La ley del rock Capítulo 17 - Un segundo de más #5
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Capítulo 17 - Un segundo de más #5

Volvió a besarme. Y estaba bien. Muy bien. Cuando nos separamos me quedé con la frente apoyada contra su pecho. Carlos me acarició la espalda.

—Así sí —dijo.

—Qué.

—Nada.

Le di un golpe.

—Pesado.

Se rio.

—Vamos antes de que piensen que estamos follando.

Levanté la cabeza.

—¿En la cocina de Adrián?

—No sería la cosa más rara que ha pasado aquí.

—No quiero saberlo.

—Yo tampoco.

Volvimos. Marc estaba hablando con Adrián.

Gabriel estaba sentado en el mismo sitio.

Entré delante de Carlos. Él llevaba una mano apoyada en mi cintura.

Gabriel levantó la vista. Primero hacia nosotros.

Después hacia Marc. Yo no lo vi. Adrián sí.

Marc siguió hablando. Gabriel bebió. Adrián dejó de escuchar.

Miró a Gabriel. Después siguió la dirección que acababan de tomar sus ojos. Marc. Volvió a Gabriel.

—¿Qué? —preguntó.

Gabriel lo miró.

—Qué.

—Estás mirando.

—Sí.

—A Marc.

Gabriel bebió.

—Está hablando.

—Ya.

—Pues eso.

Adrián frunció ligeramente el ceño.

—Llevas días haciendo eso.

Gabriel se quedó callado.

—¿Haciendo qué?

—Mirándolo.

—Somos amigos.

—No seas gilipollas.

Gabriel sonrió.

—No puedo prometerte eso.

Adrián miró hacia Marc. Después hacia mí. Yo estaba sentándome otra vez junto a Carlos. Marc dijo algo. Me reí. Gabriel volvió a mirar. Adrián lo pilló. Esta vez claramente.

—No estás mirando a Marc.

Gabriel cogió la botella.

—No.

Adrián esperó.

—Estás mirando a los dos.

Gabriel no respondió.

—¿Por qué?

—Por nada.

—Gabriel.

—Qué.

—Qué sabes.

Gabriel sonrió apenas.

—Nada.

—Mentira.

—Entonces para qué preguntas.

Adrián se quedó mirándolo.

—¿Hay algo?

Gabriel volvió la vista hacia nosotros. Marc me estaba diciendo algo desde el otro lado de la mesa.

—No —dijo.

Adrián frunció el ceño.

—Entonces.

Gabriel se encogió de hombros.

—Nada.

—Eres un hijo de puta.

—Puede.

—¿Me lo vas a contar?

—No.

Adrián lo miró.

—Por qué.

Gabriel bebió otro trago.

—Porque no hay nada que contar.

—Pero estás esperando algo.

Gabriel tardó un segundo.

—Tal vez.

Adrián entrecerró los ojos.

—Te odio.

—Ya.

Y Gabriel volvió a mirar hacia delante. Adrián también. Yo estaba discutiendo con Marc.

—Que no.

—Que sí.

—No tienes razón.

—Siempre tengo razón.

—Eso es objetivamente falso.

—Dime una vez.

—Ahora.

—No cuenta.

—¿Por qué?

—Porque lo digo yo.

—Mira, vete a la mierda.

Marc sonrió.

—Gran argumento.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Ya.

Adrián nos observó. Después miró a Gabriel. Gabriel ni siquiera giró la cabeza. Solo sonrió detrás de la botella. Adrián abrió la boca. La cerró. Y por primera vez no preguntó.

***

El martes tuve un día de mierda. No pasó nada especialmente grave.

Que casi era peor. Una llamada detrás de otra.

Dos correos que parecían escritos por personas que habían declarado la guerra a la comprensión lectora.

Un problema que no era mío pero terminó siendo mío.

Una compañera que necesitaba algo justo cuando yo estaba intentando terminar otra cosa.

Y a las cuatro y veinte empezó el dolor.

Primero detrás del ojo izquierdo. Pequeño. Reconocible.

—No —murmuré.

Seguí trabajando. Media hora después ya sabía que había perdido. A las seis salí de SUINVAL con las gafas de sol puestas aunque el cielo empezaba a oscurecer. Llegué a casa. Bajé persianas. Me cambié. Tomé lo que solía tomar cuando empezaba así. Y me tumbé. Silencio. Oscuridad. Frío. No funcionó.

Adrián · Sábado qué hacemos?

Carlos · Lo que queráis

Gabriel · Respuesta útil

Carlos · Gracias

Adrián · Jenn

Miré el móvil con el brillo al mínimo.

q   · Yo

Adrián · Qué hacemos el sábado

nose   · Yo

Gabriel · No sé lleva espacio

matate   · Yo

Gabriel · Mejor

Marc · Qué te pasa

nada   · Yo

Marc · No

Cerré los ojos. El teléfono vibró. Mensaje privado.

Marc · Jenn

migraña   · Yo

Marc · Desde cuándo

esta tarde   · Yo

Marc · Has tomado algo?

si   · Yo

Marc · Y?

sigue   · Yo

Marc · Has comido?

Pensé. No recordaba.

creo   · Yo

Marc · Qué significa creo

que creo   · Yo

Marc · Vale

Dejé el móvil boca abajo. Dos minutos después vibró otra vez. No lo miré.

No sabía cuánto tiempo había pasado cuando sonó el portero. Abrí los ojos. El dolor seguía allí.

—Joder.

Me levanté despacio. Fui hasta el telefonillo.

—¿Sí?

—Abre.

Me quedé quieta.

—Marc.

—Jenn.

—Qué haces.

—Esperar a que abras.

—Estoy hecha mierda.

—Ya.

—No soy compañía.

—No vengo a que me entretengas.

Cerré los ojos. Pulsé el botón.

—Sube.

Volví al sofá. No me molesté en esperarlo de pie. Llamó.

—Está abierto.

Entró. Cerró detrás de él.

—Hostia.

Levanté ligeramente la cabeza.

—Gracias.

—Tienes una cara horrible.

—Vete.

—No.

Llevaba una bolsa pequeña en una mano. La dejó sobre la mesa.

—Qué es eso.

—Cosas.

—Qué cosas.

Sacó una botella de Coca-Cola. Algo de comer. Y una bolsa de gel. Lo miré.

—¿Eso estaba en tu congelador?

—Sí.

—¿Has venido con eso en la mano?

—En una bolsa.

—Marc.

—Qué.

—Vives a dos minutos.

—Dos minutos y doce segundos.

Lo miré. Marc sonrió.

—Te acuerdas.

—Desgraciadamente.

Cogió el gel.

—Dónde te duele.

—Ojo. Cabeza. Nuca. Existencia.

—Eso último no sé tratarlo.

—Inútil.

—Túmbate.

—Ya estoy tumbada.

—Bien.

Me puso el gel frío envuelto en un paño sobre la frente. Cerré los ojos.

—Joder.

—Muy frío.

—Sí.

—Quieres que lo quite.

Agarré su muñeca.

—Ni se te ocurra.

Marc se rio por lo bajo.

—Vale.

—No hables fuerte.

—No estoy hablando fuerte.

—Respiras fuerte.

—Eso va a ser más complicado.

—Inténtalo.

—Qué agradable estás enferma.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Cállate.

Silencio. Mucho mejor. No sé cuánto estuvimos así. Marc sentado en el borde del sofá. Yo con los ojos cerrados. El frío empezó a bajar ligeramente el dolor. No mucho. Lo suficiente.

—¿Mejor? —preguntó.

—Un poco.

—Nuca.

—Qué.

—Has dicho que te duele.

—Sí.

Noté que se movía.

—Siéntate.

Abrí un ojo.

—Por qué.

—Te voy a hacer una cosa.

—Eso suena fatal.

—Confía un poco.

—Eso suena peor.

Marc sonrió.

—Ven.

Resoplé. Me incorporé despacio. Me senté en el suelo, apoyando la espalda contra el sofá. Marc se colocó detrás.

—Si me rompes el cuello voy a perseguirte.

—Muerta.

—Especialmente muerta.

—Qué miedo.

Cerré los ojos. Sus dedos tocaron mis sienes. Dejé de hablar. Presionó despacio. Círculos pequeños. Una vez. Otra.

—¿Así?

—Sí.

Siguió. Sus dedos subieron hacia el cuero cabelludo. Presionaron. Se movieron entre el pelo. Lentos. Firmes. Solté aire.

—Joder.

—¿Qué?

—No pares.

Marc se quedó quieto un segundo.

—Eso pensaba.

Abrí un ojo.

—No hagas bromas.

—No he hecho ninguna.

—Tu voz ha hecho una.

Se rio.

—Cierra los ojos.

—Mandón.

Los cerré. Siguió. Dedos por el cuero cabelludo. Sienes. Detrás de las orejas. Otra vez arriba. Poco a poco dejé de apretar los dientes. Los hombros bajaron.

—Tienes las cervicales como una piedra —dijo.

—Trabajo de oficina y malas decisiones.

—Gira un poco.

—No quiero moverme.

—Jenn.

—Vale.

Giré ligeramente la cabeza. Sus manos bajaron. Nuca. Pulgares a ambos lados de las cervicales. Presionó.

—Hostia.

—Eso está fatal.

—Gracias, doctor.

—Cállate.

—Tú has venido a mi casa.

—Y puedo irme.

—No.

La palabra salió inmediatamente. Marc dejó de mover las manos. Abrí los ojos. Silencio.

—Quiero decir...

Me aclaré la garganta.

—No pares.

Sus manos volvieron a moverse.

—Ya.

Cerré los ojos otra vez. Mejor. Mucho mejor.

Una de sus manos apartó mi pelo hacia un lado.

Sus dedos rozaron mi nuca. Después el lateral del cuello.

Despacio. Demasiado despacio. Abrí los ojos.

No dije nada. Su pulgar presionó junto a la base del cráneo.

Bajó. Volvió a subir. Y al bajar otra vez rozó justo debajo de mi oreja.

Se me cortó la respiración. Solo un instante. Marc dejó la mano quieta. Yo también.

—¿Ahí? —preguntó.

Su voz había cambiado. O quizá era mi cabeza. Tragué saliva.

—Sí.

No necesitaba tocar ahí. Lo sabía. Probablemente él también.

Su pulgar volvió a pasar. Más suave. Una vez.

Y después regresó a las cervicales. Como si nada.

Cerré los ojos. El dolor seguía allí. Pero durante unos segundos había dejado de ser lo único que notaba.

Y eso era... Raro. Muy raro. Marc siguió masajeando.

Yo dejé caer poco a poco la cabeza hacia atrás.

Hasta apoyarla contra el sofá. Contra él.

No me moví. Él tampoco. Sus manos subieron una última vez hacia mis sienes. Más despacio.

—¿Mejor?

—Mucho.

—Bien.

No retiró las manos inmediatamente. Yo tampoco levanté la cabeza. Silencio.

—Gracias —murmuré.

—De nada.

—No tenías que venir.

—Ya.

Abrí los ojos.

—Entonces por qué has venido.

Marc tardó un momento.

—Porque estabas mal.

Así. Sin más. Porque estabas mal. Cerré los ojos otra vez.

—Ah.

—Qué.

—Nada.

Marc apoyó una mano sobre mi cabeza.

—Duerme.

—No tengo sueño.

—Claro.

—Solo me duele la cabeza.

—Ya.

—No estoy cansada.

—Vale.

Pasaron unos segundos.

—Marc.

—Qué.

—No te vayas todavía.

Silencio.

—Vale.

Y esa fue la última cosa que recuerdo haber dicho.

Me desperté en el sofá. Durante unos segundos no supe qué hora era.

Ni cuánto había dormido. Ni por qué tenía una manta encima.

Abrí los ojos. Oscuridad. La persiana seguía bajada.

La cabeza... Esperé. Dolía. Pero mucho menos.

Me incorporé despacio. La bolsa de gel estaba sobre la mesa.

Ya completamente blanda. La botella de agua, abierta.

Y al lado había un plato tapado con otro plato.

Me quedé mirándolo.

—No.

Lo destapé. Un sándwich. Sonreí. Gilipollas. Cogí el móvil. Las once y cuarenta y tres. Tenía varios mensajes.

Carlos · ¿Cómo estás?

Carlos · ¿Te sigue doliendo?

Adrián · ¿SIGUES VIVA?

Gabriel · Si no responde podemos repartirnos sus cosas

Adrián · Yo quiero Raven

Gabriel · Marc te mata

Adrián · ¿Por Raven?

Gabriel · Sí claro

Por Raven

Fruncí el ceño. Salí del grupo, entré en la conversación con Marc.

Marc · Me he ido

Marc · Estabas frita

Marc · Come algo cuando despiertes

Marc · Y agua

Marc · Mañana me devuelves el gel

Marc · O me compras otro

Sonreí.

Ladrón   · Yo

No tardó ni medio minuto.

Marc · Estás viva