La ley del rock Capítulo 23 - Porque estoy aquí #2
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Capítulo 23 - Porque estoy aquí #2

—Hostia.

Marc se pasó una mano por el pelo.

—Estupendo.

Gabriel señaló su cara.

—¿Eso es...?

—No.

—Pero...

—No.

—Solo iba a...

—Gabriel.

—Vale.

Se calló. Tres segundos.

—¿Carlos?

Marc lo miró.

—Eres insoportable.

Gabriel asintió.

—Carlos.

—No he dicho eso.

—No hacía falta.

Adrián dejó caer la cabeza hacia atrás.

—Por eso no contesta.

Silencio. Miré a Marc. Él miró a Adrián. Gabriel nos miró a todos. Hijo de puta.

—¿No contesta? —pregunté.

Adrián sacó el móvil.

—Desde ayer, no.

—¿En el grupo?

—Ni en el grupo ni a mí.

Gabriel se metió las manos en los bolsillos.

—A mí tampoco.

—Igual es porque sois pesados —dijo Marc.

—Tú tampoco contestabas —respondió Gabriel.

Marc frunció el ceño.

—Estaba trabajando.

—Y después.

—Tenía cosas que hacer.

Gabriel miró hacia el sofá. Después hacia mí. Después otra vez hacia Marc.

—Ya.

—Gabriel —dijimos Adrián y yo a la vez.

Nos miramos.

—Gracias —dijo Adrián.

—De nada.

Gabriel levantó las manos.

—No estoy haciendo nada.

—Ese es el problema —dije—. Cuando no haces nada es cuando más miedo das.

—Qué concepto tenéis de mí.

—El correcto —dijo Marc.

Gabriel volvió a mirar su mandíbula. Esta vez no hizo ninguna broma.

—¿Estás bien?

Marc tardó un segundo.

—Sí.

—¿Y Carlos?

Ahí cambió algo. Marc bajó la mirada.

—No.

Gabriel asintió despacio. Adrián también. Nadie dijo nada durante unos segundos. Y fue raro. Porque de repente Carlos estaba allí. Sin estar. En el silencio. En el grupo sin mensajes. En la cara de Marc. En nosotros cuatro siendo tres. Bueno. Cuatro siendo tres y yo. Joder.

—Hay que dejarlo tranquilo —dijo Adrián.

Marc asintió.

—Sí.

—¿Cuánto?

—No sé.

Gabriel sacó el móvil.

—Puedo escribirle.

—No —dijimos los tres.

Gabriel levantó la cabeza.

—Vale, hostia.

—Tú especialmente no —añadió Adrián.

—¿Por qué yo especialmente?

Lo miramos.

—Vale.

Guardó el móvil. Marc volvió hacia el sofá.

—¿Queréis beber algo?

—Cerveza —dijo Gabriel.

Miré la hora.

—Son las doce.

—¿Y?

—Nada.

—¿Tú quieres? —me preguntó Marc.

—No.

Marc asintió y siguió hacia la cocina. Lo seguí con la mirada. Gabriel también. Lo pillé. Él me pilló pillándolo. Entrecerré los ojos. Gabriel sonrió. Muy poco. Cabrón.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Otra vez nada.

—No he dicho nada.

—Pero estás pensando.

—Siempre.

—Pues deja de hacerlo.

Adrián se sentó en el sillón.

—Eso llevo años pidiéndole.

Marc volvió con dos cervezas y una botella de agua. Le dio una a Gabriel, dejó la otra delante de Adrián y me tendió el agua. La cogí.

—Yo no te he pedido nada.

—Ya.

—¿Y por qué me la traes?

—Porque luego bebes de la mía.

Lo miré.

—Eso es mentira.

—No.

—Sí.

—El jueves te bebiste media botella.

—Tenía sed.

—Exacto.

Gabriel dejó de beber. Mierda. No. No mires. Miré. Estaba observándonos.

—¿Qué? —dije.

—Nada.

—¡QUE DEJES DE DECIR NADA!

Adrián se echó a reír. Marc se sentó a mi lado. Cerca. Normal. Demasiado normal. Apoyó un brazo sobre el respaldo del sofá, detrás de mí. Gabriel miró el brazo. Después a Marc. Después a mí.

—Te juro que te saco los ojos —dije.

—¿Pero qué he hecho?

—Existir con intención.

—Eso no significa nada.

—En ti sí.

Marc giró la cabeza hacia mí.

—¿Existir con intención?

—Sí.

—Me gusta.

—No le animes —dijo Adrián.

—Gracias —contesté.

—De nada.

Gabriel bebió. Parecía satisfecho. Eso era peor.

Intenté ignorarlo. Funcionó aproximadamente cuarenta segundos.

Estábamos hablando de cualquier gilipollez cuando noté la mano de Marc rozarme el hombro.

Nada. Un gesto pequeño. Sus dedos apartaron un mechón de mi pelo que se había quedado enganchado bajo su brazo.

Siguió hablando. Yo también. Gabriel dejó la cerveza sobre la mesa.

Clac. Lo miré. Él miraba a Marc. Marc lo vio.

—¿Qué?

Gabriel negó.

—Nada.

—Te voy a echar de mi casa.

—¿Por qué?

—Porque te conozco.

Adrián miró primero a Gabriel. Después a nosotros.

Y entonces... Ah. Lo vi. Lo vi darse cuenta.

Sus ojos pasaron de Marc a mí. De mí al brazo de Marc.

Después bajaron. A mi mano. Al anillo. Y volvieron a Marc.

Marc también miró. Al anillo. Solo un segundo.

Gabriel lo vio. Por supuesto que lo vio.

Ese hijo de puta podía trabajar para la CIA.

—No —dije.

Gabriel me miró.

—¿Qué?

—Lo que sea que estés a punto de decir.

—No iba a decir nada.

—Mentira.

—No tengo pruebas.

Silencio. Marc giró lentamente la cabeza hacia él.

—¿Pruebas de qué?

Gabriel sonrió. Oh, no.

—Todavía de nada.

Adrián cerró los ojos.

—Joder.

—¿Qué? —preguntó Marc.

—Nada —dijo Adrián.

Los señalé a los dos.

—Os odio.

—Yo acabo de llegar —protestó Adrián.

—Da igual.

Gabriel cogió otra vez su cerveza.

—Tranquilos.

Eso fue todavía peor.

—¿Por qué coño tenemos que estar tranquilos? —pregunté.

—Por nada.

—Gabriel.

—Jenn.

—No hagas eso.

—¿El qué?

—Hablar como yo.

—¿Hablas así?

—Marc, échalo.

Marc estaba sonriendo.

—A mí me está divirtiendo.

Giré la cabeza hacia él.

—Tú cállate, Rocky Balboa.

La sonrisa desapareció. Gabriel escupió prácticamente la cerveza dentro de la botella. Adrián se tapó la cara. Y yo... yo supe que acababa de cometer un error. Gabriel levantó muy despacio la cabeza.

—¿Rocky Balboa?

Mierda. Marc me miró.

—Bien hecho.

—Perdón.

—¿Rocky Balboa? —repitió Gabriel.

—Cállate.

—No, no. Ahora quiero saber.

—No quieres.

—Muchísimo.

Adrián señaló la puerta.

—Creo que deberíamos irnos.

—Yo creo que deberíamos quedarnos —dijo Gabriel.

—Precisamente por eso deberíamos irnos.

Gabriel miró otra vez la mandíbula de Marc. Luego a mí. Después al anillo. Y sonrió. Despacio.

—Interesante.

—FUERA —dijo Marc.

Gabriel no se movió.

—¿Fuera por qué?

—Porque sí.

—Eso no es una razón.

—Es mi casa.

—Eso sí es una razón.

Adrián ya se estaba levantando.

—Venga.

Gabriel seguía sentado.

—Un momento.

—Gabriel —dije.

Me miró. Después a Marc. Después otra vez a mí.

—¿Qué coño pasa?

Silencio. Marc dejó caer la cabeza contra el respaldo.

—Joder.

—¡LO SABÍA!

—No sabes nada —dije.

—Sé que pasa algo.

—Eso lo sabe hasta una farola —dijo Adrián.

Gabriel lo señaló.

—Gracias.

—No era un cumplido.

Miré a Marc. Él ya me estaba mirando. Y ahí estaba otra vez. Esa cosa nueva. No necesitábamos hablar demasiado. Levanté ligeramente las cejas. Marc hizo una mueca. Me encogí de hombros. Gabriel nos miraba como si estuviera viendo un partido de tenis.

—¿Os estáis comunicando?

—No —dijimos los dos.

Adrián soltó una carcajada.

—Madre mía.

Marc suspiró.

—Vale.

Gabriel se quedó inmóvil. Yo también. Marc me miró una última vez.

—¿Se lo decimos?

Ah. Sonreí.

—Sí.

Gabriel dejó la cerveza sobre la mesa.

—¿Decirme qué?

Miré a Adrián. Luego a Gabriel. Y de repente me dio vergüenza. Una barbaridad. Qué estupidez. Había hecho cosas bastante más comprometidas delante de seres humanos. Pero aquello... Aquello era distinto. Marc me rozó la pierna con la suya. Lo miré. Estaba sonriendo. Cabrón.

—Pues... —empecé.

Gabriel se inclinó hacia delante.

—Hostia.

—¿Quieres callarte?

—Sí.

—No parece.

—Estoy callado.

—Gabriel.

—Que sí.

Respiré.

—Estamos juntos.

Silencio. Gabriel parpadeó. Adrián también.

—¿Juntos juntos? —preguntó Gabriel.

—No —dije—. Juntos separados.

Marc soltó una risa.

—No te rías —le dije.

—Es que...

—Tú cállate.

Adrián sonrió.

—Joder.

Me tapé media cara con una mano.

—No hagáis esto raro.

—¿Nosotros? —preguntó Gabriel.

—Tú especialmente.

—Estoy procesando.

—Pues procesa hacia dentro.

Gabriel miró a Marc.

—¿Sois novios?

Marc sonrió.

—Sí.

Así. Sin más. Sí. Noté algo raro en el estómago. Otra vez. Novios. Joder. Gabriel abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.

—No sé qué decir.

Adrián lo miró.

—Este es un momento histórico.

—Cállate.

—No, de verdad. Quiero recordarlo.

Gabriel me señaló.

—Tú.

—¿Qué?

Después señaló a Marc.

—Tú.

—Sí —dijo Marc.

Volvió a señalarme.

—Y tú.

—Gabriel, sé contar hasta dos.

—Novios.

—Sí.

Se dejó caer contra el respaldo.

—Hostia puta.

Adrián se estaba riendo.

—¿Qué? —pregunté.

Negó.

—Nada.

—TÚ TAMBIÉN NO.

—Es que tiene sentido.

Me quedé quieta.

—¿Cómo que tiene sentido?

Adrián miró a Marc. Luego a mí.

—Pues eso.

—Eso qué.

—Que tiene sentido.

—Adrián.

—Jenn.

—Me cago en...

Gabriel levantó una mano.

—Yo tengo una pregunta.

—No —dijo Marc.

—Todavía no la he hecho.

—Me da igual.

—¿Desde cuándo?

Marc y yo nos miramos.

—Desde hace nada —dije.

—Eso no es una fecha.

—Hace nada.

—¿Un día?

—Gabriel.

—¿Dos?

—¿Quieres que te haga una línea temporal?

Sus ojos bajaron. Mi mano. El anillo. Mierda.

—No.

Lo dijo demasiado despacio. Marc también se dio cuenta.

—Gabriel.

—¿Qué?

—Ni se te ocurra.

—¿Qué cosa?

—La que estás pensando.

—No estoy pensando nada.

—Mentira —dijimos Adrián y yo.

Gabriel sonrió.

—Vale.

Señaló mi mano.

—¿Y eso?

Miré el anillo. Después a él.

—Un anillo.

—Gracias, Jenn.

—De nada.

—¿Tiene algo que ver?

Silencio. Marc se movió a mi lado. Muy poco. Gabriel abrió los ojos.

—Hostia.

—No —dije.

—¡HOSTIA!

—¡QUE NO!

—¡SÍ!

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué me estoy perdiendo?

—¡EL ANILLO! —Gabriel lo señaló—. ¡Lleva días con ese puto anillo y este cabrón no para de mirarlo!

Marc cerró los ojos.

—Me quiero morir.

Miré a Gabriel.

—¿TÚ CÓMO COÑO SABES QUE LO MIRA?

—¡PORQUE TENGO OJOS!

—¡PUES ÚSALOS MENOS!

Adrián estaba mirando mi mano ahora.

—Espera.

No. No, no, no.

—¿Qué pasa con el anillo? —preguntó.

—Nada —dije.

—Nada —dijo Marc.

Gabriel sonrió.

—Muchísimo.

—Te odio —le dije.

—¿Te lo regaló él?

No respondí. Marc tampoco. Gabriel se llevó ambas manos a la cabeza.

—¡TE LO REGALÓ ÉL!

—Baja la voz.

—¿CUÁNDO?

—Gabriel.

—¿EN EL MERCADILLO?

Marc se levantó.

—Voy a por otra cerveza.

—¡NO HUYAS!

—No estoy huyendo.

—¡ESTÁS HUYENDO!

Marc desapareció hacia la cocina. Traidor. Gabriel se giró hacia mí.

—Jenn.

—No.

—Jenn.

—No.

—¿Qué pasó en el mercadillo?

Adrián empezó a sonreír.

—Ahora también quiero saberlo.

Lo miré, traicionada.

—Tú me caías bien.

—Lo siento.

—No lo sientes.

—No mucho.

Miré hacia la cocina. Marc seguía allí. El muy hijo de puta.

—¡MARC!

—¿Qué?

—¡VEN AQUÍ!

—Estoy cogiendo una cerveza.

—¡LLEVAS TREINTA SEGUNDOS COGIENDO UNA CERVEZA!

—No encuentro el abridor.

Gabriel miró el que había encima de la mesa. Lo cogió.

—Está aquí.