La leyenda de la serpiente blanca Prólogo Siete años antes
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La leyenda de la serpiente blanca

La leyenda de la serpiente blanca

Por Sher Lee

© inepub.com

Prólogo Siete años antes

El saco de cáñamo que el príncipe Xian llevaba en la cabeza olía a comida de animales.

Tenías las manos atadas frente al cuerpo y los pies de los dedos en carne viva a causa de los mordiscos de las ratas hambrientas de la celda sin ventanas en la que sus captores lo habían encerrado durante dos días y dos noches.

Sin embargo, no había llorado. Al menos, no mientras ellos habían estado presentes.

Criarse en palacio como el hijo de diez años de una consorte entre hermanastros rivales le había enseñado una lección: el orgullo no era tan solo su armadura; era lo único que tenía.

Estaban en marcha. Las ruedas pasaron por encima de un bache y la cabeza le rebotó contra el lateral del carro.

Un olor a hierba pastosa le rozó la nariz y la piel se le erizó al reconocer aquel aroma.

Su madre solía sacarlo de palacio para que jugara junto al lago y siempre había pensado que las nubes verdes y azules que flotaban a la deriva por el agua eran bonitas, pero ella le había explicado que algunos tipos de algas eran peligrosos e incluso mortíferos.

Volvía a estar cerca de casa. Tan cerca que podía imaginarse de pie en la orilla del lago del Oeste, las tres islas que flotaban en el agua, el Puente Roto (en realidad, no estaba roto; tan solo lo parecía cuando la nieve se derretía en uno de los lados) y, en la distancia, custodiando la orilla sur, la Pagoda de Leifeng.

El carro empezó a disminuir la velocidad hasta detenerse por completo. El pulso se le aceleró. Los caballos relincharon mientras el ruido de las botas iba de un lado para otro sobre la tierra calentada por el tiempo estival. Lo sacaron del vehículo y le arrancaron el saco de la cabeza.

Entrecerró los ojos ante el brillo repentino del claro del bosque. Estaba rodeado por mercenarios armados, pero, al otro lado de la explanada, se encontraba el general Jian, el funcionario en el que más confiaba su padre.

—¡Mi príncipe! —El hombre tenía la frente arrugada por la preocupación—. ¿Estáis herido?

Una oleada de alivio le recorrió el cuerpo y se obligó a poner gesto de valentía.

—Sí, estoy…

—Ya has visto al chico. —El cabecilla de los mercenarios lo empujó a sus espaldas. Tenía el largo cabello apelmazado y alborotado y la brigantina de cuero cubierta de manchas de sangre—. Todos los dedos de las manos y los pies intactos… por ahora. ¡Danos la perla!

Xian abrió los ojos de par en par. Su padre le había contado que las perlas espirituales procedentes de las más altas cumbres de las montañas Kunlun, que eran sagradas, podían curar cualquier enfermedad e incluso…

revertir la muerte. Innumerables hombres habían fallecido durante su búsqueda al precipitarse por grietas traicioneras ocultas bajo las nieves eternas.

El general Jian mostraba un gesto sombrío mientras avanzaba al frente y entregaba una caja de madera. Un murmullo se esparció entre los mercenarios y su líder sostuvo un pequeño objeto esférico ante la luz del sol: era del tamaño de una canica y desprendía un brillo antinatural.

«Una perla espiritual puede curar una mordedura de serpiente blanca —le había dicho su padre—. Logrará que tu madre se recupere».

—¡No! —bramó—. ¡La necesita! ¡No se la des a…!

A sus espaldas, una explosión sacudió el carro.

La fuerza del estallido lo lanzó hacia delante y, como seguía teniendo las manos atadas, no pudo detener la caída y cayó de bruces.

El olor de la pólvora hacía que le picaran las fosas nasales y le costaba respirar, tal como aquella vez en la que el mayor de sus hermanastros, Wang, lo había tirado al suelo y se le había sentado sobre el pecho.

Alzó la cabeza y contempló a los guardias de palacio saliendo en tropel de los lugares en los que se habían escondido para la emboscada. Los mercenarios gritaron mientras los caballos, presas del pánico, se encabritaban. Blandiendo la espada, el general Jian se abrió paso hacia él entre el caos y…

Unas manos ásperas lo agarraron por detrás y, entonces, dejó de ver al general. Xian forcejeó mientras tiraban de él hacia otro carro y lo arrojaban a la parte trasera.

Se produjo una segunda explosión. La rueda posterior se hizo añicos y el vehículo dio un bandazo, por lo que se golpeó la cabeza contra el suelo. Un hombre gritó como si lo estuvieran arrastrando al infierno.

El dolor le reverberó por todo el cráneo y unos puntitos negros y grises se le agolparon en el campo de visión como si fuesen hormigas.

Sin embargo, se obligó a incorporarse. Por primera vez, estaba sin vigilancia.

Cuando le habían atado las manos, había apretado los puños, tal como le había enseñado a hacer Feng, su mejor amigo, por lo que desprenderse de las ataduras le resultó más fácil de lo normal.

Mientras salía del carro, arrastrándose, un gruñido horrible hizo que se diera la vuelta. Junto a la rueda destrozada yacía un mercenario. Tenía el rostro contorsionado por la agonía y se estaba agarrando el muslo izquierdo destrozado. El estallido le había volado el resto de la pierna.

Un guardia de palacio se acercó a él y le atravesó el pecho con la espada. Xian retrocedió. El mercenario emitió un borboteo y, después, se quedó muy quieto. El guardia desenterró la espada y de la herida manó sangre.

Con el entrechocar de las armas, nadie pareció percatarse de que Xian estaba tirado sobre la tierra, expuesto.

Apretó el cuerpo contra el suelo, intentando pasar lo más desapercibido posible.

Uno de los caballos de los mercenarios, que no estaban acostumbrados a la batalla, cargó hacia él.

Consiguió apartarse del camino de la asustada criatura justo antes de que posara las pezuñas en el lugar exacto en el que, apenas un instante antes, había tenido la cabeza.

Rodó sobre sí mismo, respirando con fuerza.

Tenía que ponerse a resguardo. Mientras se arrastraba con los codos y las rodillas hacia unos matorrales cercanos, enterró las manos en la tierra y se topó con algo pequeño, duro y redondo.

Se detuvo y abrió los dedos. En la palma tenía una esfera iridiscente cubierta de motas de polvo y briznas de hierba secas.

La perla.

Aquel orbe diminuto pareció palpitarle en la mano como si tuviera un latido de corazón propio. Le resultó extrañamente pesada, como si poseyera la densidad de varios universos. Era como un ojo procedente de otro mundo que le devolvía la mirada, y Xian no podía apartar la vista…

Un par de botas se posaron con fuerza frente a él. Pestañeó y, cuando alzó la cabeza, se encontró con la cara ruda de uno de los mercenarios. El hombre vislumbró la perla y, al reconocerla, abrió los ojos de par en par.

—Dámela —gruñó.

Xian se puso en pie de un salto y echó a correr.

Las zancadas cortas y febriles lo condujeron de forma instintiva hacia el lago y al aroma pastoso de las algas venenosas, que eran menos mortíferas que los pasos atronadores que iban ganándole terreno a la espalda.

Impulsó las piernas a mayor velocidad a pesar de que, con los pies descalzos, cada paso era como estar corriendo sobre brasas ardientes.

Justo enfrente estaba el Puente Roto. Llegó hasta la parte central y se subió al parapeto.

El corazón le palpitaba con fuerza y cada vez que tomaba aliento de forma entrecortada era como recibir una puñalada.

El lago desprendía un brillo verdoso poco natural que lo obligó a enfrentarse a la única cosa de la que se avergonzaba: no sabía nadar.

El hombre se acercó a él.

—Entrégamela, chico.

—¡No te acerques más! —gritó—. ¡Si lo haces, me arrojaré al lago!

—Te dejaré marchar, te lo prometo. —El mercenario le tendió una mano llena de callos—. Puedes volver a casa, con tu madre…

Entonces, se abalanzó sobre la pierna de Xian. Él lo esquivó, pero uno de los pies le resbaló, la cabeza se le fue hacia atrás de forma brusca y…

Atravesar el agua fue como si se lo hubieran tragado de golpe.

En el mundo verde y opaco que había bajo la superficie, todo se ralentizó de forma abrupta y sintió como si las extremidades le pesaran el doble.

Las algas se alzaban, imponentes, como monstruos corpulentos que extendían los dedos sin forma hacia él.

Con las manos todavía cerradas en puños, empezó a sacudirse y a patalear con frenesí. No podía ahogarse. No podía perder la perla que curaría a su madre.

Algo le serpenteó por el brazo. Se quedó congelado. Vislumbró un destello de escamas reptilianas tan blancas que parecían radiantes y, después, un cuerpo alargado y sin extremidades, grácil y aterrador, comenzó a rodearlo, apretándole los costados como si fuera un tentáculo gigante.

El horror se le apoderó del pecho. Abrió la boca para gritar, pero de ella solo brotó una hilera de burbujas que ascendieron como una plegaria hacia la luz pálida y distante.

Entonces, las burbujas se acabaron y el mundo se sumió en la oscuridad.