1 XIAN
Una cabeza de cobre. —Las fuertes suelas de cuero de Xian apenas hacían ruido sobre la hojarasca que cubría el suelo del bosque—. También conocida como «víbora de los cien pasos». Dicen que, tras recibir su mordedura, tan solo puedes dar cien pasos antes de desplomarte.
—Qué encantador —dijo Feng, deteniéndose con la mano sobre la empuñadura de la espada—. Nada como un poco de aire fresco, luz del sol y veneno mortífero para empezar el día.
Habían acordado que tan solo cortaría la cabeza de las serpientes si los atacaban de forma inesperada. De lo contrario, Xian las quería vivas.
Había llegado el verano, lo que significaba que aquellos animales se alejaban de sus nidos más de lo habitual para reproducirse.
El mejor momento para atraparlos era a primera hora de la mañana, cuando el sol naciente ya había calentado los afloramientos rocosos dentados pero el calor abrasador todavía no los había obligado a regresar a sus escondites.
—¿No habías capturado ya una de estas? —preguntó Feng, mirando al reptil—. Has estado trabajando el doble de duro desde que comenzó el año de la serpiente.
Xian señaló algo con un dedo.
—¿Ves esa raya que le corre por la espalda? Las cabeza de cobre no suelen tener marcas blancas.
Si no hubiese sido por ese diseño níveo que tenía en las escamas dorsales, aquella sierpe de color marrón rojizo habría sido casi indistinguible del tronco caído bajo el que estaba enroscada.
Feng se inclinó un poco para poder verla mejor.
—¿Crees que podría estar relacionada con la serpiente blanca que mordió a tu madre?
—Le preguntaré a Fahai cuando regrese. —Xian dio un paso al frente con unas pinzas en una mano enguantada y un gancho alargado en la otra. También llevaba unas polainas de piel de cocodrilo, que eran lo bastante gruesas como para protegerlo de los largos colmillos de las víboras de foseta.
Con la parte ancha de las pinzas, atrapó a la serpiente, que, sorprendida, siseó y levantó la cabeza triangular. Entonces, la agarró con el gancho y la sostuvo a cierta distancia. Sin embargo, el animal atacó y le cerró los colmillos a escasos centímetros del antebrazo. Feng blandió la espada.
—¡Cuidado!
Xian le golpeó la parte trasera de la cabeza con las pinzas que llevaba en la otra mano y la dejó inconsciente. La víbora se desplomó y quedó colgando sin fuerza del gancho.
Feng soltó el aire.
—Le ha faltado demasiado poco…
—Tenía todo bajo control. Aunque esa vena protectora tuya es muy interesante, gracias.
—No es una vena protectora. Soy tu guardaespaldas.
Xian colocó al animal inerte en un saco de doble costura y lo cerró. Después, se frotó los ojos con el dorso de la mano y reprimió un bostezo.
Feng arqueó una ceja.
—¿Quién era el chico de anoche?
Le lanzó una mirada inocente a su mejor amigo.
—No tengo ni idea de qué me estás hablando.
—Buen intento. Sé que te escabulliste de nuevo a través del Pabellón de la Benevolencia.
—Ya, claro, no serías muy buen guardaespaldas si no fuese así.
Cuando eran más pequeños, Xian y Feng, que era el hijo mayor del general Jian, habían encontrado una de las rutas de escape secretas del palacio.
La entrada estaba escondida tras el altar del Pabellón de la Benevolencia y el túnel desembocaba en un silo para cereales abandonado que se encontraba al otro lado de la muralla externa.
Xian, que le había estado dando un buen uso a aquel pasadizo, sonrió.
—Acordamos reunirnos en una cabaña que se encuentra cerca de la granja de su padre. Todavía cree que soy el hijo del mercader que se encarga de las provisiones de té del rey.
Feng suspiró.
—Ojalá te esforzases más en ser discreto.
—No te preocupes; no nos vio nadie. —Xian alzó la barbilla—. Y, aunque la gente lo descubriera, ¿por qué iban a armar un escándalo? El emperador Ai tenía amantes masculinos, igual que los nueve emperadores de la dinastía Han que lo precedieron.
Había una historia sobre el emperador Ai que era muy famosa: cuando su amante favorito se había quedado dormido sobre su túnica, él había preferido cortar la manga de su vestimenta imperial antes que despertar al joven.
—Bueno, podrás hacer lo que quieras cuando seas el rey —replicó Feng—. Pero, ahora mismo, sabes que Wang está a la espera de que des un traspiés. Desde su gu ā n l ĭ , se ha esforzado mucho para desacreditarte y ganarse la aprobación de tu padre.
Al cumplir los veinte años, coronaban la larga melena (recogida en un moño, como era habitual) de todos los hombres nobles con un accesorio especial.
Dos semanas atrás, amontonados bajo los paraguas para protegerse de las lluvias propias del final de la primavera, todo el mundo se había congregado en el exterior del Templo Ancestral para presenciar la ceremonia de coronación del mayor de sus hermanastros.
A Xian todavía le quedaban tres años para su propio gu ā n l ĭ , por lo que llevaba el moño sujeto con una simple horquilla.
En la distancia, resonó el gong que había en la torre de madera del reloj astronómico de palacio, anunciando que eran las diez. El sol se había alzado en el cielo despejado y un hilillo de sudor corrió por la frente de Xian.
—A estas alturas, Fahai debería haber regresado de la visita a su pueblo natal. Le llevaré la cabeza de cobre para ver qué opina. —Mientras recogía el saco en el que se encontraba la serpiente, se percató del gesto titubeante de su amigo—. ¿Qué ocurre?
—Esta mañana, por casualidad, he oído una conversación de mi padre —contestó Feng—. Fahai no estaba visitando a su familia. Tu padre lo envió al oeste, al monte Emei, a visitar al oráculo.
El monte Emei era la más alta de las cuatro montañas sagradas.
Al monasterio en el que vivía el oráculo, que era un ermitaño, tan solo podía accederse a través de una escalera estrecha de mil escalones esculpidos en la cara más escarpada de la montaña.
Los monjes tallaban las peticiones de los peregrinos en un hueso de buey o en el plastrón de una tortuga usando la antigua escritura del oráculo.
Las partes de los animales se calentaban en una fragua y, si el ermitaño decidía responder, interpretaba el patrón que habían dibujado las grietas.
Xian frunció el ceño.
—¿Qué quería preguntar mi padre? ¿Si debería escoger a Wang como príncipe heredero? ¿Es ese el motivo de que Fahai no me contara adónde iba de verdad?
Feng intentó encogerse de hombros con aire despreocupado.
—Podría haber ido en misión oficial de la corte…
Xian entornó los ojos.
—Feng, tengo una serpiente mortífera en este saco y no me da miedo usarla.
—La has dejado inconsciente.
—Los colmillos de las serpientes pueden seguir inyectando veneno una hora después de que se les haya cortado la cabeza.
Su amigo suspiró.
—No quería decirte nada…, pero tengo la sensación de que la misión de Fahai para ir a ver al oráculo está relacionada con tu madre.
Mientras atravesaba corriendo el patio interior de palacio, el corazón de Xian palpitaba con fuerza.
De pronto, todo tenía sentido: tanto que su madre estuviera durmiendo más de lo habitual como que el médico de la corte hubiese empezado a recetarle medicina a base de adormidera, destinada a que se sintiera lo más cómoda posible.
¿Por qué no se lo había contado su padre?
¿Sabía su madre que su estado estaba empeorando? ¿Cuánto…? ¿Cuánto tiempo le quedaba?
Sus pasos resonaron sobre los amplios escalones de mármol que conducían al salón del rey. El tejado amarillo a dos aguas y con doble alero destacaba de forma grandiosa sobre el resto de los edificios del palacio de Xifu, capital de Wuyue y hogar del lago del Oeste.
Tras la caída de la dinastía Tang, la nación se había fragmentado en diez reinos diferentes, y Wuyue tenía sus territorios en el este.
Ninguno de los reyes era lo bastante poderoso como para ascender al trono como sucesor de los Tang, por lo que, conformando un momento peculiar de la historia, no había emperador y cada uno de los reyes (incluyendo al padre de Xian) gobernaba de forma independiente.
El nueve era un número imperial y el salón de su padre era el único edificio del palacio que podía tener nueve ji ā n (el espacio entre dos columnas) y cinco arcos. A excepción del rey, nadie podía atravesar el arco central, así que Xian pasó corriendo bajo el que se encontraba a la izquierda.
Los guardias que estaban apostados frente a la entrada del salón del trono intentaron detenerlo sin mucho empeño, pero él se deshizo de ellos y abrió las puertas dobles de golpe.
El trono se encontraba sobre una plataforma elevada orientada hacia el sur de modo que cualquiera que estuviera en presencia del rey tuviera que hacer una reverencia hacia el norte, lo que suponía una muestra de respeto.
Desde unos incensarios de cobre rojizo flotaban volutas de humo dulzón y dos enormes espejos de bronce, uno a cada lado del regio asiento, resplandecían para ahuyentar a los espíritus malignos.
Xian alzó la vista hacia la placa de madera que se encontraba sobre el trono y en la que, de derecha a izquierda y con letras doradas, habían grabado las palabras « 一正壓百邪 ». «Un acto de justicia puede acabar con un centenar de males».
Aquella placa no era solo decorativa. En el pasado, la tradición había dictado que el hijo mayor de la emperatriz o la reina se convertiría automáticamente en el príncipe heredero, pero el tatarabuelo de Xian había roto con aquella costumbre al declarar que cualquiera de sus hijos podría ser su heredero.
Las luchas internas entre los muchos hijos que había tenido con sus esposas y concubinas habían provocado que el rey instaurara la práctica de guardar el nombre del príncipe elegido en una caja oculta tras aquella placa y que tan solo debía abrirse tras su muerte.
La caja en la que se guardaba el decreto se consideraba sagrada y cualquiera que fuera descubierto intentando manipularla sería condenado a muerte.
—¿Xian?