La ley del rock Capítulo 19 - Bajo la ley del rock #4
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Capítulo 19 - Bajo la ley del rock #4

Alguien soltó un «oh» a mi espalda. Después escuché una risa.

Más gente se había parado. Me llevé la mano libre a la boca.

Tierra, trágame. Marc empezó a ponerme el anillo.

Los dos sonreíamos. Porque era una broma.

Claro que era una broma. Una estupidez. Una pedida absurda en mitad de un mercadillo.

Un anillo de tres euros. Dos camisetas de Guns N' Roses.

Y Marc haciendo el imbécil. El anillo llegó hasta el final de mi dedo.

Perfecto. Otra vez. Bajé la mirada hacia él.

Después hacia Marc. Seguía arrodillado. Esperando.

Sonriendo. Y algo dentro de mí dejó de encontrarle la gracia.

No porque hubiera dejado de ser divertido. Sino porque, de repente, no lo parecía.

Lo miré. Marc debió de notar algo en mi cara. Su sonrisa cambió apenas. Muy poco. Cogí aire y lo tiré despacio.

—Sí, quiero.

La sonrisa desapareció. Marc no se movió. Seguía con una rodilla en el suelo. Mirándome desde abajo.

—¿Qué?

La voz le salió entrecortada. El corazón me dio un golpe tan fuerte que casi dolió. No sabía qué coño acababa de hacer. O quizá sí. Y eso era bastante peor. Lo miré. Sin reírme ya.

—Que sí quiero, Marc.

Se levantó despacio. No apartó los ojos de mí. Yo tampoco. Durante un segundo no pasó nada. O pasó demasiado. La gente seguía alrededor. Alguien aplaudió. Después alguien más. No los oí de verdad. Marc estaba delante de mí. Muy cerca. Con aquella expresión que no le había visto nunca.

—Jenn...

No terminó. Yo tampoco dije nada. Porque mi cabeza acababa de hacer algo extraño a toda velocidad.

La flor. Su mano arreglándome el pelo. Una púa.

Raven entre los dos. Marc esperándome abajo.

Su sofá. Yo tumbada. Él sentado en el suelo.

Su pelo entre mis dedos. «Si alguna vez aparece esa conexión...

» Su desayuno. Sus cuatro trozos de pizza apartados en una caja.

Una piedra guardada durante años. Once minutos.

Una migraña. Sus dedos en mi cabeza. En mi nuca.

Su voz diciéndome que aflojara la mano derecha.

El mar. Yo caminando hacia la orilla. Él detrás.

Siempre detrás. Siempre cerca. Siempre Marc.

Parpadeé. Él seguía mirándome. Y supe, sin saber cómo, que algo parecido estaba ocurriendo detrás de sus ojos. Porque abrió ligeramente la boca. La cerró. Me miró como si acabara de reconocerme. De verdad.

—Hostia —murmuró.

Se me escapó una respiración que casi fue una risa.

No porque tuviera gracia. Porque estaba aterrada.

Porque lo había entendido. Porque era evidente.

Porque llevaba meses delante de nuestras putas narices.

Marc bajó la vista hacia mi boca. Solo un instante.

Lo vi. Y esta vez no hice como si no. El corazón volvió a golpearme.

—Marc...

Levantó los ojos.

—Dime que no.

No pregunté a qué se refería. Eso fue lo peor.

Porque lo sabía. Podía decirlo. Tenía a Carlos.

Tenía una relación sin nombre que había defendido precisamente porque no quería volver a atarme a nadie.

Tenía seis años todavía demasiado cerca.

Tenía todas las razones del mundo. Abrí la boca.

No salió nada. Marc tragó saliva. Esperó.

Yo tenía mi mano libre cerrada en puño, nerviosa.

La otra entre las suyas. Con aquel absurdo anillo de tres euros en el dedo.

Guns N' Roses. La ley del rock. Una puta broma. Miré nuestras manos. Después a él.

—No puedo.

Marc se quedó completamente quieto.

—¿No puedes qué?

Negué muy despacio.

—Decirte que no.

Algo cambió en su cara. No fue una sonrisa.

Fue peor. Muchísimo peor. Dio un paso hacia mí.

Solo uno. Suficiente. Noté su mano en mi cintura.

No era la primera vez que me tocaba. Ni siquiera allí.

Pero sí era la primera vez que mi cuerpo entendía quién me estaba tocando.

Le agarré la camiseta. No sé cuál de los dos se movió primero.

Tal vez los dos. Su boca encontró la mía. Y el mundo desapareció.

No hubo gente. No hubo puestos. No hubo luces.

No hubo música. No hubo Carlos. No hubo seis años.

No hubo nada. Solo Marc. Su mano apretándose en mi cintura.

La mía cerrada sobre su camiseta. Su otra mano subiendo hasta mi cara.

Y un beso que no se pareció en absolutamente nada a besar a alguien por primera vez.

Porque no era la primera vez. No de verdad.

Llevábamos meses llegando hasta allí. Solo que ninguno de los dos se había enterado.

Me separé apenas. Un centímetro. Dos. No más. Marc tenía los ojos cerrados. Los abrió. Nos miramos. Respirábamos demasiado rápido.

—Joder —susurré.

—Ya.

Y entonces fui yo. Le agarré de la nuca.

Y volví a besarlo. Esta vez sabiendo perfectamente lo que estaba haciendo.

Marc respondió al instante. Su mano volvió a mi cintura.

La mía se hundió en su pelo. Y ya no hubo sorpresa.

Eso fue lo que más miedo me dio. Porque se sintió bien.

Demasiado bien. Como algo que mi cuerpo conocía antes de haberlo hecho nunca.

Cuando nos separamos no nos apartamos. Ni siquiera lo intentamos. Marc apoyó la frente contra la mía. Cerré los ojos. Su mano seguía en mi cintura. La mía en su nuca. Respiré. Él también. Y durante unos segundos eso fue todo. Respirar. Intentar entender.

Volví a abrir los ojos. Marc ya me estaba mirando. Había algo casi desconcertado en su expresión. Como si esperara encontrar al mismo de hacía cinco minutos y no supiera dónde coño se había metido. Creo que yo tenía exactamente la misma cara.

—Joder —susurró.

Asentí. No me salía nada más. Marc bajó la mirada hacia mi boca. Después hacia el anillo. Volvió a mis ojos.

—Había algo.

No fue una pregunta. Sentí otro golpe en el pecho.

—Sí.

Una sola palabra. Pero al decirla todo volvió. El sofá. Mis dedos entre su pelo. Aquella pausa. El mar. Su mirada siguiéndome hasta la orilla. Sus manos en mi nuca. Los silencios. Los segundos de más. La puta flor. Todo.

Marc tragó saliva.

—Tú también.

Lo miré. No sabía si estaba preguntando.

—Sí.

Cerró los ojos un instante. Soltó el aire.

Y cuando volvió a mirarme había algo distinto.

No alivio. No exactamente. Era la expresión de alguien que acababa de descubrir que no se lo había inventado.

Le acaricié la nuca con el pulgar. Un gesto pequeño.

Lo había tocado antes. Muchas veces. Pero ahora sabía a quién estaba tocando.

Marc inclinó apenas la cabeza hacia mi mano. Y aquello me destrozó.

—¿Cómo coño no lo hemos visto?

Se me escapó una risa mínima. Nerviosa. Casi sin aire. Negué con la cabeza.

—No sé.

Y ya está. No había nada más que explicar. No necesitábamos reconstruirlo. Ya lo había hecho mi cabeza mientras lo besaba. Todos aquellos momentos que parecían no significar nada acababan de colocarse solos. Uno detrás de otro. Como si siempre hubieran pertenecido al mismo sitio.

Miré su boca. Marc lo vio. Esta vez ninguno fingió que no. Me acercó un poco más por la cintura.

—Jenn...

Lo besé otra vez. Más despacio. Sin el golpe del primero.

Sin la desesperación del segundo. Solo porque quería.

Y fue todavía peor. Porque ahora podía sentirlo todo.

Sus dedos en mi cintura. Mi mano en su pelo.

Su respiración contra mi boca. La forma en que me besaba como si también estuviera comprobando algo.

Como si necesitara asegurarse. Sí. Era esto.

Cuando nos separamos, Marc rozó su nariz contra la mía. Ninguno dijo nada. Sonreí. Él también. Una sonrisa pequeña. Aturdida. Casi idiota.

Bajé la mirada. El anillo seguía en mi dedo.

Tres euros. Guns N' Roses. Veinticinco céntimos.

Una broma. Le di una vuelta con el pulgar.

Después levanté los ojos. Marc seguía mirándome.

Y de repente todo era tan evidente que casi daba rabia.

Todos aquellos segundos. Todos aquellos silencios.

Todas aquellas veces que algo había tirado de mí hacia él y yo había seguido caminando como si nada.

No era nuevo. No había empezado con aquel beso.

Ni con el anillo. Ni siquiera aquella noche.

Simplemente acabábamos de verlo. Hostia.

Con que era esto.