La leyenda de Escorpio (El decimotercer zodiaco nº 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Sus labios estaban fríos, pero aún sabían dulces en los dos segundos que Scorpio besó a la doctora.

Hasta que ella le pisó el pie.

Su pie descalzo.

Con su bota.

Como si eso no fuera afrenta suficiente, alzó la rodilla y le golpeó en las pelotas.

No existía guerrero que no se doblara de la impresión y el dolor.

Mientras él intentaba sobreponerse al dolor, ella declaró con aspereza:

—No me toques ni me beses. De hecho, aléjate de mí y vuelve al agujero —o estrella— del que saliste arrastrándote.

Dicho esto, se alejó con paso firme, dejándolo confundido. Las mujeres no lo rechazaban. Nunca. A menos que...

—Disculpa, como Sage me envió en esta misión, asumí que te gustaban los hombres. Mi error.

La doctora se giró en redondo y se quedó boquiabierta antes de resoplar:

—Soy heterosexual, simplemente no me gusta que me manoseen desconocidos.

—Tampoco es que te manoseara —argumentó él.

—Me besaste sin permiso.

—¿De qué otra forma lo haría? —preguntó con genuina perplejidad—. ¿Acaso pedir permiso no le quita lo espontáneo y la pasión a un beso?

—¿Es esa la excusa que usan los depredadores estos días?

—¿Qué? —ahora fue Scorpio quien se quedó boquiabierto.

—No estoy de humor para quedarme aquí pasando frío mientras discutimos tu falta de moral. Adiós. Y no me sigas —añadió mientras se alejaba de él.

Dilema. ¿Debería arrastrarse de vuelta a la Torre de Babel y admitir ante Aries que había arruinado la misión en menos de cinco minutos, o debería ignorar su exigencia e intentar salvar el motivo de su visita?

Dada la burla que sufriría si se supiera por qué había vuelto con las manos vacías, eligió lo último.

—Escucha, lo siento si empezamos con el pie izquierdo.

—Vete.

—No puedo. El destino del mundo depende de que me ayudes a encontrar una reliquia.

—Estás hablando con la persona equivocada. No tengo nada que puedas querer. ¿O estás aquí para robarme el equipo?

—No. Estoy aquí porque se supone que debes ayudarme a encontrar un artefacto antiguo.

—Lugar equivocado. Por si no te habías dado cuenta, aquí no hay nada más que hielo y nieve.

—Y focas.

—Y pingüinos. Da igual —exclamó—. Sea lo que sea que busques, no puedo ayudarte. Lo único que he descubierto desde que llegué son muestras de glaciares.

—Sage nunca se equivoca.

—Siempre hay una primera vez —canturreó antes de alejarse de él de nuevo.

A lo lejos, podía ver tres tiendas: una con forma de pirámide junto a un par de tiendas de cúpula.

—¿Estás aquí sola?

Ella se tensó antes de responder:

—No. Mi compañero anda por ahí. Y es más grande que tú.

Mentía. Podía notarlo. Lo dejó pasar. Ella lo consideraba peligroso. Cierto, pero no iba a hacerle daño.

—Si no hay nada que ver, entonces ¿por qué estás aquí? —le gritó.

—Porque es mi trabajo. Soy climatóloga, con títulos en biología, geología y glaciología.

—¿Qué demonios es la glaciología?

—Una ciencia que estudia los glaciares.

—Ah. ¿Eso existe?

Ella no respondió.

Había metido la pata de nuevo.

—¿Qué tienen de interesante los glaciares?

Ella suspiró.

—¿Qué parte de «vete» no entiendes?

—Me iré cuando haya conseguido lo que vine a buscar.

—Entonces vas a esperar mucho —murmuró antes de abrir la cremallera de la tienda de cúpula y entrar.

¿Debería seguirla? Podría estar esperándolo con una sartén o un cuchillo.

Pero había mencionado que tenía whisky, y a sus pelotas azules —¡con un toque de morado ahora!— les vendría bien un trago caliente.

Entró en la tienda y la encontró de pie junto a una mesa plegable, enchufando una tetera eléctrica.

Ella lo miró.

—No te rindes nunca.

—¿De verdad pensaste que me iría tan fácilmente?

—No —suspiró—. ¿Whisky? —levantó una botella medio llena de líquido ámbar.

—Joder, sí —se sentó en una silla, algo que su trasero desnudo no agradeció.

Podía tolerar el frío, pero eso no significaba que le gustara.

—¿Dónde está tu ropa? —preguntó mientras dejaba una taza y la botella sobre la mesa.

—Ya te lo dije, la perdí durante el tránsito. Pasa cuando calculo mal la masa que estoy translocando.

Ella parpadeó.

—Un mal cálculo se llevó mis cosas. Supongo que no tendrás ropa de sobra que me quede bien.

Ella resopló.

—No. Lo mejor que puedo ofrecerte es una manta —rebuscó en una caja abierta y sacó una tela que crujió.

Se la lanzó a Scorpio antes de dejarse caer en el asiento frente a él con su propia taza y servirse un poco de whisky.

Se cubrió el regazo con la extraña manta.

—¿Cómo es que no estás temblando ni convirtiéndote en un polo? Estamos a unos veinte bajo cero. Deberías tener congelaciones.

—Los Guerreros del Zodiaco no sienten el frío como los humanos.

Ella tomó un sorbo antes de murmurar:

—Probablemente me arrepienta de darte cuerda, pero ¿qué es un Guerrero del Zodiaco?

—Yo —sonrió—. Somos doce, uno por cada constelación del Zodiaco. Nuestra tarea es luchar contra el mal en el mundo.

Ella arqueó una ceja.

—¿Solo doce? Supongo que eso explica por qué todavía hay tanto crimen campando a sus anchas.

—No nos ocupamos de cosas menores. Eso se lo dejamos a las autoridades humanas. Nosotros nos encargamos de los escenarios verdaderamente oscuros, los que implican a no humanos, depravación auténtica o amenazas a la Tierra.

Ella arqueó la ceja.

—¿No humanos?

—Ogros. Mantícoras. Alienígenas de verdad, que, déjame decirte, no se parecen en nada al marcianito verde que sale con Bugs Bunny.

—¿Y de qué tipo de amenazas a la Tierra estamos hablando?

—Impactos de asteroides. Maldiciones antiguas desenterradas.

Probablemente la más espeluznante fue la araña que logró meterse en un reactor atómico.

El tamaño de esa cosa... —sacudió la cabeza al recordarlo—.

Libra tuvo pesadillas durante meses después de que lo sacáramos del capullo en el que lo envolvió.

Ahora está de excedencia y pensando en retirarse, ya que su esposa acaba de dar a luz a su primer hijo.

—Una vez que se vaya, ¿eso significa que ya no habrá más Libra?

—Solo por un tiempo. Sage, la que ve el futuro y esas cosas, nombrará un reemplazo. Un humano que, si acepta y pasa las pruebas, recibirá la Bendición Astral del Zodiaco, lo que lo convertirá en alguien especial como el resto de nosotros.

—¿Cómo es que nunca he oído hablar de los Guerreros del Zodiaco? Quiero decir, si estáis por ahí salvando el mundo, ¿no debería haber noticias o historias o incluso rumores sobre vosotros?

—Nuestra existencia se mantiene en secreto para evitar problemas con los gobiernos y con quienes querrían destruirnos.

—Tan en secreto que no pudiste esperar para contármelo —fue su seca respuesta.

—Solo porque no tuve más remedio después de aparecer así delante de ti. Por supuesto, no mencionarás mi presencia a nadie.

—Como si alguien fuera a creerme —murmuró antes de dar un sorbo a su whisky.

Scorpio dio un trago al suyo antes de añadir:

—No lo harían, y tampoco te recomiendo que intentes que lo hagan, porque entonces tendríamos que tomar medidas.

—¿Qué significa eso?

—Depende de la amenaza para el equipo. Borrar la memoria es lo primero que intentamos. Luego la desacreditación. Pero personalmente, creo que quitarle la cabeza a alguien es lo más efectivo para mantenerlo callado.

Probablemente debería haberse guardado lo último, porque ella se puso rígida.

—¿Has matado?

—¿De qué otra forma protegería este mundo?

Ella sacudió la cabeza.

—Reconozco que te has inventado una historia muy elaborada, pero lo siento, no estoy segura de creerla.

—Muy bien, entonces explica mi presencia —se recostó y cruzó los brazos.

Ella frunció los labios. Labios bonitos, con un inferior carnoso y una hermosa hendidura en el superior, del tipo que ya lo había metido en problemas.

Se había quitado la capucha, el gorro y las gafas, revelando rasgos suaves, mejillas rosadas por haber estado fuera pero piel pálida.

Más pálida que él, con su bronceado dorado.

Se había bajado la cremallera del abrigo, cuyo volumen ocultaba su figura, pero sus pechos sí se marcaban agradablemente contra el suéter.

—No sé cómo llegaste aquí, y desnudo además. Sí recuerdo haber visto un destello de luz...

—Ese era yo al ser transportado de vuelta a la Tierra desde mi constelación.

—...y luego de repente estabas ahí, luchando con una foca leopardo. Eso no fue muy inteligente. Han matado a gente.

Él resopló.

—Soy un guerrero. He luchado contra cosas mucho peores.

—Digamos que estás diciendo la verdad... Aun así, no veo cómo se supone que debo ayudar. Seguramente tienes alguna pista sobre lo que tienes que encontrar.

—El jefe no dio muchos detalles. Básicamente: ve allí, encuentra al doctor, recupera el objeto. Hay que tener en cuenta que las profecías suelen funcionar así. Nos dan lo mínimo para empezar una misión, y las cosas van sucediendo por el camino, revelando lo que necesitamos saber.

—Una misión —resopló—. ¿Sabes lo raro que suena ese término para una científica que trabaja con hechos?

—El hecho es que vas a ayudarme a localizar un artefacto, ya sea intencionalmente o sin querer.

—Digamos que lo hago. ¿Por qué te dejaría llevártelo?

—Porque se necesita para salvar el mundo —para ser científica, no escuchaba muy bien.

—Pero la cosa es esta: estoy aquí con una beca, lo que significa que cualquier cosa que encuentre no me pertenece a mí, sino a Cetus.

—¿Quién es ese Cetus?

—La Corporación de Investigación Ambiental Cetus es quien me envió aquí para estudiar los glaciares de la zona. Firmé un contrato. Todas las muestras, todos los descubrimientos, todo lo que hago aquí es propiedad suya, y eso incluiría cualquier objeto que encuentre en el hielo.

—Solo si se enteran.

Ella lo miró fijamente.

—No voy a mentirles a mis empleadores.

—No mentir, solo no mencionar.

—Es lo mismo —resopló—. ¿Y cómo sé siquiera que eres de los buenos? Por lo que sé, este supuesto artefacto especial —hizo comillas con los dedos— es en realidad lo que causará problemas en el mundo y tú eres un villano que intenta usarme para conseguirlo.

—¿Crees que soy el malo? —Halagador, porque, después de todo, sí parecía bastante feroz. Aunque también resultaba insultante—. Llevo más de un siglo salvando a la humanidad.

La doctora estalló en carcajadas que se prolongaron un buen rato antes de convertirse en risitas ahogadas.

—Ah, ahora sé que me estás tomando el pelo. No tienes cien años.

—Ciento diecisiete, para ser exactos. Y sí, los tengo. Te dije que convertirse en guerrero mejora nuestros atributos y habilidades. La longevidad es una de esas ventajas. Ni siquiera soy el más viejo. Ese sería Leo. Este año cumple los trescientos.

Ella miró el fondo de su taza vacía.

—No hay suficiente whisky en el mundo para esta conversación. Necesito acostarme.

—Pero es de día.

El comentario hizo que ella arqueara una ceja.

—Son las nueve de la noche. Y si todavía hay luz es porque en la Antártida, durante diciembre, enero y febrero, el sol no se pone. Así que, técnicamente, es de noche.

—Pues ve a dormir. Yo no tengo sueño.

—No era una invitación —murmuró ella.

—¿Te importa si echo un vistazo?

—Sí. Ni se te ocurra tocar mis cosas.

—Sabes que lo haré de todos modos.

Ella volvió a resoplar.

—No rompas nada.

Como si fuera tan torpe.

Ella salió por una entrada con cortina hacia otra sección del hábitat temporal, dejándolo solo, y él, efectivamente, se puso a fisgonear.

La resistente tienda en la que estaba parecía destinada a comidas y almacenamiento.

Las cajas a los lados contenían sobre todo provisiones, aunque algunas también guardaban equipo.

En un rincón apartado, casi oculta bajo una lona amontonada, encontró una bolsa de viaje y, maravilla de maravillas, ropa dentro.

Ropa de hombre, de un tipo no muy corpulento.

Rebuscando entre las prendas, logró improvisar un conjunto de pantalones de chándal ajustados y una camiseta que le quedaba tirante.

Salió de la tienda abovedada hacia la siguiente, donde habían instalado equipo científico junto con varios ordenadores. Genial.

Se sentó y movió el ratón para despertar el dispositivo.

Para su sorpresa, no había pantalla de inicio de sesión.

Aunque, pensándolo bien, ¿quién iba a fisgonear en el ordenador de la doctora aquí?

Tenía conexión a internet, seguramente vía satélite, ya que había visto un receptor fuera.

Abrió una ventana del navegador e inició sesión en el sitio web que Aries finalmente había aceptado, aunque no sin resistencia.

A Aquarius le había costado una década de insistencia convencer al jefe de que se modernizaran.

El observador casual que se topara con el sitio web Zodiacsforworldpeace punto org vería un gráfico que decía «sitio web próximamente». Scorpio hizo clic en las esquinas de la pantalla: arriba a la derecha, luego abajo, abajo a la izquierda, luego arriba y finalmente en el centro.

Apareció un cuadro parpadeante: ¿Nombre de usuario?

Lo tecleó junto con su contraseña y luego respondió a las tres preguntas de seguridad.

¿Programa favorito? Archer. ¿Color? Negro, obvio.

¿Mejor restaurante? McDonald's. La pantalla cambió a una página con símbolos, uno para cada miembro del equipo.

Hizo clic en los cuernos curvados de Aries e informó.

Llegué a la Antártida y la doctora me vio llegar. ¡Es una mujer! Podrías haberlo mencionado. Dice que no tiene ningún objeto. Tampoco le caigo muy bien. No se cree ni una palabra de lo que digo.

Se reclinó en la silla y esperó. La respuesta tardó unos minutos en llegar.

¿Qué coño quieres decir con que te vio llegar? Te di coordenadas que deberían haberte dejado a un kilómetro y medio de su campamento.

Puede que me haya equivocado un poco con los cálculos. Aterricé a pocos metros de ella, en cueros.

Una breve pausa y luego: Sage dice que no vio ningún futuro en el que no llegaras desnudo.

No sabía si eso debería hacerle sentir mejor o no. ¿De verdad era tan negado para los cálculos?

Aries siguió escribiendo. Dice que te quedes cerca de la doctora. El objeto se revelará pronto, y cuando lo haga, desencadenará una reacción en cadena. Prepárate para posibles hostiles.

Y él sin ningún arma.

¿No podrías teletransportarme un equipo?

No puedo. Sage dice que esta primera parte de la misión tienes que hacerla tú solo. Seguro que se te ocurre algo.

Bueno, sí, lo haría. Porque si Sage tenía fe, él también.

Aun así, esa fe no le impidió rebuscar armas, aunque acabó con las manos vacías.

Esperaba no tener que enfrentarse a ninguna pistola, ni a nada peor, porque dudaba mucho que alguien se sintiera intimidado por el trípode que había partido y afilado para convertirlo en lanzas.

¿Sabes quién más no se sentía intimidada por él? La doctora.

Se despertó y entró en la tienda comedor, lo vio y soltó con sorna:

—Y yo que esperaba que la foca hubiera vuelto para acabar contigo.