6 XIAN #2
Un cortesano. Eso explicaba por qué era impecable tanto en el desempeño de sus obligaciones como con sus gestos.
En cualquier otra ocasión, Xian se habría permitido darse el gusto.
Aquella era la primera vez que salía solo de casa y ni siquiera tenía que escabullirse de palacio para poder disfrutar de un revolcón con un chico atractivo.
Sin embargo, el motivo por el que estaba allí era demasiado importante. No podía permitirse las distracciones.
—De lo demás puedo encargarme yo solo, Deng —dijo—. Puedes marcharte.
El joven no pudo ocultar la sorpresa ante aquella petición tan abrupta. Se retiró y cerró las puertas tras de sí, dejándolo solo en aquella enorme habitación.
Se lavó la cara con el agua de la vasija de cobre y se desprendió de la suciedad y el sudor de una larga jornada de viaje a caballo.
Abrió el equipaje y sacó el lóng páo amarillo dorado para el banquete.
El cuello y los manguitos, que eran de seda azul oscura, estaban cosidos con hilo de oro y, en la parte frontal de la prenda, habían bordado dragones de cinco garras, decorados con miles de aljófares de agua dulce diminutos, así como motivos de nubes, medallones y olas rompiendo.
Se deshizo el moño, se peinó la larga melena y se hizo un rodete más suelto.
Se recogería el cabello apropiadamente antes del banquete.
Se puso una cómoda túnica blanca con ribetes verdes y un fajín a juego.
Mientras se colocaba bien el cuello cruzado, rozó con los dedos el amuleto de jade que ocultaba bajo la camisa interior.
Una sonrisa melancólica le curvó los labios.
Cuando su madre estuviera curada al fin y se encontrara lo bastante bien como para viajar, le pediría permiso a su padre para llevarla al pequeño palacio que se encontraba en la corte oriental de Yuezhou para que se recuperara.
El carácter « 東 », que significaba «este», estaba compuesto por « 日 », que era el sol, y « 木 », un árbol.
Juntos, ambos elementos representaban la primavera, una época de crecimiento en el que los nuevos comienzos echaban raíces.
Volver al este, cerca del lugar en el que había nacido, ayudaría a la recuperación de su madre.
Sobre la mesa había un cuenco enorme de fruta fresca. Los albaricoques eran excepcionalmente fragantes, así que se metió dos en el bolsillo antes de salir de la alcoba.
Cuando pasó junto a ellos, los guardias que estaban apostados fuera hicieron el saludo militar.
Si se sintieron desconcertados al verlo con aquel atuendo tan informal, estaban entrenados para no mostrar ningún tipo de reacción.
Más allá de los muros de la mansión real, nadie lo miró dos veces.
Para todos ellos, el príncipe de Wuyue llevaba un casco con penacho y una armadura ceremonial completa allá donde fuera. Puede que incluso al baño.
En lugar de dirigirse al Templo Ancestral, que era donde los miembros de la realeza ofrecían sacrificios a sus ancestros y hacían reverencias ante sus estelas fúnebres, se dirigió al Salón de los Espíritus, en el que rendían culto los plebeyos y los trabajadores de palacio.
La mayoría de los templos taoístas estaban construidos por completo con madera y sin un solo clavo, pues el uso ingenioso de unos soportes de madera entrelazados trasladaba la carga del tejado voladizo a las columnas verticales.
Los escalones desiguales de piedra que conducían hasta el Salón de los Espíritus estaban desgastados por tantos años soportando los pies de los peregrinos.
El templo tenía tres puertas. Al lado de la derecha había una estatua de un dragón, mientras que un tigre se alzaba junto a la izquierda.
La puerta central estaba destinada a los espíritus y no a los humanos.
Xian atravesó la entrada derecha, la del dragón, asegurándose de cruzar el umbral con el pie izquierdo por delante.
Más tarde, saldría por la puerta del tigre, apoyando primero el pie derecho.
Su madre siempre le recordaba que, en lugar de pisarla, siempre tenía que pasar por encima de la plancha de madera roja que atravesaba cada una de las puertas, ya que impedía que los espíritus malignos accedieran al recinto.
A esas horas de la tarde, el templo estaba vacío.
Las paredes estaban cubiertas de estelas de figuras humanas entre una colección de bestias y pájaros y, en los pilares, habían tallado las imágenes de diferentes deidades.
A diferencia de sus padres, él nunca había sido religioso.
Los rituales que llevaba a cabo todos los años en el Templo Ancestral eran simbólicos y, mientras los sacerdotes salmodiaban larguísimas oraciones, comenzaba a planear cómo escaparse de palacio para reunirse con el último chico que le hubiese llamado la atención.
Se detuvo frente a una estatua de Guan Yin, diosa de la compasión y la deidad más querida de su madre.
Sobre el altar había una lámpara de aceite, dos velas, un incensario de porcelana y tres tazas pequeñas.
La taza de la derecha contenía té, la de la izquierda estaba llena de agua y en la del centro había granos de arroz crudo.
El té representaba el yin, el agua representaba el yang y el arroz, la unión de ambas cosas.
Tomó tres baritas de incienso, que siempre habían de ofrecerse en números impares, y las encendió con la llama de una de las velas. Se arrodilló frente al altar, cerró los ojos e inhaló con fuerza, dejando que el aroma terroso del incienso le inundara los pulmones.
—Príncipe de Wuyue.
Xian abrió los ojos cuando el sacerdote salió del santuario interior.
Sobre la cabeza rapada llevaba un sombrero de satén negro con el armazón redondo y duro.
Iba ataviado con un dào páo , una túnica de cuello cruzado y manga ancha que los sacerdotes taoístas vestían para el desempeño de sus labores diarias en el templo.
El hombre se acercó hasta él.
—Me sorprende veros aquí en lugar de en el Templo Ancestral, príncipe de Wuyue.
—Dao Zhang. —Xian inclinó la cabeza mientras mascullaba aquel título de respeto—. Mi madre es una plebeya y creció rindiendo culto en templos como este.
El sacerdote asintió con gesto solemne.
—Los dioses ven con buenos ojos vuestra piedad filial. Un peligro oculto acecha cerca, pero habéis sido bendecido con la protección que os ofrece el amuleto de vuestra madre.
De pronto, sintió la calidez del amuleto de jade, que llevaba oculto bajo los pliegues de la túnica, sobre la piel. Tal vez aquel hombre fuese capaz de percibir su aura protectora.
—Mi madre lleva enferma muchos años. —Los hilillos de humo procedentes de las barritas de incienso que todavía tenía entre las manos siguieron ascendiendo, enroscándose hacia el cielo antes de desaparecer—.
Mi padre, el rey de Wuyue, recurrió a la sabiduría del oráculo de Emei, que nos indicó que debíamos dirigirnos a Changle para encontrar una cura.
Hoy he venido aquí para suplicar más ayuda de los dioses.
El hombre señaló una pared de la parte más alejada del templo.
—Dado que ya habéis ofrecido incienso, ahora les pediremos que os guíen.
La práctica del qiú qi ā n era común en los templos de toda la nación.
La pared estaba compuesta de varias hileras de ladrillos numerados del uno al cien.
Cada uno de ellos tenía un agujero circular de unos dos centímetros de diámetro que contenía un pequeño pergamino enrollado.
El sacerdote le tendió un cilindro de bambú hueco lleno de unos palitos planos que tenían un extremo pintado de rojo y un número que se correspondía con alguno de los ladrillos.
Xian inclinó el cilindro un poco hacia abajo y lo sacudió hasta que uno de los palitos se soltó y cayó al suelo. Entonces, se agachó, lo recogió y se lo tendió con ambas manos al hombre, que miró el número, sacó un pergamino de uno de los ladrillos y se lo entregó.
El corazón se le aceleró mientras desenrollaba el mensaje, que reveló las palabras escritas con caracteres diminutos y oblicuos: « 強龍難壓地頭蛇 ».
—« Qiáng lóng nán y ā dì tóu shé » —leyó en voz baja.
«Incluso un poderoso dragón puede tener problemas para vencer a una serpiente en su hábitat natural».
Otra mención a la serpiente blanca, pero ¿qué quería decir? ¿Se trataba de una advertencia de que, como príncipe y emisario del rey, representado por el dragón, seguía siendo un extraño en Changle mientras que la serpiente blanca se encontraba en su elemento?
El sacerdote debió de percatarse de su gesto reflexivo.
—La respuesta se os presentará en el momento preciso —dijo—. Que las bendiciones del cielo os acompañen.
Xian hizo una reverencia profunda.
—Gracias, Dao Zhang.
Después, se dio la vuelta y se marchó, asegurándose de pasar por encima de la plancha de madera roja de la puerta del tigre con el pie derecho.