Capítulo 23 - Porque estoy aquí #4
Le di otro beso. Comisura. Esta vez Marc giró la cabeza. Muy poco. Lo suficiente. Nuestros labios se encontraron. Suave. Un beso pequeño. Tranquilo. Me separé apenas unos centímetros. Marc abrió los ojos.
—Hola.
Sonreí.
—Hola.
Volvió a besarme. Otro. Más lento. Mi mano seguía metida en su pelo. La suya en mi cintura. Nada nuevo. Y todo nuevo. Porque podía. Porque ahora podía acercarme sin preguntarme si estaba acercándome demasiado.
Podía quedarme.
Así que me quedé.
El siguiente beso duró más. Marc deslizó la mano por mi espalda.
Despacio. Sin prisa. Yo acerqué más el cuerpo al suyo.
Su boca volvió a buscar la mía. Otra vez.
Y otra. Hasta que dejé de saber cuál había sido el primero.
Ni me importaba. Me acomodé mejor en el sofá.
Marc se giró hacia mí. Una de sus manos quedó en mi cintura.
La otra subió hasta mi nuca. Dedos entre mi pelo.
Respiré contra su boca. Joder. Me separé un segundo.
—Cuidado con la cara.
—Estoy intentando olvidarme de ella.
—Pues no hagas el imbécil.
—Complicado.
Lo besé para que se callara. Funcionó. Muy bien.
Demasiado bien. Su mano bajó otra vez por mi espalda.
Se quedó ahí. Sin buscar nada. Sin correr.
Pero mi cuerpo lo notó igual. Claro que lo notó.
Varias putas semanas. De miradas. De roces.
De sofás. De manos que se quedaban un segundo más de lo necesario. De no saber.
Ahora sabíamos.
Y aquello cambiaba absolutamente todo.
Marc se separó apenas. Su frente quedó contra la mía. Respiraba más rápido. Yo también.
—Jenn.
—¿Qué?
No respondió. Me acarició la cintura con el pulgar. Una vez. Otra. Lo miré.
—¿Qué?
Negó.
—Nada.
—Como vuelvas a decir nada...
Me besó.
Ah.
Así sí.
Le rodeé el cuello con los brazos. Con cuidado.
Siempre con cuidado de no darle en la mandíbula.
Marc me atrajo un poco más. Mi pierna terminó sobre las suyas.
No sé cuándo. Tampoco cuándo su mano dejó mi cintura y empezó a recorrerme la espalda lentamente.
Por encima de la camiseta. Todavía. El beso cambió.
No de golpe. No hubo un momento exacto. Simplemente dejó de ser tranquilo.
Un poco. Lo justo. Me separé para respirar. Marc no se alejó. Su nariz rozó la mía.
—Tenía ganas de esto —murmuró.
Se me paró algo dentro. Lo miré. No sonreía. Yo tampoco.
—Yo también.
Y esa vez fui yo quien volvió a besarlo. El siguiente beso tuvo menos cuidado. No menos cariño. Menos miedo. Mi mano bajó de su pelo a su cuello y después a su hombro. Marc me sostuvo por la cintura mientras yo terminaba de girarme hacia él, incómoda entre el respaldo y mis propias piernas.
—Espera.
Me aparté.
—¿Qué?
—Nada malo.
—Ah.
Marc sonrió.
—Qué confianza.
—Has dicho «espera».
—Porque estás doblada como un mueble del Ikea.
Miré mi postura. Vale. Sí.
—Cállate.
Me moví. Una rodilla a cada lado de sus piernas. Mucho mejor. Marc levantó las cejas.
—Ah.
—Ni una palabra.
—No he dicho nada.
—Has dicho «ah».
—Eso no es una palabra.
—Marc.
Sonrió. Y yo también. Hasta que sus manos se apoyaron en mi cintura.
Entonces ya no. Joder. Me quedé mirándolo.
Él a mí. Sus pulgares se movieron apenas sobre mi camiseta.
Nada. Una caricia mínima. Pero estaba encima de él.
Sus manos estaban ahí. Y no había ninguna puta excusa.
Ni accidente. Ni sofá demasiado pequeño.
Ni una postura rara que justificara nada.
Estábamos haciendo exactamente lo que parecía que estábamos haciendo.
Me incliné y volví a besarlo. Marc respondió despacio.
Sus manos subieron por mi espalda. Bajaron.
Volvieron a mi cintura. Como si tampoco tuviera ninguna prisa por llegar a ningún sitio.
Eso me gustó. Muchísimo. Le acaricié la nuca.
Pelo. Otra vez pelo. Siempre puto pelo. Marc sonrió contra mi boca.
—Obsesionada.
—Cállate.
—Lo sabía.
Tiré suavemente de un mechón.
—Ay.
Me aparté.
—¿Te he hecho daño?
—No.
—Entonces no hagas «ay».
—Me has tirado del pelo.
—Drama.
—Maltrato.
—Te han pegado un puñetazo y lo que denuncias es esto.
Marc se rio. Mueca.
—Joder.
Le puse una mano sobre la boca.
—¡Que no te rías!
Me besó la palma. Me quedé quieta. Ah. Retiré la mano muy despacio.
—Eso ha sido juego sucio.
—¿Qué?
—Sabes perfectamente qué.
—No tengo ni idea.
Mentiroso. Lo besé otra vez. Esta vez no hubo bromas.
Su mano volvió a mi espalda. La mía bajó por su pecho.
Camiseta. Calor debajo. Me detuve a la altura de su abdomen.
No porque quisiera parar. Porque de repente fui demasiado consciente de lo que estaba haciendo.
Marc también. Lo noté en su respiración.
Me separé apenas. Nos miramos. Ninguno dijo nada.
Mi mano seguía sobre él. La suya en mi cintura.
Podíamos parar.
Perfectamente.
Y durante un segundo pensé que quizá lo haríamos.
No por falta de ganas.
Todo lo contrario.
Marc deslizó los dedos por mi costado. Despacio. Me estremecí. Mierda.