La ley del rock Capítulo 23 - Porque estoy aquí #3
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Capítulo 23 - Porque estoy aquí #3

Silencio desde la cocina. Adrián se echó a reír.

—Qué cabrón.

Marc volvió. Sin cerveza. Lo miré.

—Cobarde.

—Muchísimo.

Se sentó otra vez a mi lado. Gabriel seguía esperando.

—Bueno.

—Bueno qué —dije.

—El anillo.

Suspiré.

—Lo vi en un puesto.

—Vale.

—Me gustó.

—Vale.

—Me lo probé.

—Vale.

—Me quedaba bien.

—Gabriel —dijo Adrián—, deja de decir vale.

—Vale.

Lo miramos.

—Perdón.

Continué.

—No llevaba efectivo.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Cuánto costaba?

—Tres euros.

Silencio.

—¿Tres?

—Sí.

—Esto mejora por segundos.

—Cállate.

—Sigue.

—Lo dejé.

Miré a Marc. Él estaba mirando al frente. Ya sabía lo que venía.

—Y este imbécil volvió y lo compró.

Adrián sonrió. Gabriel no. Gabriel estaba pensando. Muchísimo. Demasiado.

—Pero tú ibas delante —dijo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Dijiste que lo dejaste.

—Sí.

—Entonces él volvió solo.

Marc giró la cabeza hacia él.

—¿Quieres dejar de investigar?

Gabriel abrió mucho los ojos.

—¡VOLVISTE A POR ÉL!

—Costaba tres putos euros.

—¡ME DA IGUAL!

Me tapé la cara. Esto estaba pasando.

—¿Y luego? —preguntó Adrián.

Bajé las manos.

—¿Tú también?

Se encogió de hombros.

—Ya hemos llegado hasta aquí.

Miré a Marc. Marc me miró. Sonrió. No. Ni se te ocurra dejarme esto a mí.

—Cuéntalo tú —dije.

—Ni de coña.

—¡LO HICISTE TÚ!

Gabriel se incorporó.

—¿Qué hizo?

—Nada.

—¡¿QUÉ HICISTE?!

Marc se pasó una mano por la cara.

—Fue una gilipollez.

—Eso ya lo suponemos —dijo Adrián.

—Gracias.

—De nada.

Marc miró el anillo. Después a mí. Y sonrió. Otra vez aquella sonrisa. La del mercadillo. Pequeña. Mierda.

—Me arrodillé.

Silencio. Gabriel dejó de respirar. Adrián parpadeó. Yo quería atravesar el sofá y vivir dentro.

—¿Qué? —preguntó Adrián.

Gabriel levantó una mano.

—Espera.

Miró a Marc.

—¿Te arrodillaste?

—Sí.

Me señaló.

—¿Delante de ella?

—No, delante del puesto de churros.

—Marc.

—Sí, delante de ella.

Gabriel se puso de pie.

—No.

—Sí.

—No.

—Gabriel...

—¡TE ARRODILLASTE!

—Era una broma.

—¡ME IMPORTA UNA MIERDA!

Marc y yo nos quedamos quietos. Muy quietos. Gabriel frunció el ceño.

—¿Qué?

Miré a Marc. Marc me miró. Y entonces... Nos reímos. No pudimos evitarlo.

—¿Qué coño os pasa? —preguntó Adrián.

Marc negó con la cabeza.

—Nada.

—No, no. Ahora lo contáis.

Me limpié una lágrima de la risa.

—Carlos dijo exactamente lo mismo.

El silencio cayó de golpe. Mierda. Gabriel miró la mandíbula de Marc. Después el anillo. Después a Marc.

—Ah.

Esta vez su «ah» fue distinto. Adrián también lo entendió.

—¿Por eso?

Marc dejó de sonreír.

—Entre otras cosas.

Gabriel volvió a sentarse. Ya no parecía divertido.

—Joder.

—Sí —dije.

Nadie habló durante unos segundos. Miré mi mano. El anillo seguía ahí. Como siempre. Marc también lo miró. Solo un instante. Y entonces Adrián soltó aire.

—Vale.

Lo miramos.

—¿Qué?

—Necesito terminar la historia.

Gabriel asintió inmediatamente.

—Yo también.

Sonreí.

—Sois unas putas cotillas.

—Muchísimo —dijo Gabriel—. ¿Qué te dijo?

Miré a Marc.

—No.

—¡JENN!

—Que no.

—¡POR FAVOR!

—No.

Adrián me miró.

—Se va a enterar igualmente.

—¿Cómo?

Señaló a Gabriel.

—No va a dormir.

Gabriel negó.

—Ni comer.

—Drama —dije.

—Muchísimo.

Marc suspiró a mi lado.

—Le pregunté si aceptaba a este humilde bastardo en matrimonio bajo la ley del rock.

Silencio. Me mordí el labio. Gabriel se quedó completamente inmóvil. Adrián miró a Marc. Después a mí. Después otra vez a Marc.

—No puede ser.

—Sí puede —dije.

Gabriel habló muy despacio.

—¿Y tú qué hiciste?

Miré el anillo. Sonreí.

—Le dije que sí.

Gabriel cerró los ojos. Adrián se dejó caer contra el sillón.

—Joder.

—Sí.

Gabriel volvió a abrirlos.

—¿En serio?

Asentí.

—Sí, quiero.

Marc giró la cabeza hacia mí. Y ahí volvió. El mercadillo. La gente. Su cara cuando dejé de reírme. Durante un segundo no estaban Gabriel ni Adrián. Solo él. Marc bajó la mirada hacia mi mano. Después volvió a mirarme.

—Sí —dijo.

Muy bajito. Gabriel nos observó. Esta vez no dijo nada. Milagro. Adrián sí sonrió.

—Con que era esto.

Lo miré.

—¿Qué?

Negó con la cabeza.

—Nada.

Y, por una vez... le dejé decirlo.

Gabriel duró callado unos ocho segundos. Un récord.

—Entonces...

—No —dije.

—Pero...

—No.

—Solo quiero saber una cosa.

—Llevas queriendo saber una cosa desde que has entrado.

—Esta es distinta.

Marc cogió el gel de la mesa y volvió a apoyárselo contra la mandíbula.

—Venga.

Gabriel señaló entre nosotros.

—¿La pedida fue antes del beso?

Silencio. Mierda. Adrián levantó las cejas.

—Hostia.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

Gabriel seguía esperando.

—Sí —dijo Marc.

Lo miré. Traidor.

—¿Sí? —repitió Gabriel.

—Sí. Fue antes.

Gabriel se quedó pensando. Otra vez.

—Entonces técnicamente...

—No termines esa frase —dije.

—...os prometisteis antes de besaros.

Me tapé la cara.

—Me quiero morir.

Adrián empezó a reírse. Marc también.

—No tiene gracia.

—Un poco sí —dijo Marc.

—TÚ CÁLLATE.

Gabriel estaba encantado.

—Es precioso.

—Te voy a matar.

—Vuestra primera cita fue una pedida de matrimonio.

—No era una cita.

—Peor todavía.

—Gabriel.

—¿Qué?

—Cállate.

—Vale.

Se recostó en el sofá.

—Prometidos antes que novios.

Lo señalé.

—Has dicho que te callabas.

—Era una reflexión.

—Pues reflexiónate por dentro.

Marc soltó una risa. Mueca. Otra vez. Le quité el gel de la mano.

—Dame.

—Puedo solo.

—Ya estamos otra vez.

Se lo coloqué con cuidado contra la mandíbula. Marc me dejó. Gabriel nos miró. No dijo nada. Pero sonrió.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Te odio.

—Lo sé.

Adrián miró la hora.

—Nosotros deberíamos irnos.

Gabriel giró la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque hemos venido a ver si Marc seguía vivo.

Miró su cara.

—Más o menos.

—Gracias —dijo Marc.

—Y ya sabemos qué pasa con Carlos.

La sonrisa de Gabriel desapareció un poco.

—Sí.

Ahí volvió. Carlos. Otra vez. Adrián se levantó.

—Le damos unos días.

Marc asintió.

—Sí.

—Y luego ya veremos.

—Sí.

Gabriel también se puso de pie.

—No me gusta.

—A nadie —dije.

Se metió las manos en los bolsillos.

—Somos cuatro.

Nadie respondió. Porque sí. Eran cuatro.

Siempre habían sido cuatro. Y ahora faltaba uno.

Por nosotros. No. No por nosotros. Pero...

Joder. Marc me rozó la rodilla con la suya.

Lo miré. Negó muy ligeramente. No hagas eso.

Otra vez. Otra vez intentando evitar que cogiera algo y me lo pusiera encima.

Respiré. Vale. Gabriel caminó hacia la puerta.

—Por cierto.

—No —dijo Marc.

—No sabes qué voy a decir.

—Me da igual.

Gabriel se giró hacia nosotros.

—Enhorabuena.

Me quedé quieta. Marc también. Adrián sonrió.

—Sí. Eso.

Ah.

—Gracias —dije.

Qué raro. Qué bonito. Qué puta vergüenza. Gabriel señaló mi mano.

—Por el compromiso también.

—FUERA.

Se echó a reír.

—¡QUE ME VOY!

Adrián abrió la puerta.

—Hasta luego.

—Adiós.

—Cuida esa cara —añadió.

Marc levantó el gel.

—En ello estoy.

Gabriel asomó la cabeza una última vez.

—Jenn.

—¿Qué?

—No te lo quites nunca.

Miré mi mano. Después a él.

—No pensaba hacerlo.

Gabriel sonrió. Y se fue. La puerta se cerró. Silencio. Esperé. Uno. Dos. Tres.

—Hijos de puta —dije.

Marc se rio.

—Te caen bien.

—Muchísimo.

Me dejé caer contra el sofá.

—Qué vergüenza.

—¿Por qué?

Giré la cabeza hacia él.

—¿Acabamos de contarles que nos prometimos antes de besarnos?

—Técnicamente...

—No.

—Pero...

—No termines esa frase.

Marc sonrió.

—Vale.

Me quedé mirando el techo.

—Prometidos antes que novios.

—Suena eficiente.

Giré la cabeza muy despacio.

—Te odio.

—No.

—Un poco.

—Tampoco.

—Qué seguro estás.

—Bastante.

Levanté una ceja. Marc sostuvo mi mirada. Cabrón.

—Engreído.

—Mi novia me ha dicho esta mañana que no piensa quitarse nunca el anillo con el que le pedí matrimonio.

Abrí la boca. La cerré.

—Era una broma.

—Sí.

—Costó tres euros.

—También.

—Pone Guns N' Roses.

—Lo sé.

—No demuestra nada.

—Claro.

Entrecerré los ojos.

—Te estás poniendo insoportable.

—Estoy disfrutando.

—Pues deja de hacerlo.

—No.

Le quité el gel y lo dejé sobre la mesa.

—Ya está.

—¿Ya estoy curado?

—No. Me he cansado.

—Excelente atención sanitaria.

—Pon una reclamación.

—¿Dónde?

—En tu culo.

Marc sonrió.

—Qué romántica.

—Muchísimo.

Nos quedamos mirando. Y algo cambió. No sé qué. Quizá nada. Quizá simplemente se habían ido. Ya no estaba Gabriel observando. Ni Adrián riéndose. Ni Carlos sin estar.

Solo nosotros.

Otra vez.

Marc seguía mirándome. Yo también. Demasiado.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Te voy a pegar yo también.

—Eso sería abuso.

—Cállate.

Sonrió. Esta vez no se rio. Bien. Porque yo tampoco tenía ganas de reírme ya. Me acerqué un poco. No mucho. Marc bajó la mirada. A mi boca. Ah. Vale. Eso. Noté el cambio en el estómago antes de que ocurriera nada. Marc volvió a mirarme a los ojos.

—Ven.

—Estoy aquí.

—Más.

Hijo de puta. Me moví. Solo un poco. Él hizo el resto. Me cogió de la cintura y tiró suavemente de mí hasta dejarme pegada a su costado.

—Así.

—Mandón.

—Has empezado tú.

—¿Cuándo?

—Hace cuatro meses.

Solté una risa.

—Mentiroso.

—Un poco.

Levanté la mano hacia su cara. Me detuve antes de tocar la mandíbula. Marc lo vio.

—No pasa nada.

—Sí pasa.

—No ahí.

Deslicé los dedos hacia arriba. Mejilla. Sien. Pelo. Mucho mejor. Marc inclinó ligeramente la cabeza contra mi mano. Y esa mierda... Esa mierda me hizo algo. Me acerqué. Le besé la mejilla. La sana. Despacio. Después otro poco más cerca de la boca. Marc no se movió.

—Estás haciendo trampas —murmuró.

—¿Qué trampas?

—Esquivas.

—Tienes media cara rota.

—Exagerada.

—Siempre.