La ley del rock Capítulo 22 - Aquí no #4
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Capítulo 22 - Aquí no #4

Seguí andando y, a los pocos minutos, vibró el móvil en mi bolsillo. Lo ignoré. Volvió a vibrar casi inmediatamente y esta vez lo saqué.

Jenn:

¿Has salido ya?

Miré el mensaje unos segundos. Debajo apareció otro.

Jenn:

¿O sigues fingiendo que trabajas?

Sonreí sin querer y me dolió.

—Joder.

Me llevé los dedos a la mandíbula y esperé a que dejara de latir antes de volver a mirar la pantalla.

Podía contárselo. Probablemente debería.

Pero no quería hacerlo así. No quería escribirle que acababa de discutir con Carlos en mitad de la calle, que me había pegado ni que habíamos terminado agarrándonos como dos gilipollas delante de media ciudad.

Y, sobre todo, no quería que durante los siguientes diez minutos se preguntara si aquello había ocurrido por su culpa.

Porque no. Aquello era entre Carlos y yo.

Ya he salido.   · Yo

La respuesta llegó enseguida.

Jenn:

Milagro.

Estoy vivo.   · Yo

Jenn:

No exageremos.

Solté aire por la nariz.

Qué cariñosa eres.   · Yo

Jenn:

Soy tu novia, no tu madre.

Me quedé mirando la palabra. Por la mañana me había hecho gracia tocarle los cojones con ella. Ahora hizo otra cosa.

Guardé el móvil y seguí caminando.

***

Cuando llegué a casa fui directamente al baño. Encendí la luz y me miré en el espejo.

—Hostia.

Carlos tenía buena mano. La zona de la mandíbula estaba enrojecida y empezaba a hincharse ligeramente.

Nada espectacular, pero suficiente para que cualquiera que me conociera preguntara qué coño me había pasado.

Y conocía a una persona que iba a preguntar aproximadamente cuatro segundos después de verme.

Abrí el grifo, mojé una toalla con agua fría y me la apoyé contra la cara mientras salía del baño. Me dejé caer en el sofá y entonces vi la piedra delante de mí.

—Tú cállate.

La piedra no respondió. Al menos alguien sabía cuándo hacerlo.

Apoyé la cabeza contra el respaldo y cerré los ojos. Lo que volvió no fue el puñetazo, sino otra cosa.

Carlos iba a pedirle que fuera su novia.

No lo sabía. Era verdad. Pero saberlo ahora tampoco servía de una mierda.

Pensé en Jenn diciéndome que había terminado con Carlos. Pensé en aquella tarde en su casa, en su forma de intentar explicarme que no quería seguir viéndolo porque sentía que estaba traicionándome a mí.

A mí.

Y Carlos mientras tanto pensando en pedirle exactamente lo contrario.

Me pasé una mano por la cara y enseguida me arrepentí al rozarme la mandíbula.

—Joder.

El móvil vibró sobre la mesa.

Jenn:

¿Qué haces?

Miré la hora. Habían pasado menos de veinte minutos.

Nada.   · Yo

Jenn:

Mentira.

Fruncí el ceño.

¿Por?   · Yo

Jenn:

Porque cuando haces nada molestas más.

Me reí y volvió a doler. Empezaba a sospechar que Carlos me había jodido temporalmente una de mis actividades favoritas.

Estoy cansado.   · Yo

Esta vez tardó un poco más.

Jenn:

¿Todo bien?

Dejé los dedos sobre el teclado. Escribí que sí, lo miré durante un segundo y lo borré.

He hablado con Carlos.   · Yo

Los tres puntos aparecieron inmediatamente, desaparecieron y volvieron.

Jenn:

Ah.

Eso fue todo. Esperé, pero no llegó nada más.

Sí.   · Yo

Otra pausa.

Jenn:

¿Cómo ha ido?

Miré hacia la piedra y después hacia la toalla que seguía sosteniendo contra mi cara.

Mal.   · Yo

Jenn:

¿Muy mal?

Pensé en Carlos diciéndome que me odiaba, en que no lo llamara y en sus ojos cuando me dijo que pensaba pedirle que fuera su novia.

Sí.   · Yo

El teléfono empezó a sonar.

Jenn.

Me quedé mirando su nombre en la pantalla durante un segundo antes de contestar.

—Hola.

—¿Qué ha pasado?

Su voz sonaba distinta. Sin bromas.

—Nada que no tuviera que pasar.

—Marc.

—Estoy bien.

Hubo un pequeño silencio.

—No te he preguntado si estás bien.

Cerré los ojos.

—Ya.

—¿Qué ha pasado?

Me acomodé en el sofá.

—Hemos discutido.

—¿Mucho?

Miré la toalla.

—Bastante.

—¿Por mí?

—No.

—Marc.

—Por nosotros.

Jenn se quedó callada.

—Que no es lo mismo —añadí.

—Sí que lo es.

—No.

—Un poco sí.

—Jenn.

Volvió a quedarse en silencio.

—No hagas eso.

—¿El qué?

—Cogerlo y ponértelo encima.

No respondió. Me incliné hacia delante y apoyé los codos sobre las rodillas.

—Carlos y yo teníamos que hablar. Ya está.

—¿Y estáis bien?

Tardé demasiado en contestar.

—No.

Escuché cómo soltaba el aire al otro lado.

—Joder.

—Sí.

—¿Quieres que vaya?

Miré hacia la puerta. Vivía a unos metros. Podía tenerla allí en cinco minutos.

Quería tenerla allí en cinco minutos.

—No.

La palabra me costó bastante más de lo que debería.

—Vale.

No preguntó por qué. Eso me hizo querer decir que sí.

—Mañana —dije.

—¿Mañana qué?

—Te veo mañana.

—Ah.

Sonreí ligeramente.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso ha sido un «ah» raro.

—Cállate.

Ahí estaba.

—Mucho mejor.

—Gilipollas.

Dejé caer la cabeza contra el respaldo del sofá.

—Jenn.

—¿Qué?

Miré la piedra otra vez.

—Nada.

—Marc.

Sonreí.

—Buenas noches, novia.

Hubo un segundo de silencio.

—Vete a la mierda.

Colgó.

Me quedé mirando el teléfono, después la piedra y finalmente el techo. Me dolía la cara, Carlos no quería verme y probablemente acababa de perder a uno de mis mejores amigos. No había nada bueno en aquello.

El móvil vibró.

Jenn:

Buenas noches, novio.

Me quedé mirando el mensaje.

Y sonreí.

Aunque doliera.