La ley del rock Capítulo 22 - Aquí no #2
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Capítulo 22 - Aquí no #2

—Te he preguntado desde cuándo.

—No lo sé.

Carlos soltó una risa sin ninguna gracia.

—No lo sabes.

—No.

—Qué respuesta de mierda.

—Ya.

Giró la cabeza hacia mí.

—¿Mientras estaba conmigo?

Sabía exactamente qué me estaba preguntando.

—No lo sé, Carlos.

—¿Te gustaba mientras estaba conmigo?

Esta vez sí lo miré.

—Sí.

Se quedó quieto. Por su cara, aquella respuesta no era la que esperaba.

—Hijo de puta.

No dije nada.

—Sabías que me gustaba.

—Sí.

—Sabías que me volvía loco.

—Sí.

—Sabías las veces que dormí con ella.

Apreté la mandíbula.

—Carlos...

—¡Lo sabías!

—Sí.

—Las veces que estuvo en mi casa. Las veces que fui a la suya. Lo sabías todo.

—Sí.

—Y te dio igual.

—No.

—¡Pues no lo parece!

Se levantó y dio un par de pasos antes de volverse hacia mí.

—Estabas ahí —dijo, esta vez más bajo—. Desde el puto principio estabas ahí.

Tragué saliva.

—Sí.

—Cuando la recogimos. En Benialmar. Cuando empezó lo nuestro. Cuando iba a su casa. Cuando...

Se interrumpió y negó con la cabeza.

—Joder.

Me levanté también.

—¿Cuándo la besaste? —preguntó.

No contesté.

—¿Cuándo?

—Antes de que lo dejarais.

Carlos tardó un segundo en reaccionar.

—¿Qué?

Sostuve su mirada.

—Una vez.

—¿Una vez?

—Sí.

—¿Y eso te parece mejor?

—No.

—¿Ella seguía conmigo?

Tardé demasiado. Carlos lo vio en mi cara.

—¿Seguía conmigo?

—Sí.

Cruzó la distancia que nos separaba y me agarró de la camiseta con las dos manos. Me empujó con tanta fuerza que retrocedí hasta golpear con la parte trasera de las piernas contra el banco.

—¡CARLOS!

—¿LA BESASTE MIENTRAS ESTABA CONMIGO?

Le agarré las muñecas.

—Sí.

Volvió a empujarme.

—¡HIJO DE PUTA!

—Carlos...

—¡SABÍAS QUE ESTABA CON ELLA!

—¡Sí!

—¡SABÍAS QUE ME ESTABA PILLANDO POR ELLA!

—¡SÍ!

—¡Y AUN ASÍ LA BESASTE!

Apreté los dientes.

—Sí.

El puñetazo llegó tan rápido que apenas vi cómo levantaba el brazo.

Sentí el golpe en la mandíbula y perdí el equilibrio.

Choqué contra el banco antes de conseguir mantenerme en pie.

Durante un instante solo escuché un pitido y después el ruido de la calle volvió de golpe: un coche pasando, alguien hablando más lejos y una mujer que se había parado a mirarnos desde la otra acera. Me llevé una mano a la boca.

—Joder.

Carlos seguía delante de mí, respirando rápido. Miró su propio puño como si tampoco terminara de creerse que acababa de hacerlo.

—Pégame —dijo.

Lo miré.

—¿Qué?

—Devuélvemelo.

—No.

—¡PÉGAME!

—¡QUE NO!

Me empujó otra vez. Esta vez reaccioné. Le aparté las manos de un golpe y lo empujé hacia atrás.

—¡DEJA DE TOCARME!

Carlos volvió hacia mí y chocamos prácticamente en mitad de la acera. Me agarró otra vez de la camiseta y yo lo sujeté por los brazos, intentando mantenerlo lejos mientras él forcejeaba.

—¡SUÉLTAME!

—¡CUANDO PARES!

—¡SUÉLTAME, HIJO DE PUTA!

—¡NO!

Un hombre que pasaba junto a nosotros se desvió hacia la calzada para evitarnos.

Perfecto.

Treinta y tantos años y pegándonos en mitad de la puta calle.

Carlos dejó de forcejear poco a poco. No lo solté inmediatamente. Esperé hasta notar que dejaba de tirar de mi camiseta y entonces aflojé las manos. Retrocedió un paso.

—Hostia, Marc.

Me toqué la mandíbula. Dolía de cojones.

—Ya.

—¿Y después qué hiciste?

—Nada.

—¿Nada?

—Nada.

—¿La besas y no haces nada?

—Porque estabas tú en su vida.

Carlos soltó una risa seca.

—Qué considerado.

—Lo sé.

—No. No sabes una mierda.

—Sé que te hice daño.

—¿Ahora?

Negué.

—Lo sabía entonces.

Carlos frunció el ceño.

—¿Qué?

—Lo sabía entonces. Por eso no hice nada más.

—Pero la besaste.

—Sí.

—A la mujer con la que estaba tu amigo.

Tragué saliva.

—Sí.

—Y luego te fuiste a tu casa pensando que habías hecho lo correcto.

—No. Me fui a mi casa sabiendo que la había cagado.

Carlos apartó la mirada y se pasó las manos por la cara.

—Joder.

No dije nada.

—Sabías que me gustaba. Sabías que me estaba pillando por ella. Sabías que me volvía loco. Sabías las veces que dormí con ella, las veces que la tuve en casa...

La voz se le quebró apenas un poco, pero lo escuché.

—Lo sabías todo.

Bajé la mirada.

—Sí.

—Y aun así...

No terminó. Cuando volvió a hablar ya no estaba gritando.

—Creí que eras mi amigo.

Levanté la cabeza.

—Lo soy.

Carlos negó despacio.

—Un amigo no hace esto.

—Ya lo sé.

—No. No lo sabes.

—Carlos...

—Te dio igual.

—No.

—Claro que te dio igual.

—He dicho que no.

—Pues explícame qué coño te importó.

Me quedé callado.

Carlos esperó unos segundos y soltó una risa rota.

—Eso pensaba.

Se dio la vuelta.

—Me enamoré de ella.

Se detuvo.

Respiré hondo.

—Eso fue lo que pasó.

Carlos se giró.

—No me jodas.

—Me enamoré de ella.

—¿Y eso qué coño arregla?

—¡Nada!

El grito salió mucho más fuerte de lo que esperaba. Carlos se quedó quieto.

—¡No arregla nada! ¡No hice las cosas bien! ¿Eso quieres oír? Pues ahí lo tienes. ¡No las hice bien!

—La besaste.

—Sí.

—Mientras estaba conmigo.

—¡Sí!

—Entonces no me vengas ahora con que estabas enamorado como si eso...

—¡NO TE ESTOY PIDIENDO QUE ME PERDONES!

Los dos nos callamos. Yo respiraba rápido y la mandíbula me latía al ritmo del corazón. Un par de personas seguían mirando desde unos metros más allá.

—No te estoy diciendo que estuvo bien —continué—. No te estoy diciendo que no te hice daño. Y no voy a decirte que como vosotros no erais pareja daba igual, porque sé que no daba igual.

Carlos apartó la mirada.

—Pero no vuelvas a decirme que no me importó, porque me importó cada puto día.

Volvió a mirarme.

—¿Desde cuándo?

Negué.

—No lo sé.

—Otra vez esa mierda.

—¡PORQUE NO LO SÉ!

—¡¿CÓMO COÑO NO VAS A SABERLO?!

—¡PORQUE NO OCURRIÓ UN MARTES A LAS CINCO DE LA TARDE, CARLOS!

Me pasé las dos manos por el pelo y traté de bajar la voz.

—No sé cuándo empezó. Sé cuándo empecé a guardar cosas: una chapa, una piedra de mierda, una púa, una servilleta que tendría que haber acabado en una papelera.

Sé cuándo empecé a hacer fotos porque veía algo y pensaba que a ella le gustaría.

Sé cuándo empecé a mirar el grupo esperando que escribiera ella.

Pero no sé cuándo coño dejó de ser una tontería.

Carlos tenía los ojos clavados en mí.

—Y cuando me di cuenta... ya estaba dentro.

—¿Y yo qué?

Cerré los ojos un instante.

—Tú estabas ahí.

—Exacto.

—¡YA LO SÉ!

Carlos se quedó quieto.

—¡Ese era el puto problema! —Me señalé el pecho—. ¡QUE ERAS TÚ! ¡MI AMIGO! ¡MI PUTO AMIGO!

—¡Pues haberte mantenido lejos de ella!

—¡LO INTENTÉ!

—¡UNA MIERDA!

—¡QUE LO INTENTÉ, JODER!

—¿Cuándo?

—¡TODO EL PUTO TIEMPO!

Carlos soltó una carcajada.

—Sí. Se nota muchísimo.

—¡NO TIENES NI PUTA IDEA!

—¡PUES EXPLÍCAMELA!

—¡SABÍA QUE DORMÍA CONTIGO! ¡SABÍA QUE ESTABA EN TU CASA! ¡SABÍA QUE CUANDO DESAPARECÍAIS JUNTOS NO ESTABAIS JUGANDO AL PARCHÍS! ¡LO SABÍA TODO!

—¡Y SEGUÍAS DETRÁS DE ELLA!

—¡NO ESTABA DETRÁS DE ELLA!

—¡LE GUARDABAS HASTA LAS PUTAS PIEDRAS, MARC!

—¡PORQUE NO SABÍA QUÉ COÑO HACER CON LO QUE SENTÍA!

Carlos se calló.

Yo intenté recuperar el aire.

—¿Crees que me hacía gracia?

—No me vengas de víctima.

—¡NO SOY LA PUTA VÍCTIMA!

—Pues lo parece.

—¡Sé perfectamente quién ha hecho daño aquí! ¡Sé que tú estabas con ella! ¡Sé que eras mi amigo y que tenía que haber parado esto mucho antes! —Me golpeé el pecho con la palma—. ¡Pero dime cómo coño se para esto!

—Alejándote.

Solté una risa amarga.

—Sí. Era así de fácil.

—Sí.

—No.

—Sí.

—¡NO!

Esta vez fui yo quien se acercó. Carlos no retrocedió y quedamos otra vez frente a frente.

—¡Porque llevaba meses intentándolo aquí dentro! Cada vez que estaba contigo. Cada vez que os veía juntos. Cada puta vez que me decía a mí mismo que era Jenn, que era mi amiga, que tú estabas con ella y que se acabó.

Me señalé la cabeza.

—Aquí lo tenía clarísimo.

Después el pecho.

—Aquí no.

Carlos apretó la mandíbula.

—Qué bonito.

—¡NO ES BONITO! ¡ES UNA PUTA MIERDA!

Tragué saliva.

—Porque te quiero, cabrón.

Carlos parpadeó.

—Eres mi amigo —continué, y noté cómo me temblaba la voz—. Y estaba enamorado de ella.

Apartó la mirada.

—No me digas eso.

—Es la verdad.

—Me importa una mierda.

—Ya.

—¡ME IMPORTA UNA MIERDA!

—¡PUES A MÍ NO!

Nos quedamos mirándonos, respirando como si lleváramos diez minutos pegándonos en vez de haber intercambiado un solo puñetazo y media docena de empujones.

Bajé la voz.

—Ese es el puto problema. Que me importabais los dos.

Carlos negó con la cabeza.

—No puedes quererme tanto si hiciste esto.

Aquello dolió más que el golpe.

—Puede que no supiera hacerlo mejor.

—Pues vaya puta mierda de amigo.

—Sí.

Carlos me sostuvo la mirada.

—Pero no me dio igual —dije—. Nunca me dio igual.

Solté el aire.

—Y cuando me dijo que sí...

Me detuve.

Mierda.

Carlos frunció el ceño.

—¿Cuando te dijo que sí a qué?

Cerré los ojos solo un segundo.

Demasiado tarde.

—Marc.

No respondí.

—¿A qué coño te dijo que sí?

Volví a mirarlo.

—A casarse conmigo.

Carlos parpadeó.

—¿¡Qué!?

—Era un juego.

—¿Qué cojones estás diciendo?

—En el mercadillo. Vio un anillo. Le gustó pero lo dejó. Después volví y lo compré.

Se quedó mirándome.

—¿Le compraste un puto anillo?

—Sí.

—¿Mientras estaba conmigo?

Tragué saliva.

—Sí.

Carlos empezó a reírse, pero no porque tuviera ninguna gracia.

—Es increíble.

—Carlos...

—No. Sigue. Por favor. Me está encantando.

Bajé la mirada.

—Hice la gilipollez de pedírselo.

Dejó de reírse.

—¿De rodillas?

No respondí.

Abrió mucho los ojos.

—¿DE RODILLAS?

—Era un juego.

Volvió a agarrarme, esta vez con una sola mano y cerrando el puño en mitad de mi camiseta.

—¡ME IMPORTA UNA MIERDA QUE FUERA UN JUEGO!

—¡A MÍ TAMBIÉN!

—¡LE COMPRASTE UN ANILLO!

—¡SÍ!

—¡TE ARRODILLASTE DELANTE DE ELLA!

—¡SÍ!

—¡MIENTRAS ESTABA CONMIGO!

—¡SÍ, JODER!

Me empujó y di dos pasos hacia atrás.

—¿Y QUÉ COÑO ESPERABAS QUE PASARA?

—¡NADA!

—¡NO ME MIENTAS!

—¡NO ESPERABA NADA!

—¡LE ESTABAS PIDIENDO QUE SE CASARA CONTIGO!

—¡ESTÁBAMOS HACIENDO EL GILIPOLLAS!

—¡Y ELLA TE DIJO QUE SÍ!

Me callé.

Carlos me señaló.

—Ahí.

No respondí.

—Ahí cambió.

Cerré los ojos.

—Sí.

Carlos soltó el aire.

—Joder...

—Sí.

—Te dijo que sí.

—Carlos...

—¿Cómo?

Lo miré.

—¿Qué?

—¿Cómo te lo dijo?

Tardé demasiado en responder y Carlos lo supo.

—¿Cómo?

—Seria.

Cerró los ojos.