La ley del rock Capítulo 24 - No quería
95%

Capítulo 24 - No quería

No quería

Había un problema. Uno bastante serio. No sabía ir despacio.

Me di cuenta dos días después. Estaba saliendo del trabajo cuando vi a Marc apoyado contra su coche.

Otra vez. Como si aquello empezara a ser una costumbre.

Camiseta negra. Vaqueros. Pelo suelto. Mandíbula todavía ligeramente morada.

Y esa puta sonrisa en cuanto me vio. Sonreí yo también.

Sin querer. Bueno. Queriendo. Muchísimo. Me acerqué .

—¿Qué haces aquí?

—Esperarte.

—Eso ya lo veo.

—Pues para qué preguntas.

—Para darte conversación.

—Gracias.

Llegué hasta él. Y pasó. Sin pensar. Sin preguntar.

Sin ese segundo incómodo de antes en el que ninguno sabía exactamente qué podía hacer.

Marc me cogió de la cintura. Yo le puse una mano en el pecho.

Y nos besamos. Ahí. En mitad de la calle.

Como si lleváramos haciéndolo toda la vida.

Un beso pequeño. Normal. Me separé. Lo miré.

Marc seguía teniendo una mano en mi cintura.

—Hola.

—Hola.

Silencio. Fruncí el ceño.

—Esto es raro.

—¿Qué?

—Esto.

—Muy específico.

Señalé entre nosotros.

—Esto.

Marc miró hacia abajo. Mi mano seguía sobre su pecho.

—¿Tocarme?

La quité.

—No.

Me la cogió y volvió a colocarla exactamente donde estaba. Lo miré.

—Gilipollas.

—Explícate mejor.

—Que ahora hacemos cosas.

—Antes también hacíamos cosas.

—No estas cosas.

—Ah.

—Eso.

Marc sonrió.

—¿Te molesta?

—No.

Demasiado rápido. Su sonrisa aumentó.

—Vale.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa de estar encantado contigo mismo.

—Estoy encantado contigo.

Me quedé quieta. Hijo de puta.

—Eso ha sido asquerosamente bonito.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Me da igual.

Me besó otra vez. Y yo pensé que ese era precisamente el puto problema.

Me daba igual. Todo. No él. Todo lo demás.

Las velocidades. Los tiempos. Lo que se suponía que tenía que hacer una persona normal cuando empezaba una relación.

Porque nosotros no habíamos empezado una relación.

No exactamente. Habíamos empezado por el final.

Primero amigos. Después demasiado amigos.

Después una pedida de matrimonio de mentira.

Después un sí que dejó de ser mentira en mitad de la frase.

Después un beso. Después no querer besar a nadie más.

Después novios. Después... Esto. Joder. Llevábamos unos días.

Unos putos días. Y yo tenía la sensación de llevar meses corriendo hacia él sin saberlo. Marc me abrió la puerta del coche.

—Sube.

Lo miré.

—¿Dónde vamos?

—A ningún sitio.

—Excelente plan.

—Gracias.

—¿Y para ir a ningún sitio necesitamos coche?

—Quería secuestrarte.

—Ah.

—Pero ahora que preguntas tanto se está perdiendo la magia.

Subí.

—Improvisa mejor.

Marc cerró la puerta. Rodeó el coche y se sentó al volante.

—¿Tienes hambre?

—Siempre.

—Eso simplifica las cosas.

Arrancó.

—¿Dónde vamos?

—A comer.

—Eso no es un sitio.

—Correcto.

—Marc.

—Jenn.

—Te odio.

—No.

Lo miré.

—Algún día vas a decir eso y va a ser verdad.

La sonrisa desapareció. Mierda. No. Marc siguió mirando hacia delante. Yo también. Dos segundos. Tres.

—Era broma.

—Ya.

—Marc.

—Que sí.

No. Que sí, mis cojones. Me giré hacia él.

—Mírame.

—Estoy conduciendo.

—Pues no me mires. Pero escúchame.

—Te escucho.

Jugué con el anillo. Sin darme cuenta. Marc lo vio. Claro que lo vio.

—No pienso irme a ninguna parte.

Silencio. ¿Por qué coño había dicho eso? No lo sabía. Pero era verdad. Marc apretó ligeramente el volante.

—No he dicho nada.

—Ya.

—Entonces...

—Te conozco.

—Eso es preocupante.

—Muchísimo.

Volvió a sonreír. Pequeño. Bien. Me acomodé en el asiento.

Y miré por la ventana. El anillo seguía entre mis dedos.

Tres euros. Tres putos euros. Qué ridículo.

Había tenido cosas muchísimo más caras. Regalos pensados.

Joyas bonitas. Cosas que se suponía que tenían valor.

Y ninguna había pesado así. Marc alargó una mano cuando nos detuvimos en un semáforo.

No dijo nada. Cogió la mía. La que llevaba el anillo.

Entrelazó los dedos. Miré nuestras manos. Ah. Otra cosa nueva.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Mentira.

—Estoy pensando.

—Mala idea.

—Cállate.

El semáforo cambió. Marc soltó mi mano para cambiar de marcha. Y unos segundos después volvió a buscarla. Como si nada. Como si fuera normal. Miré por la ventana para que no viera mi sonrisa. No funcionó.

—Estás sonriendo.

—No.

—Sí.

—Conduce.

—Estás enamorada de mí.

Giré la cabeza.

—¿Perdona?

Marc estaba intentando no reírse.

—Nada.

—No, no. Repítelo.

—Tengo que conducir.

—¡HIJO DE PUTA!

Se echó a reír.

—¡MARC!

—Me duele, joder.

—¡PUES NO DIGAS GILIPOLLECES!

—No has dicho que no.

Me quedé mirándolo. Él seguía mirando la carretera.

Sonriendo. Muy satisfecho consigo mismo.

Cabrón. Podía negarlo. Podía insultarlo.

Podía hacer cualquier cosa. Bajé la vista hacia nuestras manos.

Marc seguía sosteniendo la mía. Y ahí apareció otra vez.

La sensación de ir demasiado rápido. Solo que...

No sentía vértigo. Eso era lo raro. Con Carlos había frenado.

Muchas veces. Sin saber siquiera que estaba frenando.

Una conversación que no teníamos. Una pregunta que no hacía.

Un paso que esperaba. Otro que no daba. No porque Carlos hubiera hecho nada mal.

Simplemente... No podía. Con Marc tenía el puto pie encajado en el acelerador.

Y ni siquiera estaba intentando sacarlo.

Le apreté la mano. Marc dejó de sonreír durante un instante.

Miró nuestros dedos. El anillo. Después la carretera.

Y sonrió otra vez. Más pequeño. Más suyo.

No dije nada. Él tampoco. No hacía falta.

Acabamos comprando comida para llevar. Su gran plan.

—Esto podía haberlo hecho andando —dije mientras salíamos.

—Sí.

—Vivimos a diez minutos.

—También.

—Has cogido el coche para esto.

—Quería recogerte.

Ah.

—Vale.

—¿Algún problema?

—Muchos.

—Enumera.

—No tengo tiempo.

—Cobarde.

Le di un golpe con el hombro. Marc me rodeó con un brazo.

Automático. Seguí andando. Automático también.

Eso. Eso era lo que me estaba volviendo loca.

No pensábamos. Hacíamos. Llegamos al coche y Marc dejó la bolsa encima del techo mientras buscaba las llaves.

Miré su mandíbula. El morado empezaba a cambiar de color. Más feo.

—Sigue horrible.

Marc me miró.

—Gracias.

—La cara en general también.

—Qué suerte tengo.

—Muchísima.

Le rocé con cuidado la zona que no estaba marcada. Marc se quedó quieto.

—¿Duele?

—Menos.

—Bien.

Mis dedos siguieron hacia su pelo. Porque aparentemente ahora era incapaz de tenerlo cerca y no tocarlo. Marc inclinó ligeramente la cabeza.

—Otra vez.

—¿Qué?

—Mi pelo.

—No sé de qué hablas.

—Claro.

Enredé un mechón entre los dedos.

—Es culpa tuya.

—¿Por tenerlo?

—Sí.

—Perdón.

—No te perdono.

Marc sonrió. Y entonces bajó la vista. Mi mano. Otra vez. El anillo. Lo tocó con la punta del dedo. Una vez. Nada más. Yo lo miré.

—Te gusta mucho.

Levantó los ojos.

—¿Qué?

Moví la mano.

—Verlo.

Marc tardó un segundo.

—Sí.

No bromeó. Ah.

—¿Por qué?

Miró el anillo otra vez. Después a mí.

—Porque sigues llevándolo.

Algo me apretó por dentro.

—Te dije que no me lo iba a quitar.

—Ya.

—Nunca.

—Ya.

—Entonces deja de comprobarlo.

Marc pasó el pulgar por el grabado.

—No estoy comprobando.

—¿Entonces?

Se encogió de hombros.

—Me gusta verlo.

Joder. Me acerqué. Le di un beso. Sin pensar. Otra vez. Marc dejó las llaves encima del coche junto a la comida. Me cogió de la cintura. El beso duró más de lo que pretendía. Mucho más. Cuando me separé, respiré.

—Tenemos comida.

—Sí.

—Se enfría.

—También.

No se movió. Yo tampoco. Sonreí.

—Esto va a ser un problema.

—¿Qué?

—Nosotros.

Marc me miró.

—Probablemente.

Cogí la bolsa del techo.

—Vamos.

—Cobarde.

—Tengo hambre.

—Eso sí me lo creo.

Abrí la puerta. Y pensé que quizá Gabriel tenía razón. Aquello era eficiente. Demasiado. Cuatro meses sin saber qué coño hacíamos. Y ahora parecía que intentábamos recuperar todo el tiempo perdido de golpe.

Fuimos a su casa. Otra vez. No fue una decisión. Marc condujo. Yo no pregunté. Aparcó cerca de su portal. Bajamos. Subimos. Y cuando cerró la puerta detrás de nosotros me quedé mirando el salón.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Esa cara no es de nada.

Dejé las llaves sobre el mueble de la entrada. Mis llaves. En su mueble. Me quedé mirándolas.

—Creo que estoy mucho aquí.

Marc dejó la comida sobre la mesa.

—Llevas dos días.

—Ya.

—Una barbaridad.

—No me vaciles.

—Jamás.

Miré alrededor. La piedra. El sofá. Su guitarra. La manta de ayer seguía doblada en un extremo. Ah. Ayer. Miré hacia otro lado. Marc lo vio. Por supuesto.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez.

—Que te calles.

Sonrió.

—¿Estás pensando en ayer?

Lo miré.

—No.

—Vale.

—¿Por qué dices «vale» así?

—¿Así cómo?

—Como si supieras que estoy mintiendo.

—Porque sé que estás mintiendo.

—Qué asco das.

—¿Estabas pensando en ayer?

Cogí la bolsa de comida.

—Tengo hambre.

—Jenn.

—¿Qué quieres que diga?

—Nada.

—Pues entonces.

—Solo me hace gracia.

Me giré.

—¿Qué te hace gracia?

Marc se apoyó contra la mesa.

—Tú.

—Gracias.

—No era un insulto.

—Contigo nunca se sabe.

—Ayer estabas aquí.

—Sí.

—Esta mañana has vuelto.

—Porque tenías la cara como un boxeador retirado.

—Y después te has ido.

—Sí.

—Y ahora estás otra vez aquí.

Me quedé quieta. Hijo de puta.

—Me has traído tú.

—No te he obligado.

—Secuestro emocional.

—Has subido sola.

—Manipulación.

—Tienes tu casa enfrente.

—Detalles.

Marc sonrió. Abrí la bolsa.

—¿Qué has pedido?

—Lo mismo que tú.

—Eso no responde.

—Mira dentro.

—Qué servicio de mierda.

Saqué las cajas y las fui dejando sobre la mesa. Marc buscó cubiertos. Yo abrí un cajón. Me detuve. No. Ese no. Abrí el siguiente. Cubiertos. Cogí dos tenedores. Marc estaba mirándome.

—¿Qué?

—Nada.

—No.

—Has encontrado los cubiertos.

—Enhorabuena. Soy funcional.

—A la segunda.

—Vete a la mierda.

Dejó dos vasos sobre la mesa. Me senté. Marc enfrente. Lo miré. Después miré el sitio vacío a mi lado.