La leyenda de la serpiente blanca 5 ZHEN
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Mientras Zhen caminaba en dirección a un puente, alzó la vista hacia el cielo vespertino, que estaba surcado por pinceladas bermellones y violetas. La puesta de sol era igual a la de otros días y, aun así, le parecía diferente. Caminar sobre dos piernas le otorgaba una perspectiva nueva de todo.

Cerca de la orilla del río, pasó junto a un anciano, pero cuando se percató de lo que estaba sosteniendo, se paró de golpe.

Entre las manos tenía una serpiente de color verde brillante que no estaba intentando liberarse; tan solo se agitaba de forma espasmódica. Una sacudida de horror le recorrió todo el cuerpo cuando se percató del motivo: el hombre había rajado de arriba abajo el vientre del animal.

—¿Qué le está haciendo a esa serpiente? —exclamó.

El anciano alzó la vista y le dedicó una sonrisa llena de dientes podridos.

—¿Alguna vez has visto la vesícula de una serpiente?

—Entre el pulgar y el índice, sostenía un saco ensangrentado que, más o menos, tenía el tamaño de una uva—.

Voy a hacer vino de hiel de serpiente. Me alivia el dolor de las rodillas artríticas y las hemorroides.

Y, por la mañana, le venderé la piel a alguno de los mercaderes.

—De golpe, le acercó al animal medio muerto a la cara—.

Qué tono de verde tan poco habitual, ¿verdad?

Es casi como si fuera jade. Sacaré un buen dinero.

Con unos ojos negros, pequeños y brillantes, la serpiente miró a Zhen fijamente y él sintió un regusto de amargura en la boca.

—¡Basta! Le pagaré por ella. —Se arrodilló y fingió estar rebuscando entre sus botas mientras, a hurtadillas, arrancaba una brizna de hierba. Cuando se irguió y extendió la palma de la mano, en lugar de la hierba había una moneda de plata—. Esto debería ser suficiente.

El anciano pareció sospechar.

—¿Por qué querrías una serpiente, jovencito?

Zhen recordó algo que le había contado un vendedor de instrumentos musicales.

—Toco el èr hú , que se confecciona con piel de serpiente. La que tiene entre manos es joven y la elasticidad de su piel me ayudará a alcanzar la resonancia perfecta.

—¡Ah, un músico! —El hombre tomó la moneda y le entregó el animal inerte—. Muy bien, mi hallazgo servirá a un noble propósito. Que tu èr hú cante a los cuatro vientos.

Mientras esperaba a que el anciano desapareciera, el corazón le palpitaba con fuerza.

Entonces, se apresuró a llevar a la serpiente hasta un rincón oscuro bajo el puente y la dejó en el suelo.

La sangre le corrió entre los dedos mientras intentaba juntar el corte serrado que le recorría todo el vientre, aunque sabía que sus esfuerzos eran fútiles.

Aunque hubiese tenido hilo y aguja para coserla, estaba demasiado herida como para sobrevivir.

Los ojos de la serpiente verde eran como ascuas que se estaban apagando, pero Zhen siguió luchando para intentar que siguieran abiertos. Ella sacó la lengua.

—Gracias.

—No —replicó él con fiereza—. Necesito que aguantes. No voy a permitir que mueras.

Colocó las manos sobre el cuerpo destripado del animal y, después, cerró los ojos con fuerza para concentrarse. El poder de la perla espiritual se le removió en las entrañas. Nunca había usado su poder de aquel modo ni lo había llevado a tales límites, pero tenía que intentarlo.

Rebuscó en sus entrañas, esforzándose hasta que sintió algo que se abría de par en par en las profundidades de su interior.

De pronto, tenía todas las partes del cuerpo en llamas y sentía como si, ardiendo, la piel y la carne se le estuvieran desprendiendo de los huesos.

Los oídos le explotaron con sus propios gritos de angustia.

La sangre le manó de la boca mientras se tambaleaba hacia atrás antes de derrumbarse.

No tenía ni idea de cuánto tiempo pasó allí tendido, convulsionando en medio de la agonía. Las gotas de sudor y las lágrimas se le mezclaron en los labios, saladas y metálicas. Se sentía como si le hubieran arrancado los órganos.

A través de aquella bruma abrasadora, sintió un dolor menor recorriéndole el cuerpo: se estaba transformando de nuevo en una serpiente.

El sol se había puesto y el cielo estaba oscuro.

La moneda de plata que le había entregado al anciano tan solo habría sido capaz de permanecer transmutada durante unas horas y, a aquellas alturas, ya se habría convertido de nuevo en una brizna de hierba.

La serpiente verde estaba a cierta distancia, pero no se movía. Con un esfuerzo atroz, serpenteó hasta ella mientras su cuerpo blanco y escamoso se ondulaba sobre el terreno irregular.

—¿Estás bien? —le preguntó mientras le daba un golpecito con el hocico. El otro animal tenía los ojos, que no veían nada, vidriosos. Sin embargo, lo único que le quedaba de la horrible raja en el vientre era una cicatriz todavía en carne viva—. ¿Puedes oírme?

La cola de la serpiente se sacudió y, entonces, alzó la cabeza débilmente y la movió de un lado a otro.

—¿Dónde estoy? ¿Quién…? ¿Quién eres?

El cuerpo de Zhen se destensó de alivio y sacó la lengua para saludarla.

—Me llamo Zhen. ¿Y tú?

La serpiente verde también sacó la lengua.

—Mi madre solía llamarme Qing.

Los grilletes de hierro, que anclaban a Zhen al muro de piedra, se le clavaban en las muñecas y los tobillos. El suelo duro de la celda estaba cubierto por una capa de heno. Se giró hacia Qing, que estaba encadenada a su lado.

—No tendrías que haber usado los poderes espirituales con el hombre de la taberna —le dijo.

—¡Se ha abalanzado sobre ti con una daga! ¿Qué querías que hiciera? —Ella le lanzó una mirada soliviantada—. Has sido tú el que no ha querido pedir indicaciones.

—Tendría que haberme percatado de que la lengua no te ha cambiado del todo. —Estiró una de las manos esposadas, le tomó la barbilla y le hizo abrir la mandíbula—. Debías de tener los colmillos todavía plegados.

Qing era una víbora de foseta, una raza famosa por ser irritable y combativa. Por el contrario, cuando se sentían amenazadas, las pitones como Zhen preferían enroscarse sobre sí mismas en lugar de atacar.

Ella le apartó la mano con un golpe.

—Qué mala suerte la nuestra que hubiese un puñado de guardias en el salón privado de la taberna. Y qué oportuno que no hayan intervenido cuando ese bruto te ha atacado al principio.

Zhen suspiró.

—Sé que estabas intentando protegerme, pero no puedes volver a perder el control de ese modo, Qing. Ya no tienes vesícula; no puedes permitirte someter tu cuerpo a un estrés innecesario antes de que lleguemos al monte Emei.

Mientras tiraba de sus ataduras, Qing soltó un bufido de frustración.

—¿Y no podemos llegar allí como serpientes? Dijiste que recorrer el camino como humanos sería más rápido y menos peligroso, pero… —Hizo un gesto que abarcaba la celda—. Míranos ahora.

Los primeros espíritus serpiente habían cultivado sus poderes en el monte Emei.

Mil años después, los cuerpos que habían dejado atrás al ganar la inmortalidad y ascender al cielo habían hecho que, cada verano, en las laderas de la montaña, floreciera una clase especial de milenrama que podía sanar a otras serpientes.

Por eso Qing y él se dirigían hacia allí.

—Con suerte, cuando se den cuenta de que nos hemos marchado, estaremos lejos de aquí. —Zhen calculaba que había pasado una hora desde que los habían arrojado a la celda que se encontraba en el sótano del cuartel de la guardia—. Subiré yo primero para asegurarme de que es seguro marcharnos.

Cerró los ojos y se concentró. Sintió un tirón familiar en la columna vertebral, un calambre repentino que estaba a medio camino entre un espasmo y un estremecimiento y, entonces, se le alargó el cuerpo y las extremidades se replegaron como cuando una tortuga ocultaba las aletas dentro del caparazón.

La túnica y los pantalones cayeron en un montón y los grilletes de hierro golpearon el suelo con un ruido sordo.

Se giró hacia su amiga y sacó la lengua.

—Espera aquí. —Las palabras, que estaban en el idioma de las serpientes, sonaron como un siseo—. No me sigas hasta que no te haga una señal.

Mientras se colaba entre los barrotes, las escamas dorsales le brillaron con una translucidez perlada.

Serpenteó por el suelo del sótano y subió por un tramo estrecho de escaleras hasta el cuartel de los guardias.

La puerta principal estaba cerrada desde fuera, pero la trasera tenía el cerrojo echado por dentro, por lo que esa sería su ruta de escape.

Zhen levantó la cabeza y aguzó el oído con atención.

Como serpiente, no tenía orejas, pero distaba mucho de estar sordo.

Los huesos y las membranas que tenía en el interior de la cabeza podían captar sonidos y vibraciones que las orejas humanas no: el suave corretear de las ratas que estaban husmeando un montón de basura en el callejón trasero, el aleteo de una polilla antes de posarse sobre las vigas del techo y el aullido distante de los zorros.

No había ni rastro de movimientos humanos. Aquella era su oportunidad para escapar.

Volvió a acercarse a lo alto de las escaleras.

—Pssssst. Ya puedes subir. —Silencio—. ¿Qing? ¿Puedes oírme?

Un grito ahogado atravesó el aire.

Zhen serpenteó por las escaleras más rápido de lo que se había movido en toda la vida. Se irguió, listo para atacar a quienquiera o lo que quiera que hubiese sido lo bastante sigiloso como para evadir sus sentidos y…

Qing estaba sola en la celda. Tenía el rostro colorado y las manos cerradas con fuerza en puños. Soltó otro grito ahogado.

—¡No puedo transformarme! —gimoteó. Se abalanzó contra los barrotes, pero las cadenas que le rodeaban las muñecas y los tobillos la refrenaron.

Se pasó las uñas por la cara, dejándose unas marcas de un rojo brillante en las mejillas—.

¿Qué me pasa? ¿Por qué no puedo transformarme de nuevo?

Estoy asustada, Zhen. ¡No te marches sin mí!

Utilizar sus poderes espirituales con el hombre de la taberna debía de haberla debilitado más de lo que había esperado, hasta el punto de afectar incluso su habilidad de transformarse.