CAPÍTULO 12
Mientras Scorpio salía corriendo, Rebecca tardó más en seguirlo, porque ni loca iba a quedarse acurrucada en la habitación de Scorpio sin saber qué pasaba.
Entró al baño a buscar la ropa que se había quitado la noche anterior —unos leggings sencillos y una camiseta de manga larga— y descubrió que la habían reemplazado por ropa interior nueva, pantalones caqui, una camiseta y zapatillas deportivas resistentes, todo de su talla exacta y completamente de su estilo.
—Gracias, Torre —murmuró en voz alta, porque le parecía descortés no decir nada.
Se vistió y salió; esos pocos minutos que se había tomado bastaron para que Scorpio desapareciera de su vista.
Comenzó a trotar por las escaleras cuando, de repente, ya no tuvo que hacerlo.
El escalón en el que estaba se ensanchó, y la barandilla a la que se agarraba siguió unida a él mientras la transportaba velozmente al nivel inferior.
No era exactamente un ascensor, pero funcionaba.
Pisó el suelo de mármol justo a tiempo para oír una explosión.
Corrió hacia las puertas, que se abrieron de par en par dejando ver el cielo del amanecer, y enseguida vio a Scorpio sentado en el suelo, sujetándose la mano.
Una mano que goteaba sangre.
—¿Qué pasó? —gritó Rebecca mientras corría hacia él.
—Tu empresa envió un dron a espiar, y no le gustó que lo capturaran —explicó él con una calma que desmentía la gravedad de su herida. Tenía la mano destrozada, la herida tan profunda que el hueso asomaba entre la carne abierta y sangrante.
—Necesita un médico —le dijo a Aries, que estaba apartado con el teléfono en la oreja.
—Estoy bien —insistió Scorpio.
—Tu mano parece carne picada —espetó Rebecca, tirando de su manga.
—¿Qué estás haciendo?
—Buscar algo para vendártela y hacer presión. Necesitas un hospital. ¿Dónde está el más cercano?
—Nada de hospital —declaró Aries mientras guardaba el teléfono—. Solo ayúdalo a entrar. Scorpio puede guiarte desde allí hasta la sala de Polvo Estelar.
—¿La qué? —soltó ella.
—Sala de Polvo Estelar —repitió Scorpio mientras se ponía de pie con la mano goteando—. Está al lado de la sala del portal. ¿Quieres venir a ver cómo se cura un Guerrero del Zodiaco después de una batalla?
—¿Estamos hablando de magia?
Estaría herido, pero ella aún tenía que moverse rápido para seguirle el paso con aquellas zancadas tan largas.
—En cierto modo. Dada nuestra afinidad con las estrellas, los fragmentos que caen a la Tierra nos proporcionan ciertas ventajas. El polvo, por ejemplo, se puede espolvorear sobre las heridas para acelerar la curación.
—¿Vas a echarte tierra en la mano destrozada?
Intentó no sonar escéptica y fracasó. No podía evitar que le molestara tanta despreocupación.
—Sí. Funciona de maravilla —anunció mientras entraban en la torre—. Está justo al lado de la sala del portal, así queda cerca para las misiones que salen mal.
—¿Sala del portal?
Se sentía como una niña con tantas preguntas.
—Donde llegamos cuando nos teletransporté con el rayo estelar —señaló con la cabeza un gran arco tallado con símbolos.
Ella estaba inconsciente cuando llegaron, así que nunca había visto este nivel con su gran vestíbulo flanqueado por arcos y una escalera que ascendía por el centro. El suelo relucía, el mármol blanco inmaculado pero de un tipo que nunca había visto, con motas plateadas.
—¿Qué demonios pasó? —refunfuñó ella.
—Te lo dije, tu empresa envió un dron.
—¿Fue eso lo que causó la explosión y la lesión?
—Sí. Lo derribé y lo recuperé. La maldita cosa explotó en mi mano. Supongo que no querían que jugáramos con él.
—¿Cómo sabes que era de Cetus?
—Vi el logo antes del kabum —declaró, entrando por un arco con una estrella en explosión encima. La sala parecía más una botica que una clínica médica. Tenía un sillón reclinable y una pared de estantes llenos de frascos de vidrio con tierra.
Scorpio se dejó caer en el asiento y apoyó el antebrazo en el reposabrazos antes de señalar con la mano buena.
—Coge uno de los recipientes de polvo, ¿quieres?
—¿Alguno en particular?
—No.
Se acercó a la pared y frunció los labios. Parecían casi iguales, con ligeras variaciones: el contenido era más claro en algunos, y dos incluso brillaban. Cuando dudó, uno de los frascos vibró ligeramente: la torre la ayudaba a elegir.
Cogió el recipiente y se lo llevó a Scorpio.
—¿Y ahora qué?
—Quita la tapa y viértelo sobre mi mano.
—¿En serio? ¿No vamos a enjuagarla primero o...?
—No. Ya verás.
Supuso que así sería. Se guardó el escepticismo e hizo lo que le pedía: espolvorear el polvo sobre las heridas abiertas, intentando no hacer una mueca mientras se colaba por las grietas y se mezclaba con la sangre formando una pasta fangosa.
—Más —gruñó él con el rostro crispado de dolor.
Ella se detuvo.
—¿Por qué parece que sufres más que antes?
—¿Olvidé mencionar que la curación rápida duele? No te preocupes. Sobreviviré. Ya está empezando a regenerar la carne. Venga, echa más polvo, Doc.
Roció hasta que la mano quedó completamente cubierta y la sangre dejó de gotear. Luego se abrazó el recipiente vacío contra el pecho.
—¿Cuánto tarda la curación?
—Depende del tamaño de la herida. Algo como esto, una hora más o menos.
—¿Hay algo más que pueda hacer? ¿Necesitas agua? ¿Una camiseta?
Él esbozó una media sonrisa.
—¿Te estás ofreciendo a subir a por el desayuno?
—Comer sería buena idea, y café. Mucho café —murmuró, saliendo de la sala de Polvo Estelar para encontrarse a Aries junto a Sage en la entrada. La vidente parecía alterada.
—No sé cómo no lo vi. Una amenaza directa a la torre. Debería haberlo sabido —insistió Sage, estrujándose las manos.
—No puedes verlo todo —intentó tranquilizarla Aries.
—Pero ¿qué más no habré visto? ¿Me está fallando mi don, o esa otra vidente me está bloqueando de algún modo? —Los labios de Sage temblaban de inquietud.
Aries reparó en Rebecca.
—¿Cómo está Scorpio?
—Hecho polvo —fue su seca respuesta—. Tiene hambre, así que iba a traerle algo de comer.
—Ve con Rebecca —sugirió Aries—. Desayunad.
—Comer no me va a ayudar —refunfuñó Sage.
—Entonces hazlo por el bebé.
—De acuerdo —aceptó a regañadientes—. Pero luego meditaré en el invernadero. Quizá vea algo útil.
Sage se unió a Rebecca y se dirigieron hacia las escaleras, que una vez más se transformaron en ascensor, así que no tendrían que subir a pie.
—Gracias. Lo necesitaba —declaró la vidente, dando unas palmaditas en la barandilla.
—La torre se adapta sobre la marcha, de verdad —comentó Rebecca—. Es increíble.
—Solo con quienes le caen bien. La torre también puede hacer que vivir aquí resulte incómodo para quienes no aprueba.
—¿Eso pasa a menudo?
—No, aunque ha sucedido unas cuantas veces. No todo el mundo soporta vivir aislado. Algunos se vuelven gruñones y desagradables. En ese caso, la torre hace lo que puede para convencerlos de que se marchen.
—¿Y si no lo hacen?
—Nadie aguanta mucho tiempo que le sirvan insectos en las comidas y otras incomodidades antes de darse cuenta de que está mejor en otro sitio.
—No he podido evitar oír tu conversación con Aries. No irás a culparte por el espionaje de Cetus.
—Se supone que soy el sistema de alerta de los Zodíacos ante grandes acontecimientos. Que la torre tuviera su primer intruso documentado debería haber activado mi poder, pero no fue así. Me desperté con la alarma como todos los demás. —Frunció los labios—. Quizá el embarazo esté afectando a mi don.
—No deberías ser tan dura contigo misma. Al fin y al cabo, sí predijiste que Scorpio encontraría ese artefacto.
—Cierto, pero no puedo evitar preguntarme qué más se me habrá escapado. Hubo una época en mi juventud en la que deseaba no tener este poder, y ahora me quejo porque podría estar fallándome.
Para cambiar de tema, Rebecca le contó su pesadilla.
—Sé que no viene a cuento, pero anoche tuve un sueño extraño que Scorpio me dijo que debería contarte.
Le relató lo sucedido, y el rostro de Sage se tornó pensativo.
—Una voz en un lugar vacío —reflexionó Sage en voz alta—.
Es interesante, porque he tenido visiones de una prisión, aunque quizá prisión no sea la palabra adecuada.
Hay una sensación de algo atrapado, que quiere escapar.
También he visto futuros en los que el mundo arde, pero nunca había relacionado ambas cosas.
—¿Podría estar relacionado con el orbe que encontramos?
—Posiblemente.
La expresión de Sage se volvió soñadora cuando el ascensor se detuvo en el nivel del comedor.
—La alineación de las estrellas será como no se ha visto en miles de años. Traerá cambios. Algunos buenos. Otros no. Los guerreros serán puestos a prueba. Para vencer, deberán enmendar un error.
—¿Qué error? —preguntó Rebecca mientras Sage negaba con la cabeza.
—No lo sé. Pero llevo un tiempo recibiendo variaciones de esa profecía. No me da imágenes suficientes para entender qué significa. Aunque...
Sage miró directamente a Rebecca al decir:
—Tu rostro apareció, y sé con certeza que formas parte de lo que está por venir.
Inquietante, pero no tan escalofriante como las siguientes palabras de Sage:
—Si fracasas en tu cometido, no serás la única que arda viva.