4 ZHEN
Zhen alzó la mirada hacia la luna llena.
Mientras caminaba por la calle principal desierta, desprovista del clamor diurno, se sentía casi como si hubiera regresado al bosque.
El zumbido de los insectos era incesante y las truchas nadaban en uno de los afluentes del Min Jiang, que transcurría por el centro de la plaza del pueblo.
El canto de los grillos llegaba desde los campos de arroz en los que los cultivos que se habían plantado en primavera crecían altos y rectos.
Olisqueó el aire: podía detectar un leve aroma a hojas machacadas de la recolección del té de primavera.
—Me pica —gruñó Qing mientras se rascaba la nuca.
Llevaba un rú qún (una blusa de algodón tejido con tosquedad, una falda lisa y verde que le llegaba hasta las rodillas y, debajo, un par de pantalones) demasiado grande.
Zhen iba vestido con una áspera túnica de cáñamo y, a diferencia de las mangas extravagantes y anchas de la ropa de los nobles, las suyas se estrechaban a la altura de las muñecas, lo cual era muy práctico para los plebeyos que se pasaban los días trabajando en las granjas.
Aquellas eran las prendas y las sandalias más baratas que habían podido permitirse con las monedas que habían conseguido al venderle pieles mudadas de serpiente al herbolario del pequeño pueblo en el que se encontraban, al suroeste de Changle.
—Aguanta la incomodidad por el momento —replicó Zhen.
Llevaba la mitad superior de la larga melena peinada en un moño que se sostenía con un palo de bambú y el resto le caía más allá de los hombros.
Qing llevaba los mechones oscuros recogidos en dos trenzas—.
Cuando tengamos más dinero, te compraré ropa nueva que te quede mejor, ¿de acuerdo?
Un banderín rojo pasó volando frente a ellos tras haberse soltado con una ráfaga fuerte de aire.
En él aparecían dos serpientes mal dibujadas con los ojos enormes y las lenguas bífidas.
Se trataba de un elemento decorativo olvidado del festival de primavera que se había celebrado unos meses atrás para dar comienzo al año de la serpiente.
Qing y él se habían sentado en las ramas más altas de un árbol a las afueras de Changle y habían observado a la gente encendiendo los farolillos y soltándolos en el Min Jiang, donde habían flotado como estrellas titilantes de una constelación siempre cambiante.
—¿Estás seguro de que conoces el camino? —Resoplando, Qing se apartó de la cara un mechón suelto de pelo—. No quiero perderme; las piernas me están matando.
—Sé adónde vamos —contestó él, un poco a la defensiva—. Es solo que atravesar pueblos es un poco más complicado que orientarse en los bosques. Los puntos de referencia son diferentes.
—Y no podemos leer los carteles y letreros. ¿Sabes? Deberíamos pedirle indicaciones a alguien o conseguir un mapa o algo así.
A través de una puerta abierta, les llegó el sonido de una mujer cantando, acompañada por un instrumento de cuerda, mientras unas voces masculinas charlaban y reían. Un farolillo amarillo iluminaba un banderín que ondeaba con el aire cortante de la noche y en el que aparecía el carácter « 酒 ».
Qing le agarró el brazo.
—Oye, nunca he estado en el interior de una taberna. Vamos a echar un vistazo.
Zhen frunció el ceño. Él ya había probado el alcohol en otras ocasiones, pero su amiga, no.
—No; no tenemos dinero suficiente para pagar el vino.
—No he dicho nada de beber —replicó ella—. Tan solo quiero ver qué está ocurriendo. Siempre que paso frente a una taberna, parece que la gente del interior se lo está pasando muy bien.
—Qing, se supone que no tenemos que llamar la atención.
—¡Nos quedaremos al fondo! Nadie se fijará en nosotros si quiera —dijo ella, poniendo los ojos en blanco—. Si vas a comportarte como un aguafiestas, puedes esperarme aquí…
—No pienso perderte de vista ni en broma. —Soltó un suspiro—. Está bien. Solo un par de minutos. Nos quedaremos cerca de la puerta y en cuanto detecte el más mínimo atisbo de que va a haber problemas, salimos de ahí. ¿De acuerdo?
Qing le dedicó una sonrisa de medio lado y lo arrastró al otro lado de la puerta.
En el interior del establecimiento, que estaba pobremente iluminado, el resplandor amarillento de las antorchas arrojaba sombras retorcidas sobre las irregulares paredes de piedra.
El suelo, pegajoso por los escupitajos y el vino derramado, estaba cubierto de huesos de pollo y raspas de pescado.
Las camareras servían copas rebosantes a hombres acomodados en mesas dispuestas con desorden y troncos cortados por la mitad que hacían las veces de bancos.
Algunos formaban parte de grupos tumultuosos y otros se sentaban solos con gesto huraño.
Las mesas más cercanas a la entrada estaban ocupadas, así que Qing y Zhen no tuvieron más remedio que arrastrarse hasta una mesa vacía al fondo de la estancia con dos barriles como taburetes.
La cantante acabó la canción y, cuando tanto ella como los músicos se bajaron del estrecho escenario, un hombre borracho se subió a él de un salto y comenzó a soltar poemas obscenos.
Otros parroquianos se rieron a carcajadas y le lanzaron cáscaras de cacahuetes.
Zhen dirigió la vista hacia la puerta. Cuanto antes pudieran salir de allí, mejor. Junto a él, Qing estaba mirando a su alrededor con gesto maravillado en lugar de con cautela. No parecía darse cuenta de que los hombres habían empezado a señalarlos con gestos de la barbilla.
Sintió un escalofrío desagradable en la columna vertebral y apoyó una mano en el brazo de su amiga.
—Creo que deberíamos marcharnos.
—¿Qué? ¡Pero si acabamos de llegar! —Qing le apartó la mano—. Vamos a esperar a ver si la cantante vuelve tras un descanso. Quiero escuchar una canción antes de que nos vayamos.
Un hombre musculoso y con cuello de toro se apartó de la mesa en la que estaba sentado con sus amigos y se acercó a ellos. Zhen se tensó.
—Bienvenida a nuestra humilde taberna, jovencita. —Cuello de Toro miró a Qing con interés mientras hacía una reverencia, fingiendo ser todo un caballero—. No te habíamos visto nunca por aquí.
—Oh, tan solo estamos de paso —contestó ella—. Por cierto… Por casualidad, ¿no sabrás qué camino es mejor para salir del pueblo si nos dirigimos al monte Emei?
—¿El monte Emei? Eso está a más de mil quinientos kilómetros de aquí. —Cuello de Toro ladeó la cabeza—. ¿Por qué no te quedas un poco? A mis amigos y a mí nos encantaría enseñarte los alrededores.
—En realidad, nos marchamos ya. —Zhen se levantó y tiró de Qing para que se pusiera en pie—. Buenas noches, señor.
—Es de muy mala educación rechazar un ofrecimiento de hospitalidad tan amable, jovencito.
—Los ojos de Cuello de Toro centellearon mientras les bloqueaba el paso.
Entonces, se giró hacia sus amigos y soltó un silbido—.
¡Hermanos! Tenemos recién llegados. ¡Démosles nuestra cordial bienvenida habitual!
Zhen sintió que el pavor le inundaba el estómago conforme dos de los amigos de aquel hombre se acercaban a ellos desde diferentes direcciones.
Con una mirada lasciva, Cuello de Toro estiró el brazo para tocarle a Qing la mejilla y Zhen alzó la palma para detenerle la mano a pesar de que era casi tan grande como la garra de un oso.
Qing pareció sobresaltarse y la sorpresa atravesó el rostro del hombre ante la fuerza inesperada de su contrincante.
—No queremos problemas. —A pesar de que el corazón le palpitaba con fuerza, mantuvo un tono de voz frío—. Pero tengo que pedirte que mantengas las manos alejadas de mi hermana.
—Ah, así que es tu hermana, ¿eh? —Cuello de Toro soltó una carcajada. Entonces, hizo un gesto a sus amigos, que se acercaron hasta arrinconarlos en una esquina—. Parece que los problemas os persiguen.
A su alrededor, la taberna se había quedado en silencio. Los demás clientes habían dejado de hacer lo que estuvieran haciendo y se habían girado para observarlos. Las camareras, nerviosas, se mantenían alejadas.
Qing fulminó con la mirada a Cuello de Toro.
—No eres más que un bruto. Solo los cobardes se meten con los desconocidos. Y, ahora, apártate de nuestro camino antes de que mi hermano te dé una patada en los…
Zhen la agarró y la empujó tras él. El hombre entornó los ojos con gesto peligroso y, entonces, le lanzó un golpe, pero él lo esquivó con una gracia serpentina y Cuello de Toro chocó contra la pared que tenían detrás.
Unas carcajadas se esparcieron entre los espectadores.
El hombre gruñó mientras le arrojaba una enorme jarra de vino de porcelana, pero él se apartó de la trayectoria.
En su lugar, la vasija golpeó a uno de los amigos de Cuello de Toro, provocando que se desplomara, antes de hacerse añicos contra el suelo y salpicarlo todo de vino.
Algunos de los parroquianos se apartaron para no salir heridos y los que estaban a una distancia más segura rugieron de júbilo y comenzaron a aplaudir.
—¡Zhen, cuidado! —gritó Qing.
El hombre se dirigía hacia él a toda velocidad con una daga en la mano.
Zhen se retorció para apartarse y evitó por los pelos la hoja, que tan solo le dejó un corte en la oreja.
Cuello de Toro volvió a abalanzarse sobre él, atacándole las costillas.
Se hizo a un lado justo a tiempo y la daga rasgó un saco que había en una pila cercana.
Por el agujero comenzaron a caer unas semillas de soja crudas, que rebotaron contra el suelo.
Uno de los amigos de Cuello de Toro se resbaló con ellas y se cayó, agitando los brazos y las piernas.
Con un gruñido dramático, aterrizó de culo.
Un par de manos agarraron la cabeza de Zhen por detrás. Antes de que pudiera darse la vuelta, alguien le lanzó pimienta a la cara. Se retorció. Los ojos le escocían. Un puño sólido le alcanzó el estómago y lo dejó sin aire, así que se dobló sobre sí mismo mientras empezaba a recibir golpes.
Qing gritó, aunque no fue de miedo.
Zhen centró la mirada, que aún le ardía, a tiempo de ver a su amiga lanzándose hacia delante con una agilidad reptiliana y el rostro blanco por la ira.
Antes de que cerrara la mandíbula en torno al antebrazo izquierdo de Cuello de Toro, se vio un atisbo de su lengua bífida y sus colmillos afilados.
El hombre abrió los ojos de par en par. La daga que blandía con la mano derecha, lista para caer sobre Zhen, se le escurrió de entre los dedos y cayó al suelo con un fuerte estrépito.
Qing lo soltó y él se tambaleó hacia atrás.
Cuello de Toro abrió la boca, pero de ella no emergió ningún sonido.
En su lugar, manó sangre. Sus amigos ahogaron un grito y se apartaron de un salto.
Los ojos se le pusieron blancos mientras se derrumbaba con los brazos abiertos en cruz, dejando a la vista dos claras marcas de colmillos en el antebrazo izquierdo.
Un silencio sepulcral retumbó en la taberna antes de que estallara el caos.
Los taburetes volcaron y las copas y los platos cayeron al suelo mientras gritando, presas de un pánico desatado, los clientes chocaban los unos contra los otros, intentando abrirse paso con desesperación hacia la salida.
Zhen se puso en pie de un salto, se frotó los ojos para deshacerse de la arenilla que lo estaba cegando y arrastró a Qing hacia la puerta.
Sin embargo, al notar el filo de una espada contra el cuello, se detuvo. A su lado, su amiga hizo lo mismo. Con las armas desenvainadas, unos guardias de aspecto sombrío los rodeaban por todos lados.
—¡De rodillas! —gritó uno de ellos—. ¡No os mováis, demonios serpiente!