La leyenda de Escorpio (El decimotercer zodiaco nº 1) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

La cena terminó poco después de la sombría predicción de Sage. Mientras los hombres actuaban como si su declaración fuera algo normal, Rebecca esperó hasta que dejaron a la pareja para sisear:

—¿Qué demonios está pasando? ¿Sage habla en serio cuando dice que se acerca el fin?

—Podría acercarse el fin —corrigió Scorpio—. Ten en cuenta que los futuros que ella ve no están escritos en piedra. Hay cierto margen de maniobra.

—Seguramente si ve algo malo, podría explicar qué y cuándo, para poder contrarrestarlo.

—Está limitada porque solo le muestran fragmentos. A partir de esos vislumbres, hacemos todo lo posible para evitar la calamidad.

—¿Y ha funcionado? ¿Podéis evitar que sucedan cosas malas?

—La mayoría de las veces. Hace poco desmantelé una horrible red de tráfico infantil porque Sage vio lo suficiente para llevarme hasta ellos.

Pero otras veces, nos enteramos por las noticias como todo el mundo.

Las Torres Gemelas fueron uno de nuestros fracasos.

Predijo un atentado terrorista, sabía que habría aviones de por medio, pero no pudo precisar dónde ni cuándo.

Rebecca guardó silencio un momento mientras subían las escaleras antes de decir en voz baja:

—Debe ser muy duro de sobrellevar. Que te muestren futuros horribles y luego no poder evitarlos.

—Lo es. Aries es su apoyo incondicional cuando eso sucede. Antes de él, solía colocarse o emborracharse, o ambas cosas, y déjame decirte que una vidente borracha no es nada agradable porque te atraviesa con la mirada y te suelta cosas muy perturbadoras.

—¿Como qué? —preguntó ella, empezando a jadear mientras subían el tercer tramo de escaleras sinuosas.

—Bueno, me dijo que nunca conseguiría aprender a silbar. Ah, y que me casaría.

Ella resopló.

—Eso no es tan horrible.

—Eh, para mí sí lo es. Uno, se supone que los hombres saben silbar, y dos, estoy soltero por una razón: porque me gusta estarlo.

—Solo porque nunca te has enamorado.

—Dice la mujer que dejó a su prometido. ¿O vas a decirme que no lo amabas?

Ella no respondió de inmediato porque tenía razón.

—Lo amaba, pero no lo suficiente como para renunciar a quien quería ser.

—Pensé que el amor verdadero lo conquistaba todo.

—No siempre. Y creo que se puede amar más de una vez.

—¿Eso significa que sigues buscando al hombre perfecto?

—Sí. A diferencia de ti, me gustaría casarme algún día con alguien que respete mis sueños y deseos.

—Y que no te convierta en una maruja pariendo hijos.

—¡Exacto! —jadeó, más por falta de aire que por énfasis. Al rodear la siguiente curva y ver el siguiente tramo, gimió—: ¿Falta mucho?

—Sí.

Sin previo aviso, la cogió en brazos. Ella chilló, pero se aferró a él mientras subía los dos tramos siguientes dando saltos.

La dejó en el suelo al llegar a su planta, y ella negó con la cabeza.

—De verdad que no sabes lo que es pedir permiso, ¿eh?

—Espera, ¿eso no era que me lo estabas pidiendo? —dijo él con fingida inocencia.

Ella soltó un sonido a medio camino entre la risa y la resignación.

—¿Seguro que solo tienes un siglo? Porque a veces tus modales son de cavernícola.

Su risa resonó fuerte y descarada.

—¿Qué quieres que te diga? Nací en una época en que los hombres mimaban a las mujeres.

—Quieres decir que actuaban como si no tuvieran cerebro y no pudieran hacer nada por sí mismas.

—Habiendo vivido en esa época, puedo asegurarte que eso no es cierto.

Sí, las mujeres no tenían derecho a votar ni a poseer propiedades y esas cosas, pero muchos hogares dependían de sus matriarcas para tomar las grandes decisiones.

Sin ellas, las familias se desmoronaban.

Obviamente, no era el caso de todas las mujeres, pero lo mismo pasa hoy.

Las mujeres fuertes siempre han encontrado la manera de hacer valer sus deseos y necesidades.

—Sin embargo, aquí estoy. Científica condecorada reducida a una doncella encerrada en una torre —replicó ella.

—Alguien tiene que mantenerte a salvo —dijo él abriendo la puerta de su suite.

—Todavía no estoy segura de que me pasaría algo si volviera a casa.

—Cierto, pero en este caso, si me equivoco, lo peor que puede pasar es que pases un tiempo en la torre. Si tú te equivocas, podrías acabar prisionera, o muerta.

—¿Es esta tu forma de decir que no me salvarías? —replicó ella con aspereza mientras entraba en la habitación.

—Oh, te salvaría, pero ¿de verdad quieres oírme decir «te lo dije»?

Ante eso, ella se rio.

—Supongo que me lo merecería.

Su convicción resultaba contagiosa. ¿Estaría en peligro si volviera a su antigua vida?

La mejor pregunta era: ¿acaso quería volver? Tenía que admitir que los últimos dos días habían añadido un nivel de emoción que nunca pensó que disfrutaría. La maravilla del descubrimiento. Las cosas nuevas que seguía aprendiendo. Y luego estaba el hombre que la hacía estremecerse de pies a cabeza.

—¿Quieres jugar a videojuegos?

—¿Qué tienes?

—Counter-Strike, Call of Duty…

—No me van los juegos de disparos en primera persona —dijo ella arrugando la nariz.

—¿Qué tal bolos?

—¿Tienes una bolera en la torre? —exclamó antes de añadir—: No pienso subir más escaleras hoy.

Se rio. —Podemos hacerlo aquí mismo. Tengo el juego en mi consola. Solo tienes que agitar el mando.

—Trato hecho. Pero te advierto que era bastante buena en la universidad.

Y seguía siéndolo. Scorpio gimió y proclamó que había quedado en ridículo cuando ella le ganó cinco partidas seguidas. Aunque no se comportó como un mal perdedor. Hubo muchas risas, bromas y diversión. Nada de hablar de la empresa, del orbe ni del futuro. Solo dos personas pasándolo bien.

Cuando por fin se desplomó en el sofá, exclamó: —Basta.

—¿Cansada?

—Sí. Cuesta creer que esta mañana estaba trabajando y ahora estoy aquí jugando.

—Después de un día movido, es importante hacer algo para relajarse. Ayuda a despejar la mente.

—¿Necesitas hacer eso a menudo?

Se encogió de hombros. —Algunas misiones son más duras que otras. Por eso tengo estas distracciones. —Señaló con la mano su equipo de juegos—. Aries tiene una cinta de correr para cuando necesita desestresarse. Cancer tiene un acuario con el montaje más espectacular que hayas visto en tu vida.

—¿Tu torre conjurará algo mágicamente para mí?

—Probablemente. Diablos, la torre podría decidir llenar una habitación de glaciares solo para mantenerte entretenida.

—¿Estás bromeando?

—Ya te lo dije, la torre le da a la gente lo que necesita. Se le da muy bien cuidar de sus habitantes, incluso de los que no son guerreros.

—¿Hay muchos?

Se encogió de hombros. —Difícil saberlo. Es un lugar muy grande, así que rara vez nos cruzamos con los que viven aquí.

—Aries se encontró con Sage —señaló ella, recordando la historia de cómo la habían traído aquí.

—Porque Sage pasó a formar parte del círculo de guerreros, aunque no sea del Zodíaco.

—Absolutamente alucinante. Y dicho esto, creo que me voy a la cama.

—Supongo que no has cambiado de opinión sobre lo de compartir.

Le lanzó una mirada y, por un momento, casi estuvo tentada de invitarlo. Aunque dormir con él complicaría las cosas. —No. Duermo sola. Deberías estar agradecido. Robo las mantas.

—No necesito manta.

—Aun así, no. Buenas noches, Scorpio.

—Buenas noches, Doc.

No intentó engatusarla ni seducirla. La dejó irse a la cama mientras él se quedaba con el sofá. Un sofá grande, pero aun así, se sintió un poco mal por quedarse con el colchón cómodo.

La fatiga la golpeó de lleno en cuanto se desvistió en el baño, que tenía todas las comodidades modernas que necesitaba y un pijama de su talla. Cuando se metió bajo las sábanas, se le cerraron los ojos de inmediato.

Durmió. Profundamente, aunque no sin sueños. Flotaba en un lugar oscuro, no en agua, pero tampoco había nada sólido a su alrededor. Solo pura nada, hasta que oyó una voz.

Libérame.

Intentó responder, pero no le salió nada.

¡Libérame! exigió la voz, más estridente.

Quería preguntar cómo, pero una vez más, las palabras se le quedaron atascadas. Ni siquiera podía disculparse.

¡Libérame o el mundo arderá!

Para dar más urgencia a su exigencia, el calor le lamió el cuerpo flotante.

Un calor intenso que traía consigo dolor. Un dolor que la hizo gritar sin emitir sonido hasta que—

—¡Despierta!

Abrió los ojos y vio a Scorpio inclinado sobre ella. —¿Estás bien? Te he oído gritar en sueños.

Aliviada de no estar ardiendo de verdad, no lo pensó: simplemente le echó los brazos al cuello y lo atrajo hacia sí para besarlo.