La leyenda de la serpiente blanca 5 ZHEN #2
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5 ZHEN #2

Zhen se escurrió entre los barrotes. En un abrir y cerrar de ojos, las escamas se convirtieron en piel.

Se puso los pantalones a toda velocidad y, después, la abrazó.

Qing se aferró a él y empezó a llorar contra su pecho.

En el brazo, tenía un parche de escamas que resplandecía con un tono verde cristal, como si fuera un camaleón enfadado a mediodía.

—No seas tonta —dijo mientras le pasaba una mano por la parte de atrás de la cabeza en un gesto de consuelo—. Me conoces demasiado bien como para pensar eso. Jamás te abandonaría.

—Estamos aquí atrapados por mi culpa, y soy yo la que no puede salir —contestó ella con voz ahogada—. No quiero que te quedes, pero tampoco quiero que te vayas sin mí.

Zhen se apartó de ella.

—Siempre nos quedan otras opciones.

Qing se sorbió la nariz y se pasó el dorso de la mano por las mejillas cubiertas de lágrimas.

—¿Qué quieres decir?

Zhen rebuscó entre el heno y, cuando encontró un clavo oxidado, se lo mostró a su amiga. Ella frunció el ceño.

—No podemos abrir los grilletes y el cerrojo con eso. Es demasiado pequeño y romo.

Él cerró la mano en torno al clavo y, cuando abrió los dedos, en su lugar había una sencilla llave de hierro. Qing abrió los ojos de par en par.

—¿Cómo has…?

—Es una llave maestra —dijo él mientras la insertaba en los grilletes y la hacía girar. Las ataduras se soltaron con un chasquido—. Abrirá cualquier cerradura.

Qing se miró las muñecas liberadas y, después, le dio un golpe en el hombro.

—¡No me puedo creer que no hayas hecho eso antes en lugar de permitir que sufriera un colapso!

Zhen sacudió la cabeza.

—¿Recuerdas lo que te conté sobre el uso de tus poderes? Cuanto más fuertes sean las emociones, más fuertes serán los poderes, pero usarlos te agotará casi al mismo nivel. Sabes lo que significa « dài jià », ¿verdad?

—¿Lo que cuesta hacer algo?

—Más bien el coste que tiene algo —replicó él—. Cada vez que usamos nuestros poderes, tenemos que pagar un precio. De ese modo, se conserva el balance de todas las cosas.

Qing desvió la mirada hacia una marca lisa y plateada que tenía en la parte izquierda del torso, justo por encima de la cinturilla de los pantalones.

—Nunca me había fijado en esa cicatriz. Antes, la tenías oculta por las escamas. ¿Qué te ocurrió?

—No tuve cuidado con una trampa para serpientes. Una lección que nunca olvidaré. —Se puso la túnica, cubriendo la cicatriz. Un ruido débil captó su atención, haciendo que se tensara—. ¿Has oído eso?

—Eh… He sido yo. —Qing se llevó la mano al estómago, que volvió a rugirle—. Estoy muerta de hambre. Debe de ser otro efecto secundario de la transformación.

—Tienes hambre a todas horas, ya sea como serpiente o como humana —dijo él—. Salgamos de aquí.

Desbloqueó el cerrojo de la celda y, juntos, se arrastraron hasta el piso superior. Zhen abrió la puerta trasera del cuartel de la guardia. El aroma de la basura podrida jamás le había olido tanto a libertad.

Se escabulleron a través de las sombras de los callejones y las travesías angostas, evitando las calles principales. Zhen nunca antes había estado en aquella parte del pueblo, pero dejó que los sonidos de la naturaleza lo guiaran hacia el bosque.

En cuanto se encontraron bajo el dosel de los árboles, pudo respirar con más calma.

Como humano, no interpretaba el suave ulular de un búho como una señal para ponerse a cubierto ni los crujidos de los roedores entre los matorrales como un indicio de que se aproximaba la hora de la cena.

Sin embargo, se vio guiado por la urgencia de seguir en marcha.

Solo se detuvo a descansar junto a un arroyo cuando Qing, con el rostro pálido por el cansancio, comenzó a tropezarse.

Mientras ella engullía el agua, sedienta, con las manos ahuecadas, él se dedicó a buscar comida por los alrededores. Cuando regresó, tenía las manos llenas de unas frutas pequeñas y redondas con un exterior rugoso y de un tono entre rosa y rojizo.

—Lichis.

Le dio unos pocos a su amiga, se sentaron el uno al lado del otro con la espalda apoyada en una roca y se comieron las frutas, quitándoles la piel áspera y escupiendo los huesos que tenían en el centro.

Qing frunció el ceño y se giró hacia él.

—Dices que usar nuestros poderes nos agotará casi al mismo nivel. —Un destello de comprensión se le apoderó de los ojos—. Salvarme fue lo que te debilitó, ¿verdad? Por eso también necesitas ir a sanar al monte Emei.

Al principio, Zhen tan solo había pretendido evitar que el hombre la despellejara para vender la piel.

Había deseado dejar que muriera con dignidad.

Sin embargo, cuando la había mirado a los ojos moribundos y había visto el fuego que ardía en ellos, había sabido que tenía que ofrecerle algo mejor que una muerte misericordiosa. Se merecía algo más. Mucho más.

Entonces, había utilizado los poderes de la perla para revivirla, convirtiéndola así en un espíritu serpiente, tal como le había ocurrido a él cuando se había tragado aquel tesoro tantos años atrás.

Sin embargo, el enorme coste de sanarla no solo lo había debilitado: le había arrebatado una parte de sí mismo y lo había cambiado para siempre.

Sin embargo, no quería que Qing cargara con el peso de saberlo.

No debería sentirse culpable por el precio que él había tenido que pagar para salvarla.

La elección había sido suya. Era su dài jià .

—¿Por qué? —le preguntó ella con la voz cargada de emoción—. ¿Por qué lo hiciste?

—No podía dejar que murieras —contestó él—. Y volvería a hacerlo de nuevo si fuera necesario. No te preocupes. En cuanto lleguemos al monte Emei, la milenrama me repondrá las fuerzas y curará las deficiencias que te causó la pérdida de la vesícula.

Qing suspiró.

—Mi madre solía decir que era más traviesa que todos mis hermanos juntos. Se habría enfadado mucho al enterarse de cuántos problemas he causado esta noche. Lo más probable es que me hubiera dado una docena de latigazos con la cola.

Al parecer, habría estado dispuesta a aceptar el castigo con gusto si su madre hubiera estado presente para infligírselo.

Entre las serpientes, las víboras de foseta eran la única raza que cuidaba de sus crías.

Las madres protegían a sus bebés con fiereza hasta que mudaban la piel por primera vez.

La única cosa que lograba que la parlanchina Qing se mostrara taciturna era hablar de su familia, por lo que Zhen no la había presionado para que le contara los detalles.

En ese momento se quedó callado y el silencio se posó entre ellos hasta que su amiga volvió a hablar al fin.

—Vivíamos en un bosque de bambú y me encantaba explorar las arboledas y los arroyos que había en torno a nuestro nido.

Un día, mi madre nos advirtió de que se acercaba una tormenta y debíamos quedarnos en casa.

Pero yo me negué a hacerle caso y salí a jugar.

—La voz se le crispó un poco—. La tormenta se desató antes de que pudiera regresar, así que me escondí en un árbol mientras diluviaba durante días y el bosque se inundaba.

Cuando el agua remitió, regresé a casa. El nido estaba destruido, pero mi madre y mis hermanos no estaban dentro, por lo que debieron escapar.

Zhen comprendió por qué se había derrumbado en la celda. Había creído que no tenía más opción que abandonarla, tal como había hecho su madre, y que, una vez más, la culpa había sido solo suya.

Él le tomó una mano y se la estrechó a modo de consuelo.

—Estoy seguro de que tu madre se quedó todo el tiempo que pudo. Esperó a que volvieras a casa hasta que no le quedó más remedio que poner a salvo a tus hermanos y hermanas.

Los ojos de Qing resplandecieron en la oscuridad.

—He sido yo la que ha querido entrar en la taberna. Tú has intentado impedírmelo, pero no te he hecho caso. Todo lo que ha ocurrido ha sido culpa mía.

—Oye, si tu madre hubiera visto la serpiente tan intrépida que has sido esta noche y lo valiente y leal que ha llegado a ser su hija, se habría sentido orgullosa.

Qing pestañeó y unas lágrimas le rodaron por las mejillas. Entonces, soltó un gemido de vergüenza.

—Esto de llorar me sigue resultando muy extraño.

Como serpientes, no podían ni pestañear ni derramar lágrimas. Zhen le tomó el rostro entre las palmas de las manos y, con los pulgares, le enjugó la humedad.

—Otro motivo por el que los humanos tienen estas cosas —comentó, agitando los dedos.

Qing soltó una carcajada llorosa. Sobre ellos, la luna había sobrepasado su cénit. No quedaba demasiado para que llegara la primera luz del amanecer.

—Tenemos que ponernos en marcha de nuevo —dijo Zhen mientras se levantaba—. Cuando descubran que nos hemos escapado de la prisión, estarán todavía más convencidos de que somos demonios.

Qing se sacudió la tierra y la hierba que se le habían pegado a la falda.

—¿Dónde vamos a ir?

—Sabían que teníamos intención de ir al oeste, hacia el monte Emei, así que lo más probable es que, primero, emprendan la búsqueda en esa dirección.

En su lugar, nos encaminaremos hacia el norte.

No tenemos dinero suficiente para el resto del viaje, así que tenemos que parar un tiempo y encontrar algún trabajo que nos dé de comer.

La mejor opción para conseguirlo es la capital, Changle.