Capítulo 19 - Bajo la ley del rock #2
—Hay que mirar.
—Ese suele ser el concepto.
—Todo.
Marc cerró los ojos un segundo.
—Me quiero ir.
—No hemos bajado.
—Por eso todavía estoy a tiempo.
Abrí la puerta.
—Vamos.
—Qué ilusión.
—No seas viejo.
—Tengo treinta y dos.
—Pues deja de comportarte como si tuvieras setenta.
—Tú llevas desde las nueve de la mañana despierta y has necesitado una siesta.
Me quedé quieta.
—¿Cómo sabes lo de la siesta?
Marc salió del coche.
—Porque te conozco.
Cerró la puerta. Yo tardé un segundo en cerrar la mía. Después fui detrás de él.
—No he dormido siesta.
—Claro.
—Me he tumbado.
—Ah.
—No es lo mismo.
—Perdona.
—Y no me he dormido.
Marc sonrió.
—No he dicho nada.
—Pero lo estabas pensando.
—Puede.
—Gilipollas.
—Pesada.
Los vimos cerca de la entrada. Carlos ya estaba allí. Gabriel también. Adrián llegó unos segundos después desde el otro lado. Fue precisamente Adrián el primero en mirarnos. A Marc. A mí. Otra vez a Marc. Después bajó los ojos hacia mi camiseta. Luego hacia la suya.
—No.
Miré mi camiseta. Miré la de Marc.
—Ha sido casualidad.
—Yo no he dicho nada —dijo Adrián.
—Pero lo estabas pensando.
Gabriel se giró. Nos observó.
—Qué monos.
—Que te den —dijimos Marc y yo a la vez.
Hubo un segundo de silencio. Carlos empezó a reírse. Adrián negó con la cabeza.
—Cada día dais más asco.
—No hemos hecho nada —dije.
—Eso es lo preocupante —murmuró Gabriel.
Marc lo miró.
—Qué.
Gabriel se encogió de hombros.
—Nada.
Adrián miró a Gabriel. Solo un momento. Gabriel ya había apartado la vista. Carlos se acercó a mí. Me pasó un brazo por la cintura.
—Hola.
—Hola.
Me besó. Un beso corto. Normal. Apoyé una mano en su pecho.
—¿Cuánto llevas esperando?
—Cinco minutos.
—Eso es porque has llegado pronto.
—Eso es porque tú has llegado tarde.
—Son las seis y dos.
—Tarde.
Señalé a Marc.
—Culpa suya.
—Perdona —dijo Marc—. Yo estaba abajo a menos cuarto.
—Traidor.
Carlos sonrió.
—¿Entramos?
Miré hacia los puestos.
—Sí.
Adrián suspiró.
—Que Dios nos ayude.
—Puedes irte.
—Acabo de llegar.
—Pues no protestes.
Gabriel pasó junto a nosotros.
—Va a comprar algo antes del tercer puesto.
—Que no.
—Segundo —dijo Marc.
Lo señalé.
—Tú estás especialmente gilipollas hoy.
—Gracias.
Carlos me apretó ligeramente contra su costado.
—Yo digo primero.
—Tú también.
—¿Qué gano?
—Nada.
—Entonces segundo.
—Os odio.
Entramos.
No compré nada en el primer puesto. Ni en el segundo. En el tercero cogí una pulsera de cuero. Gabriel me miró.
—No.
—Solo la estoy mirando.
—Claro.
—No voy a comprarla.
Marc apareció a mi lado.
—Cómprala.
Giré la cabeza.
—No ayudes.
—Te gusta.
—Sí, pero no la necesito.
—Desde cuándo eso es un requisito.
—Gracias —dijo Gabriel—. Justo lo que necesitábamos.
Dejé la pulsera.
—¿Ves?
Gabriel asintió.
—Estoy orgulloso.
Di dos pasos. Volví. Cogí la pulsera.
—Jenn.
—Qué.
—Nada.
—Es bonita.
—Muchísimo.
—Y barata.
—Importantísimo.
—Y me queda bien.
—Fundamental.
Me la puse sobre la muñeca. Miré a Carlos.
—¿Qué opinas?
—Que te la vas a comprar diga lo que diga.
—Correcto.
Marc empezó a reírse.
—Tercer puesto.
—Técnicamente no la he comprado todavía.
—Jenn.
—Técnicamente.
La pagué. Gabriel levantó tres dedos.
—Que te den.
Seguimos.
El mercadillo era peor de lo que había imaginado. O mejor. Dependía de para quién. Para mí, mejor. Para Adrián, cada vez peor. Me paraba en todas partes. Pendientes. Láminas. Piedras. Camisetas. Libros viejos. Una caja llena de llaves antiguas.
—¿Para qué quieres una llave que no abre nada? —preguntó Carlos.
La sostuve entre los dedos.
—No la quiero.
—Llevas dos minutos mirándola.
—Porque mola.
Marc cogió otra.
—Esta más.
—No.
—Sí.
—Parece de armario.
—La tuya parece de mazmorra.
—Exacto.
—Buen argumento.
Adrián apareció detrás.
—¿Podemos avanzar?
Me giré.
—Estamos mirando.
—Son llaves.
—Antiguas.
—Que no abren nada.
—Eso no lo sabes.
Adrián cogió una al azar.
—Igual esta abre Narnia.
—Esa es demasiado pequeña.
—Perdona, experta en portales interdimensionales.
—Acepto tus disculpas.
Gabriel seguía caminando.
—Dejadla aquí.
—Gracias, Gabriel —dije.
—No era por defenderte.
—Me da igual.
Carlos me cogió de la mano.
—Ven antes de que compres una llave.
—No iba a comprarla.
Marc dejó la que tenía.
—Yo sí.
Lo miré.
—¿Para qué?
—Para abrir Narnia.
Me eché a reír. Adrián se llevó ambas manos a la cara.
—No puedo con vosotros.
***
A las siete menos cuarto Adrián ya había preguntado tres veces cuánto quedaba. La respuesta seguía siendo la misma. Mucho.
—No entiendo cómo puede haber tantos puestos —dijo.
—Y aún no hemos visto aquella parte.
Señalé hacia el fondo. Adrián siguió mi dedo. Su cara cambió.
—No.
—Sí.
—Eso es otro mercadillo.
—Es el mismo.
—No puede ser.
Gabriel miró hacia allí.
—Yo creo que se reproduce.
—Gracias —dijo Adrián—. Por fin alguien sensato.
—Eso no significa lo que crees que significa —dije.
Carlos se rio. Marc estaba mirando un puesto de discos. Me acerqué.
—Oh.
—No.
—Qué.
—Esa cara.
—Qué cara.
—La misma que has puesto tú con las llaves.
Marc cogió un vinilo.
—Esto sí sirve para algo.
—La llave podía abrir Narnia.
—Buen punto.
Me puse a su lado. Empezamos a mirar. Uno. Otro. Otro. Marc sacó uno y me lo enseñó.
—Mira.
Lo cogí.
—Hostia.
—Está bien de precio.
—¿Funciona?
El hombre del puesto nos miró ofendido.
—Claro que funciona.
—Perdón —dije.
Marc empezó a reírse.
—No te rías.
—Le has insultado.
—He preguntado.
—Con desconfianza.
—Porque te conozco.
—A mí qué.
—Seguro que compras cosas rotas.
—Por qué iba a comprar cosas rotas.
—No sé. Tienes pinta.
—Qué significa eso.
—No sé.
—Excelente.
Carlos apareció detrás de mí y apoyó la barbilla un momento sobre mi cabeza.
—¿Otro?
—Estamos mirando.
—Esa frase empieza a darme miedo.
—No voy a comprar nada.
Gabriel pasó por detrás.
—Eso dijo con la pulsera.
Le enseñé el dedo corazón.
—Qué grupo tan bonito hemos formado —dijo Adrián.
—Una familia —añadió Carlos.
—Disfuncional —dijo Gabriel.
Marc volvió a dejar el vinilo.
—Las mejores.
Sonreí. Y seguimos andando.
***
A las siete y veinte Adrián se detuvo.
—Yo abandono.
Me giré.
—Qué.
—No puedo más.
—Pero queda muchísimo.
—Exactamente.
—Eres un flojo.
—Llevamos una hora y veinte minutos.
—Eso no es nada.
—He visto seis puestos de piedras.
—Eran diferentes.
—Eran piedras.
—No eran iguales.
—Eran putas piedras, Jenn.
—No sabes apreciar nada.
Gabriel miró la hora.
—Yo también me voy.
Lo miré.
—¿Tú también?
—Tengo hambre.
—Hay comida aquí.
—Quiero sentarme.
Adrián le puso una mano en el hombro.
—Por esto somos amigos.
—No me toques.
—Vamos a cenar.
—Vale.
—¿Veis? —dijo Adrián—. Relación sana. Propongo algo, acepta y nos vamos.
—Enhorabuena —dije.
—Gracias.
Carlos miró su reloj.
—A mí me queda poco también.
—Traidores.
Marc estaba a mi lado.
—Yo sigo.
Lo miré.
—¿Sí?
—Sí.
—Queda mucho.
—Ya.
—Y pienso verlo.
—Ya.
—Todo.
Marc metió las manos en los bolsillos.
—Jenn.
—Qué.
—Ya.
Sonreí.
—Vale.
Adrián nos señaló.
—Luego no digáis que no os avisé.
—¿De qué? —pregunté.
Adrián abrió la boca. Gabriel lo miró. Solo lo miró. Adrián cerró la boca.
—De que os van a doler los pies.
Fruncí el ceño.
—Gracias, mamá.
—De nada.
Gabriel empezó a andar.
—Vamos.
Adrián me abrazó rápido.
—No compres una espada.
—No prometo nada.
—Marc.
—Qué.
—No dejes que compre una espada.
—No prometo nada.
—Sois inútiles.
Se fue detrás de Gabriel. Los vi alejarse entre la gente. Después miré a Carlos.
—Tú todavía no.
—Todavía no.
Me rodeó otra vez la cintura.
—Me quedan cuarenta minutos.
—Pues aprovéchalos.
—Eso pensaba.
Me besó. Sonreí contra su boca. Cuando nos separamos, Marc estaba mirando un puesto unos metros más allá.
—Vamos —dije.
Carlos entrelazó sus dedos con los míos. Y fuimos detrás de él. Marc se había parado delante de un puesto de camisetas.
—¿Otra? —pregunté.
Miró la mía.
—Habla la indicada.
—Yo no estoy mirando camisetas.
—Porque ya has encontrado la perfecta.
—Exacto.
Carlos levantó nuestras manos entrelazadas.
—¿Tengo que preocuparme porque vais vestidos iguales?
—Sí —dije.
Marc asintió.
—Muchísimo.
Carlos se rio.
—Vale.
—Mañana nos compramos pantalones iguales —añadí.
—Yo no he aceptado eso.
—Ya es tarde.
—También botas.
—No.
—Pulserita.
—Menos.
—Pendientes.
Marc me miró.
—Jenn.
—Qué poco compromiso tienes con nuestra amistad.
Carlos soltó mi mano.
—Voy a dejaros solos.
—No —dije—. Ayúdame.
—Yo estoy disfrutando.
Marc cogió una camiseta y me la puso delante.
—Esta te pega.
Bajé la vista. Negra. Una calavera enorme.
—Parezco un señor divorciado que tiene una Harley.
Carlos empezó a reírse. Marc retiró la camiseta.
—Un poco.
—Capullo.
—Has sido tú.
—Pero tú lo has pensado.
—Muchísimo.
Cogí otra. Se la puse delante a Marc.
—Esta.
Miró hacia abajo.
—Ni de coña.
—Por qué.
—Tiene mangas.
—Las camisetas suelen tener.
—Demasiadas.
—Son dos.
—Exacto.
Carlos negó con la cabeza.
—No entiendo vuestra conversación.
—Nosotros tampoco —dije.
Marc dejó la camiseta. Seguimos andando.
***
A las siete y treinta y cinco Carlos me compró algo de comer. No porque se lo pidiera. Porque me vio mirando.
—No tengo hambre.
—Claro.
—Solo estaba viendo qué era.
—Claro.
—Carlos.
Me tendió el cucurucho de patatas. Cogí una.
—Gracias.
Marc metió la mano. Le di un golpe.
—Eh.
—Qué.
—Son mías.
—No tenías hambre.
—Ahora sí.
Marc cogió otra.
—Carlos.
—No me metas.
—Defiende tu inversión.
—He comprado comida, no acciones.
Marc volvió a coger. Aparté el cucurucho.
—Cómprate uno.
—No quiero tanto.
—Pues te aguantas.
—Dame una.
—No.
—Jenn.
—No.
Carlos cogió una y se la dio. Lo miré.
—Traidor.
—Solución diplomática.
Marc se la comió.
—Gracias.
—De nada.
—Esto es mío —dije.
Carlos me besó en la sien.
—Te compro otro.
—No es el dinero.
—Qué es.
—Principios.
Marc estiró otra vez la mano. Me aparté.
—Te la corto.
—Violenta.
—Ladrón.
—Egoísta.
—Cómprate uno.
—No quiero.
—PUES NO COMAS.
Una mujer que pasaba junto a nosotros nos miró. Marc sonrió.
—Estás montando un espectáculo.
—Tú estás robándome.
Carlos levantó las manos.
—Yo no conozco a ninguno.
—Tú has empezado esto —dije.
—Te he comprado comida.
—Exacto.
—Error mío.
Le ofrecí una.
—Toma.
Carlos cogió. Marc me miró.
—Increíble.