2 XIAN
Los filósofos decían que el cielo era redondo y la tierra era cuadrada.
En su honor, la Pagoda de Leifeng tenía una base cuadrada que estaba anclada a la tierra, pero sus paredes dibujaban un octógono que, desde arriba, parecía redondo.
Cuando el cielo del atardecer estaba despejado, la gente se reunía en la orilla opuesta, en el Puente Roto, para admirar el modo en el que el sol poniente resplandecía tras los muros de ladrillo bermellón de la torre.
Los tejados voladizos, que se disponían a cinco alturas, estaban cubiertos con tejas negras de terracota esmaltada, lo que se suponía que inspiraría a los dioses a bajar a la tierra.
De los amplios aleros colgaban campanitas de bronce que tintineaban con el viento.
Visto desde el suelo, el remate del edificio parecía atravesar las nubes.
La gente creía que, al caer sobre la aguja de hierro, un rayo podía destruir a los demonios.
Xian refrenó a su caballo, desmontó cerca de los escalones que conducían hacia la entrada de la pagoda y dejó en el suelo la bolsa en la que se retorcía la serpiente.
Se había pasado toda la tarde preparando la delegación para el viaje a Changle y requisando oro, jade, metales preciosos y seda de la cámara del tesoro.
A menudo, la realeza cubría de regalos a los estados vasallos para remarcar su condición de benefactores.
Min era el estado vasallo más reciente del reino de Wuyue.
Tras haberse visto amenazada por el reino Tang septentrional, la corte Min había capitulado ante sus aliados más fuertes del norte a cambio de protección.
Se detuvo al borde del lago del Oeste. Las oropéndolas gorjeaban entre los sauces que había en la orilla y, en el centro del agua, tres islas resplandecían bajo la luz del sol poniente.
En la más pequeña de ellas, el islote de Ruangong, era donde el general Jian había encontrado al Xian de diez años, empapado y tembloroso, tras la pelea con los mercenarios.
Cada vez que alguien le había preguntado cómo había acabado allí, Xian se había encerrado en sí mismo y, al final, la gente había dejado de preguntar por miedo a que hablar de aquella terrible experiencia traumatizara todavía más al joven príncipe.
El miè zú , la ejecución de los familiares de un criminal abarcando nueve generaciones, estaba reservado para los peores crímenes, pero secuestrar a un príncipe era uno de ellos.
Habían colgado del muro exterior las cabezas cercenadas de los dos funcionarios de la corte a los que los mercenarios habían obligado a sacar a Xian de palacio a cambio de anular sus deudas de juego, pero su madre había suplicado en nombre de los familiares de los condenados y el rey les había perdonado la vida.
Después, había construido un altar en Ruangong para dar gracias a los dioses por sacar a su hijo sano y salvo de las entrañas del lago.
Solo Xian sabía la verdad: que lo que lo había salvado no había sido ningún dios.
Nadie sabía que había caído en el agua con la perla en la mano. Ni siquiera Feng. Nadie sabía que se había despertado en el islote, demasiado congelado como para reaccionar, mientras una enorme serpiente blanca se tragaba ante sus ojos la cura para la enfermedad de su madre.
El animal debía de haberse visto atraído por el poder de la perla.
Incluso podía tratarse de la misma dichosa criatura que, para empezar, había mordido a su madre.
Lo había sacado del lago a rastras, pero no para salvarle la vida, sino para robarle algo que era casi igual de valioso.
Lo que no sabía era por qué no lo había estrangulado tras arrebatarle la perla.
Sin embargo, aquella era una decisión que la sierpe acabaría lamentando.
El caballo le dio un golpecito en el hombro para que le diera un premio.
Los Ferganá, esbeltos e imponentes, eran los caballos más preciados de toda la nación.
Algunos creían que descendían de la línea de los ti ā n m ă , corceles míticos que llevaban a sus jinetes hasta la tierra de los inmortales.
—¿Tienes hambre, Zhaoye? —preguntó mientras le acariciaba las crines y el lustroso pelaje negro.
Zhaoye, que significaba «noche brillante», era un nombre muy apropiado—.
¿Quieres un poco de fruta? —El animal levantó las orejas.
Tal vez los caballos del linaje de los corceles celestiales entendiesen su idioma—.
Está bien; a ver si puedo conseguirte algo.
Encontró un albaricoquero entre unas peonías en flor y, tras un pequeño tirón, consiguió una de las frutas maduras que colgaban de una de las ramas más externas.
Se sacó una daga de la vaina que llevaba en el tobillo, cortó el albaricoque en dos y quitó el hueso del centro antes de darle los trozos a Zhaoye.
El sonido de unos cascos acercándose hizo que se diera la vuelta.
—Una imagen digna de ver. —Fahai iba a lomos de su caballo castaño. Mientras desmontaba, una sonrisa se le dibujó en el rostro—. Un príncipe dándole fruta a su montura.
Xian fulminó con la mirada al consejero real.
—No intentes fingir que no ha ocurrido nada. Con todo el tiempo que llevamos buscando una cura, ¿no crees que merecía saber que el estado de salud de mi madre estaba empeorando?
El hombre se serenó.
—Tu padre me hizo prometer que no te lo contaría. No podía desobedecer sus órdenes. Ni siquiera por ti, príncipe Xian. Lo siento.
Tragó saliva con fuerza para deshacerse del nudo que tenía en la garganta.
—¿Cuánto tiempo le queda?
—Los médicos han dicho que tres meses. Tal vez un poco más.
¿Tres meses? Aquellas palabras le atravesaron el pecho del mismo modo que la daga había partido el albaricoque en dos un momento antes. ¿Podría disfrutar de los pasteles de luna bajo la luna de la cosecha durante el Festival del Medio Otoño? Era su festividad favorita.
Como si percibiese su angustia, Fahai le apoyó una mano en el hombro.
—No desesperes, príncipe.
Xian recuperó la compostura.
—He capturado una cabeza de cobre con unas marcas blancas poco habituales.
El consejero asintió.
—Hablemos dentro.
La base de la Pagoda de Leifeng estaba construida sobre un pedestal de piedra de dos capas, lo que parecía indicar que la estructura existía a partes iguales tanto bajo tierra como sobre ella.
Xian recogió el saco que contenía la serpiente y rodeó con Fahai la base de la pagoda hasta una puerta de hierro anodina que se encontraba en la parte trasera del edificio.
El consejero se sacó una llave de la bolsita que llevaba en la cintura y la insertó en la cerradura. Se oyó un chasquido y la puerta se abrió con una bocanada de aire rancio. El hombre le hizo un gesto para que pasase primero.
Xian bajó los lisos escalones de piedra hasta un sótano subterráneo que conocía muy bien.
Tras él, Fahai encendió los farolillos que colgaban de los apliques de las paredes, iluminando la estancia.
En el centro, había una mesa de trabajo de madera cubierta de recipientes cilíndricos de latón de diferentes tamaños.
Sobre una plataforma había un revoltijo de pergaminos llenos de fórmulas y cálculos que había escrito el consejero.
En la pared del fondo se apoyaban unas estanterías cuyos estantes estaban repletos de gruesos textos alquímicos.
Un saco de carbón y unos fuelles yacían junto a un hogar conectado con una chimenea.
Aquel era el laboratorio subterráneo secreto en el que Fahai llevaba tres años trabajando sin descanso para cumplir con las órdenes del rey: encontrar una cura para su amada consorte.
En el lado opuesto de la sala había dos docenas de jaulas de madera y bambú apiladas las unas sobre las otras hasta una altura media. Sus ocupantes, cuyas escamas brillantes resplandecían bajo la luz de los farolillos, se enroscaban y desenroscaban.
El consejero le había pedido que le llevara diferentes tipos de serpientes para poder estudiar sus venenos.
Algunos de los tónicos y pócimas que había preparado habían conseguido que su madre sintiera cierto alivio de los síntomas, pero, hasta el momento, no habían logrado curarla. Y, ahora, estaba…
Xian se giró hacia Fahai.
—La cura está en Changle. ¿Qué crees que encontraremos cuando lleguemos? ¿Una fuente mágica en las profundidades de los bosques de Min? ¿Alguna planta medicinal rara que solo crece allí? ¿O tal vez algún sabio o chamán con el poder de curarla?
Los ojos del consejero centellearon.
—Creo que el oráculo nos ha enviado a Changle para que encontremos la pieza final que hemos estado buscando todo este tiempo.
—¿Qué quieres decir?
—Tras tres años experimentando, creo que al fin he dado con la fórmula alquímica precisa de un antídoto —contestó el hombre—. Pero todavía nos falta un ingrediente clave para la cura de tu madre.
A Xian se le erizó la piel de todo el cuerpo.
—¿La serpiente blanca?
Boas de arena, víboras de foseta, serpientes coral, pitones, cabezas de cobre e incluso cobras…
Xian les había dado caza a todas. Sin embargo, en los últimos siete años, jamás había encontrado otra serpiente blanca.
No le parecía descabellado que el animal hubiese abandonado el lago del Oeste tras robarle la perla.
Tal vez hubiese escapado por el Zhe Jiang, un río cercano que era el más largo de la costa sureste, lo que significaría que, en aquel momento, podría encontrarse en cualquier lugar.
Por supuesto, Fahai no sabía todo aquello. Nadie lo sabía. Xian no le había hablado a nadie de la serpiente blanca o la perla. Y nadie sabía tampoco la culpabilidad que le corroía las entrañas como si fuera un parásito chupándole los huesos cada vez que intentaban sin éxito curar a su madre.
—Todavía no estoy seguro de qué parte del animal exactamente será la que completará el antídoto; no sé si será el veneno, los órganos o incluso el corazón palpitante, por lo que no solo tendremos que encontrar a la sierpe, sino que tendremos que traerla de vuelta con vida al laboratorio.
La expectación le retorció el estómago. El oráculo les había dicho dónde encontrar la cura, que no era otra cosa que la propia serpiente blanca.
La balanza del destino había determinado que la vida del animal era la clave para salvar a su madre.
Xian volvería a tener al fin la oportunidad de enfrentarse a la criatura.
Y, en aquella ocasión, pensaba capturarla y llevarla de vuelta a Wuyue.
Sobre un taburete que se encontraba en un rincón, alejado de las jaulas, había un receptáculo grande y abierto que le llamó la atención.
No recordaba haberlo visto la última vez que había estado en el laboratorio.
Se acercó hasta allí y, dentro de la vasija de cerámica, encontró una tortuga cuyo caparazón redondeado mostraba un diseño de estrellas doradas.
—¿Qué es esto? —preguntó—. ¿Tienes una mascota y no me lo habías contado?
Fahai sonrió.
—La encontré hace unos días mientras daba un paseo vespertino alrededor del lago. Se había enzarzado en una desafortunada pelea con una garza y le sangraba una de las patas traseras. La traje aquí para que se recuperara.
El consejero se colocó a su lado. Se sacó algunas hortalizas del bolsillo y se las ofreció a la tortuga, que levantó la cabeza arrugada y comenzó a masticar con ganas la comida, directamente de su mano.
—¿Son de las cocinas de palacio? —preguntó Xian sin poder ocultar lo gracioso que le parecía—. ¿Un consejero real seleccionando con cuidado las verduras para una tortuga que ha tenido la suerte de no acabar convertida ella misma en un manjar?
Fahai soltó una carcajada.
—He de admitir que la estoy malcriando muchísimo.
Es una barbarie asesinar a unas criaturas tan gentiles solo por su carne y sus preciosos caparazones.
El doctor Ping, el que trabaja en el ala médica, cría tortugas de agua dulce por afición y se ha ofrecido voluntario para cuidarla mientras estemos fuera.
Xian pasó la vista hacia las jaulas de madera y bambú.
—¿Y qué hay de ellas? ¿Aguantarán hasta que regresemos?
—Las serpientes pueden sobrevivir hasta un año sin comida —contestó el consejero.
El príncipe se giró hacia él.
—Gracias por esforzarte tanto para encontrar una cura para mi madre. Mi padre no confía en la gente a menos que la conozca desde hace muchos años, pero entiendo por qué te convirtió en uno de sus consejeros a pesar de conocerte desde hace relativamente poco tiempo.
—Con tiempo y paciencia, la hoja de la morera acaba convirtiéndose en una túnica de seda —replicó el hombre con tono solemne—. Han pasado muchos años, pero nunca hemos cejado en nuestro empeño. Espero que, en este año de la serpiente, encontremos lo que hemos estado buscando.