Capítulo 25 - Eso sí cuenta #3
El domingo estábamos otra vez en casa de Gabriel.
Los cinco. Carlos había ido porque había querido ir.
Eso importaba. Los primeros minutos fueron un poco raros.
Gabriel hablaba demasiado. Adrián también.
Yo bebía cerveza. Marc parecía ser el único ser humano de aquella habitación que no estaba intentando comportarse con normalidad.
Y Carlos... Carlos estaba allí. Eso ya era bastante.
Un rato después Gabriel decidió que necesitaba ayuda para poner la mesa.
—Jenn, ven.
—¿Por?
—Ayúdame.
—¿Con qué?
—Con algo.
—Eso suena sospechoso.
—Ven.
Me levanté.
—Como sea poner la mesa, me voy.
—Es poner la mesa.
—Me voy.
Carlos se levantó.
—Yo te ayudo.
Gabriel lo miró. Después a mí. Después a Carlos. Lo vi pensar demasiado.
—Vale.
Carlos pasó a mi lado.
—Venga.
Lo seguí a la cocina.
—¿Desde cuándo eres útil?
—Desde que tú no.
—Qué borde.
Cogió platos. Yo los cubiertos. Durante unos segundos no dijimos nada. No incómodo. Solo nada. Carlos abrió un cajón.
—No están ahí.
—Ya lo veo.
—El de al lado.
—Ya.
Abrió el de al lado.
—Tampoco.
Me apoyé en la encimera.
—Eres increíblemente bueno ayudando.
—Cállate.
—Dos cajones. Cero éxitos.
—¿Dónde coño guarda este tío los cubiertos?
—Los tengo yo.
Carlos se giró y miró mi mano.
—Eres gilipollas.
Me empecé a reír.
—Llevas dos minutos buscando algo que tengo en la mano.
—Pensaba que eran servilletas.
—¿Servilletas metálicas?
—No estaba mirando.
—Claramente.
Carlos dejó los platos y me quitó un tenedor.
—Dame eso.
—Eh.
—No eres de fiar.
—Tú no encuentras un cubierto aunque te apuñale.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tiene para mí.
—Como casi todo.
Le di con una servilleta. Carlos me la devolvió.
Y ya. Durante unos segundos... Ya. No Marc. No nosotros. No el beso. No el puñetazo. No lo que había pasado. Carlos. Yo. Haciendo el imbécil en una cocina. Lo había echado de menos. Muchísimo. Y creo que él también. No lo dije. Él tampoco. Mejor. Cogí los vasos.
—¿Estás bien?
Carlos tardó un segundo.
—Sí.
Lo miré.
—¿De verdad?
—Hoy sí.
Hoy. No siempre. No completamente. Hoy. Asentí.
—Vale.
Carlos cogió los platos.
—¿Y tú?
Pensé en Marc. En Raven junto a sus guitarras. En esa mañana. En esa noche. Te quiero.
Fue entonces cuando vi la chapa. La de aquella cerveza. Estaba junto a la servilleta de la jirafa, doblada con un cuidado ridículo.
Miré a Marc.
—Ni se te ocurra.
—No he dicho nada.
—Tu cara.
Sonreí y dejé las dos cosas exactamente donde estaban.
—Sí.
Carlos lo vio. No sé qué exactamente. Pero algo. Bajó la mirada, respiró y volvió a coger otro plato.
—Me alegro.
Joder.
—Carlos...
—No.
—¿No qué?
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—Todo el mundo dice que tengo caras específicas.
—Tienes demasiadas.
Ah. Me reí.
—Marc dice lo mismo.
Carlos hizo una mueca. Muy pequeña.
—Pues mira. En algo estamos de acuerdo.
Y siguió hacia el salón. Eso fue todo. No necesitaba más.
La comida acabó hacía rato, pero nadie parecía tener prisa. Gabriel había puesto música. Adrián ocupaba medio sofá y Carlos intentaba echarlo.
—Quita.
—Hay más sitios.
—Estás ocupando tres.
—Llegué primero.
—Llevas aquí cuatro horas.
—Precisamente.
Carlos terminó sentándose encima de sus piernas.
—¡HIJO DE PUTA!
—Aparta.
—¡PESAS!
—Qué pena.
Adrián intentó tirarlo. Carlos se agarró al respaldo y Gabriel empezó a gritar que no le rompieran el sofá. Yo me estaba riendo. Marc estaba a mi lado. Me pasó una cerveza.
—Gracias.
—De nada.
La abrí. Carlos consiguió quitarle a Adrián medio sitio.
—Como rompáis algo lo pagáis —dijo Gabriel.
—Que lo pague Jenn —soltó Adrián—. Tiene guitarra.
Lo miré.
—¿Y eso qué coño tiene que ver?
—No sé. Parece caro.
—Magnífico razonamiento.
—Pues Marc.
Marc bebió.
—Yo no he hecho nada.
—Estás con ella. Responsabilidad subsidiaria.
—Te vas a la mierda —dije.
Carlos soltó una carcajada. Una de verdad. Fuerte. Lo miré. Él me vio.
—¿Qué?
—Nada.
—No pongas cara.
—No estoy poniendo cara.
—Sí.
Sonreí.
—Cállate.
Carlos negó con la cabeza.
—Pesada.
—Gilipollas.
Y siguió discutiendo con Adrián. Sin desaparecer. Sin quedarse callado. Sin mirar la puerta.
Marc rozó mi brazo con el suyo. No hizo falta más.
Me apoyé un poco contra él. Muy poco. Lo suficiente.
Miré alrededor. Gabriel. Adrián. Carlos.
Marc. Nadie estaba arreglando nada. Nadie estaba teniendo una conversación importante.
Nadie estaba intentando decidir qué éramos, qué había pasado o qué coño iba a ocurrir después.
Estábamos allí. Carlos insultando a Adrián.
Gabriel defendiendo su sofá. Marc pegado a mi brazo.
Yo bebiéndome una cerveza. Normal. Por fin.
Bueno. Todo lo normal que podía ser aquello.
Bebí otro trago. Marc buscó mi mano. Se la di. Carlos estaba diciendo algo. Adrián protestó. Gabriel los mandó a los dos a la mierda. Me reí. Marc me miró.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás poniendo cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
Sonreí.
—Cállate.
Marc negó con la cabeza.
—Pesada.
—Gilipollas.
Me besó en la sien. Carlos volvió a insultar a Adrián. Gabriel gritó algo sobre su puto sofá. Y yo me quedé allí. Sin irme. Por primera vez en mucho tiempo... No quería estar en ningún otro sitio.
Miré a Marc. Él seguía escuchando a Carlos y Adrián discutir. Sonreí. Habíamos hecho una promesa antes incluso del primer beso. No dejar que nadie cambiara al otro.
La ley del rock.
Seguía en pie.
* * *