Capítulo 24 - No quería #4
Carlos sonrió. Muy poco. Después volvió a mirarme.
—No hace falta que hagas eso.
—¿El qué?
—Eso.
Ah. Miré a Marc. Error. Volví inmediatamente a Carlos. Él soltó aire por la nariz.
—Precisamente eso.
—Carlos...
—No pasa nada.
Sí pasaba. Se le veía. No muchísimo. Pero se le veía.
—No quiero hacerte daño.
Carlos bajó la vista hacia su cerveza.
—Ya.
—De verdad.
—Lo sé.
Silencio. Marc no intervino. Gracias. Aquello era entre Carlos y yo.
—No sabía... —empecé.
Carlos levantó la vista. Me callé. No sabía qué. No sabía cuánto sentía. No sabía que estaba esperando algo más. No sabía que mientras yo estaba frenando él estaba imaginando que algún día dejaría de hacerlo.
—No sabías lo que significaba para mí —terminó él.
Asentí.
—No.
Carlos se quedó callado. Después bebió.
—Yo tampoco te lo dije.
Joder.
—No.
—Pues ya está.
—No está ya.
—No.
Sonrió sin ganas.
—Pero tampoco podemos quedarnos ahí para siempre.
Algo me dolió. Muchísimo.
—Carlos...
—Jenn.
Negó.
—No me pidas perdón otra vez.
Cerré la boca.
—Vale.
—Y no dejéis de miraros porque estoy sentado delante.
Silencio. Marc bajó la mirada. Yo no sabía dónde coño meterme. Gabriel estaba fascinado con la etiqueta de su cerveza. Por primera vez en su vida. Carlos miró a Marc.
—Eso va por ti también.
Marc levantó la cabeza.
—No estaba...
—Sí estabas.
Marc cerró la boca. Carlos soltó una risa pequeña.
—Joder. Si hasta cuando intentáis no hacerlo se nota.
Me tapé la cara con una mano.
—Me quiero morir.
Gabriel no pudo más.
—Un poco sí.
—GAbrIEL.
—¡LO SIENTO!
Carlos se rio. De verdad. Muy poco. Pero de verdad. Y aquello rompió algo. La tensión. No toda. La suficiente. Bajé la mano. Carlos seguía sonriendo. Marc también. Adrián negó con la cabeza.
—Cinco minutos.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Qué?
—Has aguantado cinco minutos sin meterte.
—Han sido más.
—No.
—Seguro.
—No.
—Cronométrame la próxima.
—No habrá próxima.
—Eso no puedes saberlo.
Y seguimos.
Una hora después me había olvidado varias veces de que tenía que estar incómoda.
Eso era bueno. Supongo. Carlos no estaba bien.
No era idiota. Lo veía. A veces se quedaba más callado.
A veces miraba hacia otro lado cuando Marc y yo coincidíamos demasiado.
Una vez me levanté para ir al baño y, al volver, Marc apartó automáticamente la silla para que pasara.
Su mano rozó mi espalda. Nada. Un segundo.
Carlos lo vio. Y bebió. Pero no se fue. Eso era lo importante.
No se fue. Cuando trajeron otra ronda, Carlos discutió con Marc sobre quién pagaba.
—La última la pagaste tú.
—¿Y?
—Que esta me toca.
—No llevamos una puta contabilidad.
—Yo sí.
—Pues tienes un problema.
—Varios.
—Eso ya lo sabemos.
Se miraron. Y por un instante... Ahí estaban. Ellos. No del todo. Pero estaban. Sonreí. Gabriel me vio. Esta vez no dijo nada. Bien. Quizá sí podía aprender. Muy lentamente. Con ayuda profesional. Miré la hora. Casi las once.
—Yo mañana trabajo.
—Todos trabajamos —dijo Gabriel.
—Pues tú deberías preocuparte más.
—Yo confío en mi cuerpo.
Adrián lo miró.
—Tu cuerpo funciona a base de cerveza y decisiones equivocadas.
—Y sigue aquí.
—Contra todo pronóstico.
Carlos se levantó.
—Yo me voy.
Mi estómago hizo una cosa rara. Marc también se levantó. No sabía si por acompañarlo o porque también pensaba irse. Carlos cogió la chaqueta. Miró a Marc. Después su mandíbula.
—Oye.
Marc esperó.
—En serio.
Señaló vagamente su cara.
—Lo siento.
Marc lo sostuvo unos segundos.
—Lo sé.
Carlos asintió. Nada más. No abrazo. No apretón de manos. No una reconciliación de película. Gracias. No habría podido soportarlo. Carlos miró a Gabriel.
—No mandes más palomas.
—No prometo nada.
—Te bloqueo.
—Eso sería censura.
—Exacto.
Adrián levantó la mano.
—Nos vemos.
—Sí.
Y entonces Carlos me miró. Ah. Me levanté también. No sabía qué hacer. Beso en la mejilla. Abrazo. Nada. Al final fue él quien se acercó. Me dio un abrazo. Pequeño. Breve. Pero un abrazo. Me quedé quieta un segundo antes de devolvérselo.
—¿Estamos bien? —pregunté bajito.
Carlos tardó.
—Todavía no.
Dolió. Asentí.
—Vale.
Se separó.
—Pero estaremos.
Joder. Tragué.
—Vale.
Carlos sonrió. Cansado. Después miró a Marc. No dijo nada. Marc tampoco. Y se fue. Lo vi alejarse entre las mesas. Hasta que desapareció. Me senté otra vez. Nadie habló durante unos segundos. Gabriel levantó su cerveza.
—Bueno.
Adrián lo miró.
—Ten cuidado.
—Solo iba a decir que ha ido mejor de lo que esperaba.
Marc seguía mirando hacia donde se había ido Carlos.
—Sí.
—Bastante mejor —dije.
Marc asintió. No parecía contento. Tampoco triste.
Solo... Cansado. Busqué su mano debajo de la mesa.
No lo pensé. La encontré. Marc bajó la vista.
Entrelazó los dedos con los míos. Su pulgar encontró el anillo.
Y se quedó ahí. Quieto. Gabriel siguió hablando.
Adrián le respondió. Yo apenas los escuchaba.
Miré a Marc. Él me miró. Y esta vez no apartamos los ojos.
Carlos lo había dicho. No dejéis de miraros porque estoy sentado delante.
Ya no estaba. Pero creo que habría sido igual.
Porque empezaba a entender algo. No podía querer menos a Marc para hacerle menos daño a Carlos.
No podía deshacer lo que había pasado. Ni convertir lo nuestro en algo más pequeño.
Solo podía intentar no ser cruel. Y esperar.
Esperar a que algún día Carlos pudiera mirarnos sin que le doliera. Marc apretó mi mano.
—¿Qué? —pregunté.
Negó.
—Nada.
Sonreí.
—Mentiroso.
—Un poco.
Miré nuestros dedos. El anillo. Ya no me hizo gracia.
Me hizo otra cosa. Una mucho más grande.
Y bastante más peligrosa. Porque cuatro meses eran una puta mierda.
Lo sabía. Marc lo sabía. Cualquiera con dos dedos de frente lo sabía.
Pero cuando intentaba imaginarme frenando... No podía. Peor. No quería.