conociera ese rasgo tan poco habitual de los caballos de Ferganá. Tenían la piel fina, casi transparente, y el esfuerzo hacía que las venas se les marcaran más, tiñéndoles el sudor del cuello y la espalda de un tono rojo metálico.
—¿Cómo sabes eso? —le preguntó.
—Oh, ya había visto otros como él antes —contestó el chico—. Al oeste, cerca de la meseta del Tíbet. Varios caballos de Ferganá se escaparon del establo de un noble y se establecieron en las estepas.
Xian arqueó una ceja.
—¿Vienes de una familia de nómadas?
El joven soltó una carcajada.
—Se podría decir que sí. —Pasó una mano por las crines del animal mientras lo miraba con admiración—. Sin duda, es una de las criaturas más hermosas que haya visto jamás.
Xian podría haber dicho lo mismo sobre aquel chico.
Probablemente, Feng se habría burlado de él, pero no exageraba al decir que era hermoso de un modo que nunca antes había visto.
Tenía los rasgos delicados pero definidos y la larga melena, parte de la cual llevaba recogida en un moño que se le había soltado un poco, le enmarcaba la cara con una cascada de mechones suaves y oscuros por los que le habría gustado pasar los dedos.
Una pátina de sudor le cubría la piel de alabastro.
Para ser alguien que pasaría la mayor parte del tiempo trabajando al aire libre, era bastante pálido.
Sin embargo, no se trataba de una palidez enfermiza, sino más bien como la de la luz de la luna, luminosa de un modo que parecía procedente de otro mundo.
Xian estaba embelesado. No solo por el aspecto del joven, sino por su encanto nada pretencioso. Probablemente, ni siquiera era consciente de lo atractivo que le resultaba eso.
—Cada vez que pasaba a su lado, no dejaba de dar golpes con la pata delantera izquierda, así que he supuesto que tendría alguna piedrecilla que le estaría irritando la pezuña.
—Entonces, le tendió el gancho—. Toma. Espero que no te importe que haya empezado a acicalarlo.
No pretendía hacerme cargo de tus tareas.
¿Sus tareas? Xian parpadeó y, entonces, se dio cuenta de que, en ausencia de Rong, y dado que iba vestido con ropa sencilla, el chico había dado por sentado que el cuidador de los caballos de la delegación de Wuyue era él.
—¿Llevas mucho tiempo trabajando aquí? —le preguntó.
El mozo negó con la cabeza.
—Llegué a Changle hace apenas una semana. La gente no deja de hablar del príncipe de Wuyue y el personal de palacio ha estado trabajando día y noche para su llegada. Por eso mi hermana y yo conseguimos encontrar un trabajo temporal tan rápido.
—¿Tu hermana también trabaja en palacio?
—A ella la mandaron a las cocinas y a mí me asignaron al establo. —El chico hizo una pausa—. Me llamo Zhen, ¿y tú?
Xian pensó un nombre a toda velocidad.
—Puedes llamarme Xu.
Zhen le ofreció una reverencia cortés.
—Un placer conocerte, Xu.
—¿Y qué has oído sobre el príncipe de Wuyue? —No pudo resistir la tentación de preguntar—. Parece que su reputación le precede.
—Dicen que su padre lo prefiere a pesar de no ser el primogénito, por lo que debe de ser una persona muy capaz. —Una sonrisa furtiva le curvó los labios—. También dicen que es apuesto.
—Mmmmmm. Puede que el príncipe Xian, que así es como se llama, tenga alguna que otra habilidad, pero que esto quede entre nosotros…
—Se inclinó hasta estar a escasos centímetros de la oreja de Zhen y, entonces, añadió con tono cómplice—: Yo prefiero lidiar con su caballo.
—El joven tenía un aroma terroso y almizclado que le recordó al sándalo y a la hierba tras las lluvias estivales—.
Después de todo, ¿qué clase de presumido llega un día antes de lo esperado, sin regalos, y haciendo que el pobre anfitrión se suma en un frenesí para tener el banquete listo? ¿Quién se cree que es?
Zhen arqueó una ceja.
—Tienes una opinión muy formada sobre tu señor. ¿Llevas toda la vida trabajando en el palacio de Wuyue?
Xian no pudo reprimir una sonrisa.
—Se podría decir que sí.
El otro joven echó un vistazo en torno al establo.
—¿Cuál de todos estos caballos montaste tú?
—Eh… —Señaló el caballo de Fahai—. Ese.
Zhaoye relinchó y arañó el suelo con la pata.
—Tienes suerte de poder cuidar y pasar el tiempo con unas criaturas tan magníficas. —Zhen lo miró con gesto irónico—. Para ser sincero, se supone que solo debería estar limpiando los cubículos, no acicalando a los caballos. Si lo descubren, podría meterme en problemas. Espero que no me delates.
—No tienes de qué preocuparte —contestó Xian—. Lo que acabo de decirte sobre el príncipe sería suficiente para ganarme doce latigazos y una semana en los cepos.
El joven sonrió.
—Yo no diré nada si tú tampoco lo haces.
—Trato hecho. —Se sacó uno de los albaricoques del bolsillo, limpió su daga con el fajín que llevaba puesto y partió la fruta en dos. Entonces, le dio una de las mitades a Zhaoye y le ofreció la otra a Zhen—. Pruébalo. Está maduro y es muy fragante.
El joven miró el albaricoque con gesto divertido.
—¿Soy digno de comer algo destinado al caballo de un príncipe?
—Vamos a descubrirlo —contestó mientras le mostraba a Zhaoye la otra mitad de la fruta—. ¿Quieres compartirlo con tu nuevo amigo?
El animal le arrebató el bocado sin titubear. Zhen y él intercambiaron una mirada y, después, se echaron a reír. A Xian le gustó el sonido de su risa, que era tan agradable como el tintineo de las campanitas de bronce agitadas por el viento.
—Menos mal que he venido preparado —dijo mientras sacaba el segundo albaricoque.
Después, le hizo un gesto al otro chico para que se alejaran del cubículo de Zhaoye—.
Dejemos en paz al caballo egoísta y compartamos este.
—Se dirigieron al rincón del establo en el que almacenaban el forraje.
Partió en dos la fruta y le tendió una mitad a Zhen—. Aquí tienes.
Mientras él la tomaba, sus dedos se rozaron.
—Gracias.
Xian se comió su parte sin apartar los ojos de su acompañante mientras mordía la pulpa amarilla y naranja. El modo en el que el joven sacaba la lengua para lamerse las gotas del jugo de los labios hizo que una corriente le recorriera todo el cuerpo.
—¿Dónde has encontrado unos albaricoques tan deliciosos? Con lo lejos que está, es imposible que los hayas traído desde Wuyue, ¿no?
No podía contarle que los había encontrado en el cuenco de fruta de su alcoba real y que, con toda probabilidad, los habrían enviado de alguno de los mejores huertos de Min.
—Un descubrimiento afortunado durante el viaje.
Zhen se apoyó contra un pilar.
—Me han dicho que vuestra delegación se quedará hasta después del Festival de Duanwu. ¿Tienes algún día libre?
—No estoy seguro de que el príncipe de Wuyue entienda el concepto de «días libres». Es un capataz brutal —contestó, ladeando la cabeza—. Si pudiera escaparme, ¿qué tenías pensado? ¿Me enseñarías Changle? ¿No has dicho que habías llegado apenas hace una semana?
—Estoy familiarizado con los bosques de los alrededores —contestó el otro chico—. Hay algunos puntos con unas vistas preciosas que no mucha gente conoce. Son perfectos para una excursión a caballo de medio día. Bueno… si te apetece, claro.
Xian sintió el corazón henchido de gozo. Zhen podría ser su guía en una expedición por los bosques de Changle para cazar a la serpiente. Tal vez se hubiese ganado el favor de los dioses con la visita al templo y aquel encuentro casual con el mozo de cuadras fuese algo más que fortuito.
—Suena muy bien. Me encantaría.
El joven pareció complacido, pero un grito distante hizo que los dos se dieran la vuelta.
—Me temo que tengo que volver al trabajo antes de que el mayordomo del establo me despida —dijo Zhen.
—Por supuesto. Sería una lástima conseguir un día libre y no tener con quién pasarlo.
Los ojos del otro chico resplandecieron de alegría.
—Espero que volvamos a vernos pronto, Xu.
Xian sonrió.
—Estoy seguro de que así será.