La ley del rock Capítulo 24 - No quería #2
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Capítulo 24 - No quería #2

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Hoy estás especialmente pesada con el nada.

—Ven aquí.

Marc levantó las cejas.

—¿Qué?

Señalé la silla de al lado.

—Que vengas.

—¿Por?

—Porque sí.

—Argumento sólido.

Se levantó. Cogió el plato. Se sentó a mi lado.

—¿Contenta?

—Sí.

Empezamos a comer. Y aquello fue... Normal. Ridículamente normal. Le robé una patata. Marc me robó otra.

—Esa era mía.

—La mía también.

—No funciona así.

—Acaba de funcionar.

Intenté recuperarla. Se la metió en la boca.

—Cerdo.

—Lenta.

—Te odio.

—No.

Otra vez. Lo miré. Marc siguió comiendo.

—¿Vas a hacer eso siempre?

—¿Qué?

—Decidir por mí si te odio.

—Sí.

—¿Y si algún día te odio de verdad?

Marc cogió otra patata.

—Me lo dices.

—Te lo estoy diciendo.

—No te creo.

—¿Por qué?

Señaló mi mano con el tenedor. Miré. El anillo.

—Eso no significa nada.

—Claro.

—Podría llevarlo porque me gusta Guns N' Roses.

—Podrías.

—Y porque es bonito.

—Es un aro de acero de tres euros.

—No juzgues a mi prometido.

Marc se quedó inmóvil. Yo también. Oh. No. Se le empezó a formar una sonrisa.

—Ni se te ocurra.

—¿Tu qué?

—Marc.

—No te he oído.

—Sí me has oído.

—Había ruido.

Miré alrededor. Silencio absoluto.

—¿Qué ruido?

—Muchísimo.

—Eres gilipollas.

—¿Qué has dicho del anillo?

Cogí una patata.

—Nada.

—Jenn.

Me la comí.

—Qué buena.

Marc dejó el tenedor.

—¿Has dicho «mi prometido»?

—No.

—Sí.

—Demuestra eso.

—Estoy aquí.

—Testimonio interesado.

—Puedes llamar a Gabriel.

—Antes me arranco la lengua.

Marc se rio. Mueca. Se llevó una mano a la mandíbula.

—Hostia.

—Karma.

—Ha valido la pena.

—No aprendes.

—Mi prometida acaba de llamarme prometido.

Me atraganté. Literalmente.

—¡Cabrón!

Marc me acercó el vaso mientras se reía.

—Bebe.

—¡No te rías!

—No puedo.

Bebí. Respiré. Lo señalé con el tenedor.

—No vuelvas a decir eso.

—¿Prometida?

—Sí.

—Vale.

—Gracias.

—Novia.

Cerré los ojos.

—Dios.

Marc seguía sonriendo.

—Esa sí puedo.

—Por desgracia.

—Y tú también.

Abrí los ojos.

—¿Yo también qué?

—Puedes llamarme novio.

—Ya lo hago.

—Poco.

—¿Quieres una puta cuota?

—Tres veces al día.

—Dos.

—Cuatro.

—Acabas de empeorar tu negociación.

—Cinco.

—Una.

—Trato.

—¿Qué?

—Has dicho una.

—No he aceptado.

—Demasiado tarde.

Lo miré. Y sonreí. Porque era imbécil. Y porque me gustaba. Muchísimo. Demasiado. Ahí estaba otra vez. Acelerador.

Después de comer acabamos en el sofá. Qué sorpresa. Marc estaba estirado, con la cabeza sobre mi regazo. Otra vez su pelo entre mis dedos. Aquello sí iba a convertirse en un problema. Para él. Porque yo no pensaba parar nunca.

—¿Te duermes? —pregunté.

—No.

Tenía los ojos cerrados.

—Mentiroso.

—Estoy descansando los ojos.

—Eso dicen los viejos.

—Tengo treinta y dos.

—Anciano.

—Tú tienes veintisiete.

—Una niña.

Marc abrió un ojo.

—No.

—¿No qué?

—No voy a entrar ahí.

Me reí.

—Cobarde.

Cerró otra vez el ojo. Seguí masajeándole la cabeza.

Despacio. Había algo profundamente satisfactorio en notar cómo se relajaba.

Cómo dejaba de hablar. Cómo desaparecía esa tensión que siempre parecía tener en alguna parte.

Me gustaba cuidarlo. Ah. Aquello también era nuevo.

O quizá no. Quizá simplemente ahora podía hacerlo sin buscar una excusa.

El móvil de Marc vibró sobre la mesa. No se movió. Volvió a vibrar.

—Tu móvil.

—Ya.

—¿No lo coges?

—No.

—Puede ser importante.

—Estoy ocupado.

Miré hacia abajo.

—Estás tumbado.

—Exacto.

Sonreí. Volvió a vibrar. Esta vez Marc abrió los ojos. Estiró el brazo y cogió el móvil. Lo desbloqueó. Vi cómo cambiaba su expresión. Muy poco. Pero lo vi.

—¿Qué?

—El grupo.

Ah. Mis dedos se detuvieron en su pelo.

—¿Carlos?

Marc negó.

—Gabriel.

Claro.

—¿Qué dice?

Marc leyó.

—Ha mandado una foto de una paloma.

Lo miré.

—¿Qué?

Me enseñó la pantalla. Una puta paloma. En mitad de una acera.

Gabriel · —Carlos.

Solté una carcajada.

—Es gilipollas.

Marc sonrió. Adrián había respondido.

Adrián · —Déjalo.

Gabriel · —Se parece.

Adrián · —Es una paloma.

Gabriel · —Exacto.

Me reí otra vez. Marc también. Con cuidado. Y entonces... Apareció. Debajo. Un nombre. Carlos. El corazón me dio un pequeño golpe.

Carlos · —Vete a la mierda.

Me quedé mirando la pantalla. Marc también. Nada más. Cuatro palabras. A una puta foto de una paloma. Pero estaba. Había hablado. Gabriel empezó a escribir. Desapareció. Volvió. Adrián escribió antes.

Adrián · —Milagro.

Carlos · —Que te jodan a ti también.

Sonreí. Pequeño. Marc no. Seguía mirando la pantalla.

—Está —dije.

Marc tragó.

—Sí.

Gabriel · —¿Entonces mañana cerveza?

Silencio. Los tres puntos no aparecieron. Nada. Esperamos. Qué absurdo. Los dos mirando un móvil como si estuviéramos esperando el resultado de una operación. Un minuto. Dos. Marc dejó el teléfono sobre su pecho.

—Déjalo.

Asentí. Volví a meter los dedos en su pelo. Despacio. Marc cerró los ojos. El móvil vibró. Los dos miramos. Marc lo cogió.

Carlos · —¿A qué hora?

Silencio. Miré a Marc. Él seguía mirando aquellas tres palabras. Nada estaba arreglado. Absolutamente nada. Pero...

—¿Vas a ir? —pregunté.

Marc levantó los ojos hacia mí. Tardó un momento.

—Sí.

Asentí.

—Bien.

Volvió a mirar el móvil. Gabriel ya estaba escribiendo. Por supuesto.

Gabriel · —A las siete.

Adrián · —A las ocho.

Gabriel · —He dicho siete.

Adrián · —Por eso he dicho ocho.

Carlos · —A las ocho.

Gabriel · —Os odio.

Sonreí. Marc soltó aire. Largo. Como si llevara días guardándolo. Le acaricié el pelo.

—¿Mejor?

—Un poco.

Dejó el móvil sobre la mesa. Después levantó una mano y buscó la mía. La cogió. Miró el anillo. Otra vez. Y pasó el pulgar por encima.

—Mañana va a ser raro —dije.

—Sí.

—Muy raro.

—Sí.

—¿Quieres que no vaya?

Marc levantó la vista de golpe.

—No.

Ah.

—Vale.

—Ni se te ocurra.

—Solo preguntaba.

—Pues no.

—Marc.

Se incorporó. Quedamos frente a frente.

—No vamos a hacer eso.

—¿El qué?

—Escondernos para que sea más fácil.

Me quedé callada.

—No quería esconderme.

—Ya lo sé.

—Solo...

—Ya.

Miró mi mano. El anillo entre nosotros.

—Tampoco quiero hacerle daño.

Ah.

—Yo tampoco.

—Entonces no se lo hacemos.

—¿Cómo?

Marc se encogió de hombros.

—Siendo normales.

Solté aire por la nariz.

—Estamos jodidos.

Marc sonrió.

—Bastante.

—No sabemos ser normales.

—Podemos intentarlo.

—¿Sin besarnos?

—Delante de Carlos, puedo sobrevivir.

—¿Sin tocarme?

Marc hizo una mueca.

—Eso va a ser más difícil.

Sonreí.

—Pobre.

—Muchísimo.

—¿Sin mirarme?

—Imposible.

Me quedé quieta. Marc también.

—Eso ha sido bonito.

—No era mi intención.

—Mentiroso.

—Un poco.

Me acerqué. Le di un beso. Pequeño. Porque podía. Porque mañana quizá tendríamos que medir cada gesto. Hoy no. Marc apoyó la frente contra la mía.

—A las ocho.

—A las ocho.

Y de repente estaba nerviosa. Muchísimo. Carlos volvía. Y yo iba a verlo por primera vez desde que había elegido a Marc.

No dormí especialmente bien. No por Marc.

Bueno. Un poco por Marc. Pero por motivos bastante más agradables.

El problema era Carlos. A las siete y cuarto ya había mirado la hora unas doce veces.

A las siete y veinte decidí que no iba a pensar más en ello.

A las siete y veintidós estaba pensando en ello.

Perfecto. Cogí el móvil. Nada. El grupo estaba sospechosamente tranquilo.

Demasiado. Ni una paloma. Ni una gilipollez de Gabriel.

Ni Adrián mandándolo a la mierda. Nada. Abrí el chat con Marc.

—¿Estás nervioso?   · Yo

Tres puntos.

Marc · —No.

Sonreí.

—Mentiroso.   · Yo

Marc · —Un poco.

—Yo mucho.   · Yo

Esta vez tardó más.

Marc · —Lo sé.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo coño sabes eso?   · Yo

Marc · —Porque llevas escribiendo y borrando cinco minutos.

Mierda.

—Espía.   · Yo

Marc · —Dramática.

—¿Vienes?   · Yo

Marc · —Sí.

—¿A por mí?   · Yo

Marc · —Vives enfrente.

—No he preguntado cuánto tardas.   · Yo

Marc · —Sí.

Sonreí. Dejé el móvil. A las siete y cuarenta y cinco sonó el timbre. Fui hacia la puerta. Me detuve. Miré por la mirilla. Pelo. Sonreí. Abrí.

—Llegas pronto.

Marc se encogió de hombros.

—Estaba en casa.

—Ya.

—Y tú también.

—Sí.

Nos quedamos mirándonos. Él fuera. Yo dentro.

—¿Vas a dejarme pasar?

—No.

—Vale.

—¿Vale?

—Podemos quedarnos aquí.

—En el rellano.

—Tengo pocos requisitos.

Me reí y me aparté. Marc entró. Cerré. Y antes de que pudiera decir nada, me cogió de la cintura y me besó.

Ah. Bien. Muy bien. Le rodeé el cuello con los brazos.

El beso duró unos segundos. Nada exagerado.

Pero suficiente para que cuando nos separáramos el mundo estuviera un poco menos tocándome los cojones.

—Hola —dijo.

—Hola.

Me fijé en su mandíbula. Seguía marcada. Menos. Pero marcada. Y dentro de media hora Carlos iba a verla. Joder. Marc siguió mi mirada.

—No.

—No he dicho nada.

—Ya sé qué estás pensando.

—Eso es preocupante.

—Muchísimo.

Me soltó.

—¿Lista?

—No.

—Yo tampoco.

—Perfecto.

Cogí las llaves. Salimos.

Fuimos andando. No tenía sentido coger el coche.

Y durante los primeros minutos hicimos exactamente lo que habíamos dicho que íbamos a hacer.

Ser normales. O intentarlo. Marc caminaba a mi lado.

Yo al suyo. Nada raro. Nada diferente. Hasta que su mano rozó la mía.

Una vez. Seguimos andando. Otra. Lo miré. Marc miraba al frente.

—¿Qué haces?

—Andar.

—Tu mano.

—También.

—Marc.

Me cogió. Así. Sin más. Entrelazó los dedos con los míos y siguió andando.

Miré nuestras manos. El anillo quedó entre sus dedos.

Marc pasó el pulgar por encima. Automático.

Otra vez. No dije nada. Esta vez él tampoco.

Y ahí lo noté. Algo había cambiado. Antes, cada vez que tocaba el anillo, había una sonrisa.

Una broma. Tres euros. Guns N' Roses. Prometida.

Prometido. Ahora no. Marc lo acarició una vez más. Despacio. Le apreté la mano.

—Oye.

Me miró.

—¿Qué?

No sabía cómo decirlo. Qué bien.

—Lo del anillo.

Marc bajó la mirada hacia nuestras manos.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Jenn.

Respiré.

—Creo que ya no me hace tanta gracia.

Su mano se quedó quieta. Mierda.

—No quiero decir que...

—Sé lo que quieres decir.

Lo miré. Marc seguía caminando. Más despacio.

—¿Sí?

—Creo que sí.