La leyenda de la serpiente blanca 3 XIAN
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Xian se dirigió hacia los aposentos de su madre.

Las aperturas circulares que había en el pasillo y las celosías de las ventanas de su dormitorio servían para algo más que dejar pasar la luz y el aire: cada vez que tenía que pasar días o incluso semanas recluida en la cama, eran su único portal hacia el mundo.

Las ventanas tenían vistas a unos jardines que se contaban entre los más hermosos de los terrenos de palacio, embellecidos con osmantos, formaciones rocosas cársticas y un estanque con peces koi .

Las doncellas hicieron una reverencia conforme se acercaba a la alcoba. Él las saludó con un gesto de la cabeza antes de abrir las puertas de madera.

En el interior, las velas arrojaban sombras titilantes sobre los fénix pintados de los paneles del píng f ē ng , el biombo que ocultaba la cama de su madre.

A aquellas horas de la noche, las ventanas estaban cerradas para evitar las corrientes nocturnas y el aire estancado olía al sándalo de los incensarios.

Sin hacer ruido, Xian cerró la puerta a sus espaldas.

Se acercó hasta el armario y abrió una cajita de terciopelo.

De ella sacó una flauta de bambú. Sosteniéndola en horizontal, se la llevó a los labios y comenzó a mover los dedos con agilidad a lo largo del cuerpo hueco.

Siguió tocando mientras se acercaba al biombo y asomaba la cabeza por el panel más alejado.

Su madre estaba sentada en la cama, apoyada contra el cabecero y con una lujosa colcha bordada cubriéndole el pecho.

A pesar de que todavía no había cumplido los cuarenta, tenía hebras plateadas trenzadas entre la melena oscura.

Las mejillas hundidas remarcaban todavía más la palidez de su piel, pero todavía tenía un destello de calidez en los ojos.

—Xian’er —dijo, tendiéndole la mano—. Solía tocarte La canción del cuervo cuando eras un bebé para arrullarte y que te durmieras. Ahora, agudizo el oído cada vez que oigo la melodía porque eso significa que mi niño querido ha venido a verme.

—Niang Qin… —Bajó la flauta y se sentó en el borde de la cama—. Siento haber venido más tarde de lo habitual esta noche.

Su madre ocultó una sonrisa.

—Estoy segura de que tenías que ocuparte de muchos preparativos para el viaje a Changle de mañana.

—¿Padre te lo ha contado?

—Tu primera misión diplomática oficial a la edad de diecisiete años… —dijo ella con una sonrisa resplandeciente—. Tu padre debe de tener mucha fe en ti si te envía a la capital de Min. Y yo no podría estar más orgullosa de mi hijo.

El rey le había ordenado que mantuviera en secreto las palabras del oráculo y el auténtico propósito de aquel viaje, ya que no quería alentar las esperanzas de su consorte hasta que no tuvieran la cura.

Xian le tomó la mano entre las suyas. Tenía los nudillos huesudos y una piel tan fina que parecía papel de arroz.

—Tan solo lamento no poder estar aquí para ayudarte a preparar zòng zi para el Festival de Duanwu.

Aquella fiesta se celebraba el quinto día del quinto mes lunar, que coincidía con el solsticio de verano.

Durante aquella jornada, la gente iba a ver las regatas de botes dragón y comía zòng zi , triángulos de arroz glutinoso rellenos con ingredientes dulces o salados como castañas, jujubas, alubias rojas y carne picada de cerdo.

El resto de los consortes que vivían en palacio delegaban la ardua tarea de preparar las bolas de arroz a sus sirvientes, pero las de su madre eran las favoritas del rey y ella se enorgullecía de prepararlas con sus propias manos.

Incluso después de que la mordedura de la serpiente la hubiera paralizado por el dolor y la rigidez, no se perdía aquella ocasión ni un solo año.

Había enseñado a Xian cómo envolver el arroz con dos hojas de caña, pero él siempre las apretaba con demasiada fuerza al atarlas con cordeles de colores.

Su padre siempre comentaba que sabía cuáles eran los zòng zi que había preparado él por las marcas.

El año anterior, la noche del festival, su madre se había encontrado lo suficientemente bien como para salir de sus aposentos.

Los sirvientes la habían sacado de palacio en un palanquín, un cubículo de madera con asientos que se levantaba con dos largas varas horizontales.

Había pedido que la llevaran al Puente Roto, lejos de las multitudes que se agolpaban en la orilla este.

Xian se había sentado a su lado en un taburete acolchado y, juntos, habían visto las regatas de botes dragón mientras el sol se ponía sobre el lago del Oeste.

Su madre le guiñó un ojo.

—El año que viene, le esconderé a tu padre los zòng zi más gorditos y te los guardaré a ti.

«Tres meses. Tal vez un poco más». Tubo que obligarse a no reaccionar ante aquel comentario. ¿Acaso no sabía que se estaba muriendo? ¿O solo estaba intentando escudarlo de la verdad?

Ella reprimió un bostezo y Xian recordó la medicina a base de adormidera que le había recetado el médico.

—Se hace tarde —dijo mientras la arropaba mejor con la colcha—, así que te doy las buenas noches.

—Espera. —Ella le tomó una mano—. Quiero darte algo antes de que emprendas el viaje de mañana.

—Rebuscó bajo el almohadón y sacó un amuleto de jade con una cadena de plata—.

Antes de que abandonara el pueblo en el que nací, mi madre llevó el amuleto al templo para que lo bendijera el sacerdote.

Después, me lo entregó para que me protegiera.

El jade de un tono claro es más valioso, pero el que es de un color más oscuro infunde fuerzas para superar las adversidades.

—Xian tomó el amuleto. En lugar de verde esmeralda traslúcido, aquel jade desgastado tenía un color oscuro y mostraba tanto vetas opacas como motas jaspeadas—.

Cuando vine a vivir a palacio, el jade que llevaban otras mujeres era tan brillante y lustroso que temía que la gente se riera de mi amuleto barato —prosiguió—, así que lo escondí.

Un príncipe no debería ser visto con algo de tan poca calidad, pero puedes llevarlo en el bolsillo.

El jade es una piedra viva que se hace más fuerte cuanto más se lleva, así que este amuleto te protegerá y ahuyentará cualquier mal que intente hacerte daño.

Xian se pasó la cadena en torno al cuello y se metió el amuleto bajo la camisa. El peso frío de la joya se le posó sobre el pecho.

—Lo llevaré cerca del corazón —le dijo—. Volveré a casa antes de que empieces a echarme de menos.

—Eso es imposible. Tendrías que darte la vuelta y volver en cuanto pusieras un pie fuera de esta alcoba.

—Su madre soltó una carcajada llorosa—. Ay, estoy comportándome como una tonta.

Te prometo que me mantendré sana y te daré la bienvenida cuando regreses.

Si puedes, tráeme un recuerdo de Changle.

Una determinación renovada se le agolpó en el pecho. Estaba más cerca que nunca de encontrar a la serpiente blanca. Podía sentirlo en los huesos, como si fuera una profecía o un juramento.

—Lo haré, Niang Qin.