Capítulo 21 - Era fácil #2
Salí a la calle. El aire me dio en la cara. Y durante unos segundos me quedé quieta en la acera. Había hecho lo correcto. Lo sabía. No dudaba. Ni un poco. Y aun así dolía. Qué puta manía tenía la vida de hacer compatibles ambas cosas.
Caminé sin prisa. No porque quisiera alargar el camino.
Porque necesitaba un rato antes de llegar a casa.
Tenía el pecho apretado. No estaba arrepentida.
Eso era lo peor. Habría sido más sencillo si alguna parte de mí hubiera querido volver al bar, sentarse otra vez delante de Carlos y decirle que no.
Que había sido un error. Que podíamos intentarlo.
No quería.
Y aun así tenía ganas de llorar. Metí las manos en los bolsillos. Seguí andando. Pensé en su cara cuando había dicho que, si Marc me lo hubiera pedido, al menos podría cabrearse con él.
Joder.
Carlos no se merecía aquello. Pero tampoco se merecía que siguiera con él por pena. Eso habría sido muchísimo peor.
Llegué a mi calle. Vi mi portal. Y unos metros más allá, el de Marc. Bajé la mirada. Seguí andando. No fui hacia allí. Entré en casa.
Dejé las llaves sobre la mesa. Me quité las zapatillas. Fui a la cocina. Abrí la nevera. La cerré. Volví al salón. Me senté en el sofá.
Silencio.
Entonces sí. Se me escaparon las lágrimas. Pocas. Quietas. Sin drama. Me las limpié con la manga.
—Mierda.
No lloraba porque quisiera estar con Carlos. Lloraba porque le había hecho daño. Porque me importaba. Porque durante aquellos meses había sido bueno conmigo. Porque había intentado hacer las cosas bien. Y porque a veces hacer lo correcto también dejaba a alguien sentado solo delante de una cerveza.
Cogí el móvil. Nada de Carlos. Mejor. Tenía mensajes del grupo. No los abrí. Uno de Marc. De hacía casi una hora.
Marc · Adrián ha vuelto a intentarlo.
Debajo había una foto. Una cafetera. Mucho café. Demasiado café. Y una mano señalando el desastre. A pesar de todo, sonreí.
Marc · Estamos valorando internarlo.
Me limpié otra lágrima.
Pobre Adri. · Yo
Los tres puntos aparecieron casi inmediatamente.
Marc · Otra vez defendiéndolo.
Siempre. · Yo
Marc · Esto empieza a ser personal.
Celoso. · Yo
La respuesta tardó unos segundos.
Marc · Maybe.
Me quedé mirando aquella palabra. La sonrisa se me quedó a medias.
Marc · ¿Estás bien?
Fruncí el ceño.
Sí. · Yo
Marc · Mentira.
Me quedé quieta.
¿Por qué? · Yo
Marc · No sé.
Marc · Pero mentira.
Solté aire. Miré hacia la ventana. Después hacia la puerta. Su portal estaba ahí. Ridículamente cerca.
¿Estás en casa? · Yo
Marc · Sí.
¿Puedes venir? · Yo
No hubo tres puntos. No hubo pregunta.
Marc · Sí.
Dejé el móvil sobre el sofá. Me levanté. Fui al baño. Me miré al espejo. Ojos ligeramente rojos. Perfecto. Me mojé la cara. No sirvió de mucho.
Llamaron a la puerta. Demasiado rápido. Claro. Vecinos.
Abrí.
Marc estaba allí. Pelo suelto. Camiseta negra. Vaqueros. Él, como siempre es. Me miró. La sonrisa con la que había llegado desapareció.
—¿Qué ha pasado?
Me aparté.
—Entra.
Marc entró. Cerré la puerta. Se giró hacia mí. No preguntó otra vez. Esperó. Yo tampoco sabía por dónde empezar.
Fui hacia el salón. Marc me siguió. Me senté en el sofá. Él se sentó a mi lado. No demasiado cerca. Aquello me hizo quererlo un poco más cerca. Así que me acerqué yo. Marc pasó un brazo alrededor de mis hombros. Apoyé la cabeza contra él.
—He hablado con Carlos.
Su cuerpo se quedó quieto. Solo un instante.
—Vale.
Nada más. Esperé alguna pregunta. No llegó.
—Habíamos quedado hoy.
—Vale.
—No te lo había dicho.
—Ya me he dado cuenta.
Levanté la cabeza.
—¿Te molesta?
Marc frunció ligeramente el ceño.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Me sostuvo la mirada.
—Es cosa vuestra.
Exactamente.
Volví a apoyarme contra él.
—Lo he terminado.
Esta vez el silencio fue más largo. Marc no se movió. Ni siquiera noté que respirara durante un par de segundos.
—¿Estás bien?
Aquello me pilló desprevenida. No «¿qué ha dicho?». No «¿por qué?». No «¿qué ha pasado?». ¿Estás bien?
Me encogí ligeramente contra él.
—Sí.
Pausa.
—No.
Marc me apretó un poco más.
—Vale.
—No quiero estar con él.
—Ya.
—No me arrepiento.
—Ya.
—Pero me siento como una mierda.
Marc bajó la cabeza hacia mí.
—¿Por qué?
—Porque le he hecho daño.
—Jenn...
—Ya sé que no podía seguir viéndolo por no hacérselo.
—Entonces no te lo voy a decir.
Levanté los ojos.
—Gracias.
—De nada.
Volví a esconderme contra él. Marc dejó la mejilla sobre mi cabeza. Nos quedamos callados. Eso necesitaba. No que me convenciera de que había hecho bien. Ya lo sabía. Solo necesitaba estar triste un rato.
Marc me dejó.
—Me preguntó si había alguien más.
Habían pasado varios minutos. Marc movió ligeramente la cabeza.
—¿Y qué le dijiste?
—La verdad.
Noté cómo se tensaba bajo mi mejilla. Me incorporé. Marc me miró.
—¿Qué verdad?
—Que había pasado algo.
—Ah.
—El sábado.
—Ah.
Lo observé.
—Y me preguntó con quién.
Marc se quedó completamente quieto.
—Ah.
No pude evitar una sonrisa pequeña.
—Tienes un vocabulario increíble.
—Estoy procesando.
—Ya.
—¿Y...?
Esperé.
—¿Y qué?
—¿Se lo dijiste?
—Sí.
Marc cerró los ojos un instante.
—Joder.
—¿Qué?
—Nada.
—Marc.
Abrió los ojos.
—¿Cómo se lo tomó?
—Mal.
Su expresión cambió.
—¿Te dijo algo?
—No mal conmigo.
Marc relajó apenas los hombros. Lo vi.
—No ha hecho nada.
—Vale.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—No estoy poniendo ninguna cara.
—Te conozco.
—Desgraciadamente.
Le di un pequeño golpe en el pecho.
—Gilipollas.
Marc atrapó mi mano antes de que pudiera apartarla. Y entonces la vio. El anillo. Su pulgar pasó automáticamente sobre las letras.
Guns N' Roses.
Lo observé hacerlo. Exactamente igual que en el bar. Solo que esta vez Gabriel no estaba delante haciendo un estudio de campo.
—Por cierto —dije.
Marc levantó los ojos.
—¿Qué?
—Gabriel sabe algo.
Marc soltó aire por la nariz.
—Sí.
Me incorporé del todo.
—¿Cómo que sí?
—Jenn.
—¿Qué?
—Ayer parecía un puto búho.
Me eché a reír.
—Carlos también se ha dado cuenta.
—¿De qué?
—De que Gabriel preguntó quién me llevó a casa por algo.
Marc negó con la cabeza.
—Qué hijo de puta.
—Eso he dicho yo.
—¿Y Carlos?
La risa se me apagó.
—Carlos...
Miré nuestras manos. Marc seguía sosteniendo la mía.
—Me preguntó si tú sabías que iba a verlo.
—No.
—Eso le dije.
—Vale.
—También me preguntó si me habías pedido que dejara de verlo.
Marc frunció el ceño.
—¿Qué?
—Y si habías hablado conmigo sobre él. Si me habías preguntado qué iba a hacer.
—No he hecho nada de eso.
—Lo sé.
Marc me miró durante unos segundos.
—¿Por qué te lo preguntó?
Tragué saliva.
—Porque creo que necesitaba saber si esto había sido decisión mía.
Su pulgar dejó de moverse sobre el anillo.
—¿Y lo ha sido?
—Sí.
No dudé. Marc bajó los ojos hacia nuestras manos.
—Vale.
Solo eso. Pero aquella vez su «vale» sonó diferente. Me quedé mirándolo.
—¿Quieres saber por qué?
Volvió a levantar la vista.
—Solo si quieres contármelo.
Joder. Solté aire despacio.
—Ayer Carlos me besó.
Marc no hizo absolutamente nada. Nada. Excepto que su mano se quedó completamente inmóvil alrededor de la mía.
—Vale.
—Cuando llegué al bar.
—Vale.
—No sabía nada.
—Ya.
—Para él era normal.
Marc asintió.
—Claro.
Me observó. Esperó.
—Y me sentó mal.
Sus ojos se quedaron en los míos.
—¿Mal?
—Sí.
—¿Porque no querías?
Pensé.
—También.
Marc no apartó la mirada.
—Pero sobre todo porque sentí que estaba haciendo algo que no debía.
Frunció ligeramente el ceño.
—Jenn, nosotros no habíamos hablado de...
—Ya lo sé.
—No me debes...
—Ya lo sé.
Se calló. Apreté un poco sus dedos.
—Ese es el problema.
—¿Qué problema?
Miré nuestras manos. El anillo entre ellas. Después a él.
—Que no necesitaba deberte nada.
Marc se quedó quieto. Completamente. Y durante unos segundos no dijo una palabra. Yo tampoco. No hacía falta.
Su mirada bajó hacia mi boca. Volvió a mis ojos.
—Joder.
Sonreí apenas.
—Sí.
—¿Eso significa...?
—No sé qué significa.
—Vale.
—Solo sé que no quiero besar a otro.
La frase salió antes de que pudiera pensarla demasiado. Marc dejó de respirar. O eso pareció. Yo tampoco estaba mucho mejor.
—Ah —dijo.
Me eché a reír.
—Otra vez «ah».
—Cállate un momento.
—Vale.
Marc miró hacia abajo. Después otra vez a mí. Parecía genuinamente cortocircuitado. Y me gustó demasiado.
—¿Tú sí? —pregunté.
Levantó una ceja.
—¿Yo sí qué?
—¿Quieres besar a otras?
—No.
Demasiado rápido. Sonreí. Marc entrecerró los ojos.
—No te rías.
—No me estoy riendo.
—Te veo.
—Has contestado muy rápido.
—Porque era fácil.
La sonrisa desapareció sola. Marc también dejó de bromear.
—Era muy fácil —repitió.
Nos miramos. Y aquello fue todo. No hubo una conversación sobre exclusividad. Ni una definición. Ni una nueva promesa. No hizo falta.
Marc levantó nuestra mano entre los dos. Miró el anillo.
—Estamos gestionando esto en un orden de mierda.
Solté una carcajada.
—Muchísimo.
—Primero nos prometemos.
—Sí.
—Después nos besamos.
—Sí.
—Y tres días más tarde descubrimos que no queremos besar a nadie más.
—Sí.
Marc asintió muy serio.
—Bien.
—Perfectamente normal.
—Impecable.
Me acerqué.
—¿Y ahora?
Marc miró mi boca.
—Creo que esta parte sí la sabemos.
—Maybe.
Sonrió. Y me besó. No con prisa. No para celebrar nada. Ni para borrar a Carlos. Solo un beso. Su mano siguió alrededor de la mía. El anillo atrapado entre nuestros dedos.
Y por primera vez desde que había salido del bar dejé de sentir aquel peso en el pecho. No desapareció. Carlos seguía doliendo. Seguramente dolería un tiempo. Pero aquello podía existir al mismo tiempo. La tristeza por algo que terminaba. Y la certeza de algo que acababa de empezar.
Aunque lo hubiéramos empezado, como dos completos imbéciles, por el matrimonio.
El beso terminó despacio. No nos separamos del todo. Marc seguía cerca. Mucho. Su frente rozó la mía. Yo todavía tenía una mano agarrada a su camiseta. La otra seguía entre sus dedos. Durante unos segundos ninguno dijo nada. No hacía falta.
Hasta que mi cerebro decidió volver a funcionar.
Mala idea.
—Entonces...
Marc abrió los ojos.
—¿Qué?
—Nada.
—No.
Sonreí.
—¿No qué?
—Has dicho «entonces».
—¿Y?
—Después de «entonces» viene algo.
—No siempre.
—Jenn.