Capítulo 16 - Nada #5
—Eso no existe.
—Sí existe.
—No si hay gente que no conozco.
—Son seis personas.
—Siete conmigo.
—Exacto.
—Demasiadas.
Carlos me miró un segundo.
—¿No quieres venir?
—No.
Esta vez no me escondí detrás de ninguna broma. Carlos volvió la vista a la carretera.
—Vale.
Silencio. Esperé. Nada.
—¿Te molesta?
—Un poco.
Ah.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque me gustaría que vinieras.
La respuesta fue tan sencilla que me dejó sin ninguna réplica ingeniosa.
—Ya.
—Pero si no quieres, no quieres.
—No es por ti.
Carlos sonrió apenas.
—Eso suele decirse justo antes de que sea por ti.
—No. De verdad.
Pensé cómo explicarlo.
—Es ese mundo.
—¿Qué mundo?
—El de las cenas donde hay que saber quién es quién, qué decir, cómo ir vestida, cuándo hablar...
—No tienes que hacer nada de eso.
—Para ti no.
Carlos se quedó callado.
—Para mí sí.
Condujo unos segundos más.
—Vale.
Otra vez. Vale. No discutió. Y eso me hizo sentir peor de lo que habría querido.
—Podemos hacer otra cosa después —dije.
—Sí.
—Algo menos...
Busqué la palabra.
—¿Burgués?
Sonrió.
—Eso.
—Una hamburguesa.
—Perfecto.
—Y cerveza.
—Perfecto.
—Y sexo.
Lo miré. Carlos sonrió.
—Eso ya no te molesta.
—Nunca me ha molestado.
—Menos mal.
Me reí. La tensión se fue. Casi toda.
***
El viernes acabamos los cinco en un bar. Nada especial. Una mesa demasiado pequeña. Cinco cervezas. Adrián ocupando más espacio del necesario. Gabriel juzgándonos a todos en silencio. Carlos a mi lado. Marc enfrente. Normal.
Adrián estaba contando algo sobre un cliente que había llevado una guitarra destrozada y había asegurado que «solo necesitaba un ajuste».
—¿Qué tenía? —pregunté.
—Todo.
—Muy específico.
—El puente mal, las cuerdas para tirar, una pastilla que no hacía nada...
Marc se echó hacia atrás en la silla.
—Eso no es un ajuste.
—Eso le dije.
—¿Y qué contestó?
Adrián puso voz solemne.
—«Pues en internet pone que es fácil».
Me eché a reír.
—Internet ha hecho mucho daño.
—Tú aprendiste dos riffs en internet —dijo Marc.
Lo miré.
—Y aquí estoy.
—Precisamente.
—Que te den.
Marc sonrió. Yo también. Carlos dijo algo a mi lado. No lo escuché.
—¿Qué?
—Nada.
—No, qué has dicho.
—Que mañana voy a casa de mis padres.
—Ah.
—Te estaba preguntando si querías venir.
Mierda.
—No puedo.
Carlos frunció el ceño.
—¿Trabajas?
—No.
—Entonces.
Busqué una excusa. No encontré ninguna.
—No me apetece.
Carlos me sostuvo la mirada un momento.
—Vale.
Otra vez ese vale. Le di un pequeño golpe con la rodilla bajo la mesa.
—No pongas cara.
—No estoy poniendo ninguna cara.
—Sí.
—Esta es mi cara.
Me quedé quieta. Después miré a Marc. Él también había oído la frase. Sonrió.
—Eso es mío.
—No tienes copyright.
—Debería.
Me reí. Y sin pensarlo seguí mirándolo un segundo más. Solo porque estaba sonriendo. Nada.
Volví a Carlos.
—No es por tus padres.
—Ya.
—Es que...
—Jenn.
—Qué.
—No pasa nada.
Asentí. Gabriel estaba mirándome.
—¿Qué?
—Nada.
—No.
—¿Qué no?
—Otra vez esa cara.
Gabriel levantó una ceja.
—Estoy bebiendo.
—Y juzgando.
—Siempre.
—Eso sí.
Adrián siguió hablando. Yo volví a escuchar. Más o menos.
Una hora después Carlos salió fuera a contestar una llamada. Adrián fue a pedir otra ronda. Gabriel se quedó conmigo. Marc seguía enfrente.
—Mira esto —dijo Marc.
Me enseñó el móvil. Una foto. Un cartel pegado en una farola. «CLASES DE GUITARRA. RESULTADOS GARANTIZADOS.» Debajo, alguien había escrito a boli: «¿GARANTIZADOS POR QUIÉN?»
Me reí.
—Necesito el número.
—Para denunciarles.
—Para apuntarme.
—No.
—Por qué.
—Porque ya tienes profesores.
—Plural.
—Sí.
—Qué nivel.
—Mucho.
—Y gratis.
—Eso es temporal.
—No pienso pagarte.
—Entonces dejo de enseñarte.
—Mentira.
Marc se quedó callado. Solo un segundo.
—Sí.
Ah.
Sonreí.
—Lo sabía.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Marc miró el móvil otra vez. Yo lo miré a él. No al móvil. A él. Fue poco. Muy poco. Pero suficiente. Porque Gabriel levantó la vista. Primero hacia Marc. Después hacia mí. Yo lo vi.
—¿Qué?
Gabriel bebió.
—Nada.
—Otra vez nada.
—Es una palabra útil.
—Estás muy raro últimamente.
—Eso dices tú.
—Porque lo estás.
—Puede ser.
—¿Qué mirabas?
Gabriel se metió las manos en los bolsillos.
—Nada.
—Te odio.
—Ya.
—No, en serio.
—Yo también.
—¿Qué mirabas?
Gabriel miró por encima de mi hombro. Marc estaba cruzando la calle. No sé si lo hizo a propósito. Después volvió a mirarme.
—Nada.
—Eres insoportable.
—Eso dice Adrián.
—Con razón.
Carlos abrió el coche.
—¿Vienes?
—Sí.
Miré otra vez a Gabriel.
—Esto no termina aquí.
—Seguro.
—Te voy a sacar la información.
—Suerte.
—No la necesito.
Gabriel sonrió.
—Eso también lo dices mucho.
Le hice un corte de mangas.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Jenn.
Me giré. Marc estaba ya junto a su coche. Levantó una mano.
—Bona nit.
—Bona nit.
Subí con Carlos. Cerré la puerta. Cuando arrancamos miré por la ventanilla. Gabriel seguía allí. No mirando a mí. A Marc. Después a mí. Otra vez. Fruncí el ceño.
—¿Qué pasa? —preguntó Carlos.
Volví la vista al frente.
—Nada.
Y por una vez fui yo la que utilizó esa palabra. Nada. Pero Gabriel no parecía estar de acuerdo.