La ley del rock Capítulo 21 - Era fácil #3
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Capítulo 21 - Era fácil #3

Me eché un poco hacia atrás. Marc me miraba esperando.

—Que estaba pensando.

—Eso nunca trae nada bueno.

—Cállate.

—Vale.

Esperó.

—¿En qué?

—Pesado.

—Muchísimo.

Bajé la mirada hacia nuestras manos. Marc todavía sostenía la izquierda. Su pulgar descansaba justo al lado del anillo.

—En nosotros.

No dijo nada. Levanté los ojos. Marc seguía mirándome.

—Vale.

—¿Otra vez?

—¿Qué quieres que diga?

—No sé.

—Pues por eso digo vale.

—Gran sistema.

—Gracias.

Sonreí. Después dejé de hacerlo.

—¿Qué somos?

Marc parpadeó. Una vez.

—¿Ahora?

—No. El jueves a las cuatro.

—Trabajo.

Solté una carcajada.

—Gilipollas.

—Has preguntado tú.

—Y tú eres incapaz de contestar como una persona normal.

—Eso ya lo sabías antes de prometerte conmigo.

Miré el anillo.

—Buen argumento.

—Gracias.

Volvió el silencio. Esta vez diferente. Marc dejó de sonreír. Miró nuestras manos. Después a mí.

—No sé.

—Gran respuesta.

—Espera.

Esperé. Marc apoyó la espalda contra el sofá.

—Estamos prometidos.

—Sí.

—Por algún motivo.

—Tres euros.

—No reduzcas nuestro matrimonio a una cifra.

—Tres euros.

—Jenn.

Me mordí la sonrisa.

—Sigue.

—Nos hemos besado.

—Varias veces.

—Bastantes.

—Podrían ser más.

Marc giró la cabeza hacia mí.

—No me distraigas.

—Perdón.

—No lo sientes.

—Nada.

Negó con la cabeza.

—Y acabamos de decidir que no queremos besar a nadie más.

—Eso parece.

—No parece.

Lo miré. Marc sostuvo mis ojos.

—No quiero.

Algo pequeño se movió dentro de mí.

—Yo tampoco.

—Pues eso.

—Pues eso qué.

—Que...

Se calló.

—¿Qué?

Marc miró hacia el techo.

—Joder.

Me eché a reír.

—¿Te estás poniendo nervioso?

—No.

—Sí.

—No.

—Marc.

—Estoy intentando decirlo bien.

Eso me calló. Lo observé. Él seguía mirando hacia algún punto del salón como si allí estuviera escrita la respuesta. Después volvió a mí.

—Supongo que estamos juntos.

La sonrisa que estaba empezando a aparecerme desapareció. No porque aquello estuviera mal. Todo lo contrario.

Juntos.

Marc y yo.

La palabra cayó en algún sitio mucho más profundo de lo que esperaba.

—¿Supongo? —pregunté.

Marc me miró. Y algo cambió en su cara.

—Estamos juntos.

Esta vez no hubo duda. Sentí un vuelco pequeño. Ridículo. Después de todo lo que había pasado desde el sábado, aquello era lo que conseguía ponerme nerviosa.

—Vale.

Marc entrecerró los ojos.

—¿Vale?

—Sí.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres?

—No sé.

—Pues por eso digo vale.

Me miró. Tardé dos segundos en darme cuenta.

—Me acabas de copiar.

—Sí.

—Hijo de puta.

Marc sonrió.

—Gracias.

Le di un golpe en el brazo.

—¿Qué esperabas que hiciera?

—Algo.

—¿Una reverencia?

—Por ejemplo.

—¿Quieres que firme algo?

—Podríamos redactar un contrato.

—Claro.

—Con cláusulas.

—Importantísimo.

Marc empezó a enumerar con los dedos.

—No robar patatas.

—Rechazada.

—No insultar a tu pareja.

—Rechazada.

—No dar patadas debajo de las mesas.

—Depende.

—No tocar mi guitarra sin permiso.

—Esa la acepto.

Marc levantó una ceja.

—Hostia.

—Tengo límites.

—Estoy emocionado.

Me reí. Y entonces levanté la mano izquierda entre los dos. El anillo quedó justo delante de su cara. Marc lo miró. Yo puse expresión seria.

—Sí, quiero.

Se quedó inmóvil. Un segundo. Después cerró los ojos.

—Hija de puta.

Me doblé de risa.

—Lo siento.

—No lo sientes.

—Nada.

Marc negó con la cabeza.

—No puedes utilizar eso para todo.

—Claro que puedo.

—No.

—Ya lo he hecho.

—Voy a quitarte el anillo.

Aparté la mano inmediatamente.

—Ni se te ocurra.

Marc sonrió.

—Ven aquí.

Me agarró por la cintura.

—¡No!

Tiró de mí. Acabé medio encima de él.

—¡Mi anillo!

—No quiero tu puto anillo.

—Mentira. Te costó tres euros.

—Una fortuna.

Me eché a reír. Intenté apartarme. Marc no me dejó.

—Suéltame.

—No.

—Secuestro.

—Estamos juntos. Es legal.

—Eso no funciona así.

—Ley del rock.

—Voy a denunciar esa ley.

Marc se rio. Yo también. Y durante unos segundos volvimos a ser exactamente los mismos imbéciles de siempre. Solo que estaba encima de él. Y sus brazos rodeaban mi cintura.

Y cuando dejamos de reírnos... eso se hizo bastante evidente.

Marc me miró. Yo a él.

—Hola —murmuró.

Sonreí.

—Hola.

Sus ojos bajaron a mi boca. Los míos hicieron lo mismo.

—Esto también entra en el contrato —dijo.

—¿Qué?

—Esto.

Me besó. Sonreí contra su boca.

—Aceptada.

—Por fin una.

Lo besé otra vez. Esta vez fui yo. Un poco más despacio. Marc pasó una mano por mi espalda.

Cuando nos separamos seguía sonriendo. Yo también. Y entonces se me ocurrió.

—Espera.

—¿Qué?

—Entonces tú eres mi novio.

Marc me miró.

—Supongo.

Le di otro golpe.

—¡Ay!

—No vuelvas a decir «supongo».

—Vale. Sí.

—¿Sí qué?

—Soy tu novio.

Tuve que morderme la sonrisa. Marc lo vio. Por supuesto.

—¿Qué?

—Nada.

—Jenn.

—Que suena raro.

—¿Mal?

—No.

Negué.

—Raro bien.

Marc me observó un segundo.

—Tú eres mi novia.

Ah.

Ahí estaba. No sé por qué aquello fue diferente. Habíamos dicho juntos. Habíamos hablado de no besar a nadie más. Estaba prácticamente sentada encima de él. Llevaba un anillo que me había puesto de rodillas en mitad de un mercadillo.

Pero novia.

Su novia.

Joder.

Bajé la mirada.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Te has puesto roja.

Levanté la cabeza.

—Vete a la mierda.

Marc sonrió.

—Te has puesto roja.

—No.

—Sí.

—Hace calor.

—Claro.

—Cállate.

—Mi novia se ha puesto roja.

Le tapé la boca con la mano.

—Como vuelvas a decirlo te mato.

Marc habló contra mi palma.

—Mi novia.

—Marc.

—Mi novia.

—Que te calles.

Se estaba riendo. Le quité la mano.

—Eres insoportable.

—Y tú eres mi novia.

Lo miré mal. O lo intenté. No funcionó una mierda. Porque sonreí.

Marc dejó de reírse poco a poco.

—Te gusta.

—No.

—Sí.

—Un poco.

—¿Un poco?

Suspiré.

—Mucho.

Su expresión cambió. Desapareció la broma. Solo quedó aquella forma nueva de mirarme.

—A mí también.

—¿Qué?

Marc pasó el pulgar lentamente por mi cintura.

—Que seas mi novia.

Sonreí.

—Bien.

—Muy bien.

Nos quedamos así. Mirándonos.

Y por primera vez aquello tenía un nombre. Uno de verdad.

No amigos.

No algo.

No nos estamos viendo.

No una relación sin nombre.

Novios.

Después de meses sin buscarlo. Después de semanas sin verlo. Después de tres días intentando entender qué coño nos había explotado en la cara.

Marc y yo.

Novios.

Miré el anillo. Después a él.

—Tenemos una relación bastante mal organizada.

Marc siguió mi mirada.

—Muchísimo.

—Primero prometidos.

—Sí.

—Luego primer beso.

—Sí.

—Después exclusividad.

—Ajá.

—Y ahora novios.

Marc pensó.

—Nos falta conocernos.

Me eché a reír.

—Eso podemos dejarlo para Navidad.

—Perfecto.

Apoyé la cabeza contra su hombro. Marc volvió a coger mi mano. Entrelazó los dedos con los míos.

Y durante un rato no dijimos nada.

No necesitaba más.

Ni otra promesa. Ni una conversación sobre el futuro. Ni saber qué iba a ocurrir dentro de una semana.

Aquella noche bastaba con eso.

Su mano.

Mi anillo.

Mi cabeza sobre su hombro.

Y una palabra nueva que todavía me daba un vuelco absurdo cada vez que la pensaba.

Novio.

Sonreí.

—¿Qué? —preguntó Marc.

—Nada.

—Mentira.

—Cállate.

—Vale.

Pasaron unos segundos.

—Novia.

Le mordí el hombro.

—¡Joder!

Me eché a reír. Marc también.

Y quizá no era la forma más normal de empezar una relación.

Pero nosotros tampoco habíamos hecho absolutamente nada normal hasta entonces.

¿Por qué íbamos a empezar ahora?

Antes de salir vi una esquina de papel asomando entre unas púas y un par de tickets sobre la estantería. La reconocí por una pata larguísima y torcida.

La puta jirafa.

Miré a Marc. Él siguió a lo suyo, como si no tuviera una servilleta vieja del bar guardada entre sus cosas. No pregunté. Todavía no.