La ley del rock Capítulo 21 - Era fácil
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Capítulo 21 - Era fácil

Era fácil

El martes pasó demasiado rápido. Eso fue una putada. A las nueve de la mañana todavía podía fingir que faltaba muchísimo. A las doce, bastante. A las cuatro empecé a mirar la hora más de lo necesario. A las seis y media ya no tenía sentido engañarme. Había quedado con Carlos a las siete y media .

Me duché. Me vestí. Me cambié de camiseta. Volví a ponerme la primera. Me miré en el espejo. No iba a una cita. Aquello no era una cita. Y precisamente por eso no sabía por qué coño estaba tan nerviosa.

El móvil vibró sobre la cama. Lo cogí.

Marc · Acabo de descubrir que Adrián no sabe usar una cafetera.

Sonreí.

Eso es mentira.   · Yo

Marc · Ha preguntado cuánto café había que poner.

Eso no demuestra nada.   · Yo

Marc · Jenn.

¿Qué?   · Yo

Marc · Ha llenado el filtro entero.

Me eché a reír.

Retiradle la custodia.   · Yo

Marc · Ya está hecho.

Pobre Adri.   · Yo

Marc · No le defiendas.

Siempre.   · Yo

Marc · Divorcio.

Miré mi mano. El anillo. Sonreí.

No puedes.   · Yo

La respuesta tardó tres segundos.

Marc · ¿Por qué?

Ley del rock.   · Yo

Marc · Hija de puta.

Me reí. Y durante unos segundos se me olvidó la hora. Hasta que la miré. Las siete menos cuarto. La sonrisa desapareció poco a poco.

Marc · ¿Qué haces?

Me quedé mirando la pregunta. Podía decírselo. Voy a ver a Carlos. No había ninguna razón para ocultárselo. Pero tampoco sentía que tuviera que avisarle. Aquella conversación era entre Carlos y yo. Y quería que siguiera siendo así.

Voy a salir un rato.   · Yo

Marc · Vale.

Nada más. Ni dónde. Ni con quién. Ni para qué. Sonreí ligeramente.

Luego hablamos.   · Yo

Marc · Claro.

Dejé el móvil. Cogí las llaves. Y salí.

Carlos ya estaba allí cuando llegué. Sentado en una mesa apartada.

Tenía una cerveza delante. Otra silla enfrente.

Me vio acercarme. Sonrió. Pero no se levantó.

No vino hacia mí. No me besó. No intentó tocarme.

Y supe inmediatamente que aquel mensaje del día anterior había hecho exactamente lo que hacen todos los mensajes que contienen las palabras «hablar contigo».

Joderlo todo con veinticuatro horas de antelación.

—Hola.

—Hola.

Me senté frente a él. Carlos miró hacia la barra.

—¿Quieres algo?

—Una cerveza.

Hizo un gesto al camarero. No fue a buscarla él. Aquello también se sintió distinto. Esperamos. Yo jugué con las llaves sobre la mesa. Carlos las miró. Después me miró a mí.

—No quieres cenar.

No era una pregunta. Negué.

—No.

Asintió despacio. El camarero dejó la cerveza delante de mí. Le di las gracias. Carlos esperó a que se alejara.

—Vale.

Cogí el vaso. No bebí. Había pensado muchas veces qué decir. Ninguna frase parecía servir ahora.

—Carlos...

—No quieres que vayamos más despacio.

Levanté la mirada. Él estaba mirando su cerveza. Me quedé callada. Carlos pasó un dedo por la humedad del vaso.

—Porque ya hemos hecho eso.

Tragué saliva.

—Sí.

Asintió. No parecía enfadado. Eso lo hacía peor.

—Pensaba que era eso —dije.

Carlos levantó los ojos.

—¿El qué?

—Que ibas demasiado rápido.

Esperó.

—Y sí que ibas demasiado rápido.

Una pequeña sonrisa apareció en su cara.

—Gracias.

—Sabes a qué me refiero.

—Sí.

La sonrisa desapareció.

—Te pedí que frenáramos.

—Y frené.

—Sí.

—Bastante.

—Mucho.

Carlos asintió otra vez. Bajé la mirada hacia mi cerveza.

—Y no cambió nada.

Silencio. No necesitaba explicarlo mejor. Carlos tampoco necesitaba que lo hiciera. Se reclinó ligeramente en la silla. Miró hacia algún punto detrás de mí.

—Ya.

—Lo siento.

—No.

Lo miré.

—¿No qué?

—No hagas eso todavía.

Fruncí el ceño. Carlos soltó aire.

—Déjame entenderlo primero.

Asentí. No dije nada. Pasaron unos segundos. Quizá más. El ruido del bar siguió alrededor. Conversaciones. Vasos. Una máquina de café. Carlos volvió a mirarme.

—¿Desde cuándo lo sabes?

Pensé la respuesta.

—No lo sé.

—Jenn.

—En serio.

Apoyé los antebrazos sobre la mesa.

—Llevaba un tiempo sintiendo que esto no iba...

Busqué la palabra.

—...a llegar.

Carlos apretó ligeramente la mandíbula.

—¿A llegar dónde?

—A donde tú querías.

No respondió.

—Y pensé que si bajábamos el ritmo...

—Tú llegarías.

Asentí.

—Sí.

Carlos sonrió. Pero no había humor.

—Y no has llegado.

Negué despacio.

—No.

Silencio otra vez. Esta vez más largo. Carlos cogió su cerveza. Bebió. Yo hice lo mismo. Necesitaba hacer algo con las manos.

—No has hecho nada mal —dije.

Carlos dejó el vaso.

—Eso tampoco ayuda mucho.

—Ya.

—Casi preferiría haber hecho algo mal.

Lo miré.

—Sería más fácil.

—Sí.

No supe qué responder. Carlos bajó los ojos. Y entonces miró mi mano. No el anillo. O quizá sí. No pude saberlo. Yo tenía los dedos alrededor del vaso. Los aparté. No porque quisiera esconderlo. Solo porque de repente fui demasiado consciente de él.

Carlos volvió a mirarme.

—¿Hay alguien más?

Ahí estaba. Sentí el corazón golpearme una vez con fuerza. No aparté los ojos.

—Ha pasado algo.

Carlos se quedó inmóvil.

—¿Con alguien?

—Sí.

Su cara cambió. Muy poco. Pero cambió. Miró hacia un lado. Después hacia mí.

—¿Cuándo?

Podía haber dado vueltas. Podía haber explicado meses de cosas que ni siquiera yo había entendido hasta hacía tres días. Pero la respuesta real era sencilla.

—El sábado.

Carlos no reaccionó inmediatamente. Sábado. Vi cómo la palabra encontraba sitio. Mercadillo. Él marchándose. Yo quedándome. Sus ojos volvieron a los míos.

—Después de que me fuera.

—Sí.

Silencio.

—¿Pasó algo antes?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

Esta vez no dudé.

—No sabía que iba a pasar nada. Ni siquiera sabía que había algo que pudiera pasar.

Carlos me sostuvo la mirada.

—Pero pasó.

—Sí.

Cogió su vaso. No bebió.

—¿Quién?

Mi estómago se cerró. No porque dudara si decírselo. Porque sabía exactamente qué iba a provocar el nombre. Aun así, no tenía sentido mentir. Ni esconderlo. Carlos merecía saberlo por mí.

—Marc.

Nada. Absolutamente nada. Carlos ni siquiera parpadeó durante un segundo. Después dejó el vaso sobre la mesa. Muy despacio.

—Marc.

—Sí.

Miró hacia abajo. Volvió a coger el vaso. Lo soltó sin beber.

—Joder.

No dije nada. Carlos se pasó la lengua por el interior de la mejilla. Su mirada se perdió otra vez. Y vi perfectamente el momento en que empezó a reconstruir. No sabía qué escenas. No sabía qué recuerdos. Pero lo vi.

—El sábado te llevó él a casa.

—Sí.

Carlos soltó una risa breve. Seca.

—Claro.

—Carlos...

—No.

Levantó una mano. Me callé. No parecía enfadado conmigo. Todavía no sabía exactamente qué parecía.

—Por eso preguntó Gabriel.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

Carlos levantó la mirada.

—Ayer.

Tardé un segundo. El bar. Gabriel. ‘El sábado, ¿llevaste tú a Jenn a casa?’

Hostia.

Carlos negó despacio.

—Hijo de puta.

No pude evitarlo. Se me escapó una risa. Pequeña. Completamente fuera de lugar. Carlos me miró. Me tapé la boca.

—Perdón.

Y, para mi sorpresa, Carlos soltó aire por la nariz. Casi una risa.

—No. Si encima tiene gracia.

—Un poco.

—El cabrón ya lo sabía.

—No sabe nada.

Carlos me miró.

—Jenn.

Pensé en el mensaje de Gabriel.

‘Buenas noches.

¿Qué?

Nada.

Ya.’

—Vale. Algo sabe.

Carlos negó con la cabeza. Durante un instante aquello alivió algo. Muy poco. Después volvió el silencio.

Carlos me miró otra vez.

—¿Marc sabía que venías a verme hoy?

—No.

La respuesta pareció sorprenderlo.

—¿No?

—No.

—¿No se lo has dicho?

—No.

—¿Por qué?

Me encogí ligeramente de hombros.

—Porque esto es entre tú y yo.

Carlos se quedó callado.

—¿Te ha pedido que dejes de verme?

—No.

—¿Te ha dicho algo de mí?

—No.

—¿Te ha preguntado qué vas a hacer?

—No.

Negué.

—No me ha pedido nada.

Carlos bajó la mirada. Asintió una vez. Después otra. Y entonces se rio. No porque tuviera gracia.

—Entonces sí que estoy jodido.

Sentí algo apretarme el pecho.

—Carlos...

—No.

Esta vez me miró.

—Porque si te lo hubiera pedido él, podría cabrearme con él.

No dije nada.

—Podría pensar que se ha metido donde no debía. Que te ha presionado. Que ha esperado a que yo me fuera para...

Se calló. Apretó la mandíbula.

—Pero no te ha pedido nada.

—No.

—Y tú estás aquí.

—Sí.

Carlos sostuvo mi mirada.

—Porque quieres.

Tragué saliva.

—Sí.

Aquello dolió. Se notó. En su cara. En la forma en que apartó los ojos. En el silencio que vino después. No había manera bonita de hacerlo. Ni una frase que convirtiera aquello en algo que no doliera.

Carlos había intentado adaptarse a mí. Había frenado. Había dejado espacio. Había seguido apareciendo. Y no había bastado. No porque le faltara nada. Simplemente porque yo no estaba allí. Quizá nunca había estado.

—Lo siento —dije.

Esta vez no me detuvo. Carlos se quedó mirando el vaso.

—Yo también.

Sentí un nudo en la garganta.

—No quería hacerte daño.

—Ya.

—De verdad.

—Lo sé.

Levantó la mirada.

—Ese es otro problema.

—¿Cuál?

—Que lo sé.

Sonrió ligeramente. Triste.

—Sería más fácil si fueras una hija de puta.

Solté una risa que salió bastante peor de lo que pretendía.

—Puedo intentarlo.

Carlos sonrió un poco más.

—No te sale.

—Dame tiempo.

—No.

Negó.

—Creo que de tiempo ya hemos hablado bastante.

La sonrisa se me fue.

—Sí.

Nos quedamos mirándonos. Y ahí estaba. El final. Sin gritos. Sin reproches. Sin nadie levantándose de la mesa. Mucho más triste de lo que habría imaginado.

Carlos extendió una mano. Durante un segundo pensé que iba a coger la mía. No lo hizo. Solo tocó las llaves que seguían sobre la mesa y las empujó suavemente hacia mí.

—No las pierdas.

Miré las llaves. Después a él.

—No.

Cogí aire.

—Carlos...

—Vete, Jenn.

Levanté la mirada. No lo dijo mal. Ni enfadado. Solo cansado.

—¿Seguro?

Asintió.

—Sí.

Me levanté despacio. Cogí las llaves. La cerveza seguía casi entera. Carlos no se movió. Di un paso. Me detuve.

—Gracias.

Frunció ligeramente el ceño.

—¿Por qué?

Había demasiadas respuestas. Por buscarme. Por cuidarme. Por intentarlo. Por escuchar cuando le pedí que frenara. Por no hacerme pagar que ni siquiera eso hubiera sido suficiente.

—Por todo.

Carlos bajó la mirada. Asintió.

—Cuídate.

—Tú también.

Me giré. Caminé hacia la salida. No miré atrás. Aunque quise hacerlo. Mucho.