Capítulo 25 - Eso sí cuenta #2
Di dos pasos. Me detuve. Joder. Volví y la dejé junto a Raven. Marc no dijo nada.
—Cállate.
—No he hablado.
—Pero estás pensando.
—Eso sí.
—Pues deja de hacerlo.
—Complicado.
Unos días después descubrí que Carlos volvía a insultarme. Fue maravilloso.
—Eso es mío.
—Ya no.
—Carlos.
—Lo has dejado ahí.
—Porque estaba comiéndomelo.
—Error táctico.
Intenté quitarle la patata. Apartó el plato.
—Devuélvemela.
—No.
—Te voy a clavar el tenedor.
—Eso sería desproporcionado.
—Era mi última patata.
—Entonces entiendo la violencia.
Lo miré. Carlos me miró. Y durante un segundo... Nada. No pensé. Él tampoco. Le agarré el brazo para alcanzar el plato.
—¡DÁMELA!
—¡QUE NO!
—¡CARLOS!
—¡HABERLA PROTEGIDO!
—¡ERES UN CERDO!
—¡LENTA!
Conseguí cogerla.
—¡JA!
Me la metí entera en la boca. Carlos abrió mucho los ojos.
—Hija de puta.
Mastiqué mirándolo. Despacio.
—Mi patata.
—Estaba en mi plato.
—Porque me la habías robado.
—Detalles.
—Ladrón.
—Lenta.
Levanté el tenedor.
—¿Quieres otra?
Carlos sonrió.
—Violenta.
Y entonces nos quedamos mirando. Ah. Ahí estabas.
—Y tú sigues siendo gilipollas.
—También.
Me reí. Carlos también. Y fue fácil. Por primera vez desde que todo se había ido a la mierda...
Fue fácil. No había ganas debajo. No había esa tensión que antes aparecía cuando estábamos demasiado cerca.
No pensé en besarlo. Ni en tocarlo. Ni en lo que habíamos hecho.
Solo era Carlos. Mi amigo. Joder. No sabía cuánto había echado de menos eso.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—No tengo ninguna cara.
—Estás poniéndote sentimental.
—Vete a la mierda.
—Ahí está.
Le di un golpe en el brazo.
—No vuelvas a robarme comida.
—No prometo nada.
—Pues luego no llores.
—Estoy aterrorizado.
Sonreí.
Al levantar la vista encontré a Marc al otro lado de la mesa.
Me estaba mirando. No con celos. No incómodo.
Sonriendo. Muy poco. Como si también hubiera entendido lo que acababa de pasar.
Carlos siguió mi mirada. Lo notó. Claro que lo notó.
Su sonrisa perdió algo durante un segundo.
Marc me guiñó un ojo. Yo sonreí. Carlos cogió su cerveza, bebió y siguió hablando con Adrián. Todavía dolía. Pero se había quedado.
Esa noche no hubo sexo. Ni falta que hacía. Estábamos en la cama de Marc. Yo boca abajo. Él de lado. Una de sus manos recorría mi espalda por debajo de la camiseta, despacio, sin buscar nada. Yo tenía una mano enterrada en su pelo. Por supuesto.
—Me voy a quedar sin pelo —dijo.
—No.
—Cada día me arrancas tres.
—Mentira.
—Los he contado.
—Tienes mogollones.
—Eso no es una cifra.
—Sí.
—No.
—Cállate.
Marc cerró los ojos. Seguí jugando con un mechón. Habíamos hablado de absolutamente nada durante casi una hora. Del trabajo. De Gabriel. De una película que ninguno quería ver. De Raven. De que yo seguía corriendo un poco. Según él. Mentira. Bueno. Un poco.
—Marc.
—Mmm.
—¿Estás dormido?
—Casi.
—Vale.
Su mano siguió moviéndose por mi espalda. Yo miré su cara. Relajada. Ojos cerrados. Pelo extendido sobre la almohada. Mi anillo apareció entre su pelo cuando moví los dedos. Y pensé en aquella mañana. TE QUIERO TAMBIÉN. No había contado. Ni de coña. Pero llevaba días acordándome. Qué casualidad.
Marc abrió los ojos.
—¿Qué?
—Nada.
—Llevas un rato sin tocarme el pelo.
—Qué exigente.
—Me había acostumbrado.
Ah. Sonreí y volví a mover los dedos. Marc cerró los ojos otra vez.
—Así mejor.
—Mimado.
—Culpa tuya.
—Claro.
—Sí.
Silencio. Otro rato. Su respiración empezó a hacerse más lenta. Y entonces habló.
—Jenn.
—¿Qué?
No abrió los ojos.
—Te quiero.
Mi mano se detuvo. Completamente. Marc abrió los ojos. Me miró. No sonreía. Yo tampoco. Ah. Eso. Eso sí había contado. Noté el corazón. Un golpe. Otro. Marc no retiró la mano de mi espalda. No dijo nada más. No intentó arreglarlo, quitarle peso ni convertirlo en una broma. Solo esperó.
Lo miré. Cuatro meses. Una puta mierda. Un festival. Una furgoneta. Una piedra. Una guitarra. Un mercadillo. Un anillo de tres euros. Carlos. Un beso. Otro. Una cama. Su casa. Raven junto a sus guitarras. Y él. Todo él. Ahí. Esperando.
—Yo también te quiero.
Marc cerró los ojos solo un segundo. Cuando volvió a abrirlos había algo distinto. No sé qué. Pero estaba. Me acerqué y apoyé la frente contra la suya.
—Muchísimo —murmuré.
Su mano dejó de moverse. Me apretó contra él. Y ya. No hubo chiste. No hubo gilipollez. No hubo forma de hacerlo más pequeño. Nos quedamos allí, frente contra frente, respirando el mismo aire. Hasta que Marc me besó. Despacio. Una vez. Después apoyó la nariz contra la mía.
—Muchísimo —repitió.
Sonreí.
—Sí.
Y por una vez... Ninguno de los dos salió corriendo a esconderse detrás de una broma.
***