Capítulo 20 - Sigue ahí #2
Se quedó quieto. La sonrisa desapareció. No como en el mercadillo. Esta vez fue otra cosa. Algo más suave. Más profundo.
Miró el anillo. Después a mí.
—¿Nunca?
Sonreí.
—Nunca.
Marc tragó saliva.
—Joder, Jenn.
—¿Qué?
Negó con la cabeza.
—Nada.
Me acercó otra vez. Y me besó.
Yo sonreí contra su boca.
Tres euros. Veinticinco céntimos.
Prometidos antes de saber siquiera que queríamos besarnos.
Normal.
Todo perfectamente normal.
Me desperté el domingo y durante unos segundos no recordé nada. Abrí los ojos. Miré el techo. Me giré hacia un lado.
Y entonces vi mi mano sobre la almohada.
El anillo.
Me quedé quieta.
Ah.
Todo volvió de golpe. El mercadillo. Marc de rodillas.
—¿Aceptas a este humilde bastardo en matrimonio bajo la ley del rock?
Mi «sí, quiero». Su cara. El beso. Los besos. El portal.
Cerré los ojos.
—Hostia.
Volví a abrirlos. El anillo seguía ahí. Lo giré con el pulgar.
Guns N' Roses.
No había sido un sueño.
Me tapé la cara con las dos manos. Y sonreí. Como una gilipollas.
Me quedé así unos segundos. Después cogí el móvil. Tenía mensajes. No abrí ninguno. Busqué directamente su nombre.
Nada.
Fruncí el ceño.
Las diez y doce. Marc entraba a trabajar a las dos. Sabía que estaría despierto. Seguramente llevaba horas despierto.
Abrí nuestra conversación. El último mensaje era de ayer. Una gilipollez. Por supuesto.
Me quedé mirando el cuadro de texto.
¿Qué se le escribía a alguien después de descubrir que llevabas meses sintiendo algo por él, aceptar una pedida de matrimonio falsa, besaros en mitad de un mercadillo y terminar la noche pegados en un portal?
Escribí:
Buenos días.
Lo miré.
Lo borré.
Escribí:
¿Sigues prometido?
Lo borré también.
—Qué imbécil.
Dejé el móvil sobre la cama.
Duré ocho segundos.
Lo cogí otra vez.
Había aparecido un mensaje.
Marc · Buenos días, esposa.
Me quedé mirando la pantalla. Después empecé a reírme.
Hijo de puta. · Yo
La respuesta llegó enseguida.
Marc · Qué romántica.
Miré el anillo.
¿Has dormido? · Yo
Marc · Algo.
Yo también. · Yo
Marc · Mentirosa.
¿Por qué? · Yo
Marc · Porque yo tampoco.
Sonreí. Me incorporé contra el cabecero.
¿A qué hora te has despertado? · Yo
Marc · Demasiado pronto.
¿Y no me has escrito? · Yo
Tardó un poco más.
Marc · No sabía qué coño escribirte.
Mi sonrisa desapareció despacio. Miré aquella frase. Después escribí:
Yo tampoco. · Yo
Los tres puntos aparecieron. Desaparecieron. Volvieron.
Marc · Esto es raro.
Sí. · Yo
Marc · ¿Mal raro?
No tuve que pensarlo.
No. · Yo
Respuesta inmediata.
Marc · Bien.
¿Tú? · Yo
Marc · No.
Me mordí el labio. Otra vez los tres puntos.
Marc · ¿Te veo antes de entrar?
Mi corazón hizo una cosa bastante estúpida.
Sí. · Yo
Ni dónde. Ni para qué.
Sí.
Marc · ¿En tu casa?
Miré alrededor. Después mi pelo. Después otra vez la pantalla.
Dame tiempo de parecer una persona. · Yo
Marc · Eso puede llevar años.
Vete a la mierda. · Yo
Marc · A las 11:30.
Vale. · Yo
Marc · Esposa.
Como sigas llamándome así pido el divorcio. · Yo
Marc · No puedes.
¿Por qué? · Yo
Marc · Ley del rock.
Me eché a reír.
Gilipollas. · Yo
Marc · 11:30.
Sí. · Yo
Dejé el móvil. Lo cogí otra vez.
Marc. · Yo
Marc · ¿Qué?
Miré el cuadro de texto. No sabía exactamente qué quería decir. Solo sabía que necesitaba decir algo.
Nada. · Yo
Pasaron unos segundos.
Marc · Ya.
Me quedé mirando ese «ya».
Sonreí.
Él también lo entendía.
A las once y veintiocho sonó el telefonillo. Me quedé mirándolo.
Dos minutos antes.
Normalmente habría abierto sin pensar. Aquella mañana tardé unos segundos en levantarme del sofá.
Ridículo.
Era Marc. Había estado en mi casa. Habíamos estado solos. Había tocado mi guitarra. Se había sentado en mi sofá. Me había visto hecha una mierda con migraña.
No había absolutamente ninguna razón para estar nerviosa.
Excepto una.
Apreté el botón.
—¿Sí?
—Soy yo.
Como si no lo supiera.
—Sube.
Abrí.
Me miré rápidamente en el espejo.
—No seas gilipollas.
Me aparté. Escuché el ascensor. Después pasos. Y finalmente llamaron a la puerta.
Abrí.
Marc estaba allí. Vaqueros. Camiseta negra. El pelo suelto. Una bolsa pequeña en una mano.
Nos miramos.
—Hola.
—Hola.
Silencio.
Magnífico.
Marc miró hacia dentro. Después a mí.
—¿Puedo pasar?
—Sí.
Me aparté. Entró. Cerré la puerta.
Marc dejó la bolsa sobre una mesa.
—He traído desayuno.
—Ya he desayunado.
—Segundo desayuno.
—Ah.
—Importante.
—Mucho.
Nos miramos otra vez.
Y ahí estaba. Aquello. Otra vez.
Pero ahora era domingo. Habíamos dormido. Habían pasado horas. No había un mercadillo. No había gente aplaudiendo. No había ninguna pedida absurda.
Solo Marc en mi casa.
Y yo quería besarlo.
Joder.
Marc bajó la mirada. A mi mano.
El anillo.
Volvió a mirarme.
—Lo llevas.
—Te dije que no iba a quitármelo.
—Ya.
Se quedó mirándolo un segundo más. Después levantó los ojos.
—Hola —dijo otra vez.
Me salió una risa.
—Hola.
Marc abrió ligeramente los brazos. Fue un gesto pequeño. Casi una pregunta.
Y aquello me pareció tan absurdo que sonreí.
—¿Ahora me pides permiso para abrazarme?
—No sé qué protocolo tenemos.
—Estamos prometidos.
—Cierto.
—Compórtate.
Me acerqué. Marc me rodeó con los brazos.
Y en cuanto apoyé la cara contra su pecho supe que aquello tampoco era igual.
O quizá sí.
Quizá siempre había sido así y yo acababa de aprender a notarlo.
Lo abracé más fuerte. Marc hizo lo mismo. Ninguno soltó al otro enseguida.
—Esto sí lo sabemos hacer —murmuré.
Noté su risa contra mi pelo.
—Sí.
Levanté la cabeza.
Error.
Marc bajó la mirada. Nos quedamos quietos. Otra vez aquella distancia mínima. Otra vez su boca demasiado cerca.
Pero esta vez no hubo ningún cortocircuito. Ni sorpresa. Ni miedo. Solo una pregunta silenciosa que ya conocíamos.
Me puse de puntillas. Marc se inclinó.
Y nos besamos.
Un beso pequeño. Suave. Casi tímido. Duró apenas unos segundos.
Cuando nos separamos me quedé mirándolo. Marc también.
—Vale —dije.
—¿Qué?
—Que sigue ahí.
Su expresión cambió.
—Sí.
Sonreí.
—Bien.
Marc me acarició la mejilla con el pulgar.
—Muy bien.
Y aquello me dio más vértigo que todos los besos de la noche anterior.
Porque ya no podíamos culpar al momento.
Habíamos dormido. Habíamos despertado. Habíamos tenido tiempo para pensar.
Y seguía ahí.
Nos sentamos en el sofá. Marc abrió la bolsa.
—¿Qué has traído?
—Cosas.
—Eso lo veo.
Sacó dos cafés. Cogí uno.
—¿Qué lleva?
—El tuyo como te gusta.
Lo miré.
—¿Te acuerdas?
Marc levantó una ceja.
—Sí.
Claro que se acordaba.
Le di un sorbo.
Correcto.
Sonreí.
—Aprobado.
—Menos mal.
Sacó algo de comer. Me acomodé en el sofá. Marc se sentó a mi lado.
No enfrente.
A mi lado.
Había hecho eso otras veces. No significaba nada.
Hasta que lo significaba todo.
Cogí un trozo. Comí. Marc hizo lo mismo.
Durante unos minutos hablamos de cualquier cosa. Del mercadillo. De Adrián abandonándonos. De Gabriel. Del trabajo de Marc.
Normal.
Casi.
Porque en mitad de una frase me descubrí mirando su boca.
Y Marc se calló.
Levanté los ojos. Me estaba mirando.
—¿Qué?
—Nada.
—Has dejado de escucharme.
—No.
—¿Qué estaba diciendo?
Pensé.
—Algo del trabajo.
—Impresionante.
—Hablas mucho.
Marc sonrió.
—Tú estabas mirando otra cosa.
Noté calor en la cara.
—Cállate.
—¿Qué mirabas?
—Marc.
—¿Qué?
—Te odio.
—Eso tampoco responde.
Cogí otro trozo de desayuno. Marc seguía sonriendo.
—Ayer no eras tan listo.
—Ayer no sabía por qué me mirabas.
Me quedé quieta.
Hijo de puta.
Giré despacio la cabeza.
—No abuses de la información nueva.
La sonrisa se le hizo un poco más grande.
—No prometo nada.
Le di un empujón con el hombro. Marc se rio.
Y por primera vez desde que había entrado sentí que algo encajaba.
Seguíamos siendo nosotros.
No había desaparecido nada. No habíamos perdido aquello que teníamos.
Solo habíamos descubierto algo más.
Muchísimo más.
Me apoyé contra él. Marc pasó un brazo por mis hombros. Y seguimos desayunando. Como si fuera normal. Como si no estuviera prometida desde hacía menos de veinticuatro horas con un hombre con el que todavía no sabía exactamente qué coño tenía.
Sonreí contra su camiseta.
Marc bajó la mirada.
—¿Qué?
Negué con la cabeza.
—Nada.
Esta vez no insistió. Me apretó un poco más contra él. Y yo me quedé allí.
No sé cuánto tiempo estuvimos así. Cinco minutos. Diez. No importaba.
Marc terminó su café. Yo el mío. La bolsa del desayuno quedó abierta sobre la mesa y ninguno parecía tener demasiada intención de moverse.
Hasta que Marc miró la hora.
Lo noté antes de que dijera nada.
—¿Qué hora es?
—La una menos cuarto.
Hice una mueca.
—Ah.
—Sí.
Tenía que entrar a las dos. Lo sabía. Lo había sabido desde que me había escrito aquella mañana.
Aun así, de pronto me pareció una putada.
Marc dejó el vaso sobre la mesa.
—Tengo que irme en un rato.
—Ya.
No me moví. Él tampoco.
Pasaron unos segundos.
—¿Vas a soltarme? —preguntó.
—No.
Marc soltó una risa.
—Vale.
—Puedes llamar y decir que estás enfermo.
—Claro.
—Migraña.
—Muy creíble después de pasar la mañana aquí.
—Diarrea.
Giró la cabeza hacia mí.
—Qué romántica eres desde que estamos prometidos.
Me eché a reír.
—Estoy sacando lo mejor de mí.
—Lo estoy viendo.
Me incorporé. Marc retiró el brazo de mis hombros.
Otra vez aquella pequeña ausencia. Otra vez notarla.
Joder.
Me levanté para recoger las cosas. Marc hizo lo mismo.
—Déjalo —dije.
—Te ayudo.
—Has traído tú el desayuno.
—Y ahora recojo.
—Qué completo.
—Material de marido.
Me giré hacia él. Marc se quedó quieto con una servilleta en la mano. Yo levanté una ceja.
—¿Qué?
—Nada.
—Has sido tú.
—Ya.
—¿Te ha dado vergüenza?
—Cállate.
Sonreí.
—Material de marido.
—Jenn.
—¿Qué?
—No abuses de la información nueva.
Lo señalé.
—Eso era mío.
—Ahora es nuestro.
—No funciona así.
—Ley del rock.
—Me cago en la ley del rock.
Marc empezó a reírse. Yo también.
Y ahí estaba otra vez.
Nosotros.
Solo que ahora podía acercarme mientras se reía, agarrarlo de la camiseta y darle un beso porque me daba la gana.
Así que lo hice.
Marc dejó de reírse contra mi boca. La servilleta cayó al suelo.
Sonreí.
—Se te ha caído.
—Me da igual.
Me besó otra vez. Le rodeé el cuello con los brazos.