La leyenda de la serpiente blanca 1 XIAN #2
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1 XIAN #2

Xian devolvió la atención de golpe al hombre imponente que estaba sentado en el trono con unas arrugas profundas entre las cejas.

Iba engalanado con un lóng páo amarillo brillante.

Aquella era una túnica regia que llevaba bordados nueve dragones de cinco garras (cinco de ellos estaban en la parte delantera, tres en la espalda y el noveno se encontraba oculto tras el panel frontal).

En el pulgar derecho llevaba un anillo de sello confeccionado con láng g ā n , una piedra preciosa verde azulada que era incluso más rara y valiosa que el jade.

De pie frente al trono se encontraba Fahai, que, en los primeros años de la treintena, era más joven que el resto de los consejeros de la corte.

Llevaba una túnica roja con las mangas anchas y su b ŭ zi (la insignia cuadrada que llevaba tejida en la parte delantera de la vestimenta) estaba decorada con una grulla, que era un símbolo tanto de longevidad como del más alto nivel entre los eruditos.

Su yú dài (la conocida como «bolsa de pez» que llevaba en torno a la cintura) era otra muestra de su alto rango en la corte del rey.

Su padre lo fulminó con la mirada.

—¿Acaso no te he enseñado buenos modales, hijo mío? ¿Qué clase de demonio te ha envalentonado para irrumpir en mi salón de este modo cuando no te he mandado llamar?

Cualquiera que se presentara ante el rey sin haber sido convocado, ya fuera su esposa o una de sus consortes, podía ser castigado con severidad.

Además, tendría que haber ido vestido con la túnica de la corte, que tenía el cuello redondeado y era de un tono amarillo dorado: el color de los príncipes.

—Padre, os ruego que me perdonéis. —Todavía ataviado con la ropa de caza, se arrodilló e hizo una reverencia—. Estoy dispuesto a aceptar cualquier castigo, pero antes, por favor, contadme qué os ha dicho el oráculo sobre mi madre. ¿Va a morir? ¿Hay algún modo de salvarla?

Por el rabillo del ojo, podía ver las bases de las columnas rojas que rodeaban el trono.

Su padre solía contarle historias sobre los poetas que habían escrito los versos que se habían pintado en cada uno de los pilares.

Los principios entrelazados del amor y la piedad filial que aparecían en los poemas favoritos del rey lo habían inspirado a casarse con la mujer noble que le habían escogido sus padres, pero, más adelante, había tomado a la madre de Xian, la plebeya que había sido su amor de juventud, como su primera y más querida consorte.

Se atrevió a alzar los ojos y vio que el gesto de su padre se suavizaba.

—Fahai estaba a punto de desvelarme la respuesta del oráculo cuando nos has interrumpido —le dijo el hombre. Entonces, con la palma de la mano extendida, le indicó que se pusiera en pie y, después, le hizo un gesto con la cabeza a su consejero.

Fahai dio un paso al frente y le presentó un hueso con forma de escápula que estaba envuelto en seda.

Su padre sostuvo el hueso resquebrajado frente a la luz del sol para poder ver los caracteres sesgados y jeroglíficos, que eran los precursores más antiguos de la lengua escrita que utilizaban y que muy pocas personas con vida podían leer.

—¿Cuál es la interpretación del oráculo? —preguntó el rey.

—La cura que buscáis se encuentra en Changle, en el estado de Min —replicó el consejero.

Xian no podía creer lo que estaba oyendo. ¿Una cura? ¿Había una manera no solo de salvarle la vida a su madre, sino de curarla por completo del terrible dolor paralizante que llevaba sufriendo casi una década, desde aquel funesto mordisco de una serpiente?

—Enviadme a Changle —espetó él.

Su padre sacudió la cabeza.

—La capital de Min está a diez días de Xifu. Nunca has viajado tan lejos de casa tú solo. Irá el general Jian.

—Padre…

—No, Xian —repitió el hombre con tono más firme—.

Hace siete años, asumí la tarea de conseguir una perla espiritual para curar a tu madre y, en consecuencia, estuve a punto de perderte.

De hecho, estuve a punto de perderos a ambos, ya que, en el frágil estado en el que se encuentra tu madre, la pena la habría consumido. No permitiré que vuelva a ocurrir.

El rey se había negado a buscar otra perla, pues creía que la primera había sido un mal augurio que había desembocado en el secuestro de su hijo.

A diferencia de él, su padre era muy supersticioso.

Era más que probable que aquel fuese el motivo de que no hubiese ofrecido una perla falsa a cambio de la vida del príncipe: había temido que el engaño tan solo les brindara más infortunios.

Xian se postró de tal modo que, cuando golpeó el suelo con la frente, se produjo un ruido sordo. Sabía bajo qué baldosas había vasijas de barro invertidas (la gente creía que cuanto más resonara el golpe, más posibilidades había de ganarse el favor del rey).

—Padre, en una ocasión me dijisteis que los cuervos poseen la virtud de cuidar de sus padres.

Ahora, os imploro que me permitáis hacer lo mismo.

Soy el único hijo de mi madre. Por favor, dejadme ir a Changle.

Debo ser yo el que encuentre la cura. De lo contrario, tendría que vivir con ese arrepentimiento el resto de mi vida.

Entonces, se produjo el silencio. La piedad filial era la más importante de todas las virtudes confucianas, así como el motivo por el que tanto los hombres como las mujeres llevaban el pelo largo como muestra de reverencia tanto a sus padres como a sus ancestros.

Apelar a sus deberes como hijo haría que a su padre le resultase más difícil negarse a su petición.

Xian esperó. Finalmente, el rey agarró un pincel y comenzó a escribir en un pergamino. Después, tomó el sello real, que tenía un par de dragones entrelazados en la cara superior, introdujo la base cuadrada en tinta roja y presionó la insignia sobre el documento.

—Preparad una delegación. Saldrás hacia Changle al amanecer. —El hombre le tendió el pergamino—. Fahai te escoltará en mi nombre. Sigue sus consejos como si fueran los míos. Si esta es la voluntad de los dioses, ellos bendecirán tu viaje y, al llegar, te mostrarán el camino correcto.

—Gracias, padre. —Hizo una reverencia mientras recibía el edicto real con ambas manos—. No regresaré hasta que no tenga la cura.