La leyenda de Escorpio (El decimotercer zodiaco nº 1) CAPÍTULO 4
19%

CAPÍTULO 4

Cuando Rebecca dejó a Scorpio —quien se tomaba lo del Zodiaco muy en serio— creyó de verdad que estaba soñando. Nada de lo que él había dicho tenía sentido. Los hombres no aparecen de la nada. Ni luchan con focas a mano limpia. Ni afirman necesitar tu ayuda en una misión para salvar el mundo.

En cualquier momento se despertaría y se daría cuenta de que estaba sola, de que todo había sido una alucinación muy vívida. Pero a la mañana siguiente, entró en la tienda del comedor y allí estaba él, vestido con un atuendo ridículo.

¿Le importaba a su libido que la camiseta le moldeara el torso y dejara el ombligo al descubierto, o que los pantalones de chándal le llegaran a media pantorrilla? No. Vio a aquel pedazo de hombre y de repente le entraron ganas de otro beso.

A pesar de su saludo poco amable, Scorpio sonrió.

—¿Siempre te despiertas tan alegre?

Ella lo fulminó con la mirada mientras iba hacia la cafetera, ya llena y humeante, obviamente programada.

—Solo cuando tengo invitados no deseados.

—Me iré en cuanto encontremos…

—El artefacto. Sí, ya me acuerdo. Pero siento decirte que tengo trabajo, así que tendrás que buscar por tu cuenta.

—¿Qué vas a hacer?

—Revisar mis mensajes de Cetus y luego extraer unas muestras del glaciar para analizarlas.

Con eso, agarró la taza de café y se fue a la tienda de trabajo, donde notó que habían movido la silla. Frunció los labios al mirar el ordenador. No se había molestado en ponerle contraseña porque trabajaba sola. Tampoco era que guardara secretos de Estado.

Mientras bebía el café, abrió el correo electrónico y encontró un mensaje nuevo de la corporación.

Básicamente, una orden de que tomara muestras de una zona específica del glaciar que apenas había empezado a catalogar.

Imprimió las coordenadas y se preguntó quién demonios decidía dónde tenía que excavar.

¿Tendrían un mapa de todos los glaciares en la oficina al que lanzaban dardos para decidir dónde trabajaría?

Daba igual. Le pagaban bien por hacerlo, y cuando volviera escribiría un artículo que, con suerte, le daría más prestigio en el campo.

Mientras la impresora escupía la hoja con el diagrama de dónde excavar, se puso varias capas de ropa.

Los calentadores de la tienda apenas evitaban que uno se congelara, y hacía mucho que no estaba completamente desnuda.

Hasta los cambios rápidos de ropa la hacían temblar y se le ponía la piel de gallina.

Scorpio, en cambio, actuaba como si estuviera en un lugar templado.

Quizás de verdad era sobrehumano.

¿No debería sentir más curiosidad? Seguro que él pensaría que estaba coqueteando si le hacía preguntas. Aun así, si de verdad era quien decía ser —y empezaba a parecerlo— podría estar perdiéndose el descubrimiento de su vida.

Un descubrimiento que nunca podría contarle a nadie. No había olvidado lo que él decía que les pasaba a quienes revelaban sus secretos. El borrado de memoria y la desacreditación ya eran bastante malos, pero también había mencionado la muerte. ¿De verdad la mataría?

No lo conocía lo suficiente para saberlo. Aunque el haber despertado ilesa lo tomó como buena señal.

Aun así, dado que no se lo había imaginado, debería ser más cautelosa.

Con ese fin, metió una navaja plegable en la bota, además de la que llevaba en el cinturón.

Traje de nieve, botas, gorro, máscara facial y gafas protectoras —porque el pronóstico anunciaba vientos fuertes— y por último los guantes térmicos.

Salió arrastrando los pies y se encontró a Scorpio allí de pie, descalzo, estirándose. Una pierna en alto, el pie apoyado en el muslo. Los brazos estirados hacia el cielo. No pudo evitar resoplar.

—Alguien ha visto demasiado Karate Kid.

—Una peli mona, aunque me gustó más la serie —dijo bajando el pie.

—¿Los Guerreros del Zodiaco veis la tele?

—¿Qué otra cosa haríamos en nuestro tiempo libre?

—¿Jugar a los bolos en el cielo? ¿Echar carreras con marcianos en el espacio? —bromeó, pero él negó con la cabeza.

—Los alienígenas van más de esclavizar y conquistar que de jugar, y procuramos evitar la atmósfera terrestre, no vaya a ser que provoquemos algún desastre climático. Piscis la lió parda cuando abrió un agujero en la capa de ozono en los ochenta.

Ella parpadeó.

Él no sonrió.

—Voy a trabajar —dijo—. Puedes irte cuando quieras.

Entró en la tienda de trabajo a por las cajas de equipo y las fue sacando de una en una para cargarlas en un trineo. Él se quedó fuera —¡todavía descalzo!— lanzando lanzas a un montículo de nieve.

Un momento, reconocía esas barras de metal.

—¡¿Qué le has hecho a mi trípode?! —chilló.

—Hacerlo útil —respondió sin volverse.

—Ya tenía un uso —refunfuñó—. Y que sepas que no puedes matar a las focas. Ni a ningún otro animal. Aquí están protegidos.

—No me preocupa la fauna.

—¿Esperas compañía?

—Según Sage…

—Ah, sí, la mujer que ve el futuro. ¿Vio que me alejaba de ti?

Rebecca agarró la cuerda del trineo y echó a andar con dificultad hacia el glaciar, al oeste del campamento. Según el mapa que le había dado su empleador, iba a excavar en el lado más alejado, que aún no había explorado.

No debería haberle sorprendido que Scorpio le siguiera el ritmo. De hecho, se adelantó, trotando como si fuera un agradable día de verano en un prado. A ella se le encogieron los dedos de los pies solo de ver los suyos descalzos corriendo sobre el hielo.

Definitivamente no era humano.

Aunque, por otra parte, la gente era capaz de hacer cosas increíbles cuando se lo proponía. Ahí estaban los que caminaban sobre brasas sin quemarse.

—Estás bastante ágil para ser tan viejo —murmuró entre dientes.

Aun así la oyó.

—Me gusta mantenerme en forma.

—¿Todos los demás Zodiacos están tan cachas como tú?

—Sí. En nuestro oficio, no podemos permitirnos ser débiles, o podría costarnos la vida.

—Entonces, ¿no sois invencibles?

Él le dedicó una sonrisa.

—No. Pero no te recomiendo que planees mi muerte, porque soy más duro de pelar que la mayoría.

—El frío no te afecta, pero el dolor sí lo sientes —observó ella.

—Sí, pero nos recuperamos más rápido que un humano normal. Sanamos antes. La mayoría de las enfermedades no nos afectan.

—¿Pero algunas sí? —preguntó ella.

—Aunque es raro, ocurre. El caso más reciente fue en una cripta descubierta en Egipto. A Piscis le cayó una maldición persistente. Tardó varias semanas en dejar de parecer una pústula con patas.

—¿Ahora me estás diciendo que las maldiciones existen?

—Desde luego. La magia es real, pero hay muy pocos capaces de manejarla. Hace falta un don especial para dominar las fuerzas esotéricas que nos rodean.

—Supongo que tú sí puedes, ¿no?

—¿Yo? No —se rio—. Lo máximo que puedo hacer es el rayo estelar, que, a falta de un término mejor, es física astral. Aunque Virgo insiste en llamarlo magia.

—¿Ninguno de vosotros tiene un nombre real?

—Los abandonamos al convertirnos en guerreros. La fusión con la constelación borra toda conexión con nuestras vidas pasadas.

—¿No recuerdas quién eras antes?

Negó con la cabeza.

—Sí que recuerdo, pero tuve que dejarlo atrás. Para servir, hay que cortar todo lazo emocional.

—Pero dijiste que Libra tiene esposa e hijo.

—Así es.

—¿Eso no lo pone en peligro?

—Sí. Los que se comprometen con una pareja tienen una debilidad que otros pueden explotar.

—Entonces, ¿para qué haceros olvidar el pasado si luego podéis crear nuevos lazos emocionales?

Se encogió de hombros.

—Yo no pongo las reglas.

Ella notó que él no se ofrecía a tirar del trineo.

No es que necesitara ayuda, pero para ser un macho alfa, dejaba bastante que desear en ciertos aspectos.

Resopló mientras arrastraba la carga sobre un tramo rocoso.

Algunas zonas estaban barridas por el viento y eran llanas. Otras, llenas de montículos y baches.

—Voy a subir a echar un vistazo —anunció de repente, y empezó a trepar por el glaciar como una cabra montesa. Sin cuerda ni piolets, solo con las manos y los pies. Las lanzas le colgaban a la espalda en un arnés improvisado con la manta que ella le había dado.

Que jugara a ser el rey de la montaña. Ella ya casi había llegado al punto. Bordeó una poza de agua derretida y rodeó la enorme mole de hielo. Un escalofrío la recorrió cuando el nuevo ángulo le bloqueó el sol, dejándola en una sombra mucho más fría.

Con suerte no estaría allí mucho tiempo, si el equipo cooperaba. Dejó el trineo y empezó a descargar y montar todo. Pronto se olvidó de Scorpio mientras tomaba medidas y fotografías. Configuró el radar para que escaneara el hielo, y frunció el ceño cuando emitió un pitido.

Se inclinó sobre la pantalla y observó el punto. A la sombra, y con el hielo tan grueso, no podía ver nada a simple vista. Todavía no, al menos. Podría no ser nada, o simplemente una roca o un animal congelado en el glaciar. Aun así, pensó de inmediato en Scorpio y su misterioso objeto.

Empezó a golpear con el cincel en la zona que le interesaba.

A diferencia de otros centros de investigación, Cetus no le había proporcionado un taladro térmico.

Cuando preguntó por qué, le dijeron que preferían métodos más tradicionales.

De ahí el martillo y el cincel. Ridículo, pero el sueldo lo compensaba.

Había intentado argumentar que el taladro permitiría obtener muestras mucho más profundas, pero Cetus se mantuvo en sus trece.

Los fragmentos de hielo caían en un cubo que había colocado para recogerlos, aunque vaciaría el primero, que solo contenía la capa superior del glaciar. Ese hielo sería demasiado reciente para aportar datos útiles.

Mientras seguía golpeando, a pesar de lo que indicaba el radar, no vio nada fuera de lo normal. El hielo se fracturaba como era de esperar, revelando más hielo. Qué sorpresa.

A medida que el agujero se hacía más profundo, empezó a vaciar el cubo y a guardar en bolsas solo los trozos más grandes y prometedores para estudiarlos en el campamento.

Odiaba esa parte, porque tenía que apagar la calefacción para no derretir la muestra antes de poder observarla bajo el microscopio.

Tap. Tap. El hueco se ensanchó, y aún no había encontrado qué había causado el pitido en el radar. Solo cuando oyó un silbido repentino que escapaba de la grieta recién abierta se le ocurrió que podría haber detectado una bolsa de gas atrapada.

No retrocedió solo por el miedo repentino a envenenarse, sino también por el olor. Como a producto de limpieza, pero con un toque de algo más. No era putrefacción, ni metano. ¿Qué era ese hedor?

El silbido cesó y se atrevió a acercarse de nuevo. Olfateó. No quedaba rastro de nada. Golpeó ligeramente la grieta y se preparó para saltar hacia atrás. Un trozo se desprendió y la ensanchó. Otro golpe y más hielo empezó a desmoronarse, dejando al descubierto un espacio hueco en el glaciar.

Casi abrió la boca para llamar a Scorpio. ¿Habría encontrado el escondite de su misterioso objeto? Aunque así fuera, lo que había dicho iba en serio. Pertenecía a Cetus, no a él.

Con eso en mente, siguió ensanchando el agujero. Arrancaba trozos de hielo y los tiraba a un lado, hasta que se quedó paralizada. Parpadeó, pero la anomalía seguía ahí: roca.

Había roca dentro del glaciar, y no una piedra cualquiera. Una superficie pulida, grabada con símbolos. Mientras descubría más y más, emocionada, tardó un momento en darse cuenta de que había encontrado lo que parecía ser una puerta.

Por un segundo, dudó si contárselo a Scorpio, porque aquello iba claramente más allá de su trabajo.

No debería existir, no allí, en el lugar más inhóspito de la Tierra.

Se suponía que la Antártida nunca había sido habitada, pero aquello indicaba lo contrario.

Era el descubrimiento de toda una vida. Algo que lo cambiaría todo.

¿Quién lo había tallado, y por qué?

Por un impulso, se quitó el guante un momento y apoyó la mano desnuda contra la superficie. Al fin y al cabo, ella lo había descubierto; debería ser la primera en tocarlo...

Un zumbido repentino la hizo retroceder.

Ante sus ojos incrédulos, la piedra se desplazó lateralmente hacia la pared de roca, igual que una puerta corredera.

Debería haber sido completamente imposible, pero antes de que pudiera pellizcarse, su mirada quedó atrapada por lo que vio: unas escaleras que descendían hacia las profundidades del glaciar.

¿Qué había descubierto exactamente?

Una corriente de aire cálido ascendió y le hizo sudar la frente, obligándola a quitarse la máscara cuando la humedad le besó la piel. ¿Un conducto de calor? Una vez más, debía ser imposible.

Miró las escaleras. ¿Debería bajarlas sola?

Quién sabía qué se escondía allá abajo.

Descubrimiento.

Peligro.

Al oír un crujido en la nieve, se giró para contarle a Scorpio lo que había encontrado.

Solo que no era un hombretón alto y atractivo quien se acercaba, sino esa maldita foca leopardo.

Se abalanzó y ladró.

Se sobresaltó y retrocedió. Al hacerlo, perdió el equilibrio. Sus brazos molinetearon varias veces antes de perder la batalla contra la gravedad y caer rodando escaleras abajo.