Capítulo 20 - Sigue ahí
Sigue ahí
—¡Que se besen otra vez !
Parpadeé. Marc también. Giré la cabeza.
Hostia. La gente.
Seguía habiendo gente. No tanta como antes, pero suficiente.
Más que suficiente. Una mujer nos miraba con las manos juntas delante del pecho.
Un hombre a su lado sonreía. Una pareja más joven nos observaba unos metros atrás.
Y desde el puesto de los anillos, el vendedor seguía mirando.
A nosotros. Después a mi mano. Y se estaba riendo.
Me escondí contra Marc.
—Me quiero morir.
Noté su pecho moverse con una risa.
—Ahora te da vergüenza.
—Ahora me acuerdo de que existen.
—Han existido todo el rato.
—Para mí no.
Marc dejó de reírse. Solo un segundo. Lo noté. Yo también me di cuenta de lo que acababa de decir. Levanté la cabeza. Nos miramos. Otra vez.
Aquello iba a ser un problema.
—¡Otro beso! —insistió alguien.
Me tapé la cara.
—No.
Marc miró hacia la gente.
—Ya habéis tenido bastante.
Hubo algunas risas.
—¡Enhorabuena! —dijo la mujer.
—Gracias —respondió Marc.
Lo miré.
—¿Gracias?
Se encogió de hombros.
—No sabía qué decir.
—Podías haber explicado que no estamos...
Me callé. Marc esperó.
—¿Qué?
—Nada.
—No, venga.
—Cállate.
Sonrió.
—Vale.
La mujer volvió a felicitarnos antes de marcharse. Esta vez ninguno respondió. Yo miré hacia el puesto. El vendedor levantó una mano. Marc hizo lo mismo.
—¿Os conocéis ahora? —pregunté.
—Tenemos negocios juntos.
—Has comprado un anillo de tres euros.
—Negocios.
—Veinticinco céntimos.
—No empieces.
Bajé la vista hacia mi mano. El anillo seguía allí. Por supuesto que seguía allí. Giré ligeramente la muñeca. Las letras reflejaron la luz del puesto.
Guns N' Roses.
Sonreí.
—Tres euros.
Marc también lo miró.
—Te lo estás tomando muy mal.
—Fatal.
Levanté la mirada. Él ya estaba mirándome. Y volvió esa sensación. Ese pequeño golpe. Solo que ahora sabía qué era.
Aparté los ojos hacia los puestos.
—¿Vamos?
—Vamos.
Empezamos a andar.
El mercadillo seguía exactamente igual. Ese fue el primer problema. La gente pasaba. Los vendedores hablaban. Olía a comida. Sonaba música desde algún sitio. Las luces seguían encendidas. Todo continuaba funcionando como si no acabara de ocurrir nada.
Pero yo no sabía caminar al lado de Marc. No de aquella manera.
Lo había hecho cientos de veces. Aquella misma tarde. Hacía veinte minutos. Y de pronto era consciente de dónde estaba. A mi izquierda. De la distancia entre su brazo y el mío. De sus manos. De su olor. De su pelo rozándole los hombros. De absolutamente todo.
Nuestras manos se rozaron. Las apartamos.
Seguí andando. Tres pasos. Cuatro. Miré hacia él. Marc estaba mirando hacia delante.
—Esto es raro.
Soltó aire por la nariz.
—Mucho.
—Bien.
—Muy bien.
Seguimos. Volvieron a rozarse nuestras manos. Esta vez ninguno la apartó inmediatamente. Noté sus dedos contra los míos. Solo eso. Un contacto ridículo.
Habíamos estado mucho más cerca hacía apenas unos minutos. Había tenido su boca contra la mía. Su mano en mi cintura. La mía en su nuca.
Pero aquello me puso nerviosa.
Marc movió los dedos. Despacio. Hasta encontrar los míos. Los entrelazó.
Bajé la mirada. Nuestras manos. La izquierda era la mía. La del anillo. Sentí una sonrisa aparecerme sin permiso.
—Qué —dijo Marc.
—Nada.
—Estás sonriendo.
—Tú también.
—No.
Lo miré. Estaba sonriendo.
—Gilipollas.
—Pesada.
No nos soltamos.
No vimos mucho más. Lo intentamos. Me paré delante de un puesto. No recuerdo qué vendía. Cogí algo. Lo miré. Lo dejé. Marc hizo exactamente lo mismo con otra cosa.
—¿Qué era eso? —pregunté.
Miró hacia atrás.
—No sé.
Me eché a reír.
—Estamos gilipollas.
—Bastante.
—¿Nos vamos?
Marc me miró.
—Sí.
Y aquello fue todo. Ni siquiera me dio pena dejar medio mercadillo sin ver. Eso sí era grave.
Fuimos hacia la salida. Todavía de la mano. A mitad de camino me di cuenta.
—Marc.
—Qué.
Levanté ligeramente nuestras manos. Él las miró.
—Qué.
—Nada.
—Entonces para qué me llamas.
—No sé.
Marc sonrió. Yo también.
No soltó mi mano.
El ruido quedó detrás conforme nos alejábamos. Había menos gente hacia donde había aparcado. Más silencio. Más oscuridad. Y cuanto menos había alrededor, más consciente era de él.
Llegamos al coche. Marc soltó mi mano para sacar las llaves. La ausencia del contacto fue inmediata. Demasiado.
Me quedé mirando su mano mientras abría el coche.
—Qué.
Levanté la cabeza. Marc me estaba mirando.
—Nada.
Entrecerró los ojos.
—Estabas mirando.
—No.
—Sí.
—Sube al coche.
Una sonrisa empezó a aparecerle en la cara.
—¿Qué mirabas?
—Marc.
—Jenn.
—Que subas.
Se rio.
—Vale.
Rodeé el coche antes de que pudiera seguir tocándome las narices. Abrí la puerta y subí.
Marc arrancó. La música empezó donde la habíamos dejado antes. Bajita. Durante unos minutos ninguno dijo nada. Yo miraba por la ventanilla. O fingía. Porque de vez en cuando lo miraba a él. Sus manos en el volante. Su perfil. El pelo suelto.
Marc cambió de marcha. Volví a mirar fuera.
Qué puta tontería.
Era Marc. El mismo Marc de hacía tres horas. El mismo de ayer. El mismo que había visto cientos de veces.
Solo que no.
Noté movimiento a mi lado. Volví a mirar. Marc se había llevado una mano al pelo. Lo recogió hacia atrás. Despacio. Sacó una goma de la muñeca. Se hizo una coleta.
Y yo me quedé mirándolo. Sin más.
Marc terminó. Puso la mano otra vez sobre el volante. Giró la cabeza.
Me pilló.
No aparté los ojos. Esta vez no.
Su expresión cambió. Muy poco. Una sonrisa pequeña apareció en una esquina de su boca.
—¿Qué?
—Nada.
—Jenn.
—Conduce.
—Estoy conduciendo.
—Pues mira delante.
Lo hizo. Seguía sonriendo.
—No te rías.
—No me estoy riendo.
—Te veo.
—Tú estabas mirando.
—Cállate.
Marc soltó una risa. Apoyé la cabeza contra el asiento.
—Joder.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez.
—Sí.
Silencio. Miré las luces pasar al otro lado de la ventanilla.
—¿Y ahora qué?
Marc no respondió inmediatamente. Esperé.
—No tengo ni puta idea.
Giré la cabeza.
—Ah.
—¿Tú?
—Menos.
Asintió.
—Perfecto.
—Muy bien organizado todo.
—Impecable.
Se me escapó una risa. A Marc también.
Después volvió el silencio. Pero no era incómodo. Era enorme. Había demasiado dentro. Demasiado reciente. Demasiado nuevo.
Me quedé mirando mis manos. Giré el anillo con el pulgar.
—No quiero hacer como si no hubiera pasado.
Marc habló tan de repente que levanté la cabeza. Seguía mirando la carretera. No sonreía.
Lo observé unos segundos.
—Yo tampoco.
Asintió.
Nada más.
No preguntó qué significaba. Yo tampoco. No hablamos de mañana. Ni de nombres. Ni de qué coño éramos ahora. No hacía falta.
Marc dejó una mano sobre la palanca de cambios. La miré. Después miré la mía. Y sin pensarlo demasiado, la puse encima.
Sus dedos se movieron. Atraparon los míos.
Marc siguió conduciendo. Yo volví a mirar por la ventanilla.
Y sonreí.
Cuando reconocí mi calle, sentí algo parecido a decepción. Absurdo. Llevábamos toda la tarde juntos. Toda la noche. Y aun así no quería llegar.
Marc aparcó cerca de mi portal. Apagó el motor. La música desapareció.
Silencio.
Ninguno se movió.
—Bueno —dije.
—Bueno.
Me quité el cinturón. No abrí la puerta. Marc tampoco hizo nada.
Miré hacia el portal. Después hacia él.
—Tengo que subir.
—Ya.
—Es tarde.
—Ya.
Seguimos sentados.
—Marc.
—Qué.
—No ayudas.
—No estoy haciendo nada.
—Exacto.
Sonrió.
Abrí la puerta.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Bajé. Cerré. Di dos pasos.
Escuché la puerta del conductor. Me giré. Marc salió del coche y vino hacia mí.
—¿Qué haces?
—Acompañarte.
Miré el portal. Estaba a menos de veinte metros.
—Creo que puedo sobrevivir.
—No me fío.
—Hay una acera.
—Peligrosísima.
Sonreí.
—Vale.
Caminamos. No nos cogimos de la mano. No sé por qué. Quizá porque aquello hacía que cada centímetro entre nosotros se sintiera todavía más.
Llegamos al portal. Saqué las llaves. Me giré. Marc estaba delante de mí.
—Bueno —dije otra vez.
—Otra vez bueno.
—No sé qué se dice.
—Yo tampoco.
—Fantástico.
—Estamos gestionándolo muy bien.
—De puta madre.
Sonreí. Marc también.
Y entonces dejamos de hacerlo.
Porque estábamos solos. Sin mercadillo. Sin gente. Sin una broma. Sin un anillo apareciendo de repente.
Solo él. Yo.
Y aquello que por fin sabíamos que estaba ahí.
Marc levantó una mano. Me apartó un mechón de la cara. El gesto era conocido. La sensación no.
Cerré los ojos un instante. Cuando los abrí seguía mirándome.
—Buenas noches —murmuró.
—Buenas noches.
Ninguno se movió.
Solté una pequeña risa.
—Esto es ridículo.
—Muchísimo.
—Bésame.
No dudó.
Su mano llegó a mi nuca. La otra a mi cintura. Y me besó. Despacio. Sin sorpresa. Sin público. Sin descubrir nada.
Solo porque se lo había pedido.
Le rodeé el cuello con los brazos. Marc me acercó. Y durante un rato no hubo ninguna razón para terminar.
Cuando se separó, fui detrás de su boca. Lo besé otra vez.
Marc sonrió contra mis labios.
—Jenn.
—¿Qué?
—Nada.
Volvió a besarme. Más corto. Después otro. Como si ninguno supiera cuál tenía que ser el último.
Apoyé la frente contra la suya. Respiré. Tenía sus manos en mi cintura. Las mías alrededor de su cuello.
Podía haberle dicho que subiera.
La idea apareció. Clara. Brutalmente clara. Y mi cuerpo tuvo una opinión inmediata al respecto.
Cerré los ojos.
No.
No esa noche. No porque no quisiera. Precisamente porque quería demasiado.
Aquello acababa de convertirse en algo real. No sabía qué. No sabía hasta dónde llegaba. Pero era real. Y no quería correr por encima de ello. Todavía no.
Abrí los ojos. Marc estaba mirándome. Como si hubiera tenido una conversación parecida consigo mismo.
Me acarició la cintura con los pulgares. Después bajó la vista. A mi mano. Cogió la izquierda. La levantó ligeramente entre nosotros.
Miró el anillo. Pasó el pulgar por las letras grabadas.
Guns N' Roses.
—Tres euros —murmuré.
Marc sonrió.
—No pienso comprarte otro si lo pierdes.
Lo miré.
—No voy a perderlo.
Volvió a pasar el dedo por el acero.
—Más te vale.
Negué despacio.
—No me has entendido.
Marc levantó los ojos. Apreté ligeramente su mano.
—No pienso quitármelo.