La ley del rock Capítulo 22 - Aquí no #3
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Capítulo 22 - Aquí no #3

Debería haberme callado, pero ya no podía arreglarlo.

—Me miró y me dijo «sí, quiero».

Carlos abrió los ojos.

—Y tú la besaste.

—Sí.

Se abalanzó sobre mí.

Esta vez conseguí agarrarle los brazos antes de que pudiera volver a golpearme.

—¡SUÉLTAME!

—¡NO!

—¡SUÉLTAME, HIJO DE PUTA!

—¡NO VAS A PEGARME OTRA VEZ!

—¡IGUAL ES EXACTAMENTE LO QUE NECESITO HACER!

—¡PUES MAÑANA ME ODIARÁS POR OTRA COSA MÁS!

Forcejeó con tanta fuerza que estuvimos a punto de caer sobre el banco. Conseguí mantenerlo delante de mí mientras una pareja cruzaba la calle para no pasar a nuestro lado.

—¡TE ODIO AHORA MISMO!

Apreté los dientes.

—Ya.

—¡TE ODIO DE VERDAD!

—¡YA LO SÉ!

—¡NO, NO LO SABES!

—¡CLARO QUE LO SÉ! ¡LLEVO SEMANAS SABIENDO QUE ESTO PODÍA PASAR! ¡SEMANAS!

Carlos dejó de forcejear.

—¿Semanas?

Me quedé quieto.

Mierda.

—¿Llevas semanas enamorado de ella?

—No sé cuánto tiempo llevo enamorado de ella.

—Pero semanas sabiendo que podía pasar esto.

Tragué saliva.

—Sí.

Apartó los brazos de golpe y lo solté.

—Hostia... Hostia puta.

Retrocedió.

—Carlos...

—No.

—Escúchame.

—¡Llevo escuchándote demasiado!

Cerré la boca.

Carlos caminó unos pasos, volvió y entonces vi que tenía los ojos brillantes.

Eso fue bastante peor que el puñetazo.

—Yo te hablaba de ella.

Bajé la mirada.

—Lo sé.

—Te contaba cosas.

—Sí.

—Te contaba lo que hacíamos. Te decía que me gustaba. Que cada vez me gustaba más.

—Sí.

—Joder, Marc.

—Lo sé.

—¡NO DIGAS QUE LO SABES!

Levanté la cabeza.

—¿QUÉ QUIERES QUE DIGA? ¡DÍMELO! ¿Qué coño quieres que diga? ¿Que no sentía nada? Mentira. ¿Que no sabía que te estaba haciendo daño? Mentira. ¿Que no sabía que eras mi amigo? ¡CLARO QUE LO SABÍA!

Noté cómo se me quebraba la voz.

—Eras precisamente tú. Si hubiera sido cualquier otro...

Negué con la cabeza.

—Pero eras tú.

Carlos tragó saliva.

—Yo iba a hablar con ella.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Que iba a hablar con ella.

—¿De qué?

Soltó una risa pequeña y agotada.

—¿Tú qué crees?

Me quedé inmóvil.

—No quería seguir con aquella mierda de «ya veremos», «no somos nada», «lo que surja». Al principio sí. Me servía. Nos lo estábamos pasando bien y ya está. Pero dejó de servirme.

—Carlos...

—Me estaba enamorando de ella.

Cerré la boca.

—Y quería estar con ella. De verdad.

Aquello me cayó de una forma distinta.

—No lo sabía.

Carlos soltó una carcajada seca.

—No. Eso no lo sabías.

Bajé la mirada.

—Pensaba decírselo.

—¿Cuándo?

Tardó un momento en contestar.

—Da igual.

—Carlos...

—¡QUE DA IGUAL!

No insistí.

Carlos respiró hondo antes de continuar.

—Tenía pensado hablar con ella. Decirle que quería dejar de hacer el gilipollas. Que quería que estuviéramos juntos de verdad.

Cerré los ojos un instante.

—Joder.

—Sí.

—No sabía...

—Ya sé que no lo sabías.

Aquella vez no hubo rabia en su voz.

Casi habría preferido que la hubiera.

—¿Sabes qué es lo mejor? —preguntó.

No respondí.

—Que ella tampoco. Nunca se lo dije.

Levanté la vista.

—Ni siquiera llegó a saberlo. Porque antes de que pudiera decírselo...

Me señaló.

—Apareciste tú.

—Carlos...

—Tú y tus putas piedras. Tus fotos. Tus excusas para verla. Tu anillo de mierda. Y cuando por fin iba a decirle que yo quería más...

Tragó saliva.

—Ella ya estaba mirando hacia otro lado.

—Yo no quería...

—¡YA SÉ QUE NO QUERÍAS! ¡Ese es el puto problema! ¡Que nadie quería nada! ¡Tú no querías enamorarte de ella! ¡Ella no quería enamorarse de ti! ¡Yo no quería acabar así!

Se señaló a sí mismo.

—¡Y MÍRANOS!

Respiró un par de veces antes de volver a hablar.

—Yo iba a pedirle que fuera mi novia, Marc.

Bajé la mirada.

—Lo siento.

—No.

—Carlos...

—No quiero que lo sientas.

—Pero lo siento.

—Pues te lo guardas.

Apreté la mandíbula.

—Porque lo peor es que no sé qué habría dicho —continuó—. Igual me habría dicho que sí. Igual me habría dicho que no. Pero era mi oportunidad de averiguarlo.

No pude sostenerle la mirada.

—Y ahora nunca lo voy a saber.

Carlos apartó la cara.

—Así que no me digas que te importaba.

—Me importaba.

—Pues no fue suficiente.

Respiré hondo.

—No.

Volvió a mirarme.

—Y aun así la elegiste a ella.

Tardé en responder.

—No fue así.

—Pues desde aquí se parece muchísimo.

—No tuve que elegir hasta que ya era demasiado tarde.

—Y elegiste.

Cerré los ojos.

—Sí.

Carlos asintió una sola vez, como si necesitara escucharlo aunque le destrozara.

—La cagué contigo —dije—. Y si pudiera volver atrás, haría muchas cosas de otra manera. No la habría besado aquel día. Habría hablado contigo antes. Me habría alejado cuando todavía podía hacerlo. No sé. Muchas cosas.

—Pero…

Me quedé callado.

Carlos soltó una risa mínima.

—Siempre hay un puto pero.

Bajé la mirada.

—Pero no puedo decirte que no me habría enamorado de ella.

Carlos cerró los ojos.

—No.

—No puedo.

—Cállate.

Obedecí.

Pasaron unos segundos antes de que volviera a mirarme.

—Vete a la mierda.

Asentí despacio.

—Sí.

—Y no me llames.

Aquello sí me dio de lleno.

Tragué saliva.

—Vale.

Carlos apartó la mirada. Esperé un momento, quizá porque todavía esperaba que dijera algo que arreglara una parte de todo aquello.

No ocurrió.

Así que me di la vuelta y empecé a caminar.

—Marc.

Me detuve.

No llegué a girarme.

Carlos tardó tanto en hablar que por un momento pensé que no lo haría.

—No quiero verte ahora mismo.

Cerré los ojos.

—Vale.

Y me fui.

Caminé sin sacar el móvil del bolsillo. No tenía ninguna prisa por llegar a casa, pero tampoco sabía adónde coño ir. Me dolía la mandíbula, tenía la camiseta estirada y todavía notaba las manos de Carlos agarrándome cada vez que cerraba los puños.

Había imaginado aquella conversación muchas veces. En ninguna terminaba bien. Tampoco en ninguna Carlos me pegaba. Me toqué la mandíbula otra vez.

—Cabrón.

No estaba seguro de si hablaba de él o de mí.