CAPÍTULO 11
Scorpio podía dormir en cualquier sitio. En un sofá, en el suelo, en un lodazal. Sentado, de pie. Pero esa noche no. Estaba tumbado en el sofá pensando en la mujer que ocupaba su cama.
Una mujer intrigante que no parecía ni impresionada ni intimidada por lo que él era.
No le había sorprendido que Rebecca rechazara su oferta de compartir el colchón.
Por lo que había visto hasta ahora, no era de las que se entregaban a relaciones casuales.
Una lástima. Tenía un cuerpo estupendo y una cara bonita, pero su atracción iba más allá de lo físico.
Demostraba una agudeza e inteligencia notables, además de valor y resistencia.
También se estaba adaptando bien a todas las revelaciones.
No todo el mundo podía lidiar con la torre o con los guerreros sin sufrir un colapso.
A veces la gente se venía abajo cuando su percepción de la realidad cambiaba drásticamente.
Rebecca no. Hacía preguntas, no se creía las respuestas a la primera, pero tampoco las negaba cuando le mostraban pruebas. Algo positivo, ya que podría quedarse allí una temporada. Aquarius le había enviado un mensaje mientras jugaban.
Allanaron la casa de tu amiga doctora. Una vecina a la que le habían pedido que regara las plantas mientras Rebecca trabajaba en la Antártida había contactado con la policía al notar que la puerta mostraba señales de manipulación.
El informe posterior indicaba que habían registrado la casa a fondo, pero los agentes no podían determinar si habían robado algo.
Lo más probable era que los intrusos buscaran la ubicación actual de Rebecca, y solo necesitaba pensarlo un segundo para saber quiénes eran.
Quizá ahora ella le creyera cuando afirmaba que estaba en peligro.
O más probablemente, volvería a discutir. Tenía su encanto cuando se ponía así.
Finalmente logró quedarse dormido, pero una voz lo despertó. La de Rebecca.
—¿Cómo puedo liberarte?
¿Con quién hablaba? Se levantó y fue a su dormitorio, que no tenía puerta. Nunca había necesitado una en su espacio.
Ella se movía inquieta bajo las sábanas y murmuró:
—¿Quién eres?
Su cuerpo se retorció un poco más antes de que comenzaran los gritos.
Gritos llenos de dolor que le erizaron la piel. Se lanzó hacia la cama y le puso una mano encima.
—¡Rebecca! ¡Doc! Despierta.
Sus pestañas aletearon y él preguntó:
—¿Estás bien? Te oí gritar en sueños.
¿Su respuesta?
Un beso.
Arrastró a Scorpio hacia ella y le estampó un beso tórrido que le encendió los sentidos, pero él mantuvo la cabeza lo suficiente como para saber que debía tener cuidado porque ella podría seguir dormida.
Normalmente no le importaría, pero sabía que Rebecca se enfadaría si el beso no hubiera sido intencionado, así que se apartó, murmurando:
—Estás bien, Doc. Solo fue una pesadilla.
Tardó un segundo en abrir los ojos y enfocar la mirada.
—Lo siento.
—No hace falta que te disculpes. Supongo que estamos en paz en cuanto a besos sorpresa.
—No sé qué me pasó.
Él tampoco lo sabía, pero el efecto persistía, ya que ella seguía aferrada a él.
—Me parece que estabas teniendo una pesadilla. ¿Quieres hablar de ello?
Ella frunció el ceño.
—Pensarás que es raro.
—Ya llevas conmigo el tiempo suficiente para saber que tengo el listón muy alto para lo raro.
—Buen punto —respondió ella con ironía—. Fue el sueño más extraño. En él, flotaba en un espacio vacío. Sin luz, ni siquiera estaba segura de tener cuerpo, aunque podía oír porque una voz me habló. Me pidió que la liberara.
—¿De quién era la voz?
—No lo sé. Intenté responder, pero no podía oírme y seguía exigiendo que la liberara, y luego dijo que, si no lo hacía, el mundo ardería. Y entonces, de repente, fue como si estuviera en llamas. El dolor…
Se interrumpió y tragó saliva.
—Fue una agonía.
—Supongo que nunca habías tenido este sueño antes.
—No. La verdad es que no suelo soñar, o casi nada.
—Tendremos que contárselo a Sage y Aries.
—¿Por qué? —preguntó ella—. Fue simplemente una pesadilla.
—¿Lo fue? Es mejor no arriesgarse.
Ella suspiró.
—Si tú lo dices. ¿Qué hora es?
—Las cuatro de la madrugada.
—Uf. Demasiado temprano para levantarse.
—De acuerdo.
¿Se daba cuenta de que todavía le agarraba los hombros, como si no quisiera que se fuera?
—Deberías intentar volver a dormir.
—Supongo.
Sonaba insegura.
—¿Te preocupa volver a caer en la pesadilla?
—Un poco. Ojalá no pase. Fue muy desagradable.
—Hazte a un lado.
—¿Por qué?
—Porque voy a quedarme aquí y mantenerte a salvo.
Ella resopló.
—¿Qué te hace pensar que teniéndote cerca me ayudará?
—Has leído parte del libro de mi tocayo. Soy un héroe. Es lo que hacen los héroes, mantener a raya lo malo. Así que muévete.
Esperaba que discutiera. En cambio, se desplazó lo suficiente para que él pudiera meterse en la cama, quedándose sobre las sábanas. Le pasó un brazo por la cintura y la acercó.
—Qué raro se me hace esto —murmuró ella.
—Seguro que has dormido con un hombre antes.
—No muy a menudo, y hace tiempo de eso. Además, eres mucho más grande que los hombres con los que suelo salir.
—Más donde agarrar —las palabras se le escaparon y se quedó paralizado. ¿Qué coño acababa de decir?
—Creía que no creías en el amor —replicó ella.
—No creo. Ahora cállate. Estoy intentando dormir.
—Vale —una pausa—. Gracias, Scorpio.
¿Darle las gracias por qué? ¿Por ser decente? ¿Por estar presente? ¿Por evitar que su erección le presionara el trasero?
Estar tumbado con ella tan cerca resultó una forma de tortura que nunca había experimentado. El sueño tardó en llegar, incluso después de que la respiración de ella se ralentizara, señal de que se había dormido.
A decir verdad, rara vez —muy muy rara vez— dormía con sus parejas sexuales. Era mucho más fácil follar, dar las gracias y marcharse.
En este caso, ni siquiera había llegado a primera base, aunque le parecía buena señal que ella lo hubiera besado primero esta vez. Podía negar la atracción, pero era evidente que la sentía.
Le costó, pero se quedó dormido, hasta que una sirena estridente lo despertó.
Dio un respingo y, al estar en el borde de la cama, se cayó de ella. Aturdido, se quedó sentado en el suelo. Doc se asomó por el lateral un segundo después:
—¿Qué es ese ruido?
—Estoy bien, gracias por preguntar —gruñó Scorpio mientras se levantaba y se frotaba el trasero.
—Oh, ¿alguien se ha hecho una pupita en el culito?
Ella puso los ojos en blanco.
—¿Para qué es esa alarma?
—No lo sé. Nunca la había oído.
El altavoz oculto de su habitación cobró vida con la voz de Aries:
—¡Alerta perimetral! ¡Todos los Zodiacos fuera, ahora!
La orden lo dejó con los ojos como platos. Nunca antes habían logrado penetrar las defensas de la torre.
Scorpio no se detuvo a ponerse camiseta ni zapatos.
Solo con sus pantalones cortos de dormir, salió corriendo del dormitorio y cogió las armas que guardaba junto a la puerta.
Se echó la correa de la vaina de la espada a la espalda y agarró un rifle mientras salía al pasillo.
Vio a Leo, que salía de su suite con los ojos somnolientos y el pelo revuelto.
—¿Quién coño ataca a estas putas horas?
—Ni idea. Coge tu equipo y vamos —gritó Scorpio mientras pasaba corriendo.
Leo parecía tener resaca otra vez. Su estado habitual estos días desde el incidente de hacía cinco años.
Scorpio empezó a bajar las escaleras a toda velocidad, pero soltó un grito de sorpresa cuando los peldaños se convirtieron de repente en una rampa lisa. Se deslizó, cogiendo velocidad en el descenso.
También gritó de pura emoción porque, joder, era como hacer snowboard por una pendiente empinada. Esto molaba.
Al acercarse al final, tensó las piernas y saltó, aterrizando con una ligera flexión antes de seguir corriendo. Salió de la torre y encontró a Aries ya fuera con Cancer, los dos con la mano en la frente para protegerse del sol naciente.
—¿Dónde está el enemigo? —resopló Scorpio.
Aries señaló al cielo, donde flotaba un punto diminuto.
—¿Me he caído de la cama por un puto pájaro? —se quejó Scorpio. Él que esperaba despertarse acurrucado con ella.
—No es un pájaro, es un dron —respondió Aries con tono seco—. Y antes de que preguntes, no es nuestro.
—¿Un dron? ¿Aquí? ¿Cómo? —porque la torre tenía escudos contra intrusos, ya fueran vivos o mecánicos.
—No lo sé, y no me gusta.
—Averigüemos a quién pertenece.
Scorpio levantó el rifle y apuntó.
Bang.
La bala partió una de las aspas del rotor en movimiento y el dron empezó a zigzaguear como borracho mientras perdía altura, dirigiéndose hacia el nuevo foso, cuya superficie era de un verde brillante y estaba completamente inmóvil.
—¡Que no caiga en el ácido! —gritó Aries echando a correr hacia él.
Todos se pusieron en movimiento y se separaron mientras el dron zigzagueaba a izquierda y derecha, incapaz de controlar su dirección con la pieza rota.
Que no toque. Que no toque. Scorpio se repetía eso mientras corría por el borde del foso, sin perder de vista el dron.
Cuando descendió lo suficiente, saltó y extendió el brazo; sus dedos rozaron el material sólido del intruso antes de agarrarlo con fuerza.
Solo al empezar a caer se dio cuenta de que se había pasado con el salto.
Antes de que pudiera comprobar lo malo que era el ácido para la piel, Aries le agarró el pie y tiró con la fuerza suficiente para que Scorpio aterrizara en tierra firme. Con el dron incluido, habría que añadir.
Otros guerreros se acercaron, todos curiosos, y Aries ladró:
—Leo, Cancer y Virgo, dad una vuelta a la torre. Comprobad si hay más ojos en el cielo.
Salieron trotando, dejando a Scorpio y Aries con la captura.
El dispositivo dejó de zumbar de golpe y la luz roja de la cámara se apagó.
Aries señaló.
—Reconozco ese símbolo.
Scorpio tuvo un segundo para murmurar:
—Maldito Cetus.
Y entonces el dron explotó.