Capítulo 22 - Aquí no
Aquí no
Marc
Me desperté unos minutos antes de que sonara la alarma y tardé un momento en entender por qué estaba de tan buen humor.
No había dormido especialmente bien ni había ocurrido nada durante la noche que justificara despertarme mirando el techo con una sonrisa de imbécil.
La explicación era bastante peor: tenía novia .
La idea seguía resultándome extraña, aunque no tanto como debería.
Quizá porque lo realmente extraño era que hubiéramos tardado tanto en ponerle nombre a algo que llevaba meses ocupando cada vez más espacio.
Había pasado media vida utilizando la palabra «novia» sin pensar absolutamente nada al decirla y ahora, de repente, tenía una cara asociada.
Una cara que venía con un ser que medía metro y medio, me insultaba aproximadamente quince veces al día y llevaba un anillo de tres euros como si fuera una reliquia familiar.
Cogí el móvil de la mesilla y abrí nuestra conversación. Habíamos dejado de escribirnos poco antes de dormir, después de discutir durante diez minutos sobre quién de los dos tenía peor carácter. Había ganado yo, principalmente porque ella se había cansado y había dejado de contestar.
Escribí un simple «Buenos días» y me quedé mirándolo antes de enviarlo. Era demasiado normal, así que añadí una palabra.
Buenos días, novia. · Yo
Mucho mejor.
Lo envié y dejé el móvil sobre la cama. No esperaba que estuviera despierta todavía, así que fui a preparar café antes de convertirme en uno de esos desgraciados que miraban la pantalla cada treinta segundos esperando una respuesta. Tardé aproximadamente cuarenta y cinco.
—Patético.
Dejé el teléfono sobre la encimera y encendí la cafetera.
Mientras esperaba, miré hacia la estantería del salón y vi la famosa piedra dentro de su caja transparente.
Jenn la había traído de una excursión meses atrás y me la había dado como si acabara de encontrar el tesoro nacional.
Yo me había reído, por supuesto, pero después la había guardado.
Eso todavía podía justificarse. Lo que resultaba más difícil de explicar era que unas semanas después hubiera comprado una pequeña caja para meterla dentro porque, aparentemente, una piedra que me había regalado Jenn necesitaba alojamiento propio.
No era lo único. Había una púa, una chapa, una foto impresa y alguna mierda más repartida por la casa que había terminado allí por el mismo motivo.
En algún momento había decidido dejar de preguntarme por qué guardaba todas aquellas cosas.
Ahora lo sabía y casi prefería cuando podía fingir que coleccionaba basura por afición.
El móvil vibró mientras servía el café.
Jenn:
Te odio.
Sonreí. Exactamente la respuesta que esperaba.
Buenos días a ti también. · Yo
Jenn:
Como sigas con la puta palabrita te dejo.
Duración de la relación: 11 horas. · Yo
Jenn:
Récord personal.
Podemos arreglarlo. · Yo
Jenn:
No.
Me apoyé contra la encimera con la taza en la mano. Podía verla perfectamente escribiendo aquello, probablemente todavía medio dormida y con esa cara que ponía cuando estaba intentando decidir si reírse o mandarme realmente a la mierda.
Tarde. · Yo
Jenn:
Gilipollas.
Guardé el móvil en el bolsillo y me llevé el café al salón.
Aquello era lo curioso: nada parecía realmente nuevo.
Seguíamos hablando igual, ella seguía insultándome, yo seguía buscando exactamente qué decir para tocarle los cojones y probablemente esa misma tarde volveríamos a discutir por alguna estupidez que ninguno de los dos recordaría al día siguiente.
La única diferencia era que ahora sabía qué era aquello.
Durante meses había conseguido colocar a Jenn en una categoría cómoda. Era mi amiga. La conocíamos todos, salíamos juntos, vivíamos cerca y habíamos terminado entrando en la vida del otro con una facilidad que nunca me había parecido sospechosa. Hasta que empezó a serlo.
No podía señalar el momento exacto en que había cambiado.
Recordaba perfectamente la primera cosa suya que guardé, pero no el primer día que empecé a buscarla al entrar en un sitio.
Sabía cuándo empezó a tirarse en mi sofá como si fuera suyo, pero no cuándo aquello se convirtió en algo que esperaba que ocurriera.
También sabía perfectamente cuándo descubrí que me gustaba que me tocara el pelo, aunque ese recuerdo prefería no analizarlo demasiado a las siete de la mañana.
Probablemente el problema era intentar encontrar el instante en que había dejado de ser mi amiga, porque nunca había dejado de serlo. Simplemente se había añadido otra cosa encima y yo había demostrado una inteligencia extraordinaria detectándola cuando ya llevaba meses viviendo dentro.
Un genio.
Terminé el café y fui a vestirme. Mientras buscaba una camiseta pensé en el sábado, porque aquello sí tenía fecha: el mercadillo, el puesto y aquel anillo ridículo que le había gustado y que dejó porque le faltaban veinticinco céntimos.
Todavía no sabía qué parte de mi cerebro había decidido que comprarlo a escondidas y arrodillarme delante de ella era una buena idea.
En aquel momento me había parecido gracioso, y lo había sido hasta que dejó de serlo. Recordaba perfectamente el instante en que su expresión cambió, la gente que se había reunido alrededor y mi propia sonrisa desapareciendo cuando escuché su respuesta.
«Sí, quiero».
Habían pasado cuatro días y todavía seguía oyendo aquellas dos palabras en momentos completamente aleatorios: en el coche, en la ducha, trabajando o justo antes de dormirme.
No necesitaba pensar en ellas; aparecían solas.
Después había venido el beso y, a partir de ahí, todo había ocurrido demasiado rápido y al mismo tiempo con una naturalidad absurda, como si no estuviéramos empezando algo sino reconociendo algo que ya existía.
La noche anterior por fin lo habíamos llamado por su nombre. Estábamos juntos. Jenn era mi novia y, por algún motivo que pensaba explotar hasta que amenazara seriamente con matarme, la palabra la ponía nerviosa.
El móvil volvió a vibrar.
Jenn:
Por tu culpa llevo toda la mañana pensando la palabra novio.
Solté una risa.
Problema tuyo. · Yo
Jenn:
Te odio muchísimo.
Eso ya me lo has dicho. · Yo
Jenn:
No lo suficiente.
Me quedé unos segundos mirando la conversación antes de escribir.
Novia. · Yo
No respondió. Esperé mientras me ponía las zapatillas, cogí las llaves y comprobé una última vez antes de salir. Nada. Abrí su perfil para comprobar si realmente me había bloqueado y seguía viendo su foto.
—Cobarde.
La respuesta apareció mientras cerraba la puerta.
Jenn:
Estaba trabajando, imbécil.
Excusas. · Yo
Jenn:
Hay gente que trabaja.
Yo estoy trabajando. · Yo
Jenn:
JAJAJAJAJAJAJAJAJA
Guardé el móvil sonriendo. Sí. Definitivamente pensaba explotar aquello.
A media mañana ya había conseguido concentrarme lo suficiente para trabajar sin mirar el teléfono cada cinco minutos, lo que consideré un avance importante.
El grupo empezó a moverse cerca del mediodía cuando Adrián mandó una foto de una guitarra apoyada sobre una mesa y pidió «opinión profesional».
Gabriel tardó menos de diez segundos en contestarle que no había ningún profesional en el grupo.
A partir de ahí ocurrió lo habitual. Adrián se ofendió, Jenn se rio de él y yo le dije que la guitarra estaba torcida únicamente porque sabía que conseguiría ponerlo de los nervios. Funcionó.
Todo parecía exactamente igual que cualquier otro día hasta que me fijé en que Carlos había leído todos los mensajes y no había escrito ninguno.
Sabía que Jenn había quedado con él el día anterior y no le había preguntado cómo había ido la conversación porque ella me había dejado claro que necesitaba hacerlo sola.
Había venido a verme después y eso me había bastado, pero Carlos en silencio dentro del grupo no era normal.
Gabriel también debió de notarlo.
Gabriel · Carlos?
Pasó casi un minuto antes de que contestara.
Carlos · ¿Qué?
Gabriel · Nada.
Fruncí el ceño. Jenn intervino inmediatamente.
Jenn:
Gabriel.
Gabriel · Qué.
Jenn:
Déjalo.
Gabriel · Vale.
Ese «vale» me preocupó más que cualquier otra cosa. Gabriel era capaz de decir «vale» de una forma que significaba aproximadamente seis preguntas, tres hipótesis y una investigación pendiente.
Abrí el chat privado con Jenn.
¿Todo bien? · Yo
Jenn:
Sí.
Unos segundos después apareció otro mensaje.
Jenn:
Creo.
Eso ya no me gustó tanto.
Eso ya me gusta menos. · Yo
Jenn:
Trabaja.
Mandona. · Yo
Jenn:
Vago.
Sonreí antes de contestar.
Novia. · Yo
Esta vez directamente dejó de hablarme. Bien. Me lo había ganado.
Volví al trabajo, aunque durante el resto de la mañana Carlos apareció varias veces en mi cabeza.
Llevaba semanas sabiendo que tarde o temprano tendría que hablar con él; lo único que había cambiado era el contenido de aquella conversación.
Antes habría tenido que explicarle algo que ni siquiera yo sabía nombrar. Ahora sí podía.
Y eso no iba a hacerlo más fácil.
***
Salí del trabajo poco después de las tres, cansado y con hambre. Saqué el móvil mientras caminaba y escribí a Jenn para decirle que había sobrevivido al día, más por costumbre que porque tuviera nada especialmente interesante que contarle. Guardé el teléfono sin esperar respuesta y crucé la calle.
Entonces vi a Carlos.
Estaba sentado solo en un banco, con los codos apoyados sobre las rodillas. No miraba el móvil ni parecía estar allí por casualidad. Me estaba mirando directamente a mí.
Me detuve un instante y entendí perfectamente qué hacía allí. Había pasado semanas pensando que aquella conversación llegaría algún día y, ahora que la tenía delante, descubrí que no había preparado absolutamente nada que pudiera servirme.
Carlos tampoco sonrió.
Guardé el móvil en el bolsillo y caminé hacia él. Supuse que ya era hora.
Carlos no se movió cuando llegué al banco. Me senté a su lado y durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Él miraba al frente; yo esperé.
—¿Desde cuándo?
No respondí.