Capítulo 19 - Bajo la ley del rock #3
—Él se lo merece.
—Yo también.
—Por qué.
—Te he recogido.
—Eso no da derecho a comida.
—Gasolina.
—Te doy un euro.
—Dame una.
—No.
Marc me la quitó.
—HIJO DE PUTA.
Salió andando. Fui detrás.
—MARC.
Se la metió entera en la boca.
—Te odio.
Asintió mientras masticaba. Carlos venía detrás partiéndose de risa.
—No tiene gracia.
—Muchísima.
—Tú tampoco comes más.
—Vale.
—Ni una.
—Vale.
Le tendí el cucurucho.
—¿Quieres otra?
Carlos me miró.
—Eres increíble.
—Gracias.
***
A las siete y cuarenta y ocho estábamos mirando unas láminas. Yo llevaba una en la mano. Carlos miraba el reloj. Lo vi.
—Tienes que irte.
—Todavía no.
—Carlos.
—Tengo diez minutos.
—Y tienes que pasar por casa.
—Me da tiempo.
—Vas a llegar tarde.
—No.
—Sí.
—No.
—Tu madre me va a odiar sin conocerme.
Carlos sonrió.
—Mi madre no sabe que existes.
Me quedé quieta.
—Ah.
—No por eso.
—Ya.
—Jenn.
—Qué.
—No pongas esa cara.
—Qué cara.
—Esa.
Dejé la lámina.
—No he puesto ninguna cara.
Carlos me cogió por la cintura.
—No se lo he contado porque entonces tendría que explicar qué somos.
—Ah.
—Y no sé qué somos.
Lo miré.
—Yo tampoco.
—Exacto.
Sonrió.
—Además empezaría a hacer preguntas.
—¿Muchas?
—Todas.
—Entonces mejor no.
—Mucho mejor.
Le rodeé el cuello con los brazos.
—Vete.
—Me estás echando.
—Estoy protegiéndote de tu madre.
—Qué considerada.
—Muchísimo.
Carlos me besó. Esta vez no fue corto. Tampoco especialmente largo. Simplemente un beso. Uno de los muchos que nos habíamos dado durante aquellos meses. Cuando se separó, dejó la frente apoyada un momento contra la mía.
—¿Quieres que te lleve?
Miré alrededor. Después hacia la parte del mercadillo que todavía no habíamos visto.
—No.
Carlos sonrió.
—Ya.
—Queda muchísimo.
—Lo sé.
—Puedo volver luego andando o...
Miré hacia Marc. Estaba unos metros más allá, mirando las láminas. Carlos también lo miró.
—Has venido con él, ¿no?
—Sí.
—Pues que te lleve Marc también.
Marc levantó la cabeza al oír su nombre.
—¿Qué?
Carlos señaló hacia mí.
—¿La llevas luego?
Marc miró a Carlos. Después a mí.
—Sí.
—Gracias.
—No hace falta que me des las gracias.
—Pues no te las doy.
—Mejor.
Carlos volvió a mirarme.
—Escríbeme cuando llegues.
—Sí.
—Aunque sea tarde.
—Sí, papá.
—No hagas eso.
—Qué.
—Llamarme papá.
Marc soltó una risa desde el puesto.
—No quiero saber.
—Nadie te ha preguntado —dije.
Carlos me dio otro beso.
—Pásalo bien.
—Tú también.
—Lo intentaré.
—Y saluda a tu madre.
—¿De tu parte?
Pensé.
—No.
Carlos se rio.
—Vale.
Me dio un último apretón en la cintura. Después se separó.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana.
—Adiós, Marc.
—Nos vemos.
Carlos empezó a alejarse. Lo vi perderse entre la gente. No sentí nada raro. Ni alivio. Ni culpa. Ni esa sensación de que acababa de ocurrir algo importante. Carlos simplemente tenía una cena. Y se había ido.
—¿Vas a comprarla?
Giré la cabeza. Marc señalaba la lámina que todavía tenía en la mano.
—No sé.
—Llevas diez minutos con ella.
—Eso no significa nada.
—Significa que te gusta.
—Sí.
—Pues cómprala.
—No puedo comprar todo lo que me gusta.
—Por qué.
—Porque no soy Carlos.
Marc sonrió ligeramente.
—Buen argumento.
Volví a mirar la lámina.
—No.
La dejé.
—Muy bien —dijo.
—Estoy madurando.
—Has comprado una pulsera.
—Hace dos horas.
—Y?
—Era otra Jenn.
—Ah.
—Mucho más irresponsable.
—Entiendo.
Echamos a andar.
Tardé unos minutos en darme cuenta. No de nada importante. Simplemente de que ya no éramos cinco. Ni tres. Éramos dos.
—Qué raro —dije.
—Qué.
—Nada.
—Eso es mentira.
—Es que hay silencio.
Marc miró alrededor. Había cientos de personas.
—Silencio.
—Nuestro.
—Ah.
—Adrián se queja.
—Mucho.
—Gabriel le manda callar.
—Mucho.
—Carlos...
Me quedé pensando.
—Qué hace Carlos.
—Me compra comida.
Marc me miró.
—Eso es verdad.
—Y tú me la robas.
—También.
—Ahora no tengo comida.
—Hay veinte puestos.
—No es lo mismo.
—Quieres algo?
—No.
—Vale.
Seguimos andando.
—Maybe luego.
Marc resopló.
—Claro.
Sonreí. Las luces de los puestos destacaban cada vez más.
Ya era de noche. La temperatura había bajado un poco y se estaba bien.
Sin calor. Sin frío. Solo gente pasando a nuestro alrededor.
Marc caminaba a mi izquierda. Yo me paraba.
Él también. Yo avanzaba. Él avanzaba. Sin preguntar cuánto quedaba.
Sin mirar la hora. Sin decirme que llevaba demasiado rato viendo algo.
Me detuve delante de un puesto de minerales. Marc suspiró. Lo miré.
—Qué.
—Nada.
—Te quieres ir?
—No.
—Puedes decirlo.
—No me quiero ir.
—Seguro?
—Jenn.
—Qué.
—Mira tus piedras.
Sonreí.
—Gracias.
—De nada.
Me incliné sobre el puesto. Había cuarzos. Amatistas. Piedras pulidas. Otras que no reconocía. Cogí una pequeña, oscura, con una veta blanca atravesándola.
—Mira.
Marc se acercó.
—Qué es.
—No sé.
—Excelente.
—Pero es bonita.
La cogió de mi mano. La giró entre los dedos.
—Parece rota.
—No está rota.
—Tiene una raja.
—Es una veta.
—Cómo sabes que no es una raja.
—Porque sí.
—Ciencia.
—Exacto.
Marc me la devolvió. Sus dedos rozaron los míos. Esta vez ninguno miró.
—Te la vas a comprar?
—No.
—Por qué.
—Porque ya he madurado.
—Ah.
Dejé la piedra. Di tres pasos. Volví. La cogí. Marc empezó a reírse.
—Cállate.
—No he dicho nada.
—Pero lo estabas pensando.
—Muchísimo.
La pagué.
—No digas nada.
—No pienso hacerlo.
—Bien.
—Cuánto ha durado la madurez?
—Veintisiete minutos.
—No está mal.
—Gracias.
Guardé la piedra en el bolso. Seguimos.
Eran las ocho y diecisiete cuando vi el puesto. No fue por los anillos. Primero vi unas pulseras. Después unos colgantes. Luego una bandeja llena de cosas de grupos. Me acerqué.
—Oh.
Marc se puso a mi lado.
—Mierda.
—Qué.
—Esa cara otra vez.
—Cállate.
Cogí una chapa. Después otra. Había Metallica. AC/DC. Iron Maiden. Guns N' Roses.
—Mira.
Marc señaló su camiseta.
—Ya sé qué grupo es.
—Gilipollas.
Dejé la chapa. Entonces vi los anillos. No eran especialmente llamativos.
Acero. Algunos tenían símbolos. Otros palabras.
Cogí uno. Lo giré. Nada. Otro. Demasiado grande.
Otro. Y entonces lo vi. Era sencillo. Una banda de acero sin nada más.
Excepto unas letras grabadas alrededor. Guns N' Roses. Sonreí.
—Marc.
—Qué.
Levanté el anillo. Él lo miró. Después miró mi camiseta. Luego la suya.
—Estaba escrito.
Me eché a reír.
—Literalmente.
Me lo puse. Entró. Hasta el final. Me quedé mirando mi mano.
—Hostia.
Marc también la miró.
—Te va perfecto.
Giré la mano hacia un lado. Después hacia el otro. No era elegante. Ni caro. Ni especialmente bonito. Pero me encantaba.
—Joder.
—Qué.
—Me encanta.
Marc sonrió.
—Pues llévatelo.
Busqué el precio. No era mucho. 3€
Abrí el bolso. Cartera. La abrí. Tarjeta. Y unas monedas. Conté. 2,75€ Volví a contar. 2,75€
—Mierda.
—Qué.
Miré a la persona del puesto.
—¿Se puede pagar con tarjeta?
Negó con la cabeza.
—Solo efectivo.
Volví a mirar la cartera. No llegaba con lo que llevaba suelto.
—Bueno.
Me quité el anillo. Marc me miró.
—Qué haces.
—No llevo suficiente.
Dejé el anillo en su sitio.
—No pasa nada.
—Te gusta.
—Sí.
—Pues...
—Marc.
Lo miré.
—Es un anillo.
—Ya.
—No lo necesito.
—Hace media hora tampoco necesitabas una piedra.
—Eso era diferente.
—Claro.
—Muchísimo.
Sonreí. Volví a mirar el anillo.
—Qué pena.
Después me encogí de hombros.
—Vamos.
Me alejé del puesto. Vi otro unos metros más adelante lleno de cosas antiguas. Fui hacia allí.
—Mira eso.
No escuché respuesta. Me giré. Marc seguía detrás.
—Vienes?
—Sí.
—Pues venga.
Seguí andando. No vi cómo volvía la cabeza hacia el puesto.
Ni cómo metía la mano en el bolsillo. Tampoco vi que se quedara atrás.
Solo me di cuenta unos segundos después de que ya no caminaba a mi lado.
Pero para entonces estaba demasiado ocupada mirando una caja llena de postales antiguas.
Y no pensé absolutamente nada. Cogí una postal. Ni siquiera llegué a darle la vuelta.
—Eh.
Miré por encima del hombro. Marc venía hacia mí.
—Qué.
—Ven un momento.
—Estoy aquí.
—Ya.
Dejé la postal. Marc se paró delante de mí. Estábamos a pocos metros del puesto de los anillos.
—¿Qué pasa?
Sonrió.
—Te quiero dar una cosa.
Fruncí el ceño.
—¿Qué cosa?
—Espera.
—Marc...
—Cállate un poco.
Y antes de que pudiera preguntarle nada más, dio un paso atrás. Y se arrodilló, solo una rodilla al suelo. Me quedé quieta, miré alrededor, demasiada gente todavía.
—¿Qué haces?
Marc levantó la cabeza hacia mí. Sonriendo. Durante un segundo pensé que estaba haciendo el gilipollas. Otra de las suyas. Algo para hacerme reír. Y me reí, de una forma nerviosa, pero me reí.
—¡Marc!
Dos personas que pasaban junto a nosotros se detuvieron. Después otra. Noté que alguien decía algo. No entendí qué. Marc seguía mirándome desde abajo.
—No digas nada.
Miré alrededor. Se estaba formando un pequeño corrillo.
Putos cotillas. Quise decirle que se levantara.
Que qué coño estaba haciendo. Que la gente estaba mirando.
Pero entonces vi al hombre del puesto de los anillos.
Seguía detrás de su mesa. Mirándonos. Sonriendo.
Volví a mirar a Marc. Metió la mano en el bolsillo.
Y sacó el anillo. Creo que ahí dejé de respirar.
Se me borró todo. El puesto. La gente. La vergüenza.
Todo. Era el mismo. La banda sencilla de acero.
Guns N' Roses grabado alrededor. El que acababa de dejar hacía menos de un minuto porque me faltaban veinticinco céntimos.
—Marc...
Él carraspeó. Como si aquello fuera una ceremonia de verdad. Como si no estuviera arrodillado en mitad de un mercadillo con un anillo de tres euros entre los dedos. Me tendió la mano. Yo se la di. Ni siquiera sé por qué.
—Jennifer.
Noté que me ardía la cara. Marc sonrió un poco más.
—¿Aceptas a este humilde bastardo en matrimonio bajo la ley del rock?