Capítulo 23 - Porque estoy aquí
Porque estoy aquí
Ayer no fui. Quise. Muchísimo. En cuanto Marc me dijo que había hablado con Carlos y que había ido mal, mi primer impulso fue levantarme, cruzar la calle y plantarme en su casa .
—¿Quieres que vaya?
—No.
—Vale.
Y respeté el no. Como una adulta. Responsable. Madura. Una puta mierda que no pensaba repetir dos días seguidos. Miré el móvil. Las once y diecisiete.
—¿Estás en casa? · Yo
No tardó demasiado.
Marc · —Sí.
Perfecto. Me levanté del sofá.
Marc · —¿Por?
—Por nada. · Yo
Marc · —Jenn.
Sonreí mientras buscaba las llaves.
—¿Qué? · Yo
Marc · —Qué estás haciendo.
—Nada. · Yo
Marc · —Eso nunca es verdad.
Me puse las zapatillas.
—Hasta ahora. · Yo
Guardé el móvil.
Tardé menos de cinco minutos. Ventajas de vivir prácticamente al lado. Inconvenientes para Marc. Llamé al timbre. Esperé. Nada. Aproveché que entró una señora, me colé. Subí a su piso y llamé al timbre. Nada. Volví a llamar.
—Sé que estás ahí.
Escuché movimiento al otro lado. La puerta se abrió.
—Buenos di...
Me quedé quieta. Marc también. Miré su cara. Mandíbula. Otra vez. Mandíbula. Había una zona ligeramente hinchada y un morado que empezaba a marcarse en un lateral. Levanté la vista hacia sus ojos.
—¿Qué coño te ha pasado?
Marc suspiró.
—Buenos días.
—¿Te pegó?
—Jenn...
—¿Te pegó Carlos?
Se apartó de la puerta.
—Pasa.
—Marc.
—Vas a entrar igualmente.
—Por supuesto.
Entré. Cerró detrás de mí. Me giré inmediatamente.
—¿Te pegó?
Marc metió las manos en los bolsillos. No respondió. Ah.
—Será hijo de puta.
—Jenn.
—No me «Jenn».
Me acerqué. Él se quedó quieto. Levanté una mano hacia su cara.
—¿Puedo?
Algo cambió en su expresión. Muy poco.
—Sí.
Le rocé la mandíbula con las yemas de los dedos. Marc hizo una mueca. Aparté la mano inmediatamente.
—Joder. Perdón.
—No pasa nada.
—Sí pasa.
Volví a mirar el morado. Me estaba cabreando. Mucho.
—¿Te dio un puñetazo?
—Uno.
Lo miré.
—¿UNO?
Marc levantó una ceja.
—¿Preferías dos?
—Marc.
—Pregunto.
—No tiene puta gracia.
—Un poco.
—No.
—Vale.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Le pegaste?
Marc negó.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Por qué?
Me miró como si la pregunta le hubiera sorprendido.
—Porque no quería pegarle.
Ah. Claro. Me crucé de brazos.
—Pero os peleasteis.
—Discutimos.
Miré otra vez su mandíbula.
—Eso no te lo ha hecho un argumento.
Marc soltó aire por la nariz.
—Hubo empujones.
—¿Empujones?
—Algún agarrón.
—¿Algún agarrón?
—¿Vas a repetir todo lo que diga?
—Probablemente.
—Qué ilusión verte.
—Te jodes.
Pasé a su lado hacia el salón.
—Siéntate.
—Qué mandona.
—Siéntate, Marc.
—Sí, señora.
—No me provoques.
Marc se dejó caer en el sofá mientras yo seguía directa hacia la cocina. Abrí el congelador.
—¿Qué haces?
—Buscar tu gel.
—¿Mi qué?
Saqué la bolsa de gel frío y cerré.
—Esto.
Marc asomó la cabeza desde el salón.
—¿Cómo sabes dónde está?
Lo miré.
—Me lo llevaste tú cuando tuve migraña.
—Ah.
—¿«Ah»?
—No recordaba que supieras dónde lo guardaba.
—Pues ya ves. Sé cosas.
—Eso me preocupa.
Cogí un paño y envolví el gel.
—Debería.
Volví al salón. Marc miró lo que llevaba en la mano.
—Puedo hacerlo yo.
—Ya.
Me senté a su lado.
—Pero no lo vas a hacer tú.
—¿Por qué?
—Porque estoy aquí.
Marc se quedó mirándome. Solo un segundo. Después sonrió.
—Vale.
Lo observé unos segundos. Seguía cabreada. Muchísimo. Pero debajo empezaba a aparecer otra cosa. Carlos. Su cara el día que hablé con él. La forma en que me había mirado. Lo que le había dicho. Lo que no había podido darle. Bajé la vista.
—Estaba muy enfadado.
Marc tardó un momento en responder.
—Sí.
—No tenía derecho a pegarte.
—No.
—Pero...
Me callé. Marc me miró.
—Pero lo entiendes.
Hice una mueca.
—Un poco.
—Yo también.
Levanté la cabeza.
—¿En serio?
—Jenn, le hice daño.
—Eso no significa que pueda pegarte.
—Ya lo sé.
—Pues no lo defiendas.
—No lo estoy defendiendo.
—Un poco sí.
Marc sonrió. Mueca.
—Joder.
—¡Que no te rías!
—Deja de decir cosas.
—Ah, claro. La culpa es mía.
—Siempre.
Le quité el paño de la cara.
—Pues te curas tú.
—Eh.
Intentó cogerlo. Aparté la mano.
—No.
—Dámelo.
—Pide perdón.
—Ni de coña.
—Pues infección.
—Es un moratón.
—Gangrena.
Marc me miró.
—¿En la cara?
—Fulminante.
—Qué putada.
—Muchísima.
Aguantamos. Dos segundos. Me reí. Él también.
—¡NO TE RÍAS!
—¡ESTÁS RIÉNDOTE TÚ!
—¡YO PUEDO!
—¿Por qué?
—Porque a mí no me han pegado.
—Argumento impecable.
Volví a colocarle el gel. Esta vez Marc no protestó.
Nos quedamos en silencio un rato. Más tranquilos.
Mi enfado seguía ahí. Pero ya no era limpio.
Entendía a Carlos. No el puñetazo. Eso no.
Pero sí la rabia. La sensación de traición.
Marc era su amigo. Yo había estado viéndome con él. Y mientras tanto... Miré a Marc.
—¿Fue por el beso?
No respondió inmediatamente.
—Entre otras cosas.
—¿Qué otras cosas?
Silencio. Entrecerré los ojos.
—Marc.
—Hablamos de muchas cosas.
—Eso ha sido sospechoso.
—No todo lo que hablo con Carlos tengo que contártelo.
Me quedé quieta. Ah. Tenía razón. Y me jodía que la tuviera.
—Vale.
Marc pareció sorprendido.
—¿Vale?
—Sí.
—Esperaba más resistencia.
—Vete a la mierda.
—Ahí está.
Le di un pequeño golpe en el muslo.
—Hay cosas que son vuestras.
—Sí.
—Pero si vuelve a pegarte...
—No va a volver a pegarme.
—No sabes eso.
—Jenn.
—¿Qué?
—No hagas nada.
Abrí la boca.
—No iba a...
Me miró.
—Vale. Sí iba a hacer algo.
—Ya.
—Un mensaje.
—No.
—Uno pequeñito.
—No.
—«Hola, Carlos. Como vuelvas a...»
—Jenn.
—Vale.
Resoplé.
—Qué aburrido es tener novio.
Marc giró lentamente la cabeza hacia mí. Mierda. Sonrió.
—¿Qué has dicho?
—Nada.
—No, no.
—Cállate.
—Has dicho novio.
—Marc.
—Voluntariamente.
—Que te calles.
—Sin amenazas.
—Tengo gel congelado y sé utilizarlo.
—Mi novia ha dicho novio.
Le estampé la bolsa contra el pecho.
—CÚRATE SOLO.
Marc se echó a reír. Se dobló un poco.
—Joder... joder...
—¡IMBÉCIL!
—Me duele.
—¡PUES PARA!
—No puedo.
Me levanté.
—Me voy.
Marc me agarró de la muñeca. Suave. Solo para detenerme. Lo miré. Seguía sonriendo. Menos. De otra manera.
—No te vayas.
Y ya. Así de fácil. Toda la tontería desapareció. Miré su mano alrededor de mi muñeca. Después a él.
—Ayer me dijiste que no fuera.
—Ayer necesitaba estar solo.
—Lo sé.
—Por eso te dije que no.
—Y por eso no fui.
Marc aflojó los dedos. No me soltó.
—Gracias.
Me encogí de hombros.
—Hoy ya no te he preguntado.
Sonrió.
—Ya lo he notado.
Volví a sentarme. Esta vez más cerca. Mucho más. Le quité el gel de encima y lo dejé sobre la mesa.
—Gírate.
—¿Por?
—Hazme caso.
—Eso nunca acaba bien.
—Marc.
Se giró un poco, dándome la espalda. Me acomodé detrás de él en el sofá. Su pelo cayó sobre mis manos. Ah. Dios. Metí los dedos despacio entre los mechones. Marc dejó caer la cabeza ligeramente hacia delante.
—¿Así?
—Mmm.
Sonreí.
—Eso no es una respuesta.
—No pares.
Ah. Vale. Deslicé los dedos por su cuero cabelludo, despacio, masajeando con las yemas. Marc apoyó la espalda un poco más contra mí y cerró los ojos. No hablaba. Eso en él era preocupante.
—¿Sigues vivo?
—No hables.
—Qué borde.
—Jenn.
—Vale.
Seguí. Frente. Sienes. Otra vez hacia atrás. Su pelo resbalaba entre mis dedos. Fino. Suave. Una puta maravilla. No tenía derecho a tener aquel pelo. Ninguno.
—Esto es injusto —murmuré.
—¿Qué?
—Tu pelo.
—Otra vez.
—Sí.
—Estás obsesionada.
—Un poco.
—Lo sé.
—Cállate.
Marc sonrió sin abrir los ojos. Mis dedos bajaron hacia la nuca. Presioné suavemente. Noté cómo soltaba el aire.
—¿Ahí?
—Sí.
Seguí. Cuello. Cervicales. Hombros. Muy despacio.
La tensión que tenía acumulada empezó a ceder bajo mis manos.
Y entonces Marc levantó una de las suyas.
Buscó la mía. La cogió. Pensé que quería apartarla.
No. La llevó delante de él. Miró mi mano.
El anillo. Me quedé quieta. Marc pasó el pulgar sobre las letras grabadas.
Guns N' Roses. Una vez. Despacio. Lo miró durante varios segundos.
—¿Qué? —pregunté.
Negó.
—Nada.
—Últimamente todos decís mucho «nada».
No contestó. Siguió pasando el pulgar por el anillo.
—No me lo voy a quitar.
Marc levantó los ojos hacia mí. No sé por qué se lo dije. Quizá por cómo lo estaba mirando. Quizá porque quería que lo supiera.
—Nunca —añadí.
Su expresión cambió. Muy poco. Pero cambió. Me apretó suavemente la mano.
—Vale.
Eso fue todo. Vale. Y por alguna razón...
fue muchísimo. Nos quedamos así. Su mano alrededor de la mía.
Mi cuerpo detrás del suyo. Su espalda apoyada contra mí.
Y, por primera vez desde que había entrado, Marc parecía completamente tranquilo.
Duró poco. Sonó el timbre. Marc abrió los ojos. Yo miré hacia la puerta.
—¿Esperas a alguien?
—No.
Volvió a sonar. Dos veces. Seguidas. Marc suspiró.
—Gabriel.
—¿Cómo coño sabes que es Gabriel?
—Porque Adrián llama una vez y espera como una persona normal.
Otra vez. Sonreí.
—Es Gabriel.
Marc se levantó.
—No te muevas.
—¿Por?
—Porque estaba cómodo.
—Pues no abras.
Sonó otra vez.
—Voy a matarlo.
Lo vi caminar hacia la puerta.
—¡Si es Carlos no abras!
Marc se giró.
—No es Carlos.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Carlos ahora mismo preferiría atropellarme.
Ah. Se me borró la sonrisa. Marc lo vio.
—Era una broma.
—Pues una mierda de broma.
—Sí.
Abrió la puerta.
—¿Qué coño quieres?
—Buenos días para ti también.
Gabriel. Por supuesto.
—¿Por qué llamas como si hubiera un incendio?
—Porque tardas mucho.
—Han sido quince segundos.
—Muchísimo.
Escuché otra voz desde fuera.
—Te he dicho que llamaras una vez.
Adrián. Me incorporé en el sofá. Marc miró hacia el rellano.
—¿Tú también?
—He venido para evitar que este hiciera exactamente lo que acaba de hacer.
Gabriel entró. Dio dos pasos. Me vio.
—Ah.
Lo señalé.
—Ni se te ocurra.
—No he dicho nada.
—Lo has dicho todo.
—Solo he dicho «ah».
Adrián apareció detrás y cerró la puerta.
—Buenas.
—Hola.
Gabriel seguía mirándome. Después miró a Marc. Se quedó quieto. Muy quieto. Sus ojos bajaron hacia su mandíbula. Volvieron a subir.
—Ah.
Marc cerró los ojos.
—Gabriel.
—¿Qué?
—No.
—No he preguntado nada.
—Ni preguntes.
Gabriel miró a Adrián. Adrián acababa de verlo también.