La ley del rock Capítulo 20 - Sigue ahí #3
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Capítulo 20 - Sigue ahí #3

Aquello empezaba a resultar peligrosamente fácil.

Demasiado.

Su mano llegó a mi cintura. La otra subió por mi espalda. Me acerqué más. Marc soltó aire contra mi boca.

Y durante unos segundos olvidé por completo que tenía que trabajar.

Creo que él también.

Hasta que el beso cambió.

Muy poco.

Pero lo suficiente.

Su mano se cerró algo más en mi cintura. Mis dedos se hundieron en su pelo. Sentí su cuerpo pegado al mío.

Y apareció.

El deseo.

Directo. Claro. Sin ninguna posibilidad de confundirlo con otra cosa.

Me separé apenas. Marc también.

Nos miramos.

Respirábamos algo más rápido.

—Vale —murmuré.

—Sí.

Ninguno se apartó.

Mala idea.

Muy mala idea.

Marc bajó los ojos hacia mi boca.

—Tengo que trabajar.

—Sí.

—En serio.

—Ya.

No se movió.

—Marc.

—¿Qué?

—Vete.

—Estoy intentándolo.

—Pues fatal.

—No ayudas.

Sonreí.

—No estoy haciendo nada.

Marc entrecerró los ojos.

—Eso también era mío.

—Ahora es nuestro.

Negó con la cabeza.

Me dio un último beso. Corto. Después otro.

—Ese era el último —dijo.

—Vale.

Me besó otra vez.

Me eché a reír contra su boca.

—Eres gilipollas.

—Ahora sí.

Se apartó por fin. Dos pasos. Suficientes para que ambos recuperáramos un mínimo de sentido común.

Marc cogió sus cosas. Yo lo acompañé hasta la puerta.

La abrió. Se giró.

—Luego te escribo.

—Vale.

Volvió a mirarme.

No se iba.

—Marc.

—¿Qué?

—Son casi la una.

—Ya.

—Tienes que comer.

—Ya.

—Y trabajar.

—También.

—Pues...

Hice un gesto hacia el pasillo. Marc miró hacia allí. Después a mí.

—Qué borde.

—Estoy intentando conservar tu empleo.

—Gracias.

—De nada.

Sonrió.

Y entonces bajó la vista. A mi mano. Otra vez.

Seguí su mirada.

El anillo.

—Sigue ahí —dije.

—Estoy comprobando.

—¿Cada cuánto vas a comprobarlo?

Marc se encogió de hombros.

—No sé.

Sonreí.

—Pues acostúmbrate.

Levantó los ojos.

Hubo un segundo de silencio. Uno de esos nuevos. De los que ya no necesitábamos llenar.

Marc se inclinó y me besó en la frente.

—Luego hablamos.

—Vale.

Salió.

—Marc.

Se giró.

No sabía para qué lo había llamado.

Otra vez.

Sonreí.

—Nada.

Marc me sostuvo la mirada.

—Ya.

Y se fue.

Cerré la puerta. Me quedé apoyada contra ella.

Silencio.

Miré al frente. Después hacia abajo.

Mi mano.

Sonreí.

—Hostias.

La casa se quedó demasiado quieta. Recogí lo que quedaba del desayuno. Puse un par de cosas en su sitio. Me duché. Contesté algunos mensajes que llevaba ignorando desde por la mañana.

Hice cosas.

O fingí hacerlas.

Porque de vez en cuando miraba el móvil.

Marc no había escrito.

Normal. Estaba trabajando. Lo sabía. No tenía ningún motivo para mirar la pantalla cada cuatro minutos.

La miré otra vez.

Nada.

—Patética.

Dejé el móvil boca abajo.

Duró así bastante poco.

A las cuatro y algo vibró. Lo cogí demasiado rápido.

No era Marc.

Carlos.

Me quedé mirando su nombre. Algo dentro de mí cambió. No fue brusco. Ni siquiera desagradable.

Simplemente... distinto.

Abrí el mensaje.

Carlos · ¿Cómo sobreviviste ayer sin mí?

Sonreí un poco. Era una broma. Normal. Muy Carlos.

Escribí:

Por los pelos.

Me quedé mirando la respuesta. Antes de enviarla llegó otro mensaje.

Carlos · Te compenso esta semana.

¿Cena el martes?

Mis dedos se quedaron quietos sobre la pantalla.

Cena.

Carlos pasaría a buscarme. Seguramente abriría la puerta del coche para mí. Me llevaría a algún sitio bonito. Hablaríamos. Se sentaría cerca. Me pondría la mano en la cintura.

Quizá me besaría.

La imagen apareció en mi cabeza.

Y algo se cerró dentro de mí.

No.

Fruncí ligeramente el ceño. Volví a leer el mensaje.

¿Cena el martes?

Hacía dos días probablemente habría aceptado. O habría buscado una excusa porque últimamente sus planes empezaban a pesarme demasiado.

Pero aquello era diferente.

No quería ir.

Y no era por la cena. Ni por el sitio. Ni porque Carlos hubiera vuelto a acelerar.

Era él.

Era yo.

Era Marc.

Miré mi mano. El anillo seguía en mi dedo. Lo giré con el pulgar.

Pensé en Carlos besándome.

Y la sensación fue inmediata.

No culpa.

No exactamente.

Carlos y yo no éramos pareja. Nunca habíamos acordado exclusividad. Nunca le había prometido nada. No le estaba siendo infiel.

Pero aun así...

No.

Dejé el móvil sobre la mesa. Me levanté. Di dos pasos. Volví. Lo cogí otra vez.

El mensaje seguía allí.

Y entonces lo entendí.

No quería besar a Carlos. No quería que me tocara como antes. No quería acostarme con él.

No porque ahora tuviera que ser fiel.

Nadie me había pedido eso.

Marc no me había pedido absolutamente nada.

Ni siquiera sabíamos qué coño éramos.

Pero imaginar la boca de Carlos sobre la mía después de haber besado a Marc...

Me revolvía algo por dentro.

Como si estuviera haciendo algo que no debía.

Como si estuviera traicionando algo que acababa de encontrar.

A alguien.

Me quedé completamente quieta.

Joder.

Eso sí era nuevo.

Porque no sentía que pudiera serle infiel a Carlos.

Sentía que podía serle infiel a Marc.

A Marc.

Con quien llevaba menos de veinticuatro horas sabiendo que había algo. Con quien no tenía ninguna relación definida. Con quien, técnicamente, solo había compartido unos cuantos besos.

Bueno.

Y una pedida de matrimonio.

Miré el anillo.

—Esto no ayuda.

El anillo no respondió.

Cobarde.

Volví al mensaje.

No quería ignorar a Carlos. Tampoco quería solucionar aquello por WhatsApp. No se lo merecía.

Escribí:

¿Podemos vernos esta semana? Quiero hablar contigo.

Lo leí.

Sonaba horrible.

Como todos los mensajes que contenían «quiero hablar contigo» desde el principio de los tiempos.

Lo borré.

Escribí otra cosa.

La borré también.

Solté aire.

No sabía cómo hacerlo todavía.

Pero sí sabía una cosa.

No iba a aceptar aquella cena. No iba a quedar con Carlos como si el sábado no hubiera pasado. No iba a besar a uno pensando en otro.

Y, sobre todo, no quería hacerlo.

Eso era lo que más me impresionaba.

No era una norma.

Era una elección.

Miré otra vez mi mano.

Tres euros.

Veinticinco céntimos.

Qué puta ruina me estaba saliendo el anillo.

A las diez y siete de la noche vibró el móvil.

Esta vez sí era Marc.

Lo abrí.

Marc · He sobrevivido.

Sonreí.

Enhorabuena.   · Yo

Marc · Gracias.

¿Ha sido duro?   · Yo

Marc · Muchísimo.

Pobrecito.   · Yo

Marc · He tenido que trabajar.

Qué abuso.   · Yo

Marc · Y pensar.

Me quedé mirando aquella última frase.

Eso sí que es grave.   · Yo

Marc · No estoy acostumbrado.

Se nota.   · Yo

Aparecieron los tres puntos.

Marc · ¿Tú qué tal?

Miré la pantalla. La pregunta era sencilla. La respuesta no tanto.

Pensé en Carlos. En su mensaje. En la cena que todavía no había aceptado ni rechazado. En todo lo que había entendido aquella tarde.

Escribí:

Bien.

Lo borré.

He pensado también.   · Yo

Marc · Mala señal.

Mucho.   · Yo

Esta vez tardó un poco.

Marc · ¿Mal?

Miré el anillo.

No.   · Yo

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Marc · Bien.

Sonreí.

Otra vez aquello.

Aquella forma absurda de entendernos diciendo prácticamente nada.

Marc · Estoy saliendo.

¿Cansado?   · Yo

Marc · Sí.

Vete a casa.   · Yo

Los tres puntos aparecieron.

Marc · Vale.

Fruncí el ceño.

Eso había sido demasiado fácil.

Esperé.

Nada.

Dejé el móvil.

Volvió a vibrar.

Marc · Aunque podría pasar cinco minutos.

Me eché a reír.

Sabía que había trampa.   · Yo

Marc · Solo cinco.

Trabajas mañana.   · Yo

Marc · Sí.

Y llevas despierto desde demasiado pronto.   · Yo

Marc · También.

Y son casi las diez y media.   · Yo

Marc · Jenn.

¿Qué?   · Yo

Marc · Cinco minutos.

Miré la pantalla. Podía decirle que no. De hecho, probablemente debía.

Marc tenía que conducir hasta su casa. Ducharse. Cenar. Dormir. Ser una persona funcional.

Vale.   · Yo

Perfecto.

Gran ayuda por mi parte.

No fueron cinco minutos.

Por supuesto.

Cuando bajé, Marc ya estaba esperando delante de mi portal. Todavía llevaba la ropa del trabajo. El pelo suelto. Algo revuelto después de todo el día.

Parecía cansado.

Mucho.

Y aun así sonrió en cuanto salí.

Aquello me hizo algo por dentro.

—Cinco minutos —dije.

—Cinco.

—Ni uno más.

—Soy un hombre de palabra.

—Claro.

La puerta del portal se cerró detrás de mí.

Nos miramos.

Y volvió a ocurrir.

Ese segundo extraño en el que todavía parecía que teníamos que recordar qué hacíamos ahora.

Marc abrió un poco los brazos.

Me eché a reír.

—¿Otra vez?

—Protocolo.

—Pensaba que ya lo habíamos establecido.

—Está en desarrollo.

Me acerqué.

Marc me abrazó. Fuerte.

Cerré los ojos.

Olía diferente. A trabajo. A calle. A él.

Apoyé la cara contra su pecho.

—Estás reventado.

—Un poco.

—Pues vete a casa.

Me apretó más.

—Acabo de llegar.

—Era una observación.

—Pues observa en silencio.

Sonreí contra su camiseta.

Nos quedamos así. Sin hablar. En mitad de la acera.

Y pensé en aquella tarde. En el mensaje de Carlos. En lo fácil que habría sido responder que sí hacía apenas unos días. En lo imposible que me había parecido ahora.

Marc apoyó la barbilla sobre mi cabeza.

—¿En qué piensas?

—En cosas.

—Muy concreto.

—Gracias.

—¿Cosas malas?

Negué contra él.

—No.

—¿Segura?

—Sí.

No preguntó más.

Eso me gustó.

Me separé un poco. Marc bajó los ojos hacia mí.

Le quité un pelo que se le había quedado pegado a la camiseta. Después otro.

Cualquier excusa para seguir tocándolo.

—¿Qué tal el turno?

—Largo.

—¿Has comido?

—Sí.

—¿Seguro?

—Jenn.

—¿Qué?

—No soy un niño.

—No he dicho que lo seas.

—Me estás interrogando como a uno.

—Pues contesta correctamente y terminamos antes.

Marc sonrió.

—Sí, he comido.

—Bien.

—¿Algo más?

Pensé.

—No.

—¿Seguro?

—Cállate.

Se rio.

Levanté la vista. Tenía algunos mechones pegados a la frente. Llevé una mano hasta uno de ellos. Lo aparté. Después dejé que los dedos se deslizaran entre su pelo.

Marc dejó de reírse.

Ahí estaba otra vez.

Ese cambio.

Tan rápido. Tan fácil.

Mis dedos se quedaron entre su pelo. Marc me sostuvo la mirada.

—Esto va a ser un problema —murmuré.

—¿Qué?

—Tener ganas de besarte cada vez que te miro.

Su expresión cambió. Muy despacio.

—Ah.

—Sí.

—Problema grave.

—Muchísimo.

—No sé si tiene solución.

—Creo que no.

Marc bajó la cabeza.

—Habrá que aprender a vivir con ello.

—Supongo.

Me besó.

Y después de haber pasado toda la tarde pensando en Carlos, aquello tuvo un efecto todavía más claro.

No dudé. No comparé. No pensé.