La ley del rock Capítulo 20 - Sigue ahí #4
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Capítulo 20 - Sigue ahí #4

Solo sentí una especie de alivio.

Como si mi cuerpo hubiera estado esperando exactamente eso.

Le agarré la camiseta. Marc llevó una mano a mi nuca. La otra encontró mi cintura.

Y durante unos segundos se me olvidó por completo que estaba cansado.

A él pareció olvidársele también.

Hasta que el beso empezó a cambiar.

Muy poco.

Pero lo suficiente.

Su mano se cerró algo más en mi cintura. Mis dedos se hundieron en su pelo. Su cuerpo se acercó al mío.

Y apareció.

El deseo.

Directo. Claro. Mucho más fácil de reconocer ahora que ya no teníamos que fingir que aquello entre nosotros era otra cosa.

Me separé apenas. Marc también.

Nos miramos.

Respirábamos algo más rápido.

—Vale —murmuré.

—Sí.

Ninguno se apartó.

Mala idea.

Muy mala idea.

Marc bajó los ojos hacia mi boca.

—Debería irme.

—Sí.

—En serio.

—Ya.

No se movió.

—Marc.

—¿Qué?

—Tu casa está ahí.

Miró en dirección a su portal. Después volvió a mirarme.

—Lejos.

Me eché a reír.

—Vete.

—Estoy intentándolo.

—Pues fatal.

—No ayudas.

Sonreí.

—No estoy haciendo nada.

Marc entrecerró los ojos.

—Eso también era mío.

—Ahora es nuestro.

Negó con la cabeza.

Me dio un beso. Corto. Después otro.

—Ese era el último —dijo.

—Vale.

Me besó otra vez.

Me eché a reír contra su boca.

—Eres gilipollas.

—Ahora sí.

Se apartó por fin. Un paso. Dos.

Yo seguía delante del portal. Él seguía delante de mí.

—Doce minutos —dije.

Marc sacó el móvil y miró la hora.

—Hostia.

—Cinco.

—Ha habido incidencias.

—Claro.

—El protocolo.

—Vete a dormir.

Guardó el móvil.

—Mañana hablamos.

Aquello no sonó exactamente como una afirmación.

Lo miré.

Y entendí.

Todavía era nuevo para él también. Todavía necesitábamos comprobar que aquello seguiría existiendo mañana.

—Claro.

Asintió.

—Vale.

Dio un paso hacia atrás.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Otro.

Lo observé. Marc hizo lo mismo.

—Marc.

Se detuvo.

—¿Qué?

Me acerqué otra vez. Él sonrió antes siquiera de que llegara.

—No te rías.

—No me estoy riendo.

—Te veo.

Lo agarré de la camiseta y lo besé. Una vez. Corto.

Cuando lo solté, retrocedí.

—Ahora sí.

—¿Seguro?

—Vete.

Se rio.

Empezó a caminar hacia su portal. Yo abrí la puerta del mío.

—Jenn.

Me giré.

Marc también se había girado. Estábamos a unos metros de distancia.

—¿Qué?

Se quedó mirándome. Un segundo. Dos.

Después negó con la cabeza.

—Nada.

Sonreí.

—Ya.

Marc sonrió también.

Entré.

Y mientras cerraba la puerta detrás de mí pensé que aquello era probablemente lo más absurdo de todo.

Habíamos pasado meses siendo vecinos. Marc había estado ahí. A unos metros. Todo aquel tiempo.

Y ahora la distancia entre su portal y el mío me parecía demasiado larga.

El lunes por la mañana me desperté con una certeza.

No había desaparecido. No se había hecho más pequeña. Si acaso, después de ver a Marc la noche anterior, estaba todavía más clara.

Tenía que hablar con Carlos.

No dentro de una semana. No cuando apareciera el momento perfecto.

Pronto.

Cogí el móvil. Su mensaje seguía allí.

¿Cena el martes?

Me quedé mirándolo.

Esta vez no borré nada.

Mañana puedo verte, pero prefiero que no vayamos a cenar.   · Yo

¿Podemos tomar algo y hablar?

Lo envié.

El corazón empezó a latirme algo más rápido. No porque dudara.

Precisamente porque no dudaba.

Carlos tardó unos minutos.

Carlos · Claro.

¿Todo bien?

Miré la pregunta.

No quería hacerlo por mensaje.

Sí. Prefiero hablarlo contigo en persona.   · Yo

Esta vez tardó más.

Carlos · Vale.

Paso a buscarte a las 19:30.

Me quedé mirando aquello.

Paso a buscarte.

Siempre pasaba a buscarme.

Negué ligeramente.

Voy yo. Dime dónde.   · Yo

Tres puntos.

Carlos · ¿Seguro?

Sí.   · Yo

Me dio el nombre de un sitio. Quedamos allí.

Dejé el móvil sobre la mesa.

Ya estaba.

Martes.

No sabía exactamente qué iba a decirle.

Pero sabía qué no iba a hacer.

No iba a darle falsas esperanzas. No iba a decirle que necesitaba tiempo. No iba a pedirle que redujera todavía más el ritmo.

Eso ya lo habíamos intentado.

Y durante un tiempo había pensado que quizá ese era el problema. Que Carlos iba demasiado deprisa. Que si bajaba la velocidad yo terminaría alcanzándolo.

Pero había bajado la velocidad.

Y no había servido.

Porque el problema nunca había sido solo la velocidad.

Me quedé quieta.

Pensé en Marc. En su mano buscando la mía en el mercadillo. En su cara cuando le dije que no me quitaría el anillo. En él apareciendo después de trabajar solo para verme cinco minutos.

Doce.

Sonreí.

No.

Yo no tenía que alcanzar a Carlos.

Llevaba meses caminando al lado de otra persona.

Solo que no me había dado cuenta.

El grupo empezó a moverse aquella misma tarde.

Adrián · ¿Cerveza?

Gabriel · Sí.

Carlos · Puedo un rato.

Marc · Yo también.

Miré los mensajes.

Cuatro respuestas.

Faltaba una.

Adrián · Jenn.

¿Qué?   · Yo

Adrián · No te hagas la loca.

Estaba trabajando.   · Yo

Adrián · Mentira.

Demuestra lo contrario.   · Yo

Gabriel · Está escribiendo demasiado rápido para estar trabajando.

Tú cállate.   · Yo

Gabriel · Vale.

Sonreí.

¿Dónde?   · Yo

Adrián mandó la ubicación de un bar al que ya habíamos ido alguna vez.

Marc · A las 8?

Carlos · Por mí bien.

Gabriel · Sí.

Adrián · Jenn?

¿QUÉ?   · Yo

Adrián · Nada.

Os odio.   · Yo

Adrián · A las 8 entonces.

Dejé el móvil.

Y durante unos segundos no pensé absolutamente nada.

Hasta que pensé.

Marc.

Carlos.

Juntos.

—Ah.

Perfecto.

Llegué unos minutos después de las ocho. Carlos ya estaba allí. Gabriel también. Adrián ocupaba demasiado espacio para una sola persona, como siempre.

Marc no había llegado.

Me acerqué a la mesa.

—Buenas.

Adrián levantó la cabeza.

—Hombre.

—¿Qué?

—Existe.

—Vete a la mierda.

Me senté.

Carlos sonrió.

—Hola.

—Hola.

Se inclinó hacia mí.

Y me besó.

Fue corto. Normal. El mismo gesto que había repetido otras veces sin pensar siquiera en él.

Solo que esta vez sí pensé.

En cuanto sus labios tocaron los míos.

No me aparté.

Pero tampoco respondí igual.

Fue apenas un segundo.

Carlos se separó. Y yo bajé la mirada hacia la mesa.

Algo se me cerró por dentro.

Joder.

Era exactamente lo que había pensado aquella tarde.

No estaba haciendo nada malo. Carlos y yo no éramos pareja. Marc y yo ni siquiera habíamos hablado de qué éramos ahora. Nadie me había pedido exclusividad. Nadie me había pedido nada.

Y aun así...

Me había sentado mal.

Como si aquellos labios ya no debieran estar ahí.

Como si besar a Carlos fuera cruzar una línea que nadie había dibujado.

—¿Qué quieres? —preguntó.

—Una cerveza.

—Voy.

—No hace falta.

Carlos ya se había levantado.

—Voy yo.

Lo vi alejarse hacia la barra.

Gabriel estaba mirándome.

—¿Qué?

Cogió su cerveza.

—Nada.

—Pues deja de mirarme.

—No te estaba mirando.

—Sí.

—Vale.

Bebió.

Entrecerré los ojos.

—Qué raro eres.

—Mucho.

Adrián ni siquiera levantó la cabeza del móvil.

—No le hagas caso.

—Gracias.

—A ninguno de los dos, en realidad.

—También.

Carlos volvió con mi cerveza.

—Gracias.

—De nada.

La dejó delante de mí.

Y entonces apareció Marc.

Lo vi antes de que llegara a la mesa.

Camiseta negra. Vaqueros. Pelo suelto. Las manos en los bolsillos.

Levantó la cabeza.

Me encontró.

Y sonrió.

Fue pequeño.

Nada.

Una sonrisa que cualquiera habría podido ignorar.

Yo no.