6 XIAN
Según los rituales que se recogían en los textos antiguos, un emperador o un rey tenía que viajar en un carruaje tirado por seis caballos, mientras que, en el caso de un príncipe, tan solo se necesitaban cuatro.
Sin embargo, Xian se había negado a usar el carruaje y había insistido en montar a Zhaoye.
Le daban igual las tradiciones. Su objetivo era llegar a Changle lo antes posible.
Emprendió el rumbo al alba, acompañado por Fahai, Feng y el resto de la delegación.
No había pisado la capital de Min desde que aquel reino más pequeño que el suyo había jurado lealtad a Wuyue.
El año anterior, su padre había pasado dos semanas de visita en el palacio de Changle y se había llevado consigo a todo el séquito real que incluía a su esposa, sus consortes, los príncipes y las princesas.
Sin embargo, Xian había decidido quedarse en casa, pues no había querido abandonar a su madre solo para divertirse.
A medio camino, llegaron a una estación de paso y los exploradores que habían partido antes que ellos les informaron de que unos árboles caídos bloqueaban la carretera principal.
Los caballos podrían pasar, pero los carros cargados de oro, jade y seda, no.
A los trabajadores les llevaría un día o dos despejarlo todo.
—Separaremos la delegación —dijo Xian—. Fahai y yo nos adelantaremos. Feng y los guardias se quedarán con los carros hasta que el camino esté despejado.
Fahai asintió, pues comprendía la urgencia de su auténtica misión. Feng, que también conocía los verdaderos motivos que se escondían detrás de aquel viaje, fue incapaz de ocultar su recelo.
—Se supone que soy tu guardaespaldas —le dijo al día siguiente, a primera hora de la mañana, mientras lo ayudaba a ponerse la armadura en su dormitorio—. No pretendo ofender a Fahai, pero está versado en los asuntos de la corte, no en artes marciales.
—Estoy seguro de que puede golpear a cualquier asaltante con sus puños de erudito y atacarles en la cara con el yú dài —replicó Xian mientras le quitaba de las manos el casco que, confeccionado con metal laminado y ribeteado de cuero, tenía un penacho de plumas amarillas para distinguirlo del resto de la caballería.
Mientras le ataba las pecheras superpuestas al torso con unos lazos endurecidos, su amigo le lanzó una mirada fulminante.
—No estoy bromeando. ¿Cómo va a defenderte si ocurre algo?
El general Jian había empezado a enseñar artes marciales a su primogénito cuando aún era un niño y, a los diez años, Feng había sido tan hábil que lo habían enviado tres años al monasterio de Shaolin para que entrenara con los maestros de renombre mundial que allí habitaban.
—Fahai y tú sois las dos personas en las que más confío —replicó él mientras se ajustaba las grebas metálicas que le cubrían desde debajo del cinturón hasta las rodillas—.
Necesito que uno de vosotros se quede con los objetos de valor y se asegure de que no desaparezca nada.
Tú conoces a los guardias que escogió tu padre para el viaje mejor que yo, así que obedecerán tus órdenes.
En el exterior, Zhaoye relinchó mientras pateaba con fuerza.
—A Rong le sentó algo mal anoche, así que tendrá que quedarse —comentó Feng. Rong era el cuidador del animal—. Tu caballo no permite que nadie que no seáis tú o él le ponga la armadura, así que tendrás que hacerlo tú mismo.
Aun así, cuando le ajustó la coraza en torno a la cabeza y la cara, Zhaoye no pareció alegrarse. Xian se inclinó hacia delante y le frotó el cuello.
—Sí, yo tampoco…
Fahai y él se pusieron en marcha con la primera luz del alba, acompañados por un pequeño séquito de dos exploradores, cinco guardias y un mulo de carga que llevaba los suministros que iban a necesitar.
Viajar sin los carros les permitió cubrir mayores distancias.
Los caballos de Ferganá eran excelentes a la hora de cabalgar largas distancias sin descanso y tan solo necesitaban beber agua una vez al día incluso con el calor asfixiante del verano.
Zhaoye galopaba como el fuego que abrasaba un cañón estrecho, espoleando a los otros caballos para que aumentaran el paso y le siguieran el ritmo.
El resto del viaje transcurrió sin ningún incidente y Xian envió por delante a los exploradores para que anunciaran que llegaría a Changle un día antes de lo previsto.
La capital estaba decorada de forma ostentosa para la visita real.
Las calles estaban bordeadas de farolillos y banderines pintados con bendiciones para el príncipe de Wuyue y la gente se amontonaba en torno al camino que conducía al palacio, tocando la flauta y vitoreando.
Sin embargo, mientras recorrían la ciudad, Xian se percató de que los pocos árboles que veía tenían la corteza quebradiza y unas ramas caídas que daban frutos pequeños (si es que daban alguno).
Al final de un largo conflicto con Tang septentrional (que era lo que había provocado su capitulación ante Wuyue), el reino de Min había empezado a tambalearse y, bajo los banderines dorados, las letras rojas y todo el glamur, se advertía la austeridad.
Como ocurría en el palacio de Xifu, el enorme patio exterior era en el que tenían lugar todas las ceremonias oficiales.
Allí se celebraban las festividades y los desfiles de la victoria, así como los castigos públicos.
Tal como era costumbre, no había ningún árbol plantado en las inmediaciones, ya que habrían ensombrecido la majestuosidad de la presencia del rey (y habrían ofrecido un escondite ventajoso para cualquier asesino).
Cuando Xian y Fahai desmontaron, los guardias hicieron el saludo militar y unos mozos de cuadra se llevaron enseguida los caballos. Un hombre ataviado de forma impecable se acercó a ellos, hizo una reverencia profunda y se presentó como el gobernador Gao.
—El resto de mi delegación viene con retraso a causa de una carretera intransitable, pero mi consejero y yo nos hemos adelantado, por lo que hemos llegado un día antes de tiempo —dijo Xian—.
El banquete de bienvenida puede celebrarse mañana, tal como estaba planeado.
Para entonces, ya habrán llegado los regalos que portamos.
Gao volvió a hacer una reverencia.
—La corte Min agradece la amable cortesía del príncipe de Wuyue, pero, como anfitriones, hemos de garantizar un comienzo auspicioso de vuestra visita y celebrar las festividades de bienvenida el día de vuestra llegada, alteza.
Os rogamos que vos y vuestro consejero nos honréis con vuestra presencia en el banquete de esta noche.
Hemos preparado la mansión real para vos y vuestro séquito.
Todos los palacios estaban construidos siguiendo el mismo eje sur-norte.
Los edificios que se encontraban a ambos lados de la línea central se construían con una esmerada precisión para asegurar que ambas partes eran simétricas y siempre se otorgaban mayores honores al lado izquierdo que al derecho.
Una enorme puerta con cinco arcos separaba el patio exterior del interior.
Dos leones de piedra custodiaban el arco central, que solo podía atravesar el rey.
Con un gesto de respeto, Gao señaló el arco de la izquierda, que estaba reservado a la familia real.
El resto de los funcionarios, incluyendo al propio gobernador y a Fahai, entraron a través del que estaba a la derecha.
La mansión real se alzaba en un recinto fortificado con altos muros en los cuatro lados.
El edificio central, que tenía el tejado esmaltado en amarillo coronado por tallas de dragones y con aleros dobles que se curvaban hacia fuera y hacia arriba, se encontraba al norte, por lo que la puerta bermellón se abría hacia el sur.
El dormitorio que le habían preparado tan solo encontraba rival en los aposentos del rey y, tradicionalmente, era el que ocupaba el príncipe heredero.
Xian no pudo contener una sonrisa taimada al imaginar el disgusto de Wang.
La estancia era tan espaciosa que, si hubiesen apartado algunos muebles, Feng y él podrían haber llevado a cabo una sesión de entrenamiento marcial.
La cama, que se elevaba sobre una plataforma, era tan ancha como larga y estaba enmarcada con elegancia por cortinas de gasa y banderines.
Sobre la cómoda de madera con intrincadas tallas había un reloj incensario en el que las horas y los minutos se calculaban según las barritas de incienso.
A la izquierda, una serie de puertas comunicaban con la habitación contigua, que era donde dormiría su guardaespaldas.
En un rincón de la alcoba había algo que no tenía en el dormitorio de su hogar: una bañera de oro lacado.
Bañarse era un asunto ritual destinado a limpiar tanto el cuerpo como el alma.
Tanto los sacerdotes como el propio rey tenían que bañarse antes de ofrecer sacrificios o llevar a cabo cualquier rito.
Sin embargo, era evidente que aquella bañera de oro estaba pensada para el placer y no para la devoción.
Sin embargo, nada era tan evidente como la pequeña botella de cerámica que habían depositado junto a la cama. No necesitó quitarle el tapón para saber para qué servía lo que contenía.
Un joven apuesto que, más o menos, tendría su edad, lo siguió al interior de la alcoba. Dio un paso al frente e hizo una reverencia profunda.
—Alteza, ¿otorgaríais a vuestro humilde sirviente el honor de ayudaros a quitaros la armadura?
Normalmente, era Feng el que se ocupaba de aquella tarea, pero no estaba allí.
Xian extendió los brazos y, con manos hábiles, el joven desató los nudos que mantenían la armadura en su sitio y colgó las piezas de un perchero de madera.
Después, llenó una vasija de cobre con agua limpia para que se lavara el rostro y las manos.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó al chico.
—Me llamo Deng, alteza. Soy el más antiguo de los cortesanos menores de dieciocho años.