Capítulo 25 - Eso sí cuenta
Eso sí cuenta
Habían pasado casi dos semanas y había ocurrido algo preocupante.
Me había acostumbrado. A despertarme con Marc.
A cenar con él. A quedarme después. A que alguna noche acabáramos en la cama sin dormir precisamente y otras simplemente nos metiéramos debajo de las mantas, habláramos hasta demasiado tarde y despertara con una pierna suya encima.
A cruzar dos portales para volver a mi piso por la mañana.
O por la tarde. O cuando necesitaba ropa.
Aquello último empezaba a ser sospechoso, pero decidí no investigarlo. Era más sano .
Abrí los ojos. Todavía estaba oscuro, aunque no mucho.
Lo suficiente para que la habitación tuviera ese color raro de primera hora de la mañana.
Marc dormía de lado, de espaldas a mí. Pelo por todas partes.
Qué desperdicio dejar aquello sin supervisión.
Alargué una mano, cogí un mechón y lo dejé caer.
Cogí otro. Marc no se movió. Perfecto. Hundí los dedos entre su pelo y empecé a separarlo despacio. Un mechón. Otro. Otro.
—Sé que estás despierta.
Me quedé quieta.
—No.
—Jenn.
—Estoy dormida.
—Me estás tocando el pelo.
—Sonambulismo.
Marc soltó aire por la nariz.
—Llevas cinco minutos.
—Eso no demuestra nada.
Se giró. Mala idea. Ahora lo tenía de frente. Ojos medio cerrados. Pelo peor que antes. Sonreí.
—Buenos días.
—Me estabas acosando.
—Te estaba peinando.
—Con los dedos.
—Servicio premium.
Marc cerró los ojos otra vez.
—Cinco minutos más.
—Vale.
Me acerqué y apoyé la frente contra su pecho.
Su brazo apareció alrededor de mí casi inmediatamente.
Automático. Eso también. Todo empezaba a ser automático.
Su mano sobre mi espalda. Mi pierna entre las suyas.
Mi cara contra su pecho. El puto vuelco en el estómago.
Ese todavía no se había acostumbrado a nada.
Cerré los ojos. Cinco minutos. Perfecto.
Fueron cuarenta.
—Mierda.
Marc ni se movió.
—Mierda.
—¿Qué?
—La hora.
Abrió un ojo. Cogí el móvil.
—Joder.
Marc miró su despertador.
—Tenemos tiempo.
—Tú.
—Tú también.
—Quiero pasar por casa.
—¿Para qué?
Lo miré.
—Para vestirme, principalmente.
Marc bajó la vista. Camiseta suya. Mis bragas. Nada más.
—Podrías ir así.
—Claro.
—La camiseta te queda bien.
—Gracias.
—Y ahorrarías tiempo.
—Y conservaría mi empleo aproximadamente ocho minutos.
Me levanté y busqué mi pantalón. Marc seguía tumbado.
—¿No te levantas?
—Estoy valorándolo.
Encontré el pantalón junto a la cama y me lo puse.
—Vago.
—Ven aquí.
—No.
—Jenn.
—Llego tarde.
—Has dicho que tenemos tiempo.
—Lo has dicho tú.
—Entonces ven.
Lo miré. Error. Marc levantó un poco la manta.
—Cinco minutos.
—Tus cinco minutos duran cuarenta.
—No siempre.
—Mentira.
—Compruébalo.
Hijo de puta. Me acerqué solo para darle un beso. Ese era el plan. Uno. Pequeño. Marc me cogió de la cintura.
—No.
—¿No qué?
—Tengo que irme.
—Ya.
Me besó otra vez.
—Marc.
—¿Qué?
—Trabajo.
—Yo también.
—Tú a las dos, bribón.
Sonreí contra su boca y me separé.
—Esta noche.
Marc abrió los ojos.
—¿Vienes?
La pregunta me pilló desprevenida. No porque no supiera la respuesta. Precisamente por eso.
—Claro.
Así. Sin pensar. Claro. Marc sonrió.
—Vale.
Cogí mis cosas.
—Y practicamos.
—Vale.
—Quiero enseñarte algo.
—¿Qué?
—No.
—¿No qué?
—Esta noche.
—Ahora quiero saberlo.
—Te jodes.
—Jenn.
—Adiós.
Salí de la habitación.
—¡ERES GILIPOLLAS!
—¡TE QUIERO TAMBIÉN!
Me detuve. Marc también. Silencio. Oh. No. No había dicho eso. Bueno. Sí. Pero no así. No ESO. Había dicho una frase. Una de esas. Una respuesta automática. Te quiero también. Como vete a la mierda. Como que te den. Como... Joder.
Marc apareció en la puerta de la habitación. Nos miramos.
—Cinco minutos —dije.
Marc me miró.
—Doce.
Sonreí.
—Eso. Doce.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Pues no me mires.
—No he dicho nada.
—Pero estás mirando.
—Tengo ojos.
—Qué putada.
Cogí las llaves. Marc seguía ahí.
—Vas a llegar tarde.
—Pues adiós.
—Adiós.
Abrí la puerta.
—Jenn.
Me giré.
—¿Qué?
Marc sonrió. Muy poco.
—Nada.
Entrecerré los ojos.
—Esta noche.
—Esta noche.
Salí y cerré. Me quedé mirando la puerta. Joder. Bajé las escaleras. No. Eso no había contado. Ni de coña.
Por la noche, a las diez y cuarenta y cinco, crucé hasta casa de Marc con Raven colgada a la espalda. Me abrió antes de que pudiera llamar por segunda vez. Miró la funda y después a mí.
—Ah.
—¿Qué?
—Eso era.
—Maybe.
—Llevas todo el día haciéndote la interesante para traer una guitarra.
—No es una guitarra.
Marc miró la funda.
—Perdón.
—Es Raven.
—Mis disculpas.
Entré y dejé la funda con cuidado en el salón.
—¿Qué has aprendido?
—No he dicho que haya aprendido nada.
—Has traído a Raven.
—Puede que quisiera sacarla a pasear.
—Claro.
Me quité la chaqueta. Marc seguía mirándome.
—Deja de presionarme.
—Estoy literalmente a dos metros.
—Psicológicamente.
—Muchísimo peor.
Abrí la funda y saqué a Raven. Marc se sentó.
—Venga.
—No me mires.
—¿Qué?
—Que no me mires.
—¿Para qué has venido entonces?
—Para tocar.
—Pues toca.
—Pero no mires.
Marc sonrió.
—Ahora voy a mirar muchísimo.
—Te odio.
—No.
Ahí estaba.
Cogí la guitarra, me coloqué y respiré. Miré el mástil.
Empecé. Primeras notas. Bien. Otra vez. El patrón estaba ahí.
Ya no tenía que pensar tanto. Mis dedos empezaban a saber dónde ir antes que yo.
Levanté la vista. Marc estaba mirándome.
Directamente. Cabrón. Seguí. No mires abajo.
No mires abajo. Sus ojos seguían en mí. Fallé una nota.
—Mierda.
Marc no dijo nada. Volví a empezar. Esta vez levanté la vista antes.
Él seguía ahí. Quieto. Mirándome. Sonriendo apenas.
No. No iba a ganar. Seguí tocando. Una vuelta.
Otra. Otra. Mis dedos se movieron solos y Marc desapareció.
No de verdad. Peor. Dejé de necesitar pensar en él.
En el mástil. En dónde estaba cada nota. Solo escuché. Hasta que terminé.
Silencio. Lo miré.
—¿Y?
Marc levantó las cejas.
—¿Y?
—Sí.
—¿Has estado practicando?
—No. Ha ocurrido por intervención divina.
—Jenn.
—Sí.
—Se nota.
Ah. Intenté que no se me notara demasiado la satisfacción. Probablemente fracasé.
—¿Mucho?
—Mucho.
Sonreí.
—¿Qué?
—Nada.
—Marc.
Se levantó y se acercó.
—El ritmo está bastante más estable. Antes pensabas cada movimiento.
—Ya no tanto.
—Ya. Y estás dejando de mirar dónde caes.
—Te estaba mirando a ti.
—También me he dado cuenta.
—Era más difícil.
Marc sonrió.
—¿Por qué?
Lo miré. En serio.
—Porque eres tú.
Su sonrisa cambió. Ah. Muy bien. Me aclaré la garganta.
—No te emociones.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí.
—¿Qué dice?
—Gilipollas.
—Qué raro.
Le di un pequeño empujón.
—¿Coges el bajo o qué?
—Ah, ¿ahora tengo que trabajar?
—Sí.
—¿Cobro?
—No.
—Mal negocio.
Fue a por el bajo. Yo volví a colocarme. Marc conectó todo, probó un par de notas y aquello cambió. No mucho. Pero sí. Porque una cosa era tocar delante de él. Otra... Tocar con él.
—No corras —dijo.
—No corro.
—Corres.
—Tú vas lento.
—Jenn.
—Vale.
Empezamos. La primera vez fue una mierda.
La segunda, menos. La tercera... Ah. Marc entró debajo.
Sosteniendo. Sin taparme. Sin intentar hacer más de lo necesario.
Yo seguí el riff. Él me acompañó. Y durante unos segundos no pensé en mis dedos.
Ni en equivocarme. Ni en si lo estaba haciendo bien.
Solo escuché cómo Raven encajaba con su bajo. Paré.
—Otra vez.
Marc sonrió.
—Vale.
Otra. Fallé.
—Mierda.
—Sigue.
—He fallado.
—¿Y?
—Pues que he fallado.
—¿Y?
Lo miré.
—Qué pesado eres.
—No pares cuando falles.
—Pero se nota.
—Claro que se nota.
—Gracias.
—También se nota cuando vuelves.
Ah. Miré a Raven.
—Otra.
—Otra.
Empezamos. Fallé. Seguí. Marc no cambió nada. Me esperó. Volví a entrar. Y sonreí. Él también. Joder. Otra vez. Otra. Hasta que en una de ellas llegamos al final sin parar. Dejé caer la mano.
—HOSTIA.
Marc se rio.
—Eso.
—¡HA SALIDO!
—Sí.
—¡ENTERA!
—Sí.
Dejé a Raven con cuidado y me levanté.
—¡ENTERA!
—Te he oído.
Lo abracé sin pensar. Marc todavía tenía el bajo colgado y casi me lo clavé.
—Cuidado.
—Me da igual.
—A mi bajo no.
—Qué romántico.
Me separé. Estaba sonriendo. Muchísimo. Marc también.
—Ha salido.
—Ha salido.
Y me besó. Pequeño. Orgulloso. O quizá eso me lo inventé. Me daba igual. Miré a Raven. Después su bajo. Las guitarras. Todo aquello alrededor.
—Otra.
Marc levantó las cejas.
—¿Otra?
—Otra.
—¿No quieres descansar?
—No.
Sonrió.
—Vale.
Volvimos a colocarnos.
Tocamos otras tres. Bueno. Dos y media. En la última me fui a la mierda a mitad y decidí que la culpa era de Raven.
—Estás cansada —dijo Marc.
—No.
—Llevas bostezando diez minutos.
—Es concentración.
—Claro.
Miré la hora. Las doce y veinte. Ah.
—Vale. Un poco.
Marc dejó el bajo en su soporte. Yo me estiré.
—Pero ha salido.
—Ha salido.
—Varias veces.
—Varias.
Sonreí y me agaché para guardar a Raven.
—Déjala.
Me detuve.
—¿Qué?
—Que la dejes.
—¿Aquí?
—Sí.
Miré a Raven. Después a él.
—¿Por qué?
Marc señaló con la cabeza hacia sus guitarras.
—Así no tienes que estar llevándola y trayéndola cada vez.
Ah. Lógico. Muchísimo.
—¿Y dónde la dejo?
—Donde quieras.
—Eso es peligroso.
—¿Por?
—Me das libertad y luego pasan cosas.
—Ya han pasado bastantes.
—También.
Cogí a Raven, miré los soportes y busqué un sitio. La dejé junto a sus guitarras y su bajo. Me aparté un poco. Ahí. Raven. En casa de Marc. Quedaba bien. Muy bien.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—Estás mirando.
—Tengo ojos.
Marc sonrió.
—Qué putada.
—No me robes mis frases.
—Llegas tarde.
—Ladrón.
Cogí la funda vacía.
—Esto sí me lo llevo.
—¿Para qué?
Me quedé quieta.
—Para...
Miré la funda. Después a Raven.
—No sé.
Marc se rio.
—Déjala también.
—No quiero empezar a acumular mierda en tu casa.
Marc miró alrededor. Yo también. Mi chaqueta sobre una silla. El bolso en el sofá. Raven junto a sus guitarras. No era exactamente una acumulación. Todavía.
—Es una funda —dijo.
—Así empiezan las cosas.
—¿Qué cosas?
—No sé.
—Muy convincente.
Levanté la funda.
—Me la llevo.
—Vale.