La ley del rock Capítulo 24 - No quería #3
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Capítulo 24 - No quería #3

—Pues explícamelo tú porque yo no sé.

Sonrió. Muy poco. Después miró otra vez el anillo.

—Que ya no parece tan de broma.

Ah. Eso. Exactamente eso.

—Sí.

Seguimos andando. No soltó mi mano.

—¿Te asusta? —preguntó.

Pensé.

—Un poco.

Marc asintió.

—A mí también.

Giré la cabeza. Eso no me lo esperaba.

—¿Sí?

—Jenn, te conozco desde hace cuatro meses.

—Ya.

—Y llevamos juntos...

Se quedó pensando.

—Ni lo sé.

—Un suspiro.

—Más o menos.

—Muy tranquilizador.

Marc soltó aire por la nariz.

—Y no quiero que te quites ese anillo.

Silencio. Joder. Bajé la vista.

—No quiero quitármelo.

—Ya.

—Nada.

—No has dicho nada.

—Ya.

Lo miré.

—¿Entonces qué coño hacemos?

Marc tardó unos segundos en responder.

—No sé.

Bien. Maravilloso. Dos adultos perfectamente funcionales.

—Gran plan.

—¿Quieres que invente una respuesta?

—No.

—Pues no sé.

Seguimos andando. Su pulgar volvió a rozar el anillo.

—Solo sé que cuando me arrodillé estaba haciendo el gilipollas.

Sonreí.

—Muchísimo.

—Y cuando me dijiste que sí...

La sonrisa desapareció sola. Marc también dejó de sonreír.

—Ahí ya no tanto —dije.

—No.

—¿Tú también lo notaste?

Me miró.

—Sí.

Claro. Por eso nos habíamos quedado petrificados. Por eso la gente alrededor había desaparecido. Por eso ninguno había sabido qué coño acababa de pasar. No habíamos fingido tan bien como creíamos. Ni siquiera delante de nosotros mismos.

—Marc.

—¿Qué?

—Creo que estamos prometidos.

Lo dije. Así. En mitad de la calle. Sin rodillas. Sin gente mirando. Sin risas. Marc se quedó callado. Mi corazón empezó a hacer cosas bastante poco profesionales.

—Di algo.

—Estoy pensando.

—Pues piensa más rápido.

Me miró. Y vi miedo. Poquito. Pero estaba. Exactamente el mismo que debía de tener yo.

—Creo que sí.

Ah. Hostia. Seguimos andando. Porque aparentemente uno podía reconocer que estaba prometido con alguien a quien conocía desde hacía cuatro meses y después simplemente... Seguir andando.

—Esto es una locura —dije.

—Sí.

—Una bastante grande.

—Sí.

—No pienso casarme contigo mañana.

Marc me miró.

—Tenía reservado el ayuntamiento a las nueve.

Le di un golpe con el hombro.

—Imbécil.

Sonrió. Gracias. Necesitaba eso. Pero no convirtió lo demás en una broma. Su mano siguió cogiendo la mía. El anillo siguió entre sus dedos.

—No tenemos que hacer nada —dijo.

Lo miré.

—¿Con qué?

—Con esto.

Tocó el anillo.

—No tenemos que poner fecha. Ni contárselo a nadie. Ni convertirlo en algo que tenga que pasar mañana.

—¿Entonces?

Marc se encogió de hombros.

—Es nuestro.

Me quedé mirándolo. Joder.

—Eso me gusta.

—A mí también.

—Mucho.

—Sí.

Volví a mirar nuestras manos. Y ocurrió una cosa rarísima.

Dejó de darme miedo. No completamente. Pero bastante.

No era una promesa de boda. Todavía no. No era una fecha.

Ni una casa. Ni una vida planeada. Era algo mucho más sencillo.

Yo te elegí. Tú me elegiste. Y ninguno de los dos quería retirar la apuesta. Le apreté la mano.

—Pues ya está.

—¿Ya está?

—Sí.

—¿Así de fácil?

—¿Quieres rellenar un formulario?

—Podría hacer uno.

—Te dejo.

—Estado civil.

—Cállate.

—Soltera, casada...

—Marc.

—Prometida accidentalmente.

Me reí.

—¡Eso no existe!

—Ahora sí.

—Que te den.

Marc sonrió. Y volvió a tocar el anillo. Pero ya no se rio. Yo tampoco. Seguimos caminando. Prometidos. Joder.

Los vimos desde lejos. Gabriel estaba sentado en la terraza. Adrián enfrente. Y Carlos... Carlos estaba de espaldas. Se me encogió el estómago. Mi mano apretó la de Marc sin querer. Él lo notó. Nos detuvimos.

—Jenn.

—Estoy bien.

—Ya.

Miré nuestras manos. Después a Carlos.

—Tenemos que soltarnos.

Marc no lo hizo.

—Ya.

Tampoco yo. Qué puta mierda.

—No quiero.

Marc me miró.

—Yo tampoco.

—Pero...

—Sí.

Esta vez fui yo. Aflojé los dedos. Marc hizo lo mismo.

Nuestras manos se separaron. Y odié la sensación.

No porque tuviéramos que escondernos. No lo estábamos haciendo.

Solo... No quería entrar allí agarrada a Marc como si aquello fuera una declaración.

Carlos no se lo merecía. Empezamos a caminar otra vez.

Gabriel nos vio primero. Por supuesto. Levantó una mano.

Adrián se giró. Carlos no. Hasta que estuvimos prácticamente en la mesa.

Entonces levantó la cabeza. Me miró. Después miró a Marc.

Su mandíbula. El morado. Algo pasó por su cara.

Duró nada. Marc se quedó quieto a mi lado.

—Hola.

Carlos sostuvo su mirada.

—Hola.

Silencio. Gabriel cogió su cerveza.

—Bueno.

Lo miramos los cuatro.

—¿Qué?

—Nada.

—Gabriel —dijo Adrián.

—¡NO HE HECHO NADA!

Y, contra todo pronóstico... Carlos sonrió.

Solo un poco. Pero sonrió. Ah. Joder. Quizá todavía quedaba algo que salvar.

Me senté. No al lado de Marc. Tampoco al lado de Carlos.

Había una silla libre entre Adrián y Gabriel y decidí que aquel era territorio neutral.

Suiza. Perfecto. Marc se sentó enfrente.

Al lado de Carlos. Ah. Vale. Eso no me lo esperaba.

Carlos tampoco, por la forma en que lo miró.

Marc no dijo nada. Cogió la carta de bebidas.

—¿Qué vais a pedir?

Gabriel levantó su cerveza.

—Esto.

—Tú no cuentas.

—¿Por qué?

—Porque beberías gasolina si tuviera espuma.

Carlos soltó aire por la nariz. Otra vez. Casi una risa. Marc lo oyó. Yo también. Nadie dijo nada. Por favor. Que nadie dijera nada.

—Yo otra —dijo Adrián.

Marc me miró.

—¿Tú?

—Cerveza.

Asintió.

—Voy.

—Te acompaño —dijo Carlos.

Silencio. Pequeño. Pero estuvo. Marc levantó los ojos hacia él.

—Vale.

Se levantaron. Los dos. Los vi alejarse hacia la barra. Juntos. No hablaban. Pero tampoco parecían estar a punto de matarse. Progreso. Muchísimo. Giré la cabeza. Gabriel estaba mirándome.

—No.

—¿Qué?

—Ni se te ocurra.

—No estoy haciendo nada.

—Estás respirando raro.

—¿Cómo coño se respira raro?

—Tú puedes.

Adrián negó con la cabeza.

—Déjala.

—La estoy dejando.

—No.

—Sí.

—Gabriel.

—Vale.

Miré otra vez hacia la barra. Marc estaba apoyado con una mano sobre ella.

Carlos a su lado. Separados. Un metro. Quizá menos.

Carlos dijo algo. Marc lo miró. Respondió.

Carlos negó. Marc también. No podía escuchar.

Y no quería. Bueno. Sí quería. Muchísimo.

Pero no debía. Me obligué a mirar mi móvil.

Nada interesante. Volví a levantar la cabeza. Seguían hablando.

—No los vigiles —dijo Adrián.

—No los vigilo.

—Llevas treinta segundos sin parpadear.

—Tengo los ojos hidratados.

Gabriel se rio. Lo miré.

—Tú ni una palabra.

Levantó las manos.

—Estoy siendo ejemplar.

—Eso me preocupa más.

Carlos volvió primero. Dejó mi cerveza delante de mí. Me quedé mirando la botella. Después a él.

—Gracias.

—De nada.

Marc llegó detrás con las otras. Se sentó.

Otra vez al lado de Carlos. Y nadie murió.

Bien. Muy bien. Cogí mi cerveza. Bebí. Carlos también.

Durante unos minutos hablamos de cualquier cosa.

Trabajo. Una gilipollez que le había pasado a Adrián.

Gabriel intentando convencer a todo el mundo de que la paloma se parecía a Carlos.

—Tenía tu mirada —dijo.

Carlos lo miró.

—Era una paloma.

—Por eso.

—¿Quieres que te pegue a ti también?

Silencio. Gabriel abrió la boca. Yo dejé la botella sobre la mesa. Marc se quedó quieto. Carlos también. Mierda.

—Joder —murmuró Carlos.

Se pasó una mano por la cara.

—Perdón.

Marc lo miró.

—No pasa nada.

—Sí pasa.

Ah. Nadie se movió. Carlos miró su mandíbula. Esta vez directamente. Sin disimular.

—Te dejé bastante feo.

Marc levantó una ceja.

—¿Bastante?

—Más.

—Gracias.

—De nada.

Gabriel miró a Adrián. Adrián negó muy despacio. Ni se te ocurra. Por una vez, Gabriel entendió. Carlos cogió su cerveza.

—No debería haberte pegado.

Marc no respondió inmediatamente.

—No.

—Estaba cabreado.

—Ya.

—Mucho.

—También.

Carlos apretó la botella entre las manos.

—Pero no debería haberte pegado.

Marc asintió.

—Vale.

Carlos lo miró.

—¿Vale?

—Sí.

—¿Eso es todo?

—¿Quieres que te pegue yo ahora?

Gabriel bajó la cabeza. Lo vi morderse el labio. Hijo de puta. Carlos también estuvo a punto de sonreír.

—No.

—Pues vale.

—Marc...

—Ya está.

Carlos se quedó mirándolo. No estaba ya. Todos lo sabíamos. Pero quizá podía empezar a estarlo. Carlos asintió.

—Vale.

Y bebió. Yo también.

Poco a poco dejó de sentirse como una reunión diplomática.

No completamente. Pero lo suficiente. Gabriel ayudó.

Aunque me doliera admitirlo. Sobre todo porque parecía haberse impuesto la misión personal de hablar de cualquier cosa que no tuviera absolutamente nada que ver con nosotros.

Nos contó durante diez minutos una discusión que había tenido con una señora en el supermercado porque, según él, le había robado el turno.

—No te robó el turno —dijo Adrián.

—Estabas detrás de ella.

—Estaba estratégicamente colocado.

—Detrás.

—Con intención de pasar.

Carlos negó con la cabeza.

—Eres gilipollas.

—Gracias.

Y ahí estaba. Otra vez. Carlos. Un poco más Carlos.

Marc empezó a relajarse. Lo vi en sus hombros.

En cómo dejó de medir cada palabra. En cómo volvió a llamar imbécil a Gabriel sin comprobar después la reacción de Carlos.

Yo también fui soltando aire. Hasta que cometí un error.

No grande. Ni siquiera consciente. Marc dijo algo.

No recuerdo qué. Una gilipollez. Yo me reí.

Y al hacerlo busqué su mirada. Automático.

Él ya estaba mirándome. Automático también.

Duró un segundo. Quizá dos. Suficiente. Cuando volví a mirar la mesa, Carlos estaba bebiendo.

No hizo nada. No cambió la cara. Pero lo había visto.

Claro que lo había visto. Se me encogió algo dentro.

Bajé la mirada. Marc también. Y durante los siguientes minutos tuve demasiado cuidado.

No mirarlo. No sonreírle demasiado. No responder antes que nadie cuando hablaba. No...

—Jenn.

Levanté la cabeza. Carlos.

—¿Qué?

Me estaba mirando.

—Relájate.

Me quedé quieta.

—Estoy relajada.

Gabriel hizo un ruido extraño. Lo fulminé.

—Tú cállate.

—No he dicho nada.