La leyenda de Escorpio (El decimotercer zodiaco nº 1) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

—Vaya mierda de suerte —murmuró Rebecca mientras miraba fijamente a la foca leopardo que había sobresaltado al rodear el glaciar que estaba estudiando.

El enorme macho se estremecía tenso mientras la observaba.

Retrocedió lentamente, con las manos extendidas frente a ella como si eso pudiera calmarlo.

Ladró y se irguió, erizado de agresividad.

—Buena foca. No soy cazadora. Tú sigue tomando el sol tranquila. Volveré a por las muestras más tarde.

Como su canto, su voz tampoco surtió efecto tranquilizador.

La foca gruñó y deslizó una aleta hacia delante.

Y pensar que se había reído de la idea de llevar una pistola tranquilizante.

La Antártida no era conocida por sus depredadores.

Pingüinos curiosos, sí. Focas también, la mayoría de las cuales ignoraban a los humanos.

Pero las focas leopardo... a esas les gustaba la carne, y sí, eso incluía a los humanos.

Aunque los ataques eran raros, ocurrían.

Que se lo preguntaran a aquella pobre científica que mató una a principios de los 2000.

Rebecca buscó a tientas en su cinturón de herramientas y sacó un silbato. Los sonidos agudos asustaban a la mayoría de los animales salvajes. Se lo llevó a los labios y sopló.

¡Skree!

Un chillido penetrante rasgó el aire, pero en lugar de asustar a la foca, la bestia empezó a arrastrarse hacia ella.

Ni de coña. Se dio la vuelta y echó a correr. Con aquellas botas gruesas y pesadas sobre nieve y hielo irregulares, le fue tan bien como cabía esperar.

Pum. Se estampó contra el suelo y por poco se aplasta la cara. Resoplando, se dio la vuelta y quedó boca arriba, retrocediendo a rastras mientras la foca cargaba hacia ella con la muerte en la mirada.

¿Así iba a terminar su vida? Un titular en internet: «Científica muere tras ser atacada por una foca en la Antártida». Ya se imaginaba los comentarios.

«Deberían haber enviado a un hombre».

«¿Por qué no le disparó?».

«No habría pasado si se hubiera quedado en la cocina, que es donde debía estar».

Al menos moriría haciendo lo que amaba.

Aceptar aquella oportunidad irrepetible de estudiar en la Antártida había sido la culminación de un sueño.

Desde pequeña, criada en el árido y caluroso estado de Arizona, siempre le había fascinado la nieve y el hielo.

Eso la llevó a sacarse varios títulos, incluido uno en glaciología, algo que hacía que la gente siempre soltara un «¿Eh?

» cuando le preguntaban qué había estudiado.

No entendían su fascinación por los glaciares.

Que al cortar uno se podían descubrir todo tipo de secretos.

Que las capas de hielo mostraban fenómenos climáticos del pasado.

El calentamiento y enfriamiento del planeta a lo largo de las eras.

Que podían ayudar a predecir patrones futuros.

A veces, un glaciólogo con suerte incluso se topaba con algo perfectamente conservado en el hielo.

Una especie extinta congelada en un instante.

La foca no había aminorado el paso, y Rebecca no pudo evitar quedarse mirando cuando...

Un rayo de luz se precipitó desde el cielo, tan brillante que tuvo que cerrar los ojos. Al no oír ningún estruendo, abrió un ojo para ver si había tenido suerte y el relámpago había alcanzado a la foca.

No había sido así, pero la luz había detenido a la foca en seco, sobre todo porque entre ella y el macho asustado había aparecido un hombre desnudo.

La foca ladró.

El hombre, que tenía una espalda muy musculosa cubierta por un enorme tatuaje, le devolvió el ladrido.

Rebecca parpadeó. ¿Acaso ya estaba muerta? Se miró la ropa intacta y la nieve aún blanca a su alrededor; parecía que nada la había tocado.

No estaba muerta —todavía no—, pero el hombre podría no salir tan bien parado.

La foca se abalanzó sobre el extraño y, para asombro de Rebecca, en lugar de esquivarla, el hombre la agarró en una llave de cabeza y soltó una carcajada.

—Tendrás que esforzarte más, culo gordo.

Acto seguido, levantó a la enorme foca y la lanzó por los aires.

Aterrizó con un gruñido sordo y soltó un gemido agudo.

—No me vengas con quejas. Tú empezaste.

El hombre la regañó agitando el dedo.

La foca siguió gimoteando.

—Sí, sí, te he fastidiado la diversión. Qué putada. A lo mejor deberías meterte con alguien de tu tamaño.

La foca se irguió cuan larga era y se lanzó a ladrar frenéticamente.

Una vez más, el intrépido hombre la imitó.

Para su sorpresa, la foca resopló, se dio la vuelta y se alejó arrastrándose hacia el agua. Había sobrevivido. Quizá. Desde luego, se había dado un buen golpe en la cabeza.

—¿Qué demonios acaba de pasar? —murmuró Rebecca.

—Te he salvado el culo —declaró el extraño mientras se daba la vuelta con una sonrisa. De frente resultaba tan impresionante como de espaldas: músculo sobre músculo y un pene al que no parecía importarle el frío.

—¿Quién eres? ¿Cómo has llegado aquí? ¿Y dónde está tu ropa?

El extraño se miró y suspiró.

—Joder. Otra vez no. La próxima vez tengo que acordarme de no ponerme mis vaqueros favoritos cuando viajo en rayo estelar.

Nada de lo que decía tenía sentido.

—Oye, que sigo esperando una respuesta.

—Supongo que no tiene sentido inventarme un cuento, ya que viste mi llegada estelar. Soy Scorpio.

Adoptó una pose.

—Guerrero del Zodíaco, protector del mundo, aquí en una misión importante.

—¿Hay una cámara oculta por aquí? ¿Esto es una broma?

Rebecca miró a su alrededor, esperando el remate.

—Sé que mi presencia te abruma. Pasa mucho.

Al fin y al cabo, no nos aparecemos ante cualquiera, y en realidad no tenía previsto que me vieras.

Pero puede que haya cometido un pequeño error de cálculo, que al final ha sido bueno para ti.

Creo que esa foca iba a comerte la cara, lo cual es sorprendente. Pensaba que solo se zampaban peces.

—¿Eres un extraterrestre?

Porque, por extraño que pareciera, era lo que más sentido tenía.

—No, aunque tengo una afinidad muy estrecha con las estrellas. Con esas, para ser exactos.

Señaló el cielo azul, donde no se veía ni un solo cuerpo celeste.

—¿Eres humano?

—Sí, pero mejorado.

Tenía que estar soñando, y sin embargo todo parecía tan real.

El frío. El sol brillante que la obligaba a entrecerrar los ojos.

Los detalles de su cuerpo que jamás habría imaginado.

Al fin y al cabo, los hombres que solían protagonizar sus fantasías no eran bestias musculosas de cabello platino. —¿Por qué estás aquí?

—Estoy buscando al doctor Guthrie.

Al escuchar su nombre, ladeó la cabeza.

—¿Por qué?

—Se supone que tiene que ayudarme a encontrar algo. ¿Sabes dónde está? Supongo que estará acampado cerca, a menos que la haya cagado con la zona de aterrizaje.

—Ella —recalcó Rebecca— está justo delante de ti, y lo único que voy a ayudarte a encontrar es un par de pantalones.

—¿Tú eres la doctora Guthrie? —la recorrió con la mirada.

—Sí.

—No eres un tío.

—No me digas —respondió ella con sequedad.

—Encantado de conocerte. Soy Scorpio —le dedicó una sonrisa deslumbrante.

—Ya te presentaste.

—Es verdad. Así que ahora que nos conocemos, ¿te importaría decirme dónde está?

—¿Dónde está qué?

—No lo sé. Algún tipo de objeto especial. Los detalles no están claros. Di por hecho que sabrías a qué me refiero. El jefe dijo que Sage fue muy clara en que tú tenías que ayudarme.

—Mira, tío desnudo y pirado que viene de las estrellas, no sé qué eres, por qué estás aquí de verdad ni qué quieres de mí, pero creo que ya he tenido bastantes cosas raras por hoy.

Así que voy a volver a mi refugio a tomarme un café, que será mitad whisky o más, y luego a la cama, donde me despertaré más tarde y decidiré que todo fue una alucinación por el golpe en la cabeza.

—No es una alucinación, a menos que te hayas metido setas. Pero incluso así, esto está pasando, Doc. Ahora llévame a tu campamento, porque un café con whisky suena de maravilla. Aunque en el mío puedes saltarte el café.

—¿Y quién dice que estás invitado? —replicó ella.

—Eres científica. No me digas que no te pica la curiosidad por el hombre desnudo que cayó del cielo.

—La tendría si esto fuera real.

—Te voy a demostrar lo real que es —avanzó hacia ella con paso felino, y Rebecca se fijó en lo alto que era. Fluido, también, con un cuerpo que se movía ágil y seguro. Y esa sonrisa, capaz de hacerle saltar el corazón.

Cuando se detuvo delante de ella, tuvo que alzar la vista para mirarlo. Su piel desnuda irradiaba calor.

—¿Cómo puedes estar tan caliente? —murmuró.

—Nena, nací así —murmuró él antes de atraerla hacia arriba y plantarle un beso en los labios.