CAPÍTULO 5
Scorpio se plantó en lo alto del glaciar para echar un vistazo.
Podía ver kilómetros a la redonda. Vio un montón de nada, solo el blanco deslumbrante de la nieve y el hielo y el azul oscuro del océano, que lamía la orilla.
Los pingüinos vagaban por el borde húmedo, saltaban sobre el hielo sólido y se lanzaban de nuevo al agua.
Bichos adorables. Algunas focas tomaban el sol, incluida la misma con la que había luchado el día anterior.
Se dirigió al otro lado de su elevado punto de observación y vio cómo la doctora tiraba del trineo rodeando el glaciar, resoplando y esforzándose.
Le mataba verla luchar. Había estado esperando a que le pidiera ayuda.
Nunca lo hizo, y, después de su reacción al beso, no se atrevió a ofrecérsela, no fuera a ser que lo acusara de pasarse de la raya.
No quería que pensara que la veía como incapaz o débil, pero casi le dolía físicamente no echar una mano.
Habría tirado de ese trineo con facilidad.
Ella evitó un charco de agua, aparcó el trineo a la sombra del glaciar y sacó algo de equipo. Apuntó algunos de los dispositivos a la pared helada antes de golpearla con un martillo y un cincel; colocó los trozos en un cubo y seleccionó algunos para meterlos en bolsas de plástico.
Aburrido. Decidió hacer un recorrido, en busca de amenazas.
Aries y Sage no habían especificado qué debía vigilar ni cuándo surgiría el peligro, así que mejor prevenir.
Desde su posición ventajosa, podía ver el área inmediata e incluso la mancha de su campamento, enclavado entre unas cuantas montañas cubiertas de nieve y hielo.
Toc. Toc.
El golpeteo de la doctora en el glaciar se convirtió en un sonido monótono de fondo al que apenas prestó atención hasta que se detuvo y no se reanudó.
Fue a comprobar cómo estaba la doctora, solo para darse cuenta de que había desaparecido.
Sus cosas permanecían allí, aunque dispersas; la foca gigante que se había acercado sigilosamente se estaba divirtiendo de lo lindo tirándolas por ahí.
—Cabrón.
Saltó hacia abajo, doblando las rodillas para minimizar el impacto. La foca le echó un vistazo, ladró y se alejó contoneándose, pero no muy lejos. Se deslizó en un charco y desapareció. Bastardo astuto.
Ahora, ¿dónde estaba la doctora? Se llamaba Rebecca, otra cosa que había descubierto mientras fisgoneaba. No es que ella se lo hubiera dicho.
—¿Dónde estás, Doc?
No podía haber ido muy lejos; sin embargo, la meseta helada no mostraba nada más que pingüinos.
¿Habría caído en el mismo agujero que usó la foca?
No parecía tan torpe. Aun así, se agachó junto a él y miró dentro del agua profunda.
No vio nada. Al girarse, notó un ligero hueco en el glaciar.
Arqueó una ceja al ver un gran agujero que dejaba entrever un borde de piedra, con el tamaño y la forma de una puerta.
—¿Doc? ¿Hola?
—llamó mientras se acercaba. Ella no respondió.
Ya cerca de la entrada abierta de la cueva, notó que la roca había sido trabajada, los bordes perfectamente cuadrados, los símbolos grabados...
—Joder.
Reconoció los signos del Zodíaco, o al menos su versión antigua y no las cosas más modernas que se usaban hoy en día.
—Lo encontró —murmuró en voz alta, solo para fruncir el ceño. Había descubierto una ruina antigua y se había ido a explorar sin avisarle.
Puso un pie en el primer escalón, pero vaciló ante la oscuridad de abajo. Seguramente, ella no habría ido a explorar sin luz. Ni siquiera él podía ver en la oscuridad. ¿Llevaba una linterna en ese trineo? ¿La habría cogido? No vio ningún indicio de iluminación.
Un débil gemido que subía desde la escalera le puso la piel de gallina.
—¿Rebecca? —llamó.
Un quejido respondió.
Ah, mierda. Bajó los escalones trotando; la visibilidad empeoraba a medida que descendía, hasta que rozó con la mano las estrechas paredes que encerraban las escaleras. La piedra comenzó a emitir un débil resplandor. Frunció el ceño y aplanó la palma contra la superficie, lo que aumentó el brillo.
—Que me aspen.
Esta escalera no había sido tallada en cualquier roca, sino en un meteorito, una estrella caída a la Tierra, lo que explicaba por qué reaccionaba ante él. Mientras descendía, deslizó los dedos por la pared; el resplandor lo seguía mientras recorría el largo tramo de escalones.
Muy largo.
¿Hasta dónde demonios llegaban?
Rebecca no hizo otro sonido. ¿Habría encontrado algo?
Nada atacó, y cuando Scorpio llegó al fondo encontró a Rebecca desplomada en el suelo.
Un vistazo rápido le mostró que no tenía ninguna extremidad visiblemente rota o retorcida, un alivio, aunque sí tenía un corte en la frente.
La sangre de la herida en la cabeza manchaba el suelo, pero su respiración permanecía constante.
Seguro que tendría dolor de cabeza cuando despertara, posiblemente incluso una conmoción cerebral, pero al menos no era peor.
Se arrodilló a su lado y comenzó a examinarla más a fondo.
Una vez que comprobó que no se había roto nada —su grueso traje de nieve había amortiguado la caída—, la tomó en brazos y se puso de pie.
¿El dilema? ¿Debería subirla por las escaleras y llevarla de vuelta al hábitat, o explorar la pequeña cámara redonda en la que se encontraba?
Al mirar alrededor, vio que las paredes eran lisas excepto por un agujero delgado.
El tipo de agujero que pedía a gritos que una mano fuera a hurgar.
El tipo de agujero que muy bien podría esconder algo que se comería dicha mano.
El tipo de agujero que lo molestaría sin cesar si no supiera qué escondía.
Sosteniendo a Rebecca con un brazo, sacó una lanza y hurgó en la abertura.
No pasó nada. La lanza entró y salió sin problemas.
¿Se atrevería a arriesgar su carne?
Joder, sí que se atrevía. Su mano entró a continuación y encontró el interior cálido y seco.
Nada se deslizó sobre él como en El templo maldito.
Nada intentó arrancársela de un mordisco.
Empujó más adentro, solo para descubrir que la abertura se estrechaba lo suficiente como para arriesgarse a quedar atascado.
Retiró la mano y notó que no tenía nada en la piel, ni siquiera polvo.
Doc comenzó a moverse, gruñendo en sus brazos, con la cabeza girando de lado a lado. Sus pestañas aletearon, y cuando sus ojos lo miraron vidriosos, murmuró:
—Tú otra vez, no.
Él sonrió.
—Hola, Doc. Te diste un buen golpe. ¿Olvidaste cómo usar las escaleras?
Ella hizo una mueca.
—Fue esa estúpida foca otra vez. Me asustó y me caí.
Se puso rígida.
—Espera, dijiste escaleras. ¿Dónde estoy?
—Dentro del glaciar. Parece que has encontrado algún tipo de ruina. Deberías haberme llamado antes de explorar —la reprendió.
—Nunca tuve oportunidad. El radar detectó una anomalía, algo bastante habitual. Empecé a picar y acababa de descubrir la entrada cuando la foca atacó —explicó ella, estirando el cuello para ver—. ¿De verdad es una ruina?
—Sí. Esas escaleras por las que rodaste terminan en esta sala —dijo él, girando para mostrársela. La tenue luz le permitía ver.
Ella abrió la boca, atónita.
—¿Cómo es posible? La Antártida nunca fue colonizada.
—Que se sepa. Enhorabuena, ahora puedes añadir arqueóloga a tu currículum.
Ella torció los labios.
—Es bastante irónico, ya que me encantan las civilizaciones antiguas. Culpo a Indiana Jones. Siempre paso las vacaciones en lugares donde puedo explorar el pasado: las pirámides, templos aztecas, Machu Picchu.
—Yo diría que este lugar es igual de antiguo o más —afirmó él, dejando a Rebecca de pie pero manteniendo un brazo alrededor de ella por si perdía el equilibrio.
—¿Cómo es que puedo ver? ¿La roca está brillando? —se tambaleó alejándose de él para acercar la cara a la superficie antes de pasar los dedos sobre ella. La luz permaneció constante, sin reaccionar a su tacto.
—Creo que estamos dentro de un meteorito bastante grande, y la luz brilla porque está reaccionando a mi presencia.
—Y dices que no eres un extraterrestre —resopló ella—. ¿Alguna idea de quién lo construyó?
—No lo sé, pero los símbolos alrededor de la puerta son signos del Zodiaco muy antiguos.
—¿En serio? —arqueó una ceja—. Supongo que eso significa que encontraste lo que buscabas.
Él negó con la cabeza.
—Todavía no. No hay nada aquí excepto ese agujero en la pared —señaló—. Intenté meter la mano, pero se estrecha rápidamente y no pude palpar mucho dentro.
Ella miró la grieta y, sin dudarlo, metió la mano. Asomó la punta de la lengua entre los labios mientras se le desenfocaba la mirada y murmuraba:
—Me pregunto si habrá algún mecanismo dentro.
El brazo le entró más allá del codo.
—Eso es mucho más adentro de lo que yo llegué.
—Ajá —una exclamación que fue seguida por un clic audible.
Retiró la mano y sus labios se curvaron cuando una sección de la pared tembló antes de deslizarse hacia un lado.
—¡Tachán!
—Buen trabajo al abrirlo.
—¿Qué crees que hay ahí dentro? —asomó la cabeza por la abertura, pero la iluminación de la cámara no llegaba tan lejos.
—Ni idea, por eso entraré yo primero —se colocó delante de ella, ignorando que ponía los ojos en blanco.
—Oh, por favor. Estoy bastante segura de que no hay nada vivo ahí dentro que pueda hacerme daño.
—Eso dijo cada persona que murió antes de entrar en un lugar nuevo y extraño. Solo dame un segundo para ver si está despejado antes de que entres.
Entró en el espacio oscuro y, una vez más, un simple roce de su piel contra las paredes hizo que se iluminaran, mostrando un túnel de aspecto inofensivo. Desconfió de inmediato. Llámalo sentido astral, pero algo no cuadraba.
—¿Ves algo? —preguntó ella. Sonaba demasiado cerca.
—Cuidado. Quédate donde estás —exclamó—. Creo que el lugar podría estar lleno de trampas.
—Esto no es una película —se burló ella, arrastrando los pies hacia su izquierda—. Ese tipo de cosas…
Un clic audible lo hizo girar. Se lanzó sobre Rebecca y los tiró a ambos al suelo justo a tiempo para evitar la hoja que silbó al pasar.
Ella yacía debajo de él, con los ojos muy abiertos.
—¿Qué fue eso?